LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 23
«Las sillas»
La mañana comenzó mejor de lo que Aurelia había esperado. La plaza seguía llena de gente. Desde primera hora habían vendido varias piezas más y cuando el flujo de clientes disminuyó, aprovechó para sentarse junto a su padre y revisar las cuentas.
Las monedas fueron formando pequeños montones sobre la mesa. Uno para los gastos del mercado. Otro para la deuda. Otro para los vecinos que habían ayudado con la comida, los trabajos del horno y los transportes. Y otro para Marcus.
Aurelia fue moviendo monedas de un lado a otro hasta que terminó. Después observó el resultado.
—No me gusta.
Lucio levantó la vista.
—¿Qué no te gusta?
—Que hemos vendido más que nunca y nos quedan para nosotros seis monedas.
El alfarero estudió los montones. Luego tomó una moneda y la hizo rodar entre los dedos.
—¿La deuda de la aldea queda pagada?
—He separado las setenta monedas que dijo el señor Rodrigo.
—¿Y todavía le debemos dinero a alguien?
—No. Ha contribuido medio pueblo y como no sé quién ha puesto más o menos he calculado a cinco monedas por vecino. Luego que se ajusten las cuentas entre ellos.
Lucio dejó la moneda sobre la mesa.
—Entonces, hemos logrado lo que queríamos.
Aurelia apoyó los codos y suspiró.
—Pensaba que ganaríamos más.
Aquella sinceridad le hizo sonreír. Lucio observó el mercado que se extendía más allá del puesto.
Durante los últimos meses la enfermedad le había robado las fuerzas, el ánimo y casi la propia vida.
Sin embargo, allí estaba ahora, sentado al sol, vendiendo su propia mercancía y respirando sin dolor.
—La diferencia es que ahora puedo trabajar —dijo finalmente—. Antes no sabía si llegaría al verano.
Aurelia le tomó de la mano. Ver desaparecer buena parte de las ganancias dolía, pero se compensaba con compartir este momento con su padre.
—Supongo que tienes razón.
—Claro que la tengo.
—No te acostumbres.
Lucio soltó una carcajada.
A poca distancia, Marcus terminaba de comer el último mendrugo de pan que había encontrado junto a unas escudillas vacías.
—Voy a buscar sal.
Aurelia levantó una ceja.
—Bien. Pero intenta que no te estafen.
—¿Cuántas monedas me tocan?
—Te separé cuarenta. Pero quizá te corresponda más según lo que vendamos hoy.
Marcus desapareció entre la gente.
El mercado ocupaba buena parte de la plaza de Sanabria y de sus calles empedradas.
A medida que avanzaba entre los puestos, los olores cambiaban constantemente.
Cuero recién trabajado. Cera. Vino. Hierbas medicinales.
Tejidos teñidos con colores imposibles para la mayoría de las aldeas de la comarca.
La sal apareció no muy lejos. El puesto número dos ocupaba un espacio mayor que la mayoría y se alzaba frente a un pequeño escenario donde unos titiriteros terminaban su actuación.
Varios sacos blancos descansaban bajo un toldo protegido de la humedad.
El comerciante, un hombre corpulento de barba gris, vigilaba la mercancía desde un banco.
Marcus se acercó.
—Necesito sal.
El hombre sonrió y golpeó uno de los sacos con el pie.
—Buena sal de Villafáfila.
El hombre le tendió un trozo de tela con un puñado de sal.
—¿Cuánto pesa un saco? —preguntó Marcus.
—Un quintal. Son cincuenta monedas el saco —informó mientras comenzaba a mirarle con interés—. El embalaje se lo puede quedar.
Marcus hizo cálculos. Solo le daba casi para uno.
—Creo que tendré el dinero esta tarde. Nosotros también estamos vendiendo. Estamos en el puesto treinta y siete.
El comerciante lo estudió con atención. Parecía bastante satisfecho con aquella respuesta.
—Si le parece, le acompaño y me aseguro de cuál es.
Marcus emprendió el camino de regreso mientras el salinero abandonaba el banco para acompañarlo.
Un hombre se detuvo frente a las mesas de cerámica.
Aurelia apenas le prestó atención al principio.
Había visto pasar decenas de compradores semejantes.
Observaban una olla. La dejaban. Comparaban un cántaro con otro.
Preguntaban precios. Regateaban. Finalmente compraban algo o seguían caminando.
Sin embargo, aquel hombre vestía una túnica de buena lana teñida de un azul oscuro poco habitual y llevaba unas botas que parecían más caras que muchas de las mercancías expuestas sobre la mesa.
Aquel hombre comenzó exactamente igual que tantos otros. Tomó una escudilla entre las manos y la examinó con atención. Después estudió dos ollas medianas y una jarra, comprobando el peso, la cocción y el acabado con la seguridad de quien estaba acostumbrado a valorar mercancías.
—¿Cuánto cuesta esta? —preguntó señalando una de las ollas.
—Cinco monedas.
Continuó recorriendo las mesas, deteniéndose de vez en cuando en alguna pieza sin dar señales de haber tomado una decisión.
—Si se lleva más de una puedo ajustarle algo el precio —ofreció ella finalmente.
—Ya me lo imagino.
Aurelia empezó a sospechar que estaba tratando con uno de esos compradores que disfrutaban haciendo perder el tiempo a los vendedores. El desconocido examinó otra olla. Luego un ánfora pequeña. Después volvió a la primera.
