La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 26
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 26

«Las puertas»

El sol se acercaba a su punto más alto. Bajo aquella claridad creciente, los bosques parecían más silenciosos de lo habitual. El aire era cálido, el viento escaso y la superficie oscura del agua apenas mostraba movimiento.

Los tres soldados enviados por Nuño llevaban varias horas recorriendo los alrededores sin encontrar nada que justificara aquella expedición.

A medida que avanzaban, la irritación iba sustituyendo a la prudencia con la que habían iniciado la búsqueda.

Habían recorrido claros, seguido senderos abiertos por los animales y remontado varios arroyos que desembocaban en el lago.

No había campos escondidos entre los árboles ni rebaños pastando lejos de la vista de los recaudadores.

Tampoco encontraron cabañas, corrales o cualquier otro indicio de aprovechamiento de aquellas tierras.

El jefe de la partida detuvo su montura sobre una pequeña elevación y contempló el paisaje con gesto agrio. Desde allí podía verse una amplia extensión de agua entre los árboles.

—Pues yo sigo sin entender qué esperaba encontrar el señor —gruñó.

El más joven de los tres soltó una risa breve.

—Quizá una ciudad escondida o un dragón.

—Eso estaría mejor que este paseo.

El tercero, un veterano que llevaba años al servicio de Rodrigo, escupió hacia un lado antes de responder.

—No os burléis. Hay demasiadas historias sobre este sitio y detrás de cada historia siempre hay algo de verdad.

—Y terminan cuando alguien bebe demasiado vino.

El veterano mantenía la vista fija en el lago mientras los demás seguían bromeando.

Había recorrido bosques mucho más espesos y atravesado montañas donde una caída significaba la muerte.

Había perseguido bandidos durante semanas y soportado tormentas capaces de congelar a un hombre sobre la silla de montar.

Sin embargo, aquellos parajes le provocaban una desconfianza que no lograba sacudirse.

El jefe hizo avanzar su caballo.

—Sigamos.

Descendieron por una pendiente cubierta de hojas secas y continuaron bordeando la orilla hasta que finalmente apareció la vivienda del ermitaño. Los tres hombres redujeron el paso al mismo tiempo. Después de tantos rumores, esperaban cualquier cosa menos aquello.

La construcción parecía levantada a base de remiendos sucesivos.

Ninguna pared estaba completamente recta y el tejado se hundía ligeramente por varios puntos.

Algunas tablas tenían un color distinto a las demás, señal de reparaciones realizadas en épocas diferentes, y hasta desde la distancia resultaba difícil creer que el conjunto consiguiera mantenerse en pie durante los temporales del invierno.

—¿Ese vive ahí? —preguntó el más joven.

El veterano observó la cabaña y resopló.

—Si vive ahí dentro, entendería que la gente lo tome por un loco.

—Pues ahí vive el monstruo —dijo el tercer soldado.

Ataron los caballos y se acercaron con cautela. La puerta estaba cerrada, pero no atrancada. El jefe la empujó lentamente y un olor a humedad, cuero mojado y madera vieja salió a recibirlos.

La estancia estaba vacía.

Sus miradas recorrieron el interior con creciente desconcierto.

Había una mesa, varias estanterías y poco más.

La cabaña resultaba mucho más pobre de lo que habían imaginado.

Las telarañas ocupaban las esquinas del techo, algunas pieles amontonadas junto a una pared estaban cubiertas de barro seco y el suelo mostraba manchas antiguas cuya procedencia ninguno deseó averiguar.

Aquello no parecía la vivienda de un hombre que pasara demasiado tiempo allí, sino un refugio utilizado de manera ocasional y sin la menor preocupación por el orden o la limpieza.

—Pues sí que vive como un animal —murmuró el más joven.

El veterano apartó una piel con la punta de la bota y observó la suciedad acumulada debajo.

—Los animales suelen ser más limpios.

Aquello terminó de convencer al jefe de que la expedición había sido una pérdida de tiempo.

Habían pasado media jornada dando vueltas para acabar registrando una pocilga habitada por un viejo ermitaño que ni siquiera se encontraba allí.

Rodrigo quería que abandonase la zona, pero resultaba difícil ahuyentar a alguien que parecía pasar el día entero vagando por los bosques.

Los tres salieron y contemplaron la construcción.

—Pues yo digo que le hagamos un favor —gruñó el veterano.

Los otros dos lo miraron.

—¿Un favor?

El hombre señaló la cabaña con el mentón.

—Mírala. Se caerá sola cualquier invierno de estos. Si el señor quiere que el ermitaño se marche, quemamos este cuchitril y asunto resuelto. Cuando vuelva entenderá el mensaje.

El más joven soltó una carcajada.

—Directo y sencillo.

—Los mensajes claros son los que mejor entienden los tercos.

