La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 31 #2
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 31 #2

Una mujer caminaba por la orilla siguiendo un sendero estrecho entre los árboles. Avanzaba sin mirar a su alrededor, completamente ajena a las tres personas que la observaban desde la sombra.

Los caballos permanecían tranquilos y el terreno formaba una ligera elevación entre ambos grupos. Ella no los había visto. Los tres hombres guardaron silencio y observaron.

La mujer continuó avanzando por la orilla sin advertir su presencia. Seguía el sendero que bordeaba los juncos antes de acercarse a la cabaña. El agua brillaba a su espalda y, durante unos instantes, solo se escuchó el rumor del viento entre las hojas.

Uno de los soldados fue el primero en hablar.

—Mira quién viene por ahí.

El otro siguió la dirección de su mirada y soltó una risita. Nuño permaneció en silencio. Había algo familiar en aquella figura. La muchacha salió de la sombra de los árboles y avanzó unos pasos más. Entonces la reconoció.

—La he visto antes en el mercado.

Los soldados volvieron a observarla con más atención.

—Pues no me extraña que la recuerdes.

Una sonrisa apareció en el rostro de Nuño.

—Había más de un espabilado rondando su puesto de cerámica.

—¿Comprando ollas?

—Eso decían.

Los tres soltaron una carcajada.

—¿Y qué hacían entonces?

—Pedirle que les enseñara las que tenía en el suelo.

—¿Y?

—Cada vez que se agachaba se formaba un corro de milagrosa afición a la alfarería.

Las risas resonaron bajo los árboles.

—Y, ¿qué tal el espectáculo?

Nuño observó a la muchacha mientras continuaba acercándose a la cabaña.

—No veas qué culo.

Los soldados volvieron a reír.

Aurelia seguía sin haberlos visto. Caminaba completamente ajena a la conversación, con la mirada fija en la cabaña del ermitaño.

Uno de los hombres entrecerró los ojos.

—Ahora que la veo mejor, creo que es de la aldea. De Nuestra Señora del Lago.

La sonrisa de Nuño desapareció lentamente.

—Hija de mil padres, claro que es de allí. No había más puestos de cerámica.

Tomó la bota de vino y apuró el contenido.

—Rodrigo quiere perdonarles veinte monedas.

Escupió hacia un lado. Los soldados soltaron una risita.

—Pues habrá que cobrarlas de otra manera.

Aurelia seguía acercándose por el sendero. Ya estaba lo bastante cerca para distinguir los detalles de su vestido y el movimiento de su cabello cuando caminaba.

—¿Qué hará aquí sola? —preguntó uno de los soldados.

—Va a ver al ermitaño. Quizá le lleve comida.

—Aquí no hay ningún ermitaño. Será un vigía.

La respuesta provocó una sonrisa en uno de los soldados.

—Eso es bastante concreto.

—Llámalo intuición, pero algo tienen bien escondido. Las cuatro vueltas que hemos dado por aquí no son suficientes para encontrarlo.

La muchacha seguía acercándose a la cabaña.

Nuño se puso en pie.

—Vamos a preguntarle. No pienso dar más paseos.

Aurelia se quedó inmóvil. No esperaba encontrar a nadie allí y mucho menos al señor de Sanabria. Su expresión pasó de la sorpresa al desconcierto mientras observaba a los tres hombres acercarse.

Inclinó ligeramente la cabeza.

—Mi señor.

—Vaya. La alfarera del mercado —dijo Nuño.

—No sabía que os acordarais de mí.

Pareció complacido al comprobar que ella no esperaba ser recordada. Señaló con el mentón la cabaña.

—¿Qué haces aquí?

—El ermitaño nos consigue arcilla. Necesitamos más para fabricar más ollas y poder cumplir con los impuestos, señor.

Nuño soltó una breve carcajada.

—Me consta que sois trabajadores. Y que Rodrigo ya os ha negociado una rebaja.

—Es mucho dinero, señor. Pero intentaremos conseguirlo.

Los soldados soltaron una risita.

La respuesta pareció divertirle más que molestarle.

—Tienes lengua.

—Mi padre dice que es más barata que una mula y más útil.

Nuño volvió a reír. El vino comenzaba a hacer efecto y la muchacha resultaba todavía más hermosa de cerca de lo que la recordaba.

Ahora podía distinguir los ojos oscuros, los mechones rebeldes que escapaban bajo el pañuelo y la piel dorada por el sol de los últimos meses.

Su mirada descendió despacio. El vestido de lana, sencillo y ceñido a la cintura por un cordón, marcaba una figura difícil de ignorar.

Nuño advirtió la mirada de sus acompañantes y comprendió que no era el único que se había fijado.

Por primera vez Aurelia se sintió incómoda. No tanto por las palabras como por la forma en que la observaban los tres. Había algo en aquellas sonrisas y en el olor a vino que le desagradaba.

Apartó la vista de Nuño y la fijó en la cabaña.

—Si me permitís, mi señor...

