La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 22
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 22

«El puesto treinta y siete»

Marcus apareció por el camino de la aldea poco antes de mediodía, tal como había dicho cuando trajo las sillas.

Durante los dos últimos días habían tenido muy poco tiempo para descansar.

Mientras Lucio terminaba de cocer las últimas piezas de cerámica, el horno había trabajado también para producir panes, tortas de miel, hogazas con nueces y otras provisiones destinadas al mercado.

El olor dulzón de la miel todavía parecía aferrado a las paredes del taller.

El carro ya estaba preparado. Entre las ollas, los cántaros, las escudillas y los alimentos apenas quedaba espacio libre.

Marina esperaba sentada sobre uno de los laterales.

El embarazo comenzaba a resultar imposible de ocultar. El vientre se marcaba claramente bajo el vestido de lana y se movía con cierta cautela al subir o bajar del carro.

—Por fin llega vuestro socio —dijo.

Aurelia notó la ligera ironía.

Desde que había explicado que Marcus colaboraba aportando leña y arcilla para la producción del taller, media aldea parecía haber decidido construir sus propias teorías sobre aquella asociación tan extraña.

—Buenos días —saludó Marcus.

Marina lo recorrió con la vista.

Marcus era bastante más alto que la mayoría de los hombres de la comarca. Entre campesinos acostumbrados al hambre periódica y a una dieta limitada, aquella diferencia resultaba todavía más evidente.

Cuando el carro empezó a avanzar por el camino, Aurelia y Marcus caminaron junto a él. La mula mantenía un paso constante, suficiente para la carga que arrastraba, pero demasiado lento para dos personas a pie.

El aroma acompañaba toda la carga. Marcus se acercó al carro, aspiró una vez y extendió la mano hacia una de las tortas de miel. El manotazo llegó antes de que pudiera alcanzarla. Marcus retiró la mano.

Marina lo observaba desde el pescante.

—¿Qué ibas a hacer?

—Iba a comer una. Huelen bien.

—Lo sé, las hice yo. Pero son para vender en el mercado.

Marcus volvió a mirar las tortas.

—Hay muchas —alegó—. Nadie notaría que falta una.

—Yo sí —replicó Marina.

A ambos lados del camino, los bosques descendían hacia el lago cubriendo las laderas con un manto de verdes distintos, pero la tranquilidad habitual de la comarca parecía haber desaparecido.

Conforme avanzaban, se cruzaban con más y más viajeros: unos a pie y otros montados.

Campesinos que transportaban sacos al hombro, algún pastor conduciendo su rebaño y varios mercaderes que seguían la misma dirección que ellos.

A medida que se acercaba la apertura del mercado, daba la impresión de que toda Sanabria se hubiera puesto en movimiento.

Marina observó la espalda de Marcus, que caminaba unos pasos por delante.

—Hay que reconocer una cosa.

—¿Qué? —preguntó Aurelia.

—Que para ser monje es bastante grande.

Aurelia siguió la dirección de sus ojos.

—Es muy alto —dijo Marina.

—Supongo —admitió Aurelia.

—Si todo lo demás guarda la misma proporción, me gustaría verlo durante sus abluciones —cuchicheó.

Aurelia estuvo a punto de tropezar. El recuerdo del día anterior regresó de golpe.

Volvió a ver a Marcus saliendo del lago con el agua resbalando por la piel y el sol reflejándose sobre los hombros.

Recordó también que ella había permanecido entre los arbustos como una completa idiota, mirándolo a escondidas. Tosió.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Marina—. Te has puesto colorada.

—Hace calor.

Marina levantó una ceja.

—Estamos en primavera.

—Pues calor de primavera.

La mujer se tomó su tiempo antes de responder. Luego sonrió lentamente. Aurelia decidió que prefería no saber qué estaba pensando.

Cuando las sombras comenzaron a alargarse, las murallas de Sