LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 28
«El despertar»
La música de la flauta flotaba sobre el lago. Marcus avanzaba por la orilla siguiendo la melodía. Más arriba, sobre una loma cubierta de brezo, un joven vigilaba las cabras mientras tocaba. La canción era sencilla. Marcus la conocía bien. Tenía la sensación de haberla escuchado cientos de veces.
Cuando llegó a la cima, la flauta calló.
—Tocas mejor cada año, Seisdedos.
El muchacho bajó el instrumento.
—Y tú sigues mintiendo igual de mal, Perro Verde.
Seisdedos descendió de la roca donde estaba sentado y comenzó a reunir las cabras con unos silbidos cortos. Lo primero que hizo al acercarse fue señalar la bolsa de cuero que Marcus llevaba colgada al hombro.
—Dime que has traído las cartas. La última vez tuve que escucharte hablar durante toda la tarde.
—Y sobreviviste.
—Por poco.
Marcus sacó la baraja de la bolsa que llevaba al hombro y ambos ocuparon sus lugares habituales junto a una roca plana.
Llevaban toda la tarde jugando. El sol comenzaba a descender sobre las montañas cuando las últimas cartas regresaron a la bolsa.
—He traído algo para ti.
Buscó detrás de una roca y regresó con una vieja caña de pescar. Había sido reparada varias veces y la madera mostraba el desgaste de los años.
Marcus la sostuvo entre las manos.
—¿Es para mí?
—Toda tuya. A ver si alguna tarde encuentro algún pescado cuando llegue. Yo pondré el queso. Y, si consigo que mi padre no se entere, hasta un poco de vino.
Marcus pasó los dedos por la superficie lisa de la madera.
—No sé qué decir. Gracias.
Seisdedos se encogió de hombros.
—Es un regalo interesado.
Volvió a llevarse la flauta a los labios.
La melodía regresó. Una grieta recorrió la superficie del agua.
Luego apareció otra. Y otra más. Las fracturas comenzaron a extenderse siguiendo el ritmo de la música hasta cruzarse unas con otras.
En pocos instantes toda la lámina del lago quedó cubierta por una red de líneas irregulares.
Ya no parecía agua. Parecía cristal. La flauta siguió sonando.
Las grietas avanzaron hacia la orilla, llegaron a sus pies y continuaron extendiéndose bajo él.
Marcus retrocedió un paso. El lago estalló.
Marcus se incorporó de golpe. Respiraba con rapidez y la imagen del lago resquebrajándose seguía grabada en su cabeza con una nitidez extraña. Permaneció inmóvil, escuchando, mientras el zumbido constante de los sistemas de la nave llenaba el silencio.
—Maldita sea...
Sobre la mesilla descansaba la flauta. La luz blanca del techo arrancaba pequeños reflejos de la madera pulida. Marcus la observó unos segundos. Solo había sido un sueño. Últimamente tenía demasiados.
Se levantó y tomó la flauta entre las manos. Era ligera y estaba gastada por los años. Al acercársela distinguió el tenue olor de la madera envejecida. Intentó recordar al muchacho del sueño, pero la imagen se le escapó casi al instante.
La joven que le había entregado la flauta, en cambio, acudió a su memoria sin dificultad. Recordó sus ojos oscuros, su forma decidida de caminar y la expresión extraña con la que lo había mirado antes de marcharse.
Una sonrisa involuntaria asomó en la comisura de sus labios. Parecía una buena muchacha. Miró la hora. Todavía era temprano. Dejó la flauta sobre la mesilla, volvió a tumbarse y cerró los ojos. Esta vez el sueño llegó casi de inmediato.
Estaban sentados alrededor de una mesa de madera bajo unos robles. La carne chisporroteaba sobre unas brasas cercanas y el aire olía a humo y a vino. Frente a él, la muchacha reía por algo que había dicho un hombre mayor de barba canosa. Él también sonreía.
La escena cambió.
Ahora estaban solos. La muchacha permanecía de pie frente a él.
El viento agitaba algunos mechones de su cabello.
Ella dio un paso adelante, luego otro, y apoyó las manos sobre sus hombros.
Sintió el calor de sus dedos incluso a través de la ropa.
La joven levantó la vista hacia él y sonrió.
Cuando comenzó a acercarse para besarlo, un pitido agudo atravesó el sueño.
Abrió los ojos de golpe.
—No fastidies...
El despertador seguía sonando. Lo apagó de un manotazo.
—Me despierta en lo mejor. Este sueño prometía...
Se incorporó, mucho más despejado que antes.
—A ver. ¿Qué tenemos para hoy?
—TIENE CIENTO DOCE INCIDENCIAS DE MANTENIMIENTO PENDIENTES —respondió la IA.
Las murallas de Sanabria aparecieron al otro lado del valle.
