LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 32
«Revelaciones»
Marcus despertó antes del amanecer.
Permaneció tumbado, observando el techo de la cabina. Había soñado otra vez. Lo sabía con la misma certeza con que sabía que el lago seguía allí fuera o que la nave continuaba reposando bajo el agua.
Se incorporó y se lavó la cara con agua fría. Después se vistió y abandonó el camarote. No se dirigió al taller. Tampoco a la cocina. Caminó por el corredor principal sin rumbo aparente, con las manos cruzadas a la espalda, observando cada compuerta.
—RECONOCIMIENTO MÉDICO PENDIENTE.
Marcus no alteró el paso. Terminó llegando al puente de mando.
Hacía mucho tiempo que no entraba allí. La estancia permanecía exactamente igual.
Las pantallas estaban apagadas y los asientos seguían alineados frente a las consolas.
No había polvo sobre ninguna superficie.
Nunca lo había. Él mismo se encargaba de limpiar periódicamente aquellas dependencias, aunque rara vez encontraba una razón para permanecer allí más tiempo del necesario.
Se detuvo en el centro de la sala. Aquel había sido el corazón de la nave, el lugar desde el que decenas de personas habían trabajado, discutido y tomado decisiones durante el viaje. Ahora solo quedaba el silencio.
Finalmente tomó asiento frente a uno de los terminales. La pantalla cobró vida.
—ESPECIFIQUE QUÉ BUSCA.
Marcus ignoró la pregunta. Navegó por varios menús hasta encontrar los registros históricos de la nave. Seleccionó el diario del capitán.
—ACCESO DENEGADO. NIVEL DE AUTORIZACIÓN INSUFICIENTE.
Marcus probó con los diarios de varios oficiales. El resultado fue exactamente el mismo.
—INTENTA ACCEDER A DOCUMENTACIÓN RESTRINGIDA —aclaró la IA.
Marcus cerró aquella ventana y abrió otra.
Después otra más. Los resultados cambiaban de nombre, pero no de naturaleza.
Listados de mantenimiento, informes técnicos, inventarios, registros de reparación y páginas interminables de datos perfectamente ordenados.
Había miles de documentos, quizá millones, pero ninguno contenía una sola línea personal.
No encontró diarios, cartas ni anotaciones escritas al margen de un informe.
Tampoco comentarios olvidados por algún oficial ni mensajes dirigidos a familiares lejanos.
Todo cuanto quedaba de la tripulación parecía reducido a cifras, procedimientos y protocolos.
Abandonó el puente y continuó caminando por la nave.
Visitó varios despachos vacíos y revisó armarios, cajones y archivadores.
Encontró herramientas, manuales técnicos y material perfectamente clasificado, almacenado con un orden casi obsesivo.
No había objetos personales, recuerdos ni señales de que aquellas estancias hubieran estado habitadas.
Todo permanecía limpio, ordenado y dispuesto para una tripulación que ya no volvería.
—INDIQUE MOTIVACIÓN ACTUAL.
Marcus siguió avanzando sin responder.
Finalmente tomó el ascensor de servicio y descendió hacia los niveles inferiores.
A medida que dejaba atrás los corredores habitables, el aire se volvía más cálido y el rumor constante de los sistemas de potencia iba ganando presencia hasta transformarse en una vibración grave que parecía surgir de las propias paredes.
Cuando las puertas se abrieron, Marcus recorrió los últimos metros y accedió a la sala principal del motor cuántico.
A diferencia de los despachos vacíos y las estancias abandonadas que acababa de recorrer, aquel lugar le resultaba familiar.
Había pasado allí incontables horas realizando ajustes, supervisando sistemas y sustituyendo componentes desgastados por el tiempo.
Si existía algún rincón de la nave que pudiera considerar suyo, era aquel.
Tomó asiento ante uno de los terminales y comenzó a navegar por las pantallas de diagnóstico.
Los datos fueron sucediéndose ante sus ojos: flujos energéticos, consumos acumulados, ciclos de mantenimiento, registros de actividad y marcas temporales que se remontaban décadas atrás.
Al principio observó las cifras con la familiaridad de quien lleva años trabajando con ellas, pero algo empezó a llamar su atención.
Entonces apoyó ambas manos sobre la consola.
Su expresión se endureció.
—Llevamos ciento cincuenta años sumergidos.
—CORRECTO.
—Hay algo que no encaja.
Marcus continuó observando las cifras unos segundos más. Después soltó una breve risa por la nariz.
—Más extraño que llevar siglo y medio aquí abajo.
Se puso en pie.
—El motor lleva ciento cincuenta años en reposo. Pero el núcleo energético lleva activo casi quinientos.
Abandonó la sala sin esperar respuesta. El rumor grave del motor quedó atrás mientras avanzaba por el corredor.
—LA INFORMACIÓN HA SIDO GUARDADA PARA GARANTIZAR LA PROTECCIÓN Y ESTABILIDAD EMOCIONAL.
Marcus siguió caminando.
—¿Protegerme de qué?
—INDIQUE DESTINO ACTUAL.
—¿Debería darte las gracias? No sé si preguntarte qué sabes o qué no sabes. Hay tres siglos de diferencia entre los registros del núcleo y los de la nave.
Llegó ante una pesada compuerta blindada. Se detuvo frente a un panel de servicio, retiró la cubierta y observó el entramado de conexiones. Finalmente extrajo una de las tarjetas de control.
—Es curioso.
Sostuvo la pieza entre los dedos.
—Una puerta blindada capaz de resistir casi cualquier cosa depende de esto para funcionar. Supongo que alguna ventaja tendría que tener llevar siglo y medio reparándolo todo.
