La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 25
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 25

«Rumbo al camino»

Marcus estaba pescando junto al lago. No se preguntó cómo había llegado allí.

En los sueños las cosas simplemente sucedían.

Se encontraba sentado sobre una roca plana, con la caña apoyada entre las manos y la vista fija en el agua.

El lago permanecía inmóvil. Ni una sola onda alteraba la superficie.

Un tirón llamó su atención. Al bajar la vista descubrió una cabra mordisqueando una de sus alforjas.

—Oye tú.

El animal levantó la cabeza sin demasiado interés. Marcus dejó la caña sobre la roca y se acercó. La cabra retrocedió unos pasos mientras seguía masticando con absoluta tranquilidad. Ni siquiera parecía avergonzada.

Fue entonces cuando oyó la flauta. Las notas llegaban desde algún lugar entre los árboles. No formaban una melodía propiamente dicha. Eran fragmentos. Intentos. El sonido de alguien empeñado en tocar una canción que no dominaba. Marcus escuchó un rato antes de dirigirse hacia allí.

Encontró al muchacho sentado sobre un tocón junto al borde del bosque. Tendría unos diez años. Sujetaba una flauta de madera con ambas manos y se inclinaba sobre ella con una concentración casi cómica.

Sopló otra vez. La nota salió mal. El niño hizo una mueca.

—Eso ha sonado horrible —dijo Marcus.

El muchacho levantó la vista.

—Ya lo sé.

No parecía asustado. Ni siquiera sorprendido por encontrar a un desconocido en mitad del monte. Bajó la mirada hacia la flauta y la hizo girar entre los dedos.

—Mi padre me la regaló hace poco.

—Es un buen regalo.

—Es difícil.

Intentó repetir la melodía. El resultado fue peor.

Marcus tomó asiento sobre otra piedra cercana.

—Todo es difícil antes de aprenderlo.

El niño resopló. Luego observó la flauta durante unos instantes y la sujetó por un extremo.

Marcus reconoció inmediatamente aquel gesto.

—¡No la tires!

El muchacho se quedó inmóvil.

—¿Por qué?

—Porque te la regaló tu padre.

—Pero no sé tocarla.

—Da igual. Aunque nunca aprendas a tocar una sola canción seguirá siendo un regalo de tu padre. Un recuerdo.

El muchacho permaneció pensativo. Finalmente asintió y volvió a guardarla en el cinturón.

—Hablas raro.

—Sí, me han dicho que soy más raro que un perro verde.

La respuesta provocó una carcajada que no sonaba ni educada ni contenida. Era la risa sincera de un niño.

Marcus terminó sonriendo. Entonces el lago vibró.

El sonido atravesó el aire antes de que pudiera comprender de dónde procedía. Las aguas comenzaron a ondularse suavemente. La misma melodía que el muchacho había intentado tocar parecía extenderse sobre la superficie.

Marcus volvió la cabeza. El niño había desaparecido. La vibración aumentó. Las aguas del lago se cubrieron de líneas finas que se propagaban en todas direcciones. No parecían ondas. Parecían grietas.

Marcus se puso en pie. Las fracturas continuaron extendiéndose hasta alcanzar la orilla opuesta. El lago entero quedó cubierto por una inmensa red de fisuras.

Y entonces el agua se rompió. No se abrió. No se hundió. Se rompió. Miles de fragmentos transparentes estallaron a la vez bajo una única nota sostenida de flauta.

Marcus despertó sobresaltado.

Nuño repasó las cuentas por tercera vez desde el amanecer.

Los pergaminos cubrían buena parte de la mesa, sujetos por pequeños pesos de plomo para impedir que se enrollaran.

Por la ventana abierta llegaban el ruido del patio de armas, el golpeteo del herrero y el ir y venir de criados y soldados.

No les prestaba atención. Las cifras seguían siendo las mismas y cada vez que las repasaba le gustaban más.

Apoyó los codos sobre la mesa y volvió a recorrer las columnas con el dedo.

Toda su vida había visto a su padre pasar horas enteras estudiando documentos semejantes.

Entonces le parecían aburridos. Ahora comprendía que aquellos números significaban poder: grano almacenado para el invierno, hombres armados, puentes reparados, favores comprados.

La diferencia entre obedecer órdenes o darlas.

—Mi padre nunca recaudó tanto —declaró Nuño.

Rodrigo se removió en la silla y Nuño levantó la vista.

—¿No vais a felicitarme?

—Os felicito, señor.

—No parecéis muy impresionado.

—Las cuentas son buenas.

—¿Buenas? Son excelentes.

Rodrigo hizo una reverencia con la cabeza.

—Si vos lo decís.

Nuño soltó una breve carcajada. Conocía a Rodrigo desde hacía años. Había servido a su padre mucho antes de que él tuviera edad para montar a caballo. Era un hombre competente y extraordinariamente prudente. A veces demasiado.

—Te conozco. Siempre pones esa cara cuando te muerdes la lengua. Di lo que tengas en mente.

—Las cifras son buenas —admitió Rodrigo—. Pero muchas aldeas han pagado más de lo habitual.

—Ese era precisamente el objetivo.

Nuño cerró el libro de cuentas con un golpe seco.

—No entiendo el problema —añadió.

Rodrigo buscó las palabras adecuadas.

—Un campesino puede pagar una vez una cantidad extraordinaria.

—Y también una segunda.

—Tal vez. Hasta que llegue el momento en que no pueda hacerlo.

