La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 24
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 24

«Ramiro»

Lucio terminaba de preparar la partida. A diferencia del viaje de ida, apenas tenían equipaje. El alfarero parecía bastante satisfecho con ello.

—Aunque nos pagaran poco, me alegro de haber vendido las tinajas que quedaban —comentó mientras ajustaba una cuerda—. No me apetecía nada hacer el camino de vuelta cargado.

Marcus enrollaba el colchón en ese momento. Lucio se acercó a uno de los sacos de sal y comprobó el peso.

—Si hubiera venido con la mula...

Se quedó con los brazos en jarra.

—No me atreví a pedírsela a Julián. Se la notaba cansada. Imagínate que le da algo por el camino.

Aurelia le dio un beso a su padre en la mejilla y terminó de colocarse la bota de vino vacía a la espalda.

—Julián no te lo perdonaría en la vida.

Marcus observó la sal. Cada saco pesaba lo suficiente para llamar la atención de cualquiera que lo viera cargar con él durante leguas enteras.

—Voy a llevar la sal a los monjes.

El alfarero levantó la vista y asintió sin más.

—Claro, tienen bueyes. Que lo carguen ellos.

Aurelia, que estaba revisando por última vez si se olvidaba algo, lo observó con expresión escéptica.

—Por supuesto. Saluda a fray Trolo de mi parte.

Marcus decidió no profundizar en el asunto.

—Os alcanzaré por el camino.

—No te entretengas demasiado, fray Marcus —dijo Lucio.

—Haré lo posible.

Antes de abandonar Sanabria, ella y Lucio hicieron una última parada en la oficina del recaudador. Aurelia tenía preparadas las monedas desde la noche anterior. Había contado varias veces cada montón hasta asegurarse de que las cantidades coincidían exactamente con las cuentas.

Rodrigo los recibió con una cortesía que Lucio encontraba irritante.

Aurelia colocó las monedas sobre la mesa. El escriba tomó nota sin levantar la cabeza.

—Los impuestos del mercado.

Después depositó una segunda cantidad.

—Y esto corresponde a la deuda de Nuestra Señora del Lago.

Rodrigo pareció impresionado. Revisó las monedas, intercambió unas palabras con el escriba y asintió con satisfacción.

—Transmitid mi enhorabuena a vuestra gente.

El escriba anotó la información en el registro y la entrevista terminó. Salieron de la oficina.

—Esos son los peores —resopló Lucio.

—¿Quiénes? —preguntó Aurelia.

—Los que sonríen.

La muchacha soltó una carcajada.

—Padre...

—Es verdad. Te reciben con amabilidad. Te hablan como si fueran amigos tuyos. Te ofrecen asiento, te preguntan por la familia y mientras tanto te vacían los bolsillos sin dejar de sonreír.

Escupió a un lado del camino.

—Las serpientes al menos te enseñan los colmillos antes de morder.

Aurelia siguió escuchándolo mientras avanzaban por las calles. Al pasar junto al puesto de los monjes, buscó por simple curiosidad los dos sacos de sal. No estaban allí. Tampoco vio carros ni bueyes cerca. Sonrió para sí.

Lucio no advirtió nada. Seguía tan indignado con Rodrigo y los recaudadores que probablemente habría podido pasar junto a una invasión de sarracenos sin apartarse de su discurso.

Abandonaron la villa y tomaron el camino de regreso.

El aire era fresco y limpio, y a ambos lados se extendían los prados verdes de principios de verano.

Aurelia caminaba ligera, disfrutando de la compañía de su padre.

Lucio avanzaba con paso firme, hablando sin descanso.

Saltaba de las ollas que pensaba fabricar a los defectos de los recaudadores, y de estos a los muchos males que, según él, aquejaban a los hombres que cobraban impuestos.

Aurelia apenas intervenía. Le gustaba escucharlo.

Hacía tiempo que no lo veía tan lleno de energía.

Por primera vez en mucho tiempo, aquello le parecía suficiente para ser feliz.

Mientras tanto, oculto entre unos árboles, Marcus observaba el cielo.

Se llevó dos dedos al oído.

—Carga lista.

—RECIBIDO.

Un zumbido grave sonó en la distancia. El dron de carga descendió entre los árboles. Los brazos mecánicos aseguraron los sacos y los introdujeron en la bodega.

Marcus supervisó la operación.

—No vueles muy alto. Si generas condensación la gente hará preguntas.

—CONFIRMADO.

—Y no salgas todavía, que veo a gente pasar cerca. Escanea el entorno y espera el mejor momento para partir.

—CONFIRMADO.

Marcus observó los motores unos segundos.

—Procura comportarte como si tuvieras sentido común.

La IA no respondió. Marcus emprendió el camino a paso ligero y no tardó en alcanzar a Lucio y Aurelia.

—Has tardado poco —comentó Aurelia.

Marcus se incorporó a la marcha como si nada hubiera ocurrido. La joven lo observó de reojo antes de preguntar con fingida inocencia:

—¿Ya le diste la sal a los monjes, fray Marcusss?

Alargó la última letra con recochineo.

Marcus mantuvo la expresión impasible.

—SSSí, AureliaSS.

—Qué rapidez. Lo mismo comieron un pato turbo.

—Fray Trolo también te manda recuerdos de sus partes.

Lucio giró la cabeza hacia ellos y arrugó la frente.

—Claro que sí —contestó Aurelia.

