La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 23 #2
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 23 #2

La respuesta llegó desde la entrada del puesto. Marcus acababa de regresar acompañado por el salinero. Este último sonrió nada más ver a Gonzalo.

—Ya ha descubierto las sillas.

—¿También las conoce?

—Llevo dos días sentado en una cada vez que vengo a por vino. Son extraordinarias.

Gonzalo asintió inmediatamente.

—Quiero comprarlas. Las seis.

—Yo también —intervino el salinero.

El silencio fue inmediato. Los dos comerciantes se miraron. Después volvieron a mirar las sillas. Y finalmente se miraron entre ellos otra vez.

—Las he visto primero —dijo Gonzalo.

—Llevo probándolas desde el primer día del mercado.

—Eso no las convierte en suyas.

—Tampoco a usted.

Aurelia observaba la escena sin decir una palabra. Empezaba a resultarle extrañamente divertida.

—¿Para qué quiere seis? —preguntó Gonzalo.

—Porque con seis de estas libero peso suficiente para llevar dos sacos más de sal por viaje.

Ahora fue Gonzalo quien pareció sorprendido.

—¿Tanto?

—Más de lo que parece.

—Yo no vendería ni una.

—¿Entonces para qué las quiere?

—Para mi comedor —aclaró Gonzalo.

—¿Su comedor? —preguntó Lucio.

—Tengo invitados con frecuencia. Comerciantes. Notarios. Algún noble de vez en cuando. Imagínese sus caras cuando se sienten en algo así.

Observó nuevamente las sillas.

—Aunque seis son pocas.

—¿Pocas? —preguntó Aurelia.

—Mi mesa es para diez comensales. No quedaría bien tener que mezclarlas.

Aurelia empezó a disfrutar sinceramente. Durante los últimos días había pasado horas intentando convencer a desconocidos para que compraran una olla o una jarra. Ahora eran dos comerciantes quienes discutían entre ellos por una mercancía del puesto.

—Dos sacos de sal por las seis.

Marcus levantó la vista inmediatamente. Dos quintales.  Era una cantidad considerable. Gonzalo no tardó en responder.

—Le pagaré las ollas a cuatro monedas la pieza hasta final de año.

Lucio casi dejó caer la copa. Aurelia volvió la cabeza hacia él. Aquella oferta era mucho mejor que la anterior. Mucho mejor. Y por primera vez empezó a preguntarse cuál de los dos comerciantes saldría victorioso de aquella disputa. No llegó a averiguarlo.

—No hace falta discutir —dijo Marcus.

Los cuatro se volvieron hacia él.

—¿Por qué? —preguntó Gonzalo.

—Porque puedo conseguir para los dos.

Los dos comerciantes intercambiaron una mirada y la disputa se desinfló al instante. Aurelia cerró los ojos muy despacio. Era como ver caer una bolsa de monedas al fondo de un pozo.

—Deberán esperar aquí un poco a que vaya a por las que faltan —dijo Marcus.

Aurelia estuvo a punto de preguntar cómo pretendía ir hasta el lago y volver con las sillas sin que les salieran telarañas. Prefirió callarse.

Marcus abandonó el puesto y atravesó la plaza sin prisa. A sus espaldas, los dos comerciantes continuaban conversando mientras aguardaban su regreso. Ninguno parecía especialmente preocupado. Habían entendido que las sillas existían y que Marcus simplemente iba a buscarlas.

Cuando dejó atrás las murallas y el camino comenzó a descender entre los árboles, se llevó la mano a la oreja.

—Necesito diez sillas.

La respuesta llegó de inmediato.

—EXPLIQUE.

—Dos comerciantes han visto las que traje y se disputan adquirirlas. Si no las dividimos, conseguiremos dos quintales de sal. Por eso necesito diez más.

Hubo una breve pausa.

—EN KILOGRAMOS NOVENTA Y DOS CON DIECISEIS MILÉSIMAS

—Tú sabrás. Son dos sacos gordos.

—VIDA ÚTIL ESTIMADA DEL POLÍMERO: ENTRE CINCUENTA Y CIEN AÑOS. IMPACTO CULTURAL PREVISTO: BAJO. NÚMERO DE INDIVIDUOS AFECTADOS: DOS.

—Que habladora estás. ¿Es que me echas de menos?

—OPERACIÓN AUTORIZADA. DIEZ UNIDADES. BUSQUE UNA ZONA ALEJADA DOS KILÓMETROS DIRECCIÓN NORTE Y ESPERE.

Marcus abandonó el sendero principal y se internó entre los árboles. El sol comenzaba a descender hacia las montañas y las sombras se alargaban sobre el bosque. Encontró una pequeña hondonada entre los robles y se sentó a esperar.

