La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 29
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 29

«Noventa monedas»

Cuando Nuño entró en la sala, los recaudadores ya lo esperaban. La mesa estaba cubierta de pergaminos y tablillas enceradas con los registros de la última campaña. Nuño recorrió las cifras con la mirada sin llegar a sentarse.

—No es suficiente.

Las voces estallaron inmediatamente. Varios hombres comenzaron a hablar a la vez. Nuño apenas distinguió palabras sueltas entre las protestas.

Rodrigo terminó imponiéndose sobre el resto.

—La última campaña ha sido la mejor que recordamos.

—Y aun así no es suficiente —expuso Nuño—.

Todos habéis oído rumores. Algunos más ciertos que otros.

Yo vengo de León y puedo deciros que la situación es peor de lo que imagináis.

Si el rey decide reorganizar la tenencia, ninguno de nosotros conservará su puesto.

El hombre que venga traerá a sus propios administradores, sus propios recaudadores y sus propios hombres de confianza.

No tendrá ninguna necesidad de mantener a los nuestros.

Por eso os sugiero que dejéis de pensar en el próximo año y empecéis a pensar en vuestras familias.

—La última recaudación terminó hace unos meses —objetó Rodrigo—. Solo han pasado dos estaciones.

—Precisamente —respondió Nuño—. Las cosechas ya están recogidas y el grano está en los graneros. Pasado el invierno habrá menos dinero que ahora.

—Pero alguno podría no llegar a la primavera. Deberíamos dejar a la gente pasar el invierno, ya cobraremos después.

Nuño fijó los ojos en él.

—¿Y quién te garantiza que seguiremos aquí en primavera?

La pregunta apagó cualquier réplica.

—Quiero una nueva campaña de recaudación. Revisad atrasos, deudas y obligaciones pendientes. Quiero cifras superiores a las de la última vez.

Nuño los observó uno por uno.

—Os recuerdo que seguís a porcentaje. Podéis considerarlo una oportunidad. Aprovechad mientras aún podéis.

La reunión terminó poco después. Cuando el último recaudador abandonó la sala, Nuño hizo un gesto a Diego para que permaneciera.

El chambelán cerró la puerta y regresó junto a la mesa.

—¿Qué ocurre?

Nuño tomó uno de los registros.

—Las cuentas que enviaremos a León no reflejarán la recaudación completa.

Diego tardó un instante en comprender lo que acababa de oír.

—¿Qué quieres decir?

—Exactamente lo que he dicho. Quiero que figure aproximadamente una cuarta parte de lo recaudado.

Diego levantó la vista.

—Eso es ilegal, un fraude a la Corona.

—Llámalo como prefieras. Pero es prudencia.

Diego negó lentamente con la cabeza.

—No voy a hacerlo.

—Sabes que nunca te he considerado un simple chambelán —suspiró—. Trabajaste para mi padre toda la vida. Me viste crecer. Si las cosas hubieran sido distintas, probablemente te habría confiado a mis propios hijos.

—Entonces no entiendo lo que me estás pidiendo.

—Porque sigues pensando que esto va de dinero.

Nuño se sentó por primera vez.

—Esto va de lo que ocurrirá cuando el rey tome una decisión.

—No sabemos lo que hará.

—Yo sí sé lo que no hará. No pensará en nosotros. Tú lo sabes tan bien como yo.

—Eso no justifica robar al rey.

—¿Robar? Diego, el rey está a punto de quitarnos todo aquello por lo que mi familia ha trabajado tanto.

Señaló hacia la ventana.

—La comarca sobrevivirá.

—¿Eso crees?

—Estoy seguro. Esas gentes siempre sobreviven.

Pierden cosechas, animales o herramientas y vuelven a empezar.

Siempre lo hacen. Nosotros no. Tú no. Yo aún tendré una hacienda cuando todo termine.

Tú ni siquiera tienes eso. Si el rey decide reorganizar la tenencia, quizá dentro de unos meses no tengas este despacho, ni este cargo, ni un sueldo que cobrar.

Diego apartó la mirada. Por primera vez desde que comenzó la conversación no encontró una respuesta.

Aurelia encontró a Marcus junto a la orilla. Había apuntalado la caña entre dos rocas y observaba el agua con una concentración que habría resultado más apropiada para una batalla que para la pesca.