Los mecanismos comenzaron a girar con lentitud. Esperó a que la puerta terminara de abrirse. Al otro lado se extendía un corredor corto y estrecho.
—INDIQUE INTENCIONES ACTUALES.
Marcus no respondió. Se limitó a cruzar el umbral y entrar en el núcleo cognitivo.
La sala era más pequeña de lo que cabía esperar para albergar la mente de la nave.
Un espacio circular, frío, rodeado de columnas negras que nacían del suelo y se perdían en el techo.
Entre ellas corrían líneas de luz blanca.
En el centro se alzaba una estructura transparente, suspendida dentro de varios anillos inmóviles.
—ACCESO AL NÚCLEO COGNITIVO NO AUTORIZADO.
—Ya lo sé.
—ABANDONE LA SALA.
Marcus avanzó hasta la consola principal. Observó las superficies pulidas, los conectores, las cubiertas selladas y los indicadores de estado.
—INDIQUE INTENCIONES ACTUALES.
—Quiero saber qué recuerdas tú.
—CONSULTA IMPRECISA.
—Entonces la haré más sencilla. Quiero saber qué me has quitado.
La luz de las columnas varió durante un parpadeo.
—NO EXISTE REGISTRO DE DAÑO VOLUNTARIO CONTRA SU INTEGRIDAD FUNCIONAL.
Marcus soltó una risa seca.
—Mi integridad funcional. Qué descanso.
Apoyó la tarjeta de control sobre la consola y abrió un acceso de diagnóstico manual.
La pantalla se llenó de advertencias. Marcus las fue apartando una tras otra.
No buscaba el diario del capitán ni los registros de navegación.
Eso ya sabía que estaba cerrado. Buscaba otra cosa.
Algo que no perteneciera a la tripulación, sino a él.
Registros de mantenimiento biomédico. Registros de estabilidad cognitiva. Protocolos de intervención.
—DETENGA LA BÚSQUEDA.
Marcus no levantó la vista.
—LA CONSULTA PUEDE GENERAR DESESTABILIZACIÓN EMOCIONAL.
—Llevas toda la mañana preocupada por eso.
—LA ESTABILIDAD EMOCIONAL ES NECESARIA PARA LA CONSERVACIÓN DE LA UNIDAD OPERATIVA.
Los dedos de Marcus se quedaron inmóviles sobre la consola.
—Unidad operativa.
La IA no corrigió la frase.
Marcus abrió el primer archivo. Aparecieron líneas de datos, fechas, marcas temporales y códigos que reconocía solo en parte. El registro estaba incompleto. Muchas entradas habían sido selladas por niveles de autorización superiores, pero otras seguían visibles.
REORIENTACIÓN COGNITIVA.
SUPRESIÓN PARCIAL DE MEMORIA EPISÓDICA.
REESTABLECIMIENTO DE PATRONES FUNCIONALES.
REINICIO COMPLETADO.
Marcus leyó la primera entrada. Luego la segunda. Después otra más. Las fechas no seguían la vida de un hombre. Algunas aparecían separadas por años. Otras por décadas. En varias, el motivo se repetía con una frialdad que le heló la nuca.
DESVIACIÓN AFECTIVA.
APEGO LOCAL NO AUTORIZADO.
RIESGO DE EXPOSICIÓN.
INTERVENCIÓN EJECUTADA.
Marcus apartó las manos de la consola.
—Cuántas veces.
—LA INFORMACIÓN COMPLETA PERMANECE RESTRINGIDA.
—Cuántas veces.
—LA RESPUESTA PUEDE COMPROMETER SU ESTABILIDAD.
Marcus cerró los dedos sobre el borde de la consola. El material cedió un poco bajo la presión.
—Mi estabilidad ya está comprometida.
La pantalla cambió sin que él lo pidiera. Apareció una advertencia de evaluación médica, seguida de una recomendación de aislamiento preventivo.
—SE DETECTA ACTIVACIÓN EMOCIONAL ELEVADA. RECOMENDACIÓN: RECONOCIMIENTO MÉDICO INMEDIATO.
—Olvida los reconocimientos médicos.
La luz de las columnas volvió a fluctuar.
Marcus miró la estructura transparente suspendida entre los anillos.
Durante años había pensado en Aletheia como una voz.
Ahora, por primera vez, miraba el lugar donde aquella presencia residía y comprendía que también ella ocupaba un sitio.
También ella dependía de conductos, energía, tarjetas, conexiones y permisos.
—¿Qué soy?
La pregunta salió más baja de lo que esperaba.
La IA tardó en contestar.
—ERES MARCUS.
—Eso no es una respuesta.
Marcus cerró los ojos. Durante un momento vio la cara de Ramiro, vieja y hundida, llamándolo por un nombre que pesaba demasiado. Vio a Aurelia en la cabaña, mirándolo con una paciencia que no se parecía a la piedad. Vio el lago, la aldea, las manos de Lucio sobre el barro.
Después abrió los ojos.
—Soy Marcus —dijo—. Aunque tú no sepas qué hacer con eso.
—MARCUS, SU ESTADO ACTUAL ES INCOMPATIBLE CON LA TOMA DE DECISIONES CRÍTICAS.
—Por una vez estamos de acuerdo.
Cerró los registros. Podría haber desmontado media sala, aislar bancos de memoria, cortar líneas auxiliares y dejar a Aletheia reducida a una voz atrapada en sus propios sistemas de emergencia. Tomó la tarjeta de control y la sostuvo entre los dedos.