LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 27
«La despedida»
El efecto fue inmediato. El veterano ni siquiera intentó comprender qué estaba viendo.
—¡Corred!
Los tres espolearon los caballos al mismo tiempo. Los animales parecían necesitar aún menos explicaciones que sus jinetes. Giraron bruscamente sobre el sendero y emprendieron la huida entre los árboles mientras los cascos levantaban tierra y hojas secas a su paso.
Aurelia permaneció petrificada detrás del roble.
La enorme forma siguió avanzando hacia la orilla levantando una larga estela de espuma.
Contuvo la respiración. Fue perdiendo impulso.
La espuma dejó de crecer. Aquella masa oscura se hundió gradualmente bajo el agua hasta que solo quedaron las ondas extendiéndose por el lago. El zumbido grave murió poco después.
El lago recuperó la calma con rapidez. La espuma comenzó a dispersarse y las ondas se extendieron lentamente hasta morir contra la orilla. Solo el humo de la cabaña seguía elevándose hacia el cielo.
Los cascos de los caballos resonaban aún entre los árboles, cada vez más lejanos.
Tenía las manos aferradas a la corteza del roble y fue consciente de que estaba temblando.
Intentó dar un paso y no pudo. El miedo seguía allí, inmóvil dentro de ella.
Cerró los ojos y obligó a sus dedos a soltarse del tronco.
Marcus.
El nombre bastó para romper la parálisis. Salió de su escondite y echó a andar hacia el lago. Apenas había recorrido unos centenares de pasos cuando una voz llegó desde su derecha.
—¡Aurelia!
Se quedó clavada en el sitio. El corazón le dio un vuelco.
Giró sobre sí misma buscando el origen de la voz.
Marcus salía de entre un grupo de carrizos que crecían junto al agua.
Tenía el cabello pegado a la frente, la túnica empapada y el agua goteando desde las mangas cada vez que movía los brazos.
Aurelia fue incapaz de reaccionar. Lo único que vio fue que estaba vivo.
Marcus apenas había dado unos pasos hacia ella cuando echó a correr y se lanzó contra él con tanta fuerza que estuvo a punto de hacerlo caer.
Marcus la sujetó por puro reflejo mientras sentía cómo los dedos de la muchacha se aferraban a su espalda.
—Estás vivo.
La voz apenas fue un susurro. Marcus abrió la boca para responder, pero Aurelia ya se había apartado lo suficiente para mirarlo a la cara.
Y lo besó.
Fue breve y torpe. Cuando se separó, pareció tan sorprendida como él por lo que acababa de hacer.
Comenzó a golpearle el pecho con ambos puños.
—¡Idiota! ¡Maldito idiota! ¿En qué estabas pensando?
—Hola para ti también —dijo Marcus.
—¡No te rías!
Otro golpe. Esta vez más débil.
—He visto humo desde el camino. He pensado que estabas ahí dentro. He pensado...
La voz se quebró. Los golpes cesaron. Aurelia bajó la cabeza y permaneció inmóvil, respirando con dificultad.
—He pensado que habías muerto.
Marcus dejó de sonreír y la abrazó con suavidad. Hasta aquel momento no había comprendido que alguien pudiera preocuparse tanto por él.
Permaneció apoyada contra su pecho. Poco a poco la respiración fue recuperando un ritmo más normal y los temblores comenzaron a remitir. Entonces notó el frío. La túnica de Marcus estaba empapada. Se apartó ligeramente.
—Estás chorreando. ¿Te escondiste dentro del agua?
—Ya te digo. No sé qué le hice yo a esos tres.
Siguió observándolo. El agua seguía cayendo de las mangas. Del borde de la túnica. Del cabello pegado a la frente. Después volvió la vista hacia el lago. Y recordó la sombra.
—Lo vi. ¿Qué era eso?
—Un truco de magia.
—¿Un truco? Marcus, aquello ocupaba medio lago.
—Bueno, tampoco era un truco pequeño.
—No me tomes por tonta.
Cruzó los brazos.
—¿Y cómo hiciste ese truco?