—Hoy vamos a hacerlo bien.

Marcus giró la cabeza.

—Ayer también lo hice bien.

—Ayer pescaste un pez tan pequeño que seguramente todavía estaba decidiendo si quería ser pez. Y además sin cebo.

—Creo que ya me has humillado bastante con ese detalle.

Aurelia sonrió y comenzó a remover la tierra húmeda junto a la orilla con una rama. No tardó en encontrar la primera lombriz.

—Mira.

Marcus se agachó para observarla.

—Parece un gusano.

—Porque es un gusano.

—Entonces me has engañado.

—No empieces.

Reunieron varias más y regresaron hacia la cabaña para dejar la cesta. Aurelia empujó la puerta con la cadera y entró. Apenas había dado dos pasos cuando escuchó un crujido sobre su cabeza.

Alzó la vista demasiado tarde. Una sección del techo se desplomó sobre la mesa en medio de una lluvia de paja, polvo y ramas secas.

Marcus observó el agujero.

—Eso no debería haber pasado. La estructura parecía sólida.

Aurelia recorrió con la mirada la pared más cercana.

—Marcus, esa viga está apoyada sobre otra viga. Y esa otra sobre una tercera. ¿Y qué las sujeta?

Marcus reflexionó unos segundos.

—La gravedad.

Aurelia soltó una carcajada.

—Estoy de acuerdo. Es bastante grave si te cae encima.

Pasaron un rato retirando la paja caída y recolocando algunas ramas. Cuando terminaron, la cabaña seguía pareciendo una cabaña.

—Algún día tendrás que decirme dónde te metes por las mañanas.

Marcus siguió observando el techo.

—Estoy trabajando.

—¿Y qué haces? ¿Cuentas árboles?

Marcus abrió la boca. Aurelia levantó una mano.

—No hace falta que contestes ahora mismo. Prefiero esperar.

Marcus pareció confundido.

—¿Esperar a qué?

—A que prepares una mentira mejor. Cuanto más elaborada sea, más me divierte.

La muchacha recogió la cesta de las lombrices. Marcus volvió a cerrar la boca.

—Mañana me la cuentas.

Aurelia preparó el anzuelo mientras Marcus seguía cada movimiento con atención. Cuando la muchacha atravesó la lombriz con el hierro, apartó la vista.

—¿Te dan miedo los gusanos?

—No. Pero me da un no sé qué cuando lo pinchas.

—Eres más raro... —vaciló— que un perro verde.

—Qué raro. Hace unos días tuve un sueño extraño. Había un muchacho tocando una flauta junto al lago. Y me llamaba así.

Aurelia dejó de mover las manos.

—¿Así cómo?

—Perro Verde. ¡Qué cosas!

Y volvió a ocuparse de la caña como si acabara de comentar el tiempo. Aurelia, en cambio, sintió que el corazón le daba un vuelco.

—Sí. Supongo que sí.

Volvió al cebo.

—Mira, se pone así, ¿ves? Al menos le pusiste un corcho. De todas formas, ajusta que el anzuelo no quede demasiado profundo.

—¿Cuánto?

—Un brazo es suficiente.

—¿Un brazo tuyo o mío?

Aurelia suspiró.

—Empiezo a comprender por qué no pescabas nada.

Cuando finalmente emprendió el camino de regreso, descubrió que iba silbando. Intentó dejar de hacerlo dos o tres veces, sin éxito. La melodía regresaba sola una y otra vez.

Lucio la vio aparecer por el sendero mucho antes de que alcanzara la casa. Observó cómo avanzaba junto a la tapia, giraba sobre sí misma para esquivar un charco y continuaba caminando como si el otoño hubiera desaparecido de golpe.

—¿Qué te pasa?

Dejó la cesta sobre la mesa y sonrió. Dio un paso, tomó ambas manos de su padre y lo obligó a girar una vez en mitad del taller.

—¿Te has vuelto loca?

—Un poco.

—Entonces bendito sea lo que te haya vuelto loca —rio.

Aquella noche le costó conciliar el sueño.

Cada vez que cerraba los ojos regresaba al lago, a la sonrisa de Marcus mostrando orgulloso aquel pez ridículo, a sus risas por cualquier tontería, a las horas junto a la cabaña o a aquella imagen saliendo del agua sin sospechar que ella lo observaba desde detrás de un árbol.