Nuño dio un paso a un lado, bloqueando parcialmente el sendero.

—No tengas prisa, el ermitaño no está.

Aurelia intentó sonreír.

—Solo venía a buscar arcilla, señor.

—Claro.

Nuño no se apartó. El viento agitó los juncos de la orilla y una bandada de aves levantó el vuelo sobre el lago.

—Pues ya que estamos aquí, podéis acompañarnos un momento.

—Mi padre me espera.

Sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor del asa de la cesta.

—Tu padre lleva esperándote toda la vida. No se morirá por un rato más.

Los soldados soltaron una carcajada.

Aurelia volvió a mirar hacia la cabaña. Estaba cerca. Y sin embargo nunca le había parecido tan lejos.

—De verdad, señor. Solo quería hablar con el ermitaño —insistió.

Nuño dio otro paso.

No fue un movimiento brusco. Ni siquiera parecía amenazador. Pero redujo todavía más la distancia entre ambos.

—Y hablarás con él.

Su sonrisa se ensanchó ligeramente.

—Después.

Uno de los soldados escupió hacia un lado.

—A mí lo que no me parece bien es que se le diga a un hombre que abandone un lugar y siga aquí ignorando las órdenes recibidas. Es una falta de respeto.

Aurelia lo miró sin responder.

—Y que el señor de Sanabria haya tenido que venir personalmente para comprobarlo.

—Yo no tengo nada que ver con eso —dijo ella.

—Entonces, ¿a qué vienes?

Nuño levantó una mano.

—Déjala. La muchacha no tiene la culpa de lo que haga el ermitaño.

Aurelia sintió un breve alivio.

—Gracias, señor.

—No me las des todavía.

Aurelia comprendió que la conversación no iba a ninguna parte. Bajó la cabeza.

—Con vuestro permiso, señor.

Sin esperar respuesta, se hizo a un lado y reanudó la marcha. Apenas había dado dos pasos cuando una mano se cerró sobre su brazo. Se volvió sobresaltada.

Nuño la sujetaba con fuerza.

—¿Adónde vas?

—Suélteme, señor. Me hace daño.

—Te he hecho una pregunta.

Aurelia intentó soltarse.

—Y yo os he respondido.

Los soldados observaban la escena en silencio.

—No he terminado de hablar contigo.

—Yo sí, señor.

La respuesta cayó entre ambos como una piedra. Los dedos de Nuño se cerraron todavía más sobre su brazo.

—¿Cómo osas darme la espalda?

Impaciente, uno de los soldados dio un fuerte pisotón.

—El señor ha sido muy generoso con vuestra aldea. Deberías mostrar un poco de agradecimiento.

El otro soltó una carcajada.

—¿Veinte monedas? La última fulana con la que estuve me cobró una.

Nuño le rasgó el escote del vestido de un tirón. Con una mano la sujetó por el cuello mientras la otra buscaba soltarse el cinturón.

Los soldados comenzaron a reír.

Aurelia levantó la mano y le cruzó la cara con todas sus fuerzas.

Nuño gritó. Las uñas le abrieron cuatro surcos desde el pómulo hasta la mandíbula y la sangre brotó al instante.

Nuño se llevó la mano al rostro y, cuando la retiró, la encontró cubierta de sangre.

La empujó con tal violencia que Aurelia cayó al suelo.

Retrocedió varios pasos y corrió hasta la orilla. Se inclinó sobre el agua.

—¡Me ha desfigurado! La zorra me ha desgraciado la cara.

Su voz resonó sobre el lago. Aurelia aprovechó aquellos segundos para incorporarse.

Tenía las manos temblando y apenas había conseguido ponerse en pie cuando Nuño se volvió hacia ella.

Ya no quedaba rastro de diversión en su rostro.

Ni de deseo. Solo rabia. Metió la mano bajo la túnica, desenvainó el puñal y avanzó hacia ella.

Aurelia apenas tuvo tiempo de comprender lo que iba a hacer.

Nuño descargó el brazo con toda su fuerza.

Ella soltó un grito y se dobló sobre sí misma. Cayó de rodillas. El mundo pareció inclinarse a su alrededor. Una mano fue instintivamente hacia la herida mientras intentaba comprender qué acababa de ocurrir.

Nuño permaneció inmóvil unos segundos, respirando con dificultad. La sangre seguía resbalando por su rostro.

Después le escupió encima.

—Montad. A ver si el galeno puede hacer algo con esto.

Los soldados obedecieron sin discutir. Cuando ya se disponían a partir, uno de ellos volvió la vista hacia la muchacha.

—Mi señor, si me permitís... Podría darle el golpe de gracia. Para que no agonice durante horas.

Nuño se volvió desde la silla.

—¿Y quitarle la gracia?

El soldado guardó silencio. Momentos después los caballos comenzaron a alejarse entre los árboles. El ruido de los cascos fue apagándose poco a poco hasta desaparecer por completo.

Aurelia quedó sola junto al lago.