—Si te lo explico deja de ser un truco. Es una norma básica de los trucos. ¿Nunca has visto actuar a un juglar en Sanabria?
—¿Qué tiene que ver eso?
—La gente siempre dice lo mismo. Que es imposible. Que ha visto magia. Luego resulta que había una cuerda escondida, una trampilla o cualquier otra cosa.
Aurelia señaló el lago.
—Una cuerda no atraviesa un lago.
Marcus miró el agua.
—Bueno... una cuerda muy larga.
Aurelia siguió observándolo en silencio.
—Te lo inventas sobre la marcha.
—No seas supersticiosa. Si fuera otra cosa no habría permitido que me quemaran la casa.
La sonrisa desapareció del rostro de Aurelia. Volvió la vista hacia los restos humeantes de la cabaña.
—Es verdad. ¿Y ahora qué vas a hacer?
—Construir otra casa.
—No se ha perdido gran cosa, la verdad.
—¿Por qué dices eso?
—Tenía goteras, la puerta no cerraba bien y creo que una pared estaba torcida —criticó—. Para serte sincera, esperaba llegar un día y que se te hubiera caído el techo encima. No puedes seguir viviendo aquí.
Marcus contempló las ruinas.
—Eso es un inconveniente temporal.
—Ven a casa —exclamó—. Mi padre no tendrá ningún problema.
—No es buena idea —declaró.
—¿Por qué? No tienes dónde dormir.
—Porque no.
—Vaya explicación. No puedes dormir en el bosque.
—Llevo años haciéndolo.
—No entiendo por qué haces esto.
—¿El qué?
—Todo —dijo mientras señalaba las ruinas —. Vivir aquí solo. Guardar secretos y alejar a todo el mundo.
—No alejo a todo el mundo. Aquí puede venir quien quiera. Me gustan las visitas.
—Eso no es verdad y lo sabes.
Aurelia esperó una respuesta que no llegó. Sacudió la cabeza. La voz sonó cansada.
—No quiero discutir.
Marcus dio un paso hacia ella.
—No pretendía enfadarte.
Aurelia se volvió hacia el sendero.
—Voy a casa. Mi padre estará preocupado.
—Aurelia.
Ella se detuvo, pero no se giró.
—Tengo miedo, Marcus. Y ya no sé si es por lo que he visto en el lago o por ti.
Reanudó la marcha. Caminó sin prestar atención al sendero.
La imagen de la sombra seguía apareciendo una y otra vez en su memoria.
Se mezclaba con el recuerdo de Marcus saliendo de entre los carrizos, empapado, con el beso y la discusión posterior.
Ningún pensamiento lograba permanecer mucho tiempo sin ser desplazado por otro.
—¡Aurelia!
La llamada la sobresaltó. Levantó la cabeza y descubrió que casi había llegado a la aldea.
Ni siquiera recordaba haber recorrido la última parte del camino.
Marina se acercaba por el sendero. A pesar del vientre abultado había intentado apresurar el paso y ahora respiraba con dificultad.
Algunos mechones se habían escapado de la trenza.
—Gracias a Dios.
Aurelia sintió un nudo en el estómago antes incluso de que la muchacha hablara.
—Respira. No corras, te puedes caer. ¿Qué ocurre?
Marina intentó recuperar el aliento.
—Mi abuelo quiere verte.
La joven se frotaba las palmas, una contra otra, como si intentara borrar algo.
—¿Ramiro está peor?
—No creo que supere la noche.
Aurelia ya sabía que aquel momento terminaría llegando. Desde su regreso del mercado, Ramiro había ido perdiendo fuerzas día tras día. Aun así, escuchar aquellas palabras hizo que la realidad adquiriera un peso distinto.
Marina apartó la vista. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Aurelia le tomó la mano.
—Vamos.
La casa de Ramiro estaba tranquila. Las cabras se movían inquietas en el corral.
Desde el interior llegaban voces apagadas, el crujido ocasional de una silla o el sonido de alguien moviéndose de una habitación a otra.
Aurelia observó a los vecinos reunidos en pequeños grupos por el patio.
