La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 30
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 30

«El despertar»

Ramiro no cabía en sí de gozo. Había llegado acompañado de sus cabras y de una noticia que parecía demasiado grande para guardársela mucho tiempo.

Mientras los animales se dispersaban por la ladera, arrancando los primeros bocados de hierba, el anciano hablaba sin descanso.

Marcus apenas había pronunciado dos frases desde su llegada.

—Mi primera biznieta, Perro Verde. ¿Te das cuenta? Mi primera biznieta.

—Se casan muy jóvenes por aquí. No parece tan difícil.

La carcajada de Ramiro resonó sobre el agua.

—Eso lo dirás tú. Aguantar cincuenta inviernos no es poca cosa.

Marcus observó a Ramiro. El cabello empezaba a blanquear en las sienes y el sol había curtido su rostro hasta volverlo tan áspero como el cuero viejo.

Las arrugas se marcaban alrededor de los ojos cuando sonreía, pero seguía moviéndose con la energía de un hombre mucho más joven.

Hablaba, gesticulaba, señalaba las cabras que se alejaban por la ladera y cambiaba de tema antes de terminar el anterior.

Costaba imaginarlo quieto durante mucho tiempo.

—Supongo que no.

—Claro que no.

Ramiro rebuscó en una pequeña bolsa de tela que llevaba colgada al cinturón y extrajo varios pastelillos envueltos en hojas.

—Toma.

Marcus aceptó uno.

—¿Qué es?

—Sobras de la celebración. No quedaban muchas cuando me marché. Si hubiera llegado más tarde no habría encontrado ni las migas.

Marcus lo probó. Sabía bastante a miel y era pegajoso.

—Está bueno.

Marcus iba a responder cuando descubrió que Ramiro no había llegado solo.

Detrás del anciano asomaba una pequeña cabeza que desaparecía cada vez que él dirigía la mirada en aquella dirección.

El juego se repitió dos o tres veces antes de que lograra verla bien.

Era una niña. Permanecía refugiada tras la espalda de Ramiro y lo observaba sin pestañear.

—¿Te has traído a tu biznieta?

Ramiro estalló en risas.

—Piensa las cosas antes de decirlas.

—¿Qué?

—¿Cómo va a ser mi biznieta? Es una criatura.

—Entonces, ¿quién es?

—La hija de mi vecino Lucio.

Ramiro hizo una pausa.

—Se llama Aurelia. Tiene cinco años.

La niña volvió a asomar la cabeza. El cabello oscuro le caía desordenado sobre la frente y los ojos no se apartaban de Marcus.

—Se escapó de casa esta mañana y decidió seguirme.

—¿Hasta aquí?

—Cuando me di cuenta ya llevaba medio camino recorrido. No me pareció buena idea enviarla de vuelta sola.

Ramiro bajó la voz y se inclinó hacia Marcus.

—Aunque creo que le asusta mi mano.

Marcus dirigió la mirada hacia la mano de seis dedos.

—¿Sí?

—Cuando le digo que me dé la mano, siempre se me pone del lado de la buena.

Marcus sacó un pastelillo de la bolsa y se lo mostró a la niña. Aurelia permaneció inmóvil alternando la vista entre Marcus y el dulce. Dio dos pasos rápidos, lo tomó y volvió junto a Ramiro con la expresión satisfecha de quien acaba de salirse con la suya.

—Mírala.

Ya se había comido la mitad.

—Creo que le gustó.

La pequeña terminó el resto con idéntica eficacia. Ramiro negó con la cabeza.

—Ni un gracias.

—Todavía está aprendiendo.

—Pues tendrá que aprender más deprisa.

Volvió a sacar la flauta y se la llevó a los labios. Las primeras notas apenas habían abandonado el instrumento cuando varias cabras levantaron la cabeza entre los matorrales y emprendieron el camino hacia la roca donde estaba sentado. Ramiro observó el resultado con satisfacción.

Marcus volvió la vista hacia el lago. Una línea oscura lo atravesaba de orilla a orilla.

Al principio pensó que se trataba de un reflejo extraño.

Después vio cómo la línea avanzaba lentamente sobre el agua.

Una segunda grieta apareció junto a la primera.

Luego una tercera. Las fracturas comenzaron a multiplicarse y pronto se extendieron en todas direcciones, formando una inmensa telaraña que cubría las aguas.

Nadie parecía darse cuenta. Solo Marcus observaba cómo las grietas se extendían por el lago. Cada nota parecía abrir una nueva fractura. Finalmente, el lago entero se quebró. Miles de fragmentos se desprendieron de la superficie y cayeron hacia una oscuridad sin fondo.

Marcus despertó con una sacudida. El sueño seguía nítido.

Ramiro. La niña. Las cabras. La flauta. Creyó que lograría retenerlo.

Después comenzó a deshacerse. Los nombres desaparecieron primero.

Luego las voces. El recuerdo permanecía, pero cada vez resultaba más difícil distinguir sus contornos.

Entonces levantó la vista y vio la flauta sobre la mesita.