La vieja torre que dominaba la villa se alzaba sobre los tejados mucho antes de que pudieran distinguirse las primeras casas.
Habían pasado varias semanas desde que partieron hacia León y el viaje de regreso se le había hecho mucho más largo que el de ida.
A la ida sabían lo que buscaban. A la vuelta ya no tenían tan claro lo que habían encontrado.
Nuño cabalgaba unos metros por delante del resto de la comitiva. Desde que abandonaron León apenas había abierto la boca, salvo para quejarse, maldecir o insultar a alguien. Después de dos semanas de viaje, nadie conservaba el menor interés por mantener una conversación con él.
Cuando alcanzaron las puertas de la villa, algunos vecinos dejaron sus tareas para observar el regreso del señor. Nuño ni siquiera redujo el paso. Atravesó la plaza principal, tomó una calle secundaria y detuvo el caballo frente a una taberna que conocía demasiado bien.
Rodrigo esperaba que subiera directamente al castillo. Al verlo detenerse allí comprendió que el viaje había ido incluso peor de lo que imaginaba.
Nuño desmontó, lanzó las riendas a un mozo y se llevó consigo a dos de sus hombres. Antes de desaparecer por la puerta, Rodrigo le indicó que pondría a Diego al corriente de lo ocurrido.
—Haz lo que quieras. Me la sopla.
Fue la respuesta más larga que le había escuchado en toda la mañana.
Rodrigo continuó hasta el castillo. Encontró a Diego en la sala de cuentas, rodeado de pergaminos y tablillas enceradas. El chambelán levantó la vista al verlo entrar y dejó la pluma sobre la mesa.
—¿Dónde está Nuño?
—Emborrachándose.
—Entonces ha ido mal.
Rodrigo aceptó una copa de vino antes de sentarse.
Le resumió la audiencia, las palabras de cortesía del rey y, sobre todo, las que nunca llegaron.
Alfonso había agradecido los servicios prestados por la familia, había preguntado por la frontera y por el crecimiento de la villa, pero evitó cuidadosamente cualquier compromiso sobre la tenencia.
—Lo que sí parece claro es que tiene planes para Sanabria.
—¿Qué clase de planes?
—Se habló de reforzar la frontera. Más hombres. Más comercio. Más pobladores. Y escuché algo curioso. Uno de los ayudantes del rey se refirió a la villa como Puebla de Sanabria.
—¿Puebla?
—Eso mismo pensé yo.
—Nadie llama puebla a una villa por casualidad. Significa nuevos pobladores, privilegios... un fuero tarde o temprano.
—Lo sé. Tampoco me pareció una palabra escogida al azar.
Diego apoyó los codos sobre la mesa mientras ordenaba las ideas.
Una puebla era un premio demasiado valioso para desperdiciarlo.
Cuando llegara el momento de decidir quién la gobernaría, Alfonso podría saldar una deuda, recompensar un servicio o comprar una lealtad.
Nuño confiaba en heredar la tenencia. El problema era que las tenencias no se heredaban.
Aquello explicaba el humor con el que había regresado.
—Entonces todos esos impuestos extraordinarios no le han servido de mucho.
Rodrigo soltó una breve risa.
—Yo diría que le han servido demasiado.
Ante la mirada interrogante del chambelán, continuó.
—En León no hablan de una comarca pobre ni de una frontera olvidada. Hablan de mercados, de mercaderes y de recaudación. Si el rey se ha fijado en Sanabria es precisamente porque la villa parece prosperar.
—Así que todo este tiempo Nuño ha intentado ganarse el puesto de su padre y lo único que ha conseguido es demostrar que Sanabria vale más de lo que pensaban.
—Eso parece. Ha trabajado y ha convertido la tenencia en un premio demasiado jugoso para que el rey la entregue a un hombre sin aliados en la corte y del que no obtiene nada a cambio.
—¿Y qué será de nosotros? —preguntó Diego.
Rodrigo giró la copa entre los dedos antes de responder.
—Tú quizá conserves algún puesto en el castillo. Siempre hacen falta hombres que conozcan la villa y sus cuentas. Yo no tendría tantas esperanzas.
—Siempre nos quedará la hacienda de Nuño.
—Lo veo complicado. Mientras recaudo impuestos en nombre del tenente, la gente baja la cabeza y paga.
El día que pierda ese cargo seré un hombre más.
Llevo años cobrando deudas, embargando cosechas y reclamando tributos.
No he hecho precisamente muchos amigos. El que venga traerá a sus propios hombres.
No dejará que un desconocido se ocupe de sus cuentas.
Si las cosas terminan como temo, tendré que marcharme.
—¿Adónde?
—A Benavente, con seguridad. Es lo bastante grande para empezar de nuevo.