Estaba segura de que los que faltaban estaban dentro.
Marina soltó la mano de Aurelia y entró primero. Se acercó a una de las habitaciones y apartó la cortina que cubría la entrada.
—Abuelo. Ha venido.
Ramiro estaba tumbado sobre el jergón. La impresión golpeó a Aurelia. La piel se le pegaba a los huesos y la respiración era lenta y trabajosa. Aun así, cuando abrió los ojos y la vio, una débil sonrisa apareció en su rostro.
—Has tardado. Pensé que no me daría tiempo.
—He venido en cuanto me han avisado.
Ramiro giró la cabeza hacia su nieta.
—Déjanos hablar a solas.
Marina vaciló.
—Estaré fuera.
Esperó a que la cortina volviera a caer. La sonrisa seguía allí. Más pequeña y cansada. Pero seguía siendo la misma.
—Siéntate, muchacha.
Acercó una banqueta y tomó asiento junto a Ramiro. La respiración le silbaba débilmente en el pecho.
—Mi nieta me cuenta cosas. Y la gente también. Sé que pasas mucho tiempo con… Fray Marcus.
Bajó la mirada sin responder.
—Bien. Porque quería decirte algo sobre Perro Verde.
—¿Perro Verde? —preguntó.
—Uno de los motes que le puse al ermitaño —murmuró—. Llegará un día en que te olvide. Cuando ocurra, no le des la espalda. Busca su amistad otra vez. Merece la pena.
—No entiendo lo que dices. Y además no busco su amistad.
—¿No?
—No. Quiero su amor —susurró.
—Oh. No me lo esperaba —admitió—. En ese caso no sabría bien qué decirte.
La respiración volvió a hacerse pesada. Permaneció un rato con los ojos cerrados antes de reunir fuerzas para continuar.
—Solo una cosa más. No le culpes por su condena. Dios sabrá por qué no le perdona.
Aurelia sintió un escalofrío. Aquello no tenía sentido. Pensó que quizá la enfermedad empezaba a confundirle.
Ramiro levantó con dificultad la mano. Entre los dedos sostenía la vieja flauta.
—Llévasela. Le hará ilusión.
Aurelia tomó el instrumento con cuidado.
—Se la llevaré.
Ramiro asintió. Parecía agotado.
—Adiós, Aurelia. Le daré recuerdos a tu madre.
La muchacha sintió que algo se rompía en su interior. Se levantó de la banqueta y se volvió hacia la puerta.
—Aurelia.
Miró por encima del hombro.
—Si te quiere, se acordará de ti.
Marcus removía distraídamente la pasta del cuenco. Apenas había probado un par de cucharadas. La pantalla cercana mostraba una lista de materiales necesarios para reconstruir la cabaña, pero tampoco le prestaba atención.
Pensaba en Aurelia y en el beso. En la discusión. Y en aquella última mirada antes de marcharse. Dejó la cuchara sobre la mesa.
—Voy a ausentarme unos días.
La voz respondió de inmediato.
—EL RECONOCIMIENTO MÉDICO SIGUE PENDIENTE.
Puso los ojos en blanco.
—No empieces otra vez —suspiró—. Tengo asuntos propios que atender.
Sujetó el mango de la cuchara por un extremo y con la otra mano curvó ligeramente la punta. Al soltarla, el metal recuperó su forma y una pequeña porción de papilla salió despedida contra la pared.
—¿Sabes? Si alguna vez explicaras las cosas como una persona normal, quizá te harían más caso. No haces más que repetir lo mismo. No entiendo este interés repentino.
—SU EXPOSICIÓN A PATÓGENOS LOCALES COMBINADA CON LOS ANTIVIRALES DE SU ORGANISMO PUEDE GENERAR CEPAS COMPATIBLES CON SU BIOLOGÍA, PERO MORTALES PARA LA POBLACIÓN LOCAL.
—¿Qué? —exclamó.
—LA REVISIÓN MÉDICA NO ES DISCUTIBLE.