La sonrisa de Aurelia se hizo aún más amplia y continuaron caminando. Habían recorrido unos cientos de pasos cuando un estampido resonó a lo lejos. Fue un sonido seco y repentino que pareció atravesar el cielo de un extremo a otro.

Lucio se detuvo en mitad del camino.

—¿Hay tormenta?

Levantó la cabeza. El cielo estaba despejado.

—Pero si no hay nubes.

Aurelia también miró hacia arriba. Después bajó la vista hasta Marcus, que contemplaba el horizonte con un interés repentino. Aurelia lo encontró profundamente sospechoso.

—¿Qué ha sido eso?

—Un derrumbe —justificó Marcus.

Aurelia lo miró de soslayo.

Lucio aún miraba las montañas.

—Pues sí que ha sido grande.

Reanudaron la marcha. Marcus se rezagó unos pasos y volvió a tocarse el oído.

—Idiota. Te dije que no volaras alto. Y vas y aceleras a supersónico.

—A BAJA ALTITUD LA VELOCIDAD REDUCE LA PROBABILIDAD DE DETECCIÓN.

Marcus cerró los ojos.

—Pues espero que el tejado de San Martín siga en su sitio. Corto.

A media mañana hicieron un alto a la sombra de unos robles. Marcus desenrolló el colchón y lo extendió a la sombra. Lucio fue el primero en sentarse. Estiró las piernas, soltó un suspiro satisfecho y contempló el cielo.

—Estoy convencido de que algún día el mundo se volverá completamente loco.

Aurelia abrió el hatillo con la comida mientras lo observaba con resignación.

—¿Y ahora por qué?

—Porque algún día habrá gente que correrá por gusto. No para llegar antes a ningún sitio ni para escapar de nadie. Solo por diversión.

Negó con la cabeza como si acabara de descubrir una terrible verdad sobre la naturaleza humana.

—Los imagino levantándose al amanecer, recorriendo caminos durante horas, sudando como condenados y regresando a casa satisfechos consigo mismos.

—Los habrá. Eso seguro. Y hasta competirán para ver quién es más rápido —dijo Marcus.

Lucio soltó una carcajada. El alfarero dejó de reír poco a poco. Miró a Aurelia.

—¿Está bromeando?

—Con Marcus nunca se sabe —respondió ella.

Lucio se acomodó contra el tronco de un árbol.

—Pues cuando llegue ese día, prefiero quedarme aquí tumbado.

Los tres se acomodaron sobre el colchón mientras se repartían la comida que había sobrado de la noche anterior. Había un trozo de pan, algo de queso, unas manzanas y media cebolla asada que Lucio insistió en llevarse igualmente.

El gorrino, que hasta entonces había estado entretenido hozando entre la hierba, decidió que aquello merecía mucha más atención. Se acercó despacio, moviendo el hocico con interés.

—Ya está aquí el cuarto comensal —dijo Aurelia.

Marcus arrancó un trozo de pan y se lo tendió.

El gorrino lo atrapó con sorprendente rapidez y lo devoró de un bocado.

Después permaneció observándolos, valorando la posibilidad de obtener una segunda ración.

Al comprobar que nadie parecía dispuesto a seguir alimentándolo, se tumbó cerca del colchón y cerró los ojos.

—¿Os lo vais a comer?

Lucio y Aurelia intercambiaron una mirada.

—Cuando engorde lo suficiente —respondió el alfarero.

—Parece un destino poco agradecido —comentó Marcus.

—Es un cerdo —dijo Aurelia—. ¿Qué se supone que debemos hacer con él? No sabe fabricar ollas. Tampoco guardar ovejas.

El gorrino emitió un gruñido satisfecho y cambió de postura sin preocuparse por nada en el mundo.

—Cuando los veo así se me quitan las ganas de comerlos.

—Pues ayer diste buena cuenta del cabrito —dijo Lucio.

—Yo respeto a los animales —dijo Aurelia—. De verdad que sí. Pero tienen su utilidad y su razón de ser.

—Engordar y ser comidos —expresó Marcus.

Aurelia tomó una manzana y le dio un mordisco antes de responder.

—No es agradable, pero hay que comer.

—Sigue sin parecerme un buen trato.

—Pregúntale cuando aprenda a hablar —dijo Lucio.

—Oink, soy Rodrigo, no me comas —bromeó Marcus.

Aurelia soltó una carcajada y, durante unos momentos, los tres olvidaron el cansancio del camino.

Tras reanudar el camino, Lucio tardó menos de un cuarto de hora en empezar a planificar el futuro.

—Gonzalo ha comprado ollas porque era lo que teníamos, pero eso no significa que sea lo que más le interesa. Tendré que pensarlo bien.

A partir de ahí habló de hornos, arcillas, tinajas, jarras, recipientes para aceite y varias ideas que cambiaban constantemente. Algunas propuestas eran bastante razonables. Otras requerían más imaginación que barro.

Marcus caminaba unos pasos por delante con el colchón enrollado a la espalda.

El gorrino avanzaba detrás de ellos con la misma determinación que habría mostrado un perro y bastante más apetito.

Cada pocos minutos se detenía para investigar algo entre la hierba, aunque nunca permitía que el grupo se alejara demasiado.

Había decidido que aquellos humanos eran de su propiedad.

A medida que se acercaban a Nuestra Señora del Lago, el camino se volvió más familiar. Aurelia reconocía cada curva, cada sendero y cada árbol destacado. Después de varios días fuera, regresar a casa resultaba agradable.

Estaba deseando llegar.