La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 25 #2
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 25 #2

Aurelia terminó de recogerse el cabello frente al cuenco de agua.

Había tardado más de lo habitual. Se humedeció las manos, alisó algunos mechones rebeldes y volvió a examinar su reflejo sobre la superficie temblorosa.

No era un espejo, pero servía. Después se sacudió la falda, limpió una pequeña mancha de barro junto al dobladillo y se volvió hacia la puerta.

Lucio observaba la escena desde el torno. La pieza que giraba entre sus manos ya estaba terminada desde hacía un buen rato, pero continuaba repasándola distraídamente mientras seguía a su hija por el rabillo del ojo.

—Voy al monasterio.

—Ya.

—Quiero hablar con el hermano Tomás.

—Claro.

—A ver qué tal les fue con las vasijas del mercado.

—Naturalmente.

Aurelia se cruzó de brazos.

—¿Qué?

—Nada.

Lucio dejó la pieza sobre la mesa y la contempló unos instantes antes de responder.

—Solo me preguntaba si el hermano Martín apreciará el esfuerzo.

—¿Qué esfuerzo?

—El de haberte peinado dos veces esta mañana.

—No me he peinado dos veces.

—Es verdad. Han sido tres. Y además te has lavado la cara.

—Siempre me lavo la cara.

—No tanto. Y es la primera vez que te veo olerte el aliento.

La muchacha tomó un trapo de la mesa y se lo lanzó. Lucio lo atrapó sin dificultad.

—Viejo insoportable. Voy a preguntar por las vasijas y por el agua de Bouza.

—Claro que sí.

Lucio esperó hasta que ella alcanzó la puerta.

—Si por casualidad ves a fray Marcus, lo saludas de mi parte… Y pórtate bien.

El portazo hizo temblar ligeramente la pared. Lucio sonrió. Hacía mucho tiempo que no veía a su hija tan feliz.

Marcus estaba tumbado dentro de un conducto de mantenimiento con medio cuerpo desaparecido entre cables y tuberías.

La luz blanca de los paneles iluminaba el interior metálico mientras desmontaba un filtro obstruido que debería haber sustituido varios días atrás.

El viaje a Sanabria le había dejado varios días de retraso.

Entre las sillas, el mercado y las continuas idas y venidas con Aurelia apenas había dedicado tiempo al mantenimiento.

El filtro salió finalmente de su alojamiento con un chasquido.

—Ya era hora.

Depositó la pieza sobre una bandeja y observó la acumulación de residuos.

—Menudo desastre.

—SE RECOMIENDA RECONOCIMIENTO MÉDICO COMPLETO.

Marcus ni siquiera levantó la cabeza. Tomó un filtro nuevo y comenzó a colocarlo.

—LA RECOMENDACIÓN CONTINÚA VIGENTE.

—Me alegro por ella.

—SE DETECTÓ EXPOSICIÓN PROLONGADA A ENTORNOS URBANOS.

—Era Sanabria. Había gente, barro y un cochino.

Marcus sonrió para sí.

—Esta parte ya está.

Terminó de ajustar los anclajes y golpeó el soporte con los nudillos.

—Además, tengo trabajo.

—LA EVALUACIÓN MÉDICA REQUIERE PRIORIDAD.

—Tengo tres filtros pendientes y dos fugas menores.

Marcus salió del conducto arrastrándose y se incorporó.

—El actuador de la sección siete lleva una semana haciendo ruidos extraños.

—NO PRESENTA RIESGO CRÍTICO.

—Pues cuando explote no vengas llorando.

Marcus recogió las herramientas y comenzó a caminar por el corredor.

—El reconocimiento lo haré después.

—INDIQUE PLAZO ESTIMADO.

—Oye, ¿por qué tienes tanto interés en eso?

La nave permaneció en silencio mientras avanzaba hacia la siguiente sección de mantenimiento.

Marcus aprovechó la ausencia de respuestas para continuar trabajando.

Al cabo de unos minutos volvió a pensar en el sueño.

Recordaba la flauta, al niño y a la cabra mordisqueando la alforja, pero sobre todo aquel lago imposible resquebrajándose bajo sus pies.

No recordaba la última vez que un sueño le había parecido tan real.

—SE RECOMIENDA RECONOCIMIENTO MÉDICO COMPLETO.

—Pero bueno, ¿otra vez?

Y continuó caminando.

Antes del mediodía la comitiva abandonó Sanabria.

Nuño cabalgaba al frente con cuatro hombres armados y dos mulas cargadas con equipaje, documentos y parte de la recaudación.

El viaje hasta León sería largo, pero apenas le preocupaba.

Si conseguía impresionar al rey y conservar la tenencia, todas las reformas emprendidas desde la muerte de su padre habrían valido la pena.

El chambelán observó cómo desaparecían por el camino principal. Permaneció un rato junto a la puerta antes de volverse hacia los tres soldados que aguardaban junto a los establos.

—Ya habéis oído al señor. Revisad la zona sur del lago y regresad. Mirad hasta debajo de las piedras. Que no quede nada sin comprobar.

—¿Y si encontramos algo?