Sintió cómo el calor le subía hasta las mejillas.

La voz de Lucio llegó desde la habitación contigua.

—Aurelia, mañana vas a ver al padre Martín —tronó.

La noticia llegó a la aldea antes que los caballos. Cuando Rodrigo apareció por el camino acompañado únicamente por dos escoltas, la mayoría de los vecinos ya los estaban esperando. Nadie sonreía ni parecía especialmente sorprendido.

Lucio fue el primero en acercarse.

—¿Qué ocurre esta vez?

Rodrigo desmontó con lentitud.

—Nueva campaña de recaudación.

Un murmullo recorrió el grupo.

—¿Otra? La anterior fue después del mercado.

—Lo sé —admitió Rodrigo—. Traigo órdenes.

Aurelia observó a los dos escoltas. Ambos permanecían junto a los caballos con las manos apoyadas cerca de las porras.

—¿Cuánto tenemos que pagar?

—Noventa monedas.

La respuesta fue inmediata. Varias voces comenzaron a protestar a la vez. Alguien soltó una carcajada incrédula y otro preguntó si acababa de decir noventa.

—¿Noventa otra vez? ¿Nos toma por mercaderes de León?

—He dicho noventa.

Lucio negó lentamente con la cabeza.

—No las tenemos.

—Entonces reunid todo lo que podáis.

La discusión se prolongó durante buena parte de la mañana. Casa por casa fueron apareciendo pequeñas bolsas de cuero con las monedas obtenidas en el mercado.

Cuando terminaron de reunirlo todo, la cifra seguía estando muy lejos de lo exigido.

Rodrigo contó el dinero dos veces.

—Solo hay cincuenta.

—Es todo lo que tenemos. Nos deja sin blanca —dijo Lucio.

El recaudador contempló las monedas durante unos segundos. Aquella gente acababa de entregar el dinero que necesitaba para afrontar el invierno. Y aun así no bastaba.

—Os puedo dar unos días para reunir el resto, pero necesito garantías.

Uno de los escoltas señaló hacia un cercado cercano.

—Ahí tenéis la garantía.

Las miradas se dirigieron al mismo punto. El gorrino levantó la cabeza sin comprender por qué tanta gente lo observaba. Había crecido mucho desde el mercado.

Lucio dio un paso adelante.

—No. Ese animal nos pertenece. Vale más que las cuarenta monedas.

—Y el rey se las reclama a Nuño. ¿Queréis que las pague él por vosotros?

Aurelia sintió cómo se le tensaba la mandíbula.

—No podéis llevaros el cochino.

Uno de los escoltas ya se dirigía hacia el cercado.

—¡Es un abuso!

La voz surgió desde algún punto del grupo.

Acto seguido sonó el golpe. La porra alcanzó a un vecino en el hombro y lo derribó de rodillas.

Todo ocurrió muy deprisa. Varios hombres avanzaron un paso.

Los escoltas se tensaron. Y entonces una piedra salió volando desde algún lugar de la multitud.

Golpeó el casco de uno de los soldados con un ruido seco.

El hombre trastabilló.

—¡¿Quién ha sido?!

Rodrigo miró hacia los aldeanos y luego hacia sus dos escoltas.

—Basta —vociferó mientras levantaba las dos manos—. He dicho basta. Ya estamos en paz.

Rodrigo respiró hondo.

—Nos llevaremos el cochino.

Las protestas comenzaron de nuevo. Esperó hasta recuperar la atención de todos.

—Cuarenta monedas antes de que termine el invierno.

Señaló al animal.

—Pagadlas y os lo devolveré. Si no, se descontará de la deuda.

Lucio soltó una risa amarga.

—¿Y mientras tanto?

Rodrigo miró al cochino.

—Mientras tanto tendrá que comer.

—¿También vais a cobrarnos eso? —dijo Aurelia.

Rodrigo se apretó el entrecejo.

—Vamos a hacer una cosa. Dentro de diez días volveré.

Si juntáis la mitad, solo veinte monedas, daré el asunto por zanjado y ya me preocuparé yo de meter en razón al señor Nuño.

Pero si no las tenéis, me llevaré al cerdo y para recuperarlo tendréis que pagar las cuarenta monedas más lo que cueste alimentarlo.