—Siempre es lo mismo —resopló Nuño—. Cada año escuchamos las mismas historias. Que la cosecha ha sido mala. Que una vaca ha enfermado. Que el granizo ha arruinado los campos. Siempre hay una excusa.

—A veces son ciertas.

—Y aun así han pagado.

Rodrigo comprendió que aquella conversación no conduciría a ninguna parte. Nuño era inteligente. Más inteligente que muchos señores que había conocido. El problema era que confundía inteligencia con razón.

El joven volvió a abrir los pergaminos.

—La aldea del lago.

—¿Nuestra Señora del Lago?

—Sí. ¿Cuánto terminaron pagando?

—Noventa monedas.

Nuño arqueó una ceja.

—¿Noventa? ¿Lo ves? Llevaban años diciendo que no podían pagar.

—Las circunstancias cambiaron.

—De eso nada. Comprendieron que esta vez iba en serio. Mi padre les permitió escaquearse de sus obligaciones demasiado tiempo. Hace falta mano dura con esta gente o se nos suben a la chepa.

La puerta se abrió antes de que Rodrigo pudiera responder.

Entró el chambelán. Era un hombre alto pese a la edad.

Los años habían encorvado sus hombros y blanqueado casi por completo su cabello, pero conservaba una calma que imponía más respeto que muchos guerreros armados.

Había servido al padre de Nuño durante décadas y conocía el señorío mejor que nadie.

—Espero no interrumpir.

—En absoluto —respondió Nuño—. Estábamos hablando de dinero. Pase maese Diego.

—Entonces sí interrumpo algo importante.

El anciano se acercó a la mesa y observó las cuentas.

—Parece que el mercado ha funcionado.

—Mejor de lo esperado. Hemos recaudado más que ningún año reciente.

Nuño apoyó ambas manos sobre los pergaminos.

—Es una buena noticia —afirmó el chambelán sin mucho entusiasmo.

Rodrigo conocía aquel tono. El anciano estaba pensando exactamente lo mismo que él. Nuño también lo percibió.

—¿Tú también dudas como Rodrigo?

Una leve sonrisa apareció en el rostro de Diego.

—Solo recordaba algo que me dijo una vez vuestro padre.

Nuño esperó el sermón. El anciano señaló distraídamente hacia los montes visibles tras la ventana.

—Una oveja puede dar lana durante muchos años. Y también puede dar carne. Pero solo una vez —dijo el chambelán.

—No termino de entenderlo —dijo Nuño.

El chambelán tomó asiento.

—Recaudar es fácil. Conseguir que la gente siga teniendo algo que recaudar dentro de diez años es más difícil.

Nuño apartó la vista. No le gustaban aquellas advertencias envueltas en proverbios. Por suerte, un golpe apresurado en la puerta puso fin a la conversación.

Un mensajero entró sin aliento.

—Señor. Ha llegado respuesta de la corte.

Nuño se puso en pie.

—¿Del rey?

—Sí, señor.

El muchacho entregó un pergamino sellado. Nuño rompió la cera y recorrió el texto a toda velocidad. Rodrigo observó cómo la atención daba paso a la sorpresa y esta terminaba convirtiéndose en satisfacción.

—Por fin.

—¿Qué dice? —preguntó el chambelán.

—El rey ha sido informado oficialmente de la muerte de mi padre.

Aquello era inevitable. La cuestión era qué ocurriría después. Nuño volvió a leer varias líneas.

—Está revisando los nombramientos de varias tenencias.

Rodrigo intercambió una mirada con el chambelán.

—Entonces debo viajar —dijo Nuño.

—¿A León? —preguntó Rodrigo.

—Por supuesto, a la corte —contestó conforme enrollaba el pergamino—. No pienso quedarme aquí esperando mientras otro ocupa el puesto de mi padre.

La decisión parecía tomada antes incluso de formularla. Nuño comenzó a caminar por la estancia.

—Las cuentas son buenas. El mercado ha funcionado y la recaudación ha aumentado. Es el momento perfecto.

—El viaje será largo —advirtió Rodrigo.

—Precisamente por eso debemos prepararlo cuanto antes.

El chambelán observó al joven mientras hablaba. Había entusiasmo en sus palabras, ambición, confianza y también algo de impaciencia. Virtudes y defectos de una misma moneda.

—Partiré en cuanto esté todo dispuesto.

Nuño se apoyó en el marco de la ventana. Los montes se extendían hacia el norte y, más allá, se encontraba el lago. Recordó entonces la visita que Rodrigo había realizado a la zona semanas atrás. Habían encontrado al ermitaño y dado media vuelta, asustados por un puñado de supersticiones.

—Antes de marcharme quiero resolver un asunto.

—¿El lago? —adelantó Rodrigo.

—No me creo que una de las mejores tierras del señorío esté prácticamente abandonada. Hay pesca, bosques y pastos. Y, sin embargo, todos actúan como si aquella zona estuviera maldita.

—Las supersticiones son difíciles de arrancar.

—Que los campesinos se asusten lo entiendo, pero tú, Rodrigo...

Rodrigo suspiró para sus adentros.

—¿Qué deseáis hacer?

—Nada extraordinario. Enviaré unos hombres a recorrer la zona. Que revisen los alrededores y comprueben si alguien está ocultando ganado o explotando tierras sin declararlo.

—¿Cuántos?

—Con tres bastarán. No espero encontrar nada. Pero si lo encuentro, mejor aún.