LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 22 #2
Las primeras ollas se vendieron durante la mañana.
Después desaparecieron varias escudillas.
Más tarde un hombre compró tres cántaros de una sola vez.
Algunos regateaban. Otros intentaban obtener alguna pieza extra por el mismo precio.
Aun así, cuando Aurelia hizo cuentas aquella noche, tuvo que repasarlas dos veces para asegurarse de que no se había equivocado.
Ganaban mucho más.
Durante años habían aceptado los precios de los monjes de San Martín porque no conocían otra alternativa.
Ahora empezaba a comprender la verdad. Ellos fabricaban las ollas, cortaban la leña, extraían la arcilla y alimentaban el horno durante días enteros.
Y, aun así, quienes obtenían la mayor parte del beneficio eran los hombres que se limitaban a transportarlas y revenderlas.
Aquello le produjo una rabia difícil de describir.
La venta de alimentos tampoco iba mal. Las tortas de miel desaparecían a buen ritmo, aunque no todas terminaban en manos de los clientes.
—Marcus, esa es la segunda —indicó Marina.
El ermitaño levantó la vista.
—La segunda torta de miel —añadió.
Marcus observó el trozo que sostenía entre los dedos.
—Tenía hambre. Todavía quedan muchas.
Marina intentó parecer enfadada, pero el recuerdo del alivio que había sentido la tarde anterior cuando él le había masajeado las piernas redujo considerablemente la severidad del reproche.
—La próxima la descuentas de tu parte.
Marcus reflexionó sobre aquella condición.
A la mañana siguiente un oficial acompañado por varios ayudantes fue recorriendo la plaza. Cobraba tasas y resolvía dudas. Cuando llegó al puesto treinta y siete, Aurelia descubrió que el alojamiento de la mula costaba cinco monedas diarias y que mantener el puesto suponía otras diez.
—¿Cada día? —preguntó—. Hoy es el segundo día. ¿Tengo que pagar veinte?
—El primero es gratuito por orden del señor Nuño. Se considera una ayuda para que los comerciantes puedan vender antes de pagar.
Aquella parte todavía era aceptable. La siguiente no.
—Yo entregué dos monedas para reservar el puesto. ¿Se descuentan?
El oficial levantó la cabeza.
—¿A quién le pagó dos monedas?
—Al hombre que me inscribió.
—No tenía que pagar nada a nadie. Además, si no le dieron un recibo no se puede reclamar nada.
Aurelia sintió cómo el enfado sustituía inmediatamente a la satisfacción de los últimos días.
Aquellas dos monedas habían desaparecido.
Y ya no iban a volver. El resto de la jornada transcurrió entre ventas constantes y cálculos cada vez más realistas.
Seguían ganando dinero. Mucho más que vendiendo a los monjes.
Sin embargo, los beneficios que había imaginado durante la primera noche comenzaron a encogerse a medida que aparecían gastos, tasas y pagos inesperados.
El tercer día amaneció con varias estanterías medio vacías.
Marina emprendió el regreso a la aldea antes de salir el sol. La mula y el carro desaparecieron por el camino mientras la niebla todavía cubría parte de los campos cercanos a Sanabria.
Cerca del mediodía apareció Julián con una nueva remesa de ollas, cántaros y escudillas recién cocidas.
—Tu padre no ha parado. Juraría que ha trabajado incluso de noche.
—Ya lo veo. Son muchas para solo dos días.
Descargaron el carro y en menos de una hora los espacios vacíos habían desaparecido.
—Es mejor que salgas de Sanabria con la mula y pases la noche fuera de las murallas —dijo Aurelia.
—¿Por qué?
—Porque nos cobran cinco monedas por cada día que la mula pasa en el establo. Podemos ahorrarnos las de mañana. Ya no va a hacer falta la mula. Creo que lo venderemos todo.
—Me la llevo fuera entonces.
Julián abandonó la villa a primera hora de la tarde conduciendo la mula y el carro. Aurelia dio por hecho que pasaría la noche fuera de las murallas para evitar el coste de otros cinco dineros.
Sin embargo, todavía quedaban varias horas de luz y en lugar de detenerse en las afueras, Julián tomó el camino de regreso a la aldea. Prefería dormir en su propia cama antes que pasar una noche entre comerciantes, músicos y animales.
Aurelia atendió clientes, contó monedas y reorganizó parte de la mercancía, pero la idea seguía regresando.
Por primera vez desde que habían llegado, aquella noche estarían solos.
Intentó no pensar en ello. Lo intentó mientras vendía ollas, mientras calculaba beneficios y mientras ordenaba las piezas que Julián acababa de traer.
Fue inútil. Al final anunció que necesitaba ausentarse un rato.
Abandonó el puesto con la intención de acercarse al río. Después de tres días entre polvo, humo y multitudes, un poco de agua fresca le parecía una necesidad más que un lujo.