LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 23 #3
Lucio, que ya empezaba a sospechar por dónde iba la conversación, soltó un suspiro resignado.
—¿Cuánto es?
—Diez monedas.
El funcionario extendió la mano.
Aurelia miró las monedas que acababan de ganar gracias al peletero y contempló seriamente la posibilidad de arrojarle una olla a la cabeza. Lamentablemente ya las habían vendido todas.
Lucio entregó las monedas.
—Disculpe nuestra ignorancia, señor oficial.
—Menos mal que estoy atento. Si hubieran abandonado el puesto sin avisar, la sanción habría sido mayor.
El oficial anotó algo en la tablilla y se alejó.
Aurelia lo siguió con la mirada.
—Empiezo a odiar esta villa.
—No seas injusta —dijo Lucio—. Hemos ganado dinero.
—Acabamos de perder diez monedas.
Aurelia refunfuñó algo ininteligible. El silencio duró unos momentos. Luego Lucio se llevó una mano al estómago.
—Tengo hambre.
—Ya no quedan tortas ni pan.
Marcus levantó la vista.
—Yo también estoy canino.
Aspiró por la nariz.
—Y algo huele muy bien.
Aquello consiguió arrancarle una sonrisa a Aurelia.
—Es el puesto aquel —señaló.
Los dos volvieron la cabeza casi al mismo tiempo. Carne asándose. No la carne correosa y barata que vendían algunos vendedores ambulantes, sino algo mucho mejor. Cordero. Verduras asadas. Vino especiado. Comida para gente con dinero.
—Ni lo soñéis —dijo Aurelia.
El olor volvió a llegar. Lucio tragó saliva.
—Solo mirarlo no cuesta nada.
—No estoy segura de que no cobren por olerlo. Es cabrito del bueno lo que están asando.
—¿Cuánto vale?
—Esta tarde pase por al lado. Una moneda por persona.
Marcus rebuscó dentro de su bolsa. Sacó una moneda dorada y la dejó sobre la mesa.
—Solo tengo una moneda. No alcanza para los tres.
El silencio fue inmediato. Aurelia se quedó inmóvil. Lucio también. Los dos contemplaban la moneda.
—¿De dónde has sacado eso? —preguntó ella.
—Me la dio Gonzalo por las sillas.
Lucio tomó la moneda con cuidado. La giró entre los dedos. Después volvió a mirar a Marcus.
—¿Sabes lo que es esto?
—Un maravedí me dijo.
—Muchacho, con esto no compras una ración. Compras el rebaño entero.
Aurelia seguía mirando la moneda.
—Posiblemente el vendedor tenga problemas para darte las vueltas.
Marcus observó alternativamente a ambos.
—Entonces sí llega para cenar.
Lucio volvió a reír.
—Creo que podremos permitirnos algo mejor que cenar.
Acabaron sentados en una de las mesas del puesto de comida mientras el sol desaparecía.
—Tengo hambre. Traiga buena carne, verdura y pan sin gorgojos —pidió Marcus.
La cena fue llegando. Primero pan caliente. Después vino. Luego verduras asadas y finalmente una fuente enorme de carne que hizo que Aurelia olvidara cualquier preocupación que hubiera tenido en los últimos meses.
Comieron hasta hartarse. Lucio pidió más vino y Aurelia protestó.
La conversación fue derivando hacia historias de la aldea.
Vecinos. Pequeños desastres cotidianos. Lucio contó cómo una cabra había perseguido durante media mañana a Aurelia hasta obligarla a refugiarse dentro del horno.
Apagado, aclaró. Aurelia se echó a reír.
Marcus se quedó mirándola. Desde que la conoció la había visto trabajar sin descanso, discutir, negociar, preocuparse por su padre o caminar cargando peso por senderos imposibles. Aquello era distinto. Aurelia estaba feliz.
Ella levantó la vista en mitad de una carcajada. Y descubrió que Marcus la estaba mirando. Durante un momento ninguno apartó los ojos. Aurelia notó cómo se le calentaban las mejillas. Bajó la vista hacia la copa intentando ocultarlo. La sonrisa, sin embargo, se negó a desaparecer.
Marcus resopló satisfecho. El tabernero se le acercó y les preguntó si habían comido bien.
El maravedí cayó sobre la mesa.
—Excelente. Cóbrese, amigo.
El vendedor se quedó estupefacto.
—Señores, ¿puedo proponerles un cambio?
El hombre señaló hacia un pequeño cercado situado detrás del puesto.
—Tengo un cochino. Es joven, pero está sano.
—Yo con comer tengo bastante. No necesito un gorrino —dijo Marcus—. Lucio, ¿lo quieres tú?
Lucio ya se había levantado. Se acercó hasta el cercado. El animal levantó la cabeza al verlo acercarse. Pesaría alrededor de veinte kilos y todavía conservaba algo de la torpeza propia de los ejemplares jóvenes.
—No es mala pieza —admitió.
El vendedor pareció aliviado.
—Come bien.
—Eso es precisamente lo que me preocupa. Pero si lo soltamos por la aldea, cada vecino le echará algo de comer.
Aurelia lo conocía demasiado bien. Aquella mirada significaba que ya no estaba viendo un cochino. Sino una matanza y un armario repleto.
—Dentro de un par de años estará enorme —continuó.
—Si no se muere antes —dijo Aurelia.
—No seas agorera.
Lucio siguió observando al animal.
—Tocino. Embutido. Manteca. Da para alimentar a medio pueblo.
Cuando regresaron al puesto la noche ya había caído sobre Sanabria.
El cochino dormía atado junto a uno de los postes.
Lucio se detuvo un momento a contemplarlo.
Hacía apenas unos meses había creído que no llegaría vivo al verano.
Ahora tenía trabajo para todo el año. Sonrió para sí mismo. Aquel había sido un buen mercado.