—Entonces volvéis y me lo contáis a mí —suspiró Diego.

Los soldados intercambiaron una mirada.

—¿Y qué pasa con el ermitaño?

—Intentad ahuyentarlo de allí, pero no matéis a nadie. Si se marcha, lo mismo los lugareños vuelven a esa zona.

—Dicen que los lobos hablan durante las noches de luna llena y que puede respirar bajo el agua.

—Sin embargo, vosotros no. Así que no me vengáis con cuentos u os meteré la cabeza en el pozo.

Diego puso fin a la conversación. Los soldados abandonaron Sanabria siguiendo el camino del norte.

Durante la mayor parte del trayecto apenas se cruzaron con nadie salvo algunos campesinos que trabajaban en los campos cercanos a las aldeas.

Conforme se aproximaron al lago las viviendas comenzaron a espaciarse y el bosque fue ocupando cada vez más terreno.

—No sé qué espera encontrar el señor aquí.

—Lo mismo que en cualquier otro sitio. Impuestos.

—Pues los árboles pagan bastante mal.

El comentario arrancó varias carcajadas.

—A mí me preocupa más el ermitaño.

—No hablemos de eso —dijo uno de los soldados borrando la sonrisa de su cara.

—Solo digo que todas las historias hablan del mismo hombre.

—Las historias siempre hablan del mismo hombre.

—Y siempre terminan creciendo.

El más veterano de los tres escupió hacia un lado.

—Lo veremos con nuestros propios ojos y asunto resuelto.

Continuaron avanzando bajo la sombra de los árboles.

El hermano Martín recibió a Aurelia con una sonrisa cansada.

Al verla llegar pareció recuperar parte de la energía que la mañana le había robado.

La muchacha avanzaba por el patio con el cabello cuidadosamente recogido y una expresión tan luminosa que resultaba difícil creer que procediera de una aldea donde casi todos los días había algún motivo de preocupación.

En el monasterio había trabajo atrasado y varios novicios transportaban sacos y herramientas de un lado a otro mientras los monjes organizaban almacenes y revisaban cuentas.

—Veo que hoy vienes especialmente presentable. ¿Deseas confesión?

—No se preocupe, fray Martín. Mi padre ya se encarga de que no peque. Me preguntaba qué tal les fue en el mercado.

—Muy bien. De haber tenido más linimento también lo habríamos vendido. Quizá este año ampliemos la capilla.

Aurelia puso los ojos en blanco.

—Me alegro. También quería saber si necesitan mi ayuda.

—Por supuesto. Agua de Bouza tenemos, pero sigue trayéndonos botecillos y ollas.

—Por los botecillos no se preocupe. Sobre las ollas, tengo que confesarle algo.

—Espera, hija. Voy a buscar la estola y nos podemos sentar juntos en el banco.

Fray Martín señaló un banco algo escondido detrás de un árbol. Aurelia lo miró con desconfianza.

—No, padre. Me habéis entendido mal. Quiero decir que tengo algo que contarle. Hemos apalabrado un contrato con un mercader y durante al menos lo que queda de año no podremos venderle más ollas al monasterio. Salvo que sea para ustedes, para cambiar alguna rota o vieja.

—Son buenas noticias. Alabado sea el Señor. Yo también quería decirte que ahora ya no soy monje. Soy abad. Pero puedes contar siempre conmigo.

—¿Murió fray Mateo?

—No, pero está demasiado mayor y quizá su alma ya haya emprendido el camino al cielo. Dice muchos sinsentidos.

Martín sonrió y le tendió la mano.

Aurelia vaciló. Sabía perfectamente lo que se esperaba de ella. Acabó inclinándose y besó el anillo del abad.

—Dios te bendiga, hija.

Aurelia se enderezó procurando que no se le notara la incomodidad. Juraría que mientras se inclinaba, él le había olido el pelo.

Salió del monasterio.

Durante años cada día había traído una preocupación nueva: dinero, comida, la enfermedad de su padre, impuestos o deudas.

Ahora, por primera vez en mucho tiempo, caminaba sin urgencias.

Ni siquiera aflojó el paso al llegar al cruce donde el sendero se dividía.

El camino de la izquierda conducía a la aldea.

El de la derecha bordeaba el lago. Tomó este último sin pensarlo.

Marcus seguía trabajando. El actuador de la sección siete resultó estar en peor estado de lo que había imaginado. Una pieza desgastada había comenzado a deformar ligeramente uno de los soportes y la reparación estaba llevando más tiempo del previsto.

—Ya decía yo que algo no iba bien.

Depositó una herramienta sobre la carcasa abierta.

—Si llego a esperar un mes más esto acaba hecho un desastre.

Mientras retiraba la pieza dañada volvió a pensar en el sueño. Recordaba la flauta, al niño y aquel lago imposible quebrándose. Sacudió la cabeza. No tenía sentido seguir dándole vueltas y, aun así, la imagen regresaba una y otra vez.

Muy por encima de él, ocultos entre los árboles y senderos que rodeaban el lago, tres soldados y una muchacha avanzaban sin saberlo hacia el mismo lugar.