Aquella simple pieza de madera despertaba una tristeza que no sabía explicar. Ramiro aparecía una y otra vez en sus sueños y, al despertar, siempre le quedaba la misma sensación: la certeza de haber perdido algo.

Alzó una mano para frotarse los ojos y se detuvo. Tenía los dedos húmedos. Estaba llorando. No entendía el origen de aquel dolor. No sabía qué había perdido.

Pero el dolor era real.

—No entiendo qué me pasa.

La respuesta llegó desde algún lugar de la nave.

—RECOMIENDO UN RECONOCIMIENTO MÉDICO.

Marcus levantó la vista. Aquella sugerencia le resultó inesperada.

—¿Y eso por qué?

—SUS SÍNTOMAS RESULTAN PREOCUPANTES.

—Ahora que lo pienso, ¿cuándo fue el último reconocimiento?

Marcus siguió observando la flauta mientras una idea comenzaba a abrirse paso lentamente entre sus pensamientos.

—Es raro. Me acuerdo perfectamente de lo que hice ayer. También de antes de ayer. Incluso podría decirte qué estaba reparando la semana pasada. Pero cuando intento recordar más atrás no puedo. No encuentro nada. Es como si llegara a un punto a partir del cual ni siquiera hubiera vivido.

Se incorporó y empezó a caminar despacio por la estancia.

—Ni siquiera recuerdo desde cuándo estoy aquí.

Siempre había dado por hecho que conocía su propia vida. Nunca se había detenido a examinarla con atención. Ahora que lo hacía, descubría huecos difíciles de explicar.

—Algo no cuadra. Me levanto cada mañana, reviso sistemas, sustituyo piezas averiadas, hago mantenimiento y luego salgo al exterior. Pesco un rato, camino por los alrededores y regreso al anochecer. Esa parte la conozco perfectamente. Pero ¿qué hacía antes de todo eso?

Cuanto más intentaba seguir aquel hilo, más incómodo estaba.

—Últimamente tengo sueños muy intensos. Personas que no conozco y que, sin embargo, siento cercanas. Lugares que me resultan familiares. Conversaciones enteras. Cuando despierto apenas recuerdo nada. Tengo la sensación de haber olvidado algo importante.

Se detuvo junto a la mesa y volvió a mirar la flauta.

—Salvo esa chica. Aurelia. Ella es distinta. Desde que apareció me habla como si nos conociéramos de toda la vida. Y a veces tengo la impresión de haber vivido ya algunas de nuestras conversaciones.

La respuesta llegó de inmediato.

—ACUDA AL CENTRO MÉDICO. SUS SÍNTOMAS SON COMPATIBLES CON VARIOS TRASTORNOS NEUROLÓGICOS Y PSICOLÓGICOS. ENTRE ELLOS, EPISODIOS ESQUIZOFRÉNICOS.

Marcus soltó una carcajada.

—No exageres. Sé perfectamente quién soy y recuerdo sin problemas todo lo que he hecho estos últimos días.

Pero hay algo raro. Cuando intento pensar en ciertos asuntos, mi cerebro se niega a colaborar.

Empiezo a darle vueltas a una idea y, al cabo de un rato, me descubro reparando un condensador o cambiando un filtro sin recordar siquiera en qué estaba pensando.

—LE RECOMIENDO SOMETERSE A UN ANÁLISIS.

—Tampoco hace falta dramatizar. Entiendo que algo ocurrió en esta nave y que soy el único superviviente. Eso es lo poco que me has contado. Puede que tú tampoco tengas todas las respuestas y que sufras lapsus de memoria igual que yo.

—TÓMESE UN DESCANSO. ESTA NOCHE PODRÁ DECIDIR SI DESEA SOMETERSE A UN RECONOCIMIENTO MÉDICO.

—Creo que seguir con la rutina será lo mejor. Es lo único que me ayuda a mantenerme ocupado.

Marcus se acercó a su taquilla y sacó el maletín de herramientas. Exhaló el aire muy despacio, vaciando completamente sus pulmones.

—TIENE ANSIEDAD.

Marcus levantó una ceja.

—¿Me vas a psicoanalizar? Espera que busque un diván en el almacén.

—Realice ejercicios de respiración y relajación.

Aquel tono le resultó más desconcertante que cualquier otra cosa dicha durante la conversación. Negó con la cabeza y señaló la flauta.

—Volviendo a los sueños. Lo curioso es que no son desagradables. Al menos no al principio. Son tan reales que a veces cuesta distinguirlos de los recuerdos. Pero siempre terminan igual. El lago empieza a romperse como si estuviera hecho de cristal.

—LEA LA INTERPRETACIÓN DE LOS SUEÑOS POR SIGMUND FREUD. ACCESIBLE DESDE SU TERMINAL.

—Va a ser que no. Seguramente Freud tendría cosas interesantes que decir sobre la presencia de Aurelia en mis sueños.

Marcus caminó hacia la compuerta.

—Creo que ahora mismo lo mejor será trabajar un poco.

—PROCEDA CON CALIbrACIÓN DEL SISTEMA DE NAVEGACIÓN DRON DE CARGA NÚMERO UNO.

Marcus sonrió.

—Vamos allá.