LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 31
«El puñal»
Nuño llevaba más de una hora inclinado sobre la mesa.
Los pergaminos seguían extendidos ante él, cubiertos de columnas de números, anotaciones y sellos de cera, pero hacía rato que su atención se había apartado de ellos.
La estancia permanecía en silencio. Solo se escuchaban el crepitar del fuego en la chimenea y el raspado ocasional de una pluma en alguna habitación cercana.
Aquella misma mañana había ordenado traer varios libros de cuentas de la época de su padre para compararlos.
Ahora la diferencia resultaba evidente. Ni siquiera los años más favorables que encontró en aquellos registros se acercaban a las cantidades que tenía delante.
Las reformas habían funcionado. Los administradores competían entre sí por recaudar más, los recaudadores perseguían cada moneda y las aldeas pagaban como nunca habían pagado.
Las arcas se llenaban. Sin embargo, solo conseguían aumentar su irritación. Había más dinero, más actividad y más movimiento en torno a Sanabria que cuando asumió el cargo. Y precisamente por eso estaba convencido de que acabaría perdiendo la tenencia.
Se levantó de la silla y caminó hasta la ventana.
Desde allí podía ver parte de la villa. Las calles estrechas, los tejados de madera y el movimiento constante que rodeaba el mercado que él mismo había ampliado.
Todo aquello prosperaba gracias a sus decisiones.
Había transformado aquellas tierras como nunca consiguió su padre.
Incluso sus enemigos tendrían que reconocerlo.
Pero precisamente ahí estaba el problema.
Había llegado a León convencido de que los resultados hablarían por sí solos.
Estaba seguro de que el rey comprendería el valor de lo que había construido en Sanabria y de que, al menos, dejaría entrever que la tenencia seguiría en sus manos.
Sin embargo, regresó sin una sola certeza.
Nadie le prometió nada. Nadie insinuó nada.
Y aquel silencio pesaba más que una negativa.
Al regresar había comprendido por fin lo que Rodrigo intentaba decirle.
Sanabria ya no era una tenencia pobre y olvidada.
Generaba mucho dinero. Tanto que había dejado de ser un destino secundario para convertirse en una posesión codiciada.
Y cuanto más valiosa se volvía, menos probable parecía que la corona la dejara en manos de alguien como él.
La ironía le producía una amargura difícil de soportar.
Había conseguido extraer de aquellas tierras más dinero del que jamás creyó posible.
Quizá las aldeas tardaran años en recuperarse del esfuerzo.
Quizá quien ocupara la tenencia después encontrara una comarca exhausta y resentida. Ya no le importaba.
Se oyó llamar a la puerta.
—Entrad.
Rodrigo apareció con otro legajo bajo el brazo. Estaba más desaliñado de lo habitual y una fina cicatriz reciente asomaba entre las canas de su frente. Nuño la vio y no preguntó por ella. Tampoco estaba seguro de querer conocer la respuesta.
—Traigo el último informe de recaudación.
Nuño volvió a la mesa mientras Rodrigo depositaba los documentos ante él.
—La mayoría de las aldeas ya han pagado.
Sin responder, comenzó a revisar las hojas. Sus ojos recorrieron nombres, cifras y anotaciones hasta que uno de ellos llamó su atención.
Nuestra Señora del Lago.
—¿Qué ocurre con éstos? ¿Otra vez dando problemas?
—Reunieron cincuenta monedas —informó Rodrigo.
—¿Cincuenta? Faltan cuarenta.
—Eso va a ser imposible. Les he dado diez días para que reúnan veinte.
El fuego crepitó detrás de ellos.
—Diez días —masculló Nuño.
—Es una aldea pequeña. Han hecho un esfuerzo considerable.
Nuño dejó el pergamino sobre la mesa.
—¿Y por qué debería importarme?
—Porque terminarán pagando.
—Eso espero. Pero deberían haberlo hecho ahora.
La paciencia del administrador comenzó a agotarse.
—No puedes exprimir indefinidamente a la gente. Hace unos meses reunieron noventa monedas. Con un gran mercado de por medio.
La intención era demostrar lo contrario: que aquellos aldeanos ya habían realizado un sacrificio enorme una vez.
La expresión de Nuño cambió.
—Noventa. Aquí pone que dieron veinte. ¿Y de dónde salieron las restantes? ¿Solo del mercado?
—De toda la aldea. Arrimaron el hombro durante un mes.
—Pues ahora han pasado varios meses desde el mercado.
Rodrigo cerró los ojos. Ya sabía hacia dónde se dirigía aquella conversación.
—Insisto, hubo un mercado y ahora no. Y además, habrán necesitado prepararse para el invierno.
—Algo me huele mal. Ganar setenta monedas vendiendo nabos es demasiado dinero. Lo tendrían de antes y te lo habrían escondido.
—Era alfarería.
—¿Un pueblo de alfareros? Pues ahí está el secreto. Ese oficio da mucho beneficio.
Rodrigo había aprendido que discutir con Nuño cuando alcanzaba cierto estado de ánimo era inútil.
El joven señor apoyó los dedos sobre la mesa. Y entonces volvió a pensar en el lago. Los soldados. La inspección.
—¿Qué fue de los hombres que envié al lago?
—Sinceramente, no lo sé. Estaba con vos de viaje. Quizá Diego sepa algo más. Pero si no ha dicho nada es que no encontraron nada.
