La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 24 #2
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 24 #2

Cuando la aldea apareció entre los árboles, algo le resultó extraño.

Había humo saliendo de algunas chimeneas.

Varias mujeres trabajaban junto a las casas y un par de niños corrían cerca del pozo.

Dos vecinos levantaron la vista al verlos llegar, pero no saludaron con demasiada alegría.

Marina salió de entre las casas y se dirigió hacia ellos a buen paso.

—Llevamos toda la mañana pendientes del camino.

Aurelia sintió cómo se le encogía ligeramente el estómago.

—¿Qué ha pasado?

—Ramiro se puso malo hace dos días. Se desplomó mientras estaba con las cabras. No se levanta desde entonces.

—¿Está consciente? —preguntó Aurelia.

—A ratos. Le hemos contado lo del mercado. También que casi seguro que volvíais hoy.

Marcus la observó sin comprender adónde quería llegar.

—Pidió ver al padre Marcus.

El ermitaño parpadeó.

—¿A mí?

—Cada vez que despierta pregunta si ha regresado ya fray Marcus. Lleva dos días haciéndolo.

—¿Para qué? —preguntó Aurelia.

Marina se encogió de hombros.

—No lo sé. Pensamos que quizá quiera confesarse.

Marcus se inclinó hacia Aurelia.

—No sé cómo se hace eso —susurró.

—¿El qué?

—La extremaunción.

—No te preocupes. Ramiro es un buen hombre. Si murmuras alguna de tus palabras raras y pones cara seria, seguro que funciona.

—Eso no me parece una forma muy rigurosa de practicar una religión.

—Id a verlo. Está despierto ahora —dijo Marina.

Marina se apartó para dejarles pasar. Fue entonces cuando reparó en el gorrino que avanzaba detrás del grupo con expresión satisfecha, moviendo el hocico de un lado a otro.

—¿Y eso?

Aurelia miró al animal.

—Un cochino.

—Eso ya lo veo. Me refiero a de dónde ha salido.

—Del mercado.

Marina arqueó las cejas.

—¿Os dio para comprar un gorrino?

Aurelia no pudo evitar una pequeña sonrisa.

—Es un regalo del padre Marcus.

Marina dirigió una breve mirada al ermitaño.

—Dios le bendiga.

Reanudaron la marcha. Ramiro vivía en una pequeña granja sobre la aldea, junto al camino que conducía hacia los pastos.

Había que subir una cuesta empinada para llegar hasta ella.

Mientras ascendían, a Aurelia le resultó imposible no pensar en la imagen habitual que siempre le recibía.

Ramiro sentado junto a la cerca de piedra, observando el camino, las cabras o simplemente el paso de las estaciones.

Aquella vez la cerca estaba ocupada por otras personas. Dos mujeres conversaban en voz baja. Un muchacho permanecía sentado sobre una piedra con la mirada fija en el suelo. Al ver llegar a Lucio, varios vecinos se apartaron para dejarles paso.

—Está despierto —dijo una mujer mayor—. Lleva toda la mañana preguntando.

Aurelia sintió una ligera inquietud al cruzar el umbral.

La estancia olía a humo y a infusiones de hierbas.

Ramiro descansaba sobre un jergón junto al hogar, cubierto por una manta.

Le costó reconocerlo. Desde que tenía memoria, Ramiro había sido viejo.

Ya era un abuelo cuando ella era una niña y había seguido siéndolo durante toda su vida.

Sin embargo, hasta entonces había conservado algo que parecía inagotable: una obstinación que le permitía seguir ocupándose de sus cabras y de sí mismo. Ahora aquello había desaparecido.

Aurelia creyó que dormía. Entonces el anciano abrió los ojos. Su mirada recorrió la habitación, deteniéndose en cada uno de los presentes. Al llegar a Marcus, una sonrisa cansada apareció en su rostro.

—Padre... —susurró.

Marcus dio un paso al frente.

—Estoy aquí.

Ramiro respiró hondo antes de continuar.

—A solas... si no os importa.

Nadie encontró extraña la petición. Lucio asintió inmediatamente.

Aurelia se acercó a Marcus mientras se dirigían hacia la puerta.

—Recuerda poner cara seria.

Cuando la puerta se cerró, el silencio regresó a la estancia. Marcus permaneció junto al jergón sin saber muy bien qué hacer. Ramiro continuó observándolo. Sus ojos recorrían su rostro, deteniéndose en los detalles con atención.

Finalmente dejó escapar un suspiro.

—Eres un maleducado, amigo mío.

Marcus parpadeó desconcertado.

—¿Perdón?

La sonrisa del anciano se hizo apenas un poco más amplia.

—Te fuiste tres veces sin despedirte.

—Creo que me confunde con otra persona —vaciló Marcus.

Ramiro dejó escapar una breve risa que terminó convirtiéndose en tos. Tardó unos momentos en recuperar el aliento.

—No. Eres tú el que nunca te acuerdas.

El anciano cerró los ojos e inspiró profundamente. Cuando volvió a abrirlos su mano temblorosa buscó la de Marcus. El ermitaño permitió que la sujetara. La piel era áspera y ligera, como cuero viejo secado por el sol.

—No importa. Solo quería despedirme.

—Aún no te has muerto.

—Todavía no. Pero llevo suficiente tiempo en este mundo para reconocer cuándo se acerca el momento.

La sombra de una sonrisa cruzó el rostro de Ramiro. Marcus quiso responder algo. Ramiro observó su expresión y negó muy levemente con la cabeza.

—Sigues siendo más raro que un perro verde.

Ramiro aflojó la presión de su mano.

—Gracias por venir. Espero que me veas en el reflejo del lago. Yo te miraré desde el otro lado.

Ramiro cerró los ojos. Marcus aguardó, convencido de que añadiría alguna de aquellas frases incomprensibles. Sin embargo, la respiración del anciano se fue haciendo más lenta hasta adquirir el ritmo sereno del sueño.

Intentó retirar la mano, pero Ramiro seguía sujetándola débilmente entre las suyas. Permaneció sentado junto a él observando su rostro. Su semblante transmitía paz.

Cuando los dedos terminaron por aflojarse, Marcus se levantó y salió.