—¿Y no podías haber empezado por ahí? Pensé que era otra de tus manías. Si existe la más mínima posibilidad de perjudicar a alguien, informa bien.
Se levantó de la mesa.
—Pero la próxima vez explica las cosas completas desde el principio.
Recogió el cuenco, lo dejó junto al fregadero y se encaminó hacia la sección médica.
Pasaron tres días antes de que Aurelia regresara al lago. Los restos carbonizados de la cabaña habían sido apartados y varias pilas de madera esperaban junto a la orilla. Marcus trabajaba cerca del agua. Levantó la cabeza al oír sus pasos.
—Buenos días. ¿Qué tal estás?
Aurelia frenó en seco. Aquello no había sonado como Marcus.
—Hola. He estado mejor.
Marcus dejó a un lado la herramienta que estaba utilizando y se limpió con una tela.
—¿Puedo ayudarte en algo?
—Sí —dudó—. Quería verte.
Bajó la vista hacia la flauta que llevaba en las manos. Jugueteaba nerviosamente con ella.
—Ramiro murió hace un par de días.
Marcus inclinó ligeramente la cabeza.
—Lo lamento. Te acompaño en el sentimiento.
—Gracias.
Marcus la miraba con atención.
—¿Era un familiar muy allegado?
Apretó con fuerza la flauta entre las manos.
—No. Era Ramiro.
Marcus la observó sin comprender. El silencio se alargó.
Aurelia tragó saliva.
—Me pidió que te entregara esto.
Le tendió la flauta. Marcus tomó el instrumento. Lo examinó unos instantes. Los dedos recorrieron la madera con lentitud.
—Es un instrumento muy bonito.
Aurelia se alisó la falda.
—¿Sabes quién era Ramiro?
—No tuve el placer.
Aurelia sentía que el corazón le golpeaba con fuerza en el pecho.
—Ramiro. El cabrero. Marina es su nieta.
Marcus negó lentamente con la cabeza.
—Lo siento. Me acordaría.
Aurelia notó que le temblaban las manos.
—¿No estarás bromeando?
Él levantó la vista.
—Por favor, no se me ocurriría bromear con una noticia así.
—Marcus…
La voz le tembló.
—¿Sabes quién soy?
—Lo siento. ¿Nos conocemos?
Aurelia retrocedió un paso. Luego otro. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
—Si he dicho algo que te ha molestado, no era mi intención —dijo Marcus.
Ella negó con la cabeza. Se volvió y echó a correr.
—¡Espera!
Marcus avanzó unos pasos tras ella.
—¡Lo siento!
La muchacha desapareció entre los árboles sin volver la vista atrás. Marcus bajó la vista hacia la flauta.
Cuando llegó a casa, Lucio seguía trabajando en el torno. Levantó la vista al oír abrirse la puerta. Apenas alcanzó a verla cruzar el taller antes de desaparecer hacia la habitación.
Algo en su forma de caminar hizo que abandonara el trabajo de inmediato. La encontró sentada sobre el jergón. Tenía la cabeza inclinada y los hombros le temblaban. Lucio se sentó a su lado sin decir nada y esperó como había hecho tantas veces desde que ella era una niña.
Aurelia intentó contener el llanto sin éxito. Lucio le apartó con suavidad un mechón de cabello de la cara y le pasó la mano por la cabeza.
—¿Qué ha pasado?
Tardó un buen rato en responder.
—Me ha olvidado.
—No estarás hablando de Marcus.
Las lágrimas volvieron a brotar.
—No sabía quién era Ramiro. Ni quién era yo.
Lucio siguió recorriendo lentamente su cabello con los dedos. Aurelia se secó los ojos con el dorso de la mano.
—Y hay algo más que nunca te he contado.
El alfarero aguardó en silencio.
—Marcus no es un fraile.
—Eso ya lo había imaginado. Menudo padre sería si no viera ciertas cosas.
Por primera vez desde que había entrado en la casa, una sombra de sonrisa cruzó el rostro de Aurelia. La muchacha se le abrazó.
—No padre, es el ermitaño.
Lucio la abrazó con más fuerza.
—Cuéntamelo todo.