El jefe volvió la vista hacia la cabaña. La propuesta era tosca, pero tenía cierta lógica. No habían encontrado nada que justificara una actuación mayor y regresar con las manos vacías tampoco le atraía especialmente.

—Traed una tea.

La tea prendió casi de inmediato. Durante unos instantes la llama permaneció pequeña, refugiada entre varias tablas ennegrecidas por los años, pero la ilusión duró poco.

La madera estaba tan seca que el fuego encontró alimento por todas partes.

Comenzó avanzando en silencio, extendiéndose por las grietas y los remiendos acumulados durante décadas, hasta que una ráfaga de aire avivó las brasas y las primeras lenguas de fuego treparon por la pared.

Los soldados retrocedieron unos pasos.

El incendio ganó fuerza con una rapidez inesperada. Las pieles colgadas bajo los aleros empezaron a arder, las llamas alcanzaron el tejado y pronto una sucesión de chasquidos secos comenzó a resonar en toda la estructura.

El humo ascendió en una columna oscura sobre los árboles mientras el fuego recorría la construcción de un extremo a otro. El calor obligó a los soldados a alejarse todavía más. Observaban las llamas con fascinación.

A varios kilómetros de allí, Aurelia avanzaba por el sendero cuando distinguió humo sobre los árboles. El paso se le acortó sin darse cuenta. Aquella columna oscura se elevaba exactamente donde debía estar la cabaña. Cuando quiso darse cuenta ya caminaba cada vez más deprisa por el sendero.

Echó a correr.

Las ramas le golpeaban los brazos al pasar y las piedras del sendero resbalaban bajo sus zapatos.

Solo pensaba en llegar cuanto antes. Ni siquiera tenía claro qué esperaba encontrar allí.

Quizá el fuego se hubiera iniciado por accidente y Marcus ni siquiera estuviera cerca.

Sin embargo, nada conseguía reducir la ansiedad que crecía en su interior.

Junto al lago, entretanto, el incendio continuaba extendiéndose.

Las llamas habían devorado ya buena parte de la estructura y el aire vibraba con el sonido constante de la madera resquebrajándose bajo el calor.

De vez en cuando alguna viga cedía con un chasquido seco, provocando una lluvia de chispas que ascendía por encima del tejado antes de desaparecer entre el humo.

Los soldados observaban desde una distancia prudente.

El fuego había alcanzado tal intensidad que resultaba imposible acercarse demasiado.

El interior de la cabaña era ya un resplandor rojizo en el que apenas se distinguían formas reconocibles.

Todo parecía dirigirse hacia un final previsible: unas cuantas vigas carbonizadas, un montón de cenizas y una historia más que contar al regresar a Sanabria.

—No quedará nada.

Entonces el más joven señaló hacia las llamas.

—¿Qué es eso?

Los otros dos siguieron la dirección de su dedo.

Pieles viejas, tablones, barro y toda clase de desperdicios cubrían el suelo de la cabaña. El incendio estaba consumiendo aquellos restos a gran velocidad y, a medida que desaparecían, comenzaba a quedar al descubierto algo que ninguno de los tres esperaba encontrar.

Al principio solo fue una superficie oscura entre las brasas. Una forma demasiado regular para pertenecer a una roca. Después una ráfaga de viento apartó parte del humo y la luz del sol cayó directamente sobre ella.

Los soldados se quedaron inmóviles. Un destello cegador surgió entre las llamas. No era el brillo irregular de una piedra húmeda ni el reflejo de un charco. Aquella superficie devolvió la luz con una intensidad casi dolorosa, como un espejo gigantesco enterrado bajo la cabaña.

El jefe avanzó unos pasos pese al calor. Ahora podía verla mejor.

La estructura ocupaba buena parte del suelo.

Era perfectamente lisa. No mostraba grietas, juntas visibles ni las imperfecciones propias de la piedra trabajada.

Tampoco parecía hierro. Ninguno de ellos había visto jamás una pieza metálica tan grande.

El fuego continuó crepitando a su alrededor y el humo ascendía lentamente hacia el cielo despejado.

El veterano fue el primero en retroceder.

—Las puertas del infierno —masculló— Montad.

El más joven no apartaba la vista de la superficie brillante.

—¿Qué es eso?

El veterano retrocedió otro paso sin apartar la vista de la superficie brillante.

—He dicho que montéis.

Muy por debajo de las llamas que consumían la cabaña, la nave permanecía sumida en la oscuridad y el silencio habituales. La primera anomalía fue detectada cuando los sensores térmicos registraron un aumento brusco de temperatura sobre el acceso principal.

Marcus estaba trabajando en uno de los talleres cuando apareció una notificación de alarma.

Al principio no le prestó demasiada atención.

Los sensores generaban incidencias constantemente y casi todas terminaban siendo irrelevantes.

Sin embargo, cuando comprobó la procedencia, dejó las herramientas sobre la mesa.

El aumento de temperatura se estaba produciendo sobre el acceso principal.