No tuvo que esperar mucho. Un zumbido lejano atravesó el aire. Una sombra descendió entre los árboles, dejó una carga rectangular sobre la hierba y volvió a elevarse. Cuando Marcus llegó hasta el paquete, el dron ya había desaparecido tras las copas de los robles.

Marcus observó el paquete. Recogió la carga y emprendió el regreso. Cuando apareció de nuevo en el puesto treinta y siete, la conversación se interrumpió.

Gonzalo fue el primero en verlo.

—¿Qué es eso?

Marcus dejó el paquete sobre una mesa.

—Las diez sillas.

Los dos comerciantes observaron el bulto con expresión escéptica.

—Eso no parecen sillas —dijo Gonzalo.

—Esperad —dijo Aurelia.

Se acercó a una de las sillas del puesto y comenzó a desmontarla. Retiró el respaldo, desenroscó las patas y fue depositando las piezas sobre la mesa. Cuando terminó, apenas quedaba un pequeño montón de tablas y piezas sueltas.

Los dos comerciantes observaban sin decir una palabra.

—Ahora mirad.

Aurelia tomó el asiento, enroscó las cuatro patas y encajó el respaldo. Apenas tardó unos momentos. La silla volvió a aparecer ante ellos.

El salinero se acercó un paso más.

—¿Se transportan así?

El hombre volvió la vista hacia el paquete que Marcus acababa de traer.

—Por Dios bendito... son mejores aún. Si no le importa al señor de Benavente, preferiría quedarme con las del puesto. Imagino que las que trae que parecen nuevas pueden ser más caras. Me conformo con estas.

Ya no estaba mirando una silla. Estaba calculando espacio de carga. Tomó la silla entre las manos y la examinó de nuevo.

—Me marcho. Mandaré en un rato a alguien con los dos sacos de sal.

Marcus señaló las sillas y le acompañó unos pasos fuera del puesto.

—Se las iré desmontando para que se pueda llevar.

El salinero se marchó. El comerciante de Benavente se le acercó y carraspeó.

—Hay un pequeño problema. Creo que corresponderían unos cien dineros a parte de los cuatro por olla que ya le prometí. Pero no llevo tantas monedas encima.

—Entonces déme otra cosa.

Gonzalo soltó una carcajada.

—No tan deprisa.

Buscó dentro de una bolsa de cuero que llevaba colgada al cinturón y extrajo una moneda dorada. Se la puso en la mano.

—Puedo darle un maravedí, me ha caído usted en gracia. Y quizá en un futuro, su amigo cambie de opinión y me fabrique más sillas.

Marcus no sabía cuánto valía la moneda. Pero no pensaba llevarse de vuelta las sillas.

—Trato hecho —dijo mientras se guardaba la moneda.

El comerciante se aproximó a Lucio y le estrechó la mano.

—Pasaré después de la cosecha para recoger la primera carga.

—Le estaré esperando.

—Ollas, jarras y cuencos. Siempre que sean tan buenos como éstas.

—Por eso no se preocupe.

La tarde cayó. Buena parte de los comerciantes comenzaban a recoger mercancías. En el puesto treinta y siete quedaban unas pocas ollas, varias jarras y algunos cuencos.

Lucio observó las piezas restantes.

—No merece la pena quedarse otro día por esto.

Aurelia asintió. Ella estaba llegando a la misma conclusión. El peletero del puesto vecino se acercó.

—Si pensáis marcharos mañana al amanecer, os compro lo que queda. Podría pagaros diez monedas.

El hombre señaló las piezas.

Aurelia hizo una mueca.

—Eso es la mitad de lo que valen.

—Es posible. Pero si os las pago así, ¿qué gano yo?

Lucio estudió la mercancía durante unos segundos.

—Tiene usted razón. Acepto.

El peletero reunió las piezas y dejó las monedas sobre la mesa.

—Ya está —dijo Lucio mientras recogía el dinero—. Ahora sí podemos volver a casa.

Aurelia terminó de cerrar la cortinilla del puesto justo cuando una voz conocida sonó a su espalda.

—Buenas tardes —dijo el oficial de los impuestos.

Al verlo aparecer, Aurelia sintió que algo malo se aproximaba.

—¿Qué podemos hacer por usted?

El hombre consultó una tablilla encerada antes de responder.

—Debo cobrarle la tasa correspondiente a la última jornada del mercado.

—Pero mañana no estaremos aquí. Pensábamos marcharnos al amanecer.

—Lo sé. Sin embargo, el puesto fue reservado para todo el mercado. Si abandonan antes de tiempo quedará vacío y nadie podrá ocuparlo ya.

—Pues no veo por qué debemos pagarlo nosotros.

El funcionario señaló la plaza, donde algunos comerciantes comenzaban a recoger mercancías.

—Los puestos vacíos perjudican la actividad del mercado y dan mala imagen. Son las normas.