—¿Tú les crees?
—No tengo motivos para pensar que mienten —vaciló.
—Yo sí —replicó—. Quizá tengan allí alguna fábrica de cerámica y los sobornaran.
Nuño se levantó bruscamente.
—¿Adónde vais?
Salió de la estancia. El corredor estaba casi vacío. Junto a la puerta esperaba uno de los hombres de guardia, apoyado contra el muro con la lanza descansando sobre el hombro.
—Tú.
El soldado se incorporó de inmediato.
—Mi señor.
—Los hombres que envié al lago hace unos meses. ¿Qué sabes de ellos?
El guardia parpadeó, sorprendido por la pregunta.
—No mucho, mi señor. Volvieron aterrados.
—¿Y desde cuándo los hombres armados tienen miedo de un lago?
El soldado bajó la vista.
—No sabría decirlo, mi señor. Los conozco desde hace años. No son cobardes. Ninguno estaba herido. Pero algo ocurrió allí.
—¿El qué?
—Nunca quisieron decirlo. Uno pidió traslado poco después.
—¿Y los otros?
—Uno apenas sale de las tabernas. El tercero sigue cumpliendo con su trabajo, pero evita hablar del lago.
Nuño observó al soldado sin apartar la mirada.
—¿Y tú qué crees?
—Creo que vieron algo que no querían volver a ver.
Nuño regresó a la estancia. Rodrigo seguía junto a la mesa, revisando documentos.
El joven señor observó unos instantes el mapa extendido ante él. El lago apenas ocupaba una pequeña mancha azul entre bosques y caminos, pero parecía atraer toda clase de historias absurdas.
—Estoy cansado de tanta estupidez.
Rodrigo levantó la vista.
—¿Qué estupidez?
—Rumores. Cuentos. Campesinos asustados. Soldados que regresan comportándose como viejas después de escuchar una historia de aparecidos.
Señaló el lago con un dedo.
—Preparad los caballos. Voy a verlo por mí mismo.
Una hora después abandonaban Sanabria. Nuño no llevó una escolta numerosa. Escogió únicamente a dos soldados que llevaban años junto a él. Habían cabalgado a su lado en cacerías, compartido incontables noches de vino y participado en más de uno de sus excesos de faldas.
Mientras avanzaban por los caminos de la tenencia, Nuño observó los campos y las aldeas que se sucedían a ambos lados.
La cosecha parecía aceptable en la mayoría de los lugares.
Había ganado en los prados, humo saliendo de las chimeneas y campesinos trabajando como cualquier otro año. A primera vista nada sugería problemas.
Sin embargo, cuando los jinetes atravesaban alguna aldea, percibía otra cosa. Conversaciones que se apagaban a su paso. Miradas cargadas de resentimiento. El descontento crecía y ya no le importaba.
Abandonaron el último camino transitado y continuaron bordeando el lago entre bosques de robles y abedules.
Durante un buen rato avanzaron sin rumbo aparente, siguiendo senderos de animales, claros abiertos entre los árboles y pequeños tramos de orilla donde los caballos podían caminar sin dificultad.
Nuño insistió en recorrer más terreno del que sus acompañantes consideraban necesario.
Si había algo oculto allí, pensaba encontrarlo.
Pasaron junto a la cabaña del ermitaño. Uno de los soldados observó el lugar antes de escupir al suelo.
—Si éste era el gran secreto del lago, resulta bastante decepcionante.
Redujeron la marcha y recorrieron los alrededores durante unos minutos, examinando el terreno sin demasiado entusiasmo.
—Pues esto lo han levantado hace poco. Allí encontré restos de maderas quemadas.
—Le queman la cabaña y ni siquiera entiende el mensaje. Como aparezca por aquí voy a romperle la cara. No soporto que se burlen de mí —dijo Nuño—. Vamos a escondernos y esperar un poco a ver si aparece.
Condujeron los caballos entre los árboles hasta una pequeña zona de sombra desde la que podían vigilar la cabaña y parte de la orilla. Después desmontaron. Los animales quedaron atados a varias ramas bajas mientras los hombres se acomodaban sobre unas piedras cubiertas de musgo.
Uno de los soldados sacó una bota de vino. La hicieron circular entre los tres.
—¿No vinimos por aquí una vez a cazar? —preguntó uno de los soldados.
El otro recorrió la orilla con la mirada.
—Sí. Hace unos años. Por aquella zona levantamos varias perdices.
El hombre señaló un grupo de juncos junto al agua.
—Y perdiste una liebre enorme.
—No la perdí yo. Fue el maldito perro.
Los dos soltaron una carcajada.
—Deberíamos volver algún día con el halcón.
Nuño bebió un largo trago y contempló el agua. Le devolvió la bota a uno de sus hombres.
La conversación continuó derivando hacia recuerdos sin importancia. Jornadas de caza. Apuestas. Borracheras e historias que Nuño conocía de memoria.
Acabó olvidándose del ermitaño, de las recaudaciones, de los soldados aterrados y de todas las estupideces que lo habían llevado hasta allí.
El lago permanecía inmóvil. El viento apenas agitaba la superficie y solo el canto ocasional de algún pájaro rompía el silencio.
Nuño levantó la bota para beber de nuevo. Fue entonces cuando apareció una figura al otro lado del claro.