Diego observó los pergaminos esparcidos sobre la mesa.
—Parece que ya lo tienes pensado.
Rodrigo apuró el vino que quedaba en la copa.
—Tuve todo el camino de regreso para hacerlo.
Diego esbozó una sonrisa cansada.
—Te echaré de menos, viejo amigo.
Rodrigo soltó una breve carcajada.
—No te despidas todavía. A este paso aún nos quedan uno o dos años para seguir soportándonos.
Las semanas se transformaron en meses. El verano dejó paso al otoño y, cuando las primeras nieblas comenzaron a descender por las laderas al amanecer, Lucio comprendió que su hija seguía tan atrapada como el primer día.
Aurelia trabajaba, ayudaba en el taller, preparaba los hornos, negociaba con clientes y cumplía con todas sus obligaciones.
Sin embargo, la alegría parecía haber abandonado la casa.
Hablaba menos, sonreía menos y, sobre todo, había dejado de buscar cualquier excusa para acercarse al lago.
Lucio observó aquel cambio durante mucho tiempo antes de decidirse a intervenir. Una tarde, mientras repasaban unas cuentas junto al horno todavía caliente, dejó el carbón con el que estaba haciendo marcas sobre una tablilla y la miró por encima del borde de la mesa.
—¿Por qué no vas a verlo?
Aurelia supo inmediatamente de quién hablaba.
—Porque duele.
La respuesta salió antes incluso de que pudiera pensarlo.
—También te duele no ir —señaló Lucio.
Aurelia bajó la vista.
—No es lo mismo. Cuando lo veo... siento que murió aquel hombre. Está ahí delante de mí, pero no recuerda nada.
—Ramiro no parecía pensar eso. Me contaste lo que te dijo. Era un hombre sabio.
Aquello era precisamente lo peor. Porque una parte de ella sospechaba que el viejo pastor tenía razón.
Días después, mientras transportaba varios pequeños recipientes destinados al monasterio, pasó cerca del lago.
La tarde era clara. El agua brillaba bajo el sol y las montañas comenzaban a teñirse con los colores del otoño.
Al llegar al cruce donde el sendero se separaba del camino principal, Aurelia redujo el paso.
Bastaba con seguir recto para continuar a San Martín. El sendero de la izquierda llevaba al lago. Durante meses había elegido el camino de San Martín. Pensó en las palabras de su padre. Giró hacia la izquierda.
Encontró a Marcus donde menos le sorprendió: sentado sobre su roca favorita, junto a la orilla.
Sin embargo, algo resultaba distinto. Incluso desde lejos percibió que estaba de buen humor.
Mantenía una expresión satisfecha mientras observaba con atención un pequeño objeto que sostenía entre las manos.
—¿Y esa cara?
Marcus levantó la vista. Una sonrisa apareció inmediatamente en su rostro.
—¡Lo he conseguido!
Alzó la mano con orgullo.
Entre sus dedos colgaba un pez diminuto. Tan diminuto que Aurelia tardó un momento en comprender que aquello era todo. Finalmente estalló en una carcajada.
Marcus sostuvo al pez por la cola y lo examinó con aire crítico.
—¿Qué tiene de gracioso?
Aquello solo empeoró las cosas. Aurelia terminó doblándose sobre sí misma mientras intentaba recuperar el aliento.
—¿Ese es el gran pez del que estabas tan orgulloso?
—Es un pez.
—Marcus, es más pequeño que mi pulgar.
—Sigue siendo un pez.
Aurelia volvió a reír. Hacía tanto tiempo que no lo hacía de aquella manera que terminó sorprendiéndose a sí misma. Olvidó por completo la tristeza, el dolor y todos aquellos meses de ausencia.
—Yo creía que era bastante respetable —dijo Marcus.
—Claro que sí.
—¿Te estás burlando?
—Un poco.
—No entiendo por qué se me da tan mal pescar —resopló.
Aurelia terminó serenándose.
—Bueno, para empezar, estás pescando a mediodía.
—¿Y eso es malo?
—No es el mejor momento. Es mejor en la madrugada o al caer la noche.
Aurelia se sentó en la roca.
—Enséñame cómo pescas.
Marcus se levantó inmediatamente. Tomó la caña con gesto solemne, comprobó la posición del sedal y realizó un lanzamiento que describió un arco impecable sobre el agua.
Aurelia siguió cada uno de sus movimientos.
—Oye... ¿Tú pones cebo?
Marcus giró la cabeza.
—¿Que si pongo qué?
Aurelia creyó haber oído mal.
—Cebo.
—¿Qué es eso?
La muchacha lo miró fijamente. Marcus le devolvió la mirada con absoluta sinceridad. No estaba bromeando. Y entonces volvió a echarse a reír. Esta vez las lágrimas le corrieron por las mejillas.