—¿Le interesa alguna? —preguntó Aurelia intentando mantener la paciencia—. Todavía me quedan algunas cestas de esparto. Si compra varias piezas puedo regalarle una.
—No voy a comprar una olla.
Aurelia parpadeó.
—¿No?
El desconocido señaló las piezas alineadas sobre las mesas.
—Quiero saber quién las fabrica.
Aquella pregunta la descolocó más que cualquier regateo. Se volvió hacia su padre. Lucio estaba limpiando una vasija con un trapo.
—Mi padre.
Lucio dejó el trabajo y se secó las manos en el delantal. El desconocido le tendió la mano.
—Me llamo Gonzalo. Tengo almacenes en Benavente.
Lucio estrechó la mano sin entender todavía qué ocurría.
—Sus piezas son buenas. ¿Cuántas puede fabricar al mes?
—Depende de la leña. De la arcilla. Del tiempo. De si se rompe algo durante la cocción.
El comerciante pareció satisfecho con la respuesta.
—Eso significa que sabe lo que hace.
Lucio seguía sin comprender hacia dónde se dirigía la conversación. Gonzalo recorrió con la mirada las mesas repletas de mercancía.
—Yo podría comprarle producción regularmente.
El silencio que siguió fue lo bastante largo para que Aurelia dejara de fingir que ordenaba unas escudillas y acercara discretamente la oreja.
—¿Regularmente? —repitió Lucio.
—Cada mes. ¿De dónde vienen?
Ahora sí. El alfarero se quedó completamente inmóvil.
—De Nuestra Señora del Lago. ¿Dice usted que cada mes?
—Camino de San Martín, lo conozco. Pasaría yo o alguno de mis hombres. Recogeríamos la mercancía directamente en su aldea y la llevaríamos a Benavente.
—¿Toda? —preguntó Lucio.
—Toda la que merezca la pena vender. Si mantiene la misma calidad que éstas.
Por primera vez comenzó a comprender. El comerciante no había venido a comprar las piezas expuestas sobre la mesa. Había venido a comprar las que aún estaban en el barro.
—Admito que en Benavente me las quitarían de las manos —continuó Gonzalo—. Y tengo contactos. Comerciantes que vienen de lejos. Muchas acabarán viajando más lejos.
Lucio soltó una pequeña risa.
—¿Más lejos que Benavente?
El comerciante señaló una de las ollas.
—Mucho más lejos. Lo mismo dentro de un año alguien está preparando un guiso en León con una pieza salida de su horno.
La idea parecía tan absurda que Lucio volvió a reír. Sin embargo, Gonzalo no estaba bromeando.
—¿Y cuánto pagaría? —preguntó Aurelia incapaz de contenerse más.
—Tres monedas por pieza —indicó sin vacilar.
Aurelia hizo una mueca. A ella tres monedas le parecían pocas. Su padre, en cambio, estaba calculando. Gonzalo lo advirtió enseguida.
—Aquí puede sacar más por olla. No se lo discuto. Pero yo pasaré por su aldea todos los meses, cargaremos la mercancía y tendrá el dinero en la mano sin mover un pie. Eso también vale algo.
Lucio siguió pensando. Después tendió la mano.
—Trato hecho.
La sonrisa del comerciante fue inmediata. Aurelia jamás había visto a su padre cerrar un acuerdo tan deprisa.
—Eso merece un vino —declaró Lucio.
—Nunca rechazo un vino.
—Aurelia.
Ella ya estaba llenando una copa. Y antes de que Gonzalo pudiera sentarse, Aurelia arrastró una de las sillas de Marcus hasta la mesa.
—Tome asiento.
El comerciante se acomodó mientras Lucio servía el vino y Aurelia le tendía las últimas tortas con miel.
La conversación continuó durante un rato.
Gonzalo hablaba de caminos, peajes y mercaderes que atravesaban media Castilla siguiendo las mismas rutas año tras año.
Lucio escuchaba con interés creciente. Hasta entonces el mundo había terminado siempre a pocos días de camino de la aldea.
Benavente ya le parecía una ciudad lejana.
León pertenecía casi a otro reino de la imaginación.
Fue en mitad de una de aquellas historias cuando Gonzalo cambió de postura. Después volvió a hacerlo. Movió ligeramente las caderas sobre el asiento, como si estuviera comprobando algo. Apoyó ambas manos sobre los muslos y se incorporó un poco.
—Perdone. —¿Quién ha hecho esta silla?
Lucio levantó la vista y parpadeó.
—¿La silla?
Gonzalo se levantó y la examinó con atención. Tocó el respaldo. Después el asiento. Finalmente intentó levantarla. El brazo subió mucho más de lo que esperaba y la silla estuvo a punto de golpearle en la barbilla.
—Por todos los santos.
—¿Se ha golpeado? —preguntó Aurelia.
—No, descuide. No esperaba que fuera tan liviana.
El comerciante volvió a levantarla. La observó como si estuviera intentando descubrir dónde se ocultaba el truco.
—Y además es cómoda.
—Sí, mi padre tiene una en el torno. Puede pasar horas sentado —respondió Aurelia.
—No me ha entendido.
Volvió a dejarla en el suelo antes de continuar.
—Las cosas ligeras suelen ser incómodas. Y las cómodas suelen ser pesadas.
La explicación no pareció impresionar demasiado a Aurelia.
—Pues ésta es cómoda y ligera. ¿Quién la ha hecho? —preguntó Gonzalo.
Volvió a sentarse y luego se levantó otra vez.
—Un amigo.