La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 22 #3
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 22 #3

Avanzó entre los puestos. El mercado seguía tan bullicioso como durante la mañana.

Los vendedores pregonaban sus mercancías, los músicos intentaban imponerse unos a otros y el olor de las carnes asadas se mezclaba con el de los animales y la cerveza.

A cada paso descubría algo nuevo: tejidos llegados de tierras lejanas, herramientas que nunca había visto y pequeños puestos donde se ofrecían toda clase de servicios a los visitantes.

Fue uno de ellos el que la hizo detenerse. Bajo un toldo, varias mujeres peinaban, lavaban y arreglaban el cabello de otras clientas. Una muchacha estaba recortando unas puntas mientras otra desenredaba con paciencia una larga melena oscura.

Aurelia siguió caminando. Dos pasos. Tres. Después volvió la cabeza y pensó en Marcus y en lo impecable que siempre estaba. En aquella absurda costumbre de lavarse más que cualquier persona que hubiera conocido jamás.

Luego pensó en el precio. Una moneda era mucho dinero para gastar en algo semejante.

Con las tasas del mercado y las dos monedas que le habían robado durante la inscripción, debería haber seguido caminando hasta el río y olvidarse de aquella tontería.

Avanzó unos pasos entre la multitud, pero terminó volviendo la cabeza.

La mujer que atendía el puesto seguía allí, sonriendo como si ya conociera el resultado de aquella batalla.

Aurelia dejó escapar un suspiro, regresó sobre sus pasos y dejó la moneda sobre la mesa.

De regreso al puesto, varias personas volvieron la cabeza a su paso.

La diferencia resultaba imposible de ignorar.

Le habían lavado el cabello, recortado las puntas más castigadas y vuelto a trenzarlo con esmero.

También le habían limpiado la cara y las manos, eliminando buena parte del polvo acumulado durante los últimos días de viaje y mercado.

Marcus levantó la vista en cuanto la vio regresar. La observó brevemente.

—Te han arreglado el pelo.

Aurelia intentó aparentar indiferencia.

—Sí.

—Estás bastante guapa.

La respuesta fue tan sencilla que la moneda ya no le parecía tan mal gastada.

Entretanto, en Nuestra Señora del Lago, Lucio dejó a un lado una pieza recién modelada cuando vio aparecer a Julián con la mula.

—¿Qué haces tú aquí?

Julián explicó el asunto de las nuevas ollas, los cinco dineros de la mula y el ahorro que pretendían conseguir.

Lucio escuchó en silencio.

Cuando terminó, levantó la vista.

—¿Y los dejas solos?

Conforme avanzaba la noche, los últimos clientes desaparecieron de la plaza, los comerciantes cubrieron sus mercancías y las conversaciones fueron extinguiéndose alrededor de los pequeños fuegos que salpicaban el recinto.

Aurelia recogió las últimas piezas de cerámica con movimientos lentos y miradas furtivas.

Marcus no pareció darse cuenta de nada. Terminó de ordenar varias cajas, comprobó que el toldo estuviera bien sujeto y realizó una inspección tan minuciosa del puesto que Aurelia estuvo a punto de perder la paciencia.

—Nadie va a robarnos una olla mientras estemos aquí —murmuró.

—Eso no puede saberse.

—Claro que puede.

Marcus continuó revisándolo todo. Finalmente pareció satisfecho. Aurelia sintió cómo el corazón le latía un poco más deprisa. Por primera vez desde que habían llegado no había Marina, ni Julián, ni Ordoño, ni nadie más. Solo ellos dos.

Marcus apartó la cortinilla y se agachó para entrar. En uno de los rincones del puesto le esperaba su colchón. La simple visión hizo que recordara de golpe todas las noches anteriores y el modo en que siempre había terminado durmiendo en una silla.

Dejó a un lado las botas y se volvió hacia Aurelia, que se acercaba en ese momento. Ella lo miraba de una forma poco habitual.

—¿Pasa algo? —preguntó Marcus.

Aurelia apartó la mirada. Se sentó sobre el colchón y comenzó a aflojarse los botones de la blusa con torpeza. Había pasado todo el día pensando en aquella noche y ahora, de pronto, no sabía muy bien qué hacer con las manos.

Acababa de desabrochar el cuarto botón cuando una voz sonó al otro lado de la cortinilla.

—Buenas noches.

Aurelia se quedó petrificada. La cortinilla se abrió bruscamente y Lucio apareció cargando un pequeño hatillo.

—He dejado la mula en las cuadras —anunció mientras entraba—. Me preguntaron el número del puesto.

Aurelia seguía mirándolo sin reaccionar.

—Les dije que era el treinta y siete. Espero no haberme equivocado.

Dejó el hatillo en el suelo y echó un vistazo al interior del puesto.

—Julián debería haberse quedado. Mañana hay que seguir vendiendo. No sé para qué se ha vuelto a la aldea. Ese hombre parece un ermitaño. No le gusta la gente.

—A mí me gusta la gente —dijo Marcus.

—Claro, ¿por qué no debería? —replicó Lucio.

Lucio bajó la vista hacia el cabello recién arreglado de Aurelia y los cuatro botones desabrochados.

Gruñó.

Aquello era peor que cualquier sermón.

—¿Eso es un colchón? —señaló Lucio—. Estoy que me caigo.

Marcus observó al alfarero. Había tenido que venir a buen paso y se le notaba agotado. Además, la experiencia le decía que aquella discusión tenía un desenlace bastante previsible.

Se levantó y fue a acomodarse en la silla.

Lucio ocupó el sitio que acababa de quedar libre. Se acomodó de lado y soltó un resoplido de satisfacción.

—Esto parece una nube.

Al momento ya estaba roncando. Aurelia miró a uno y después al otro. Finalmente se recostó junto a su padre y se dio la vuelta hacia la pared del puesto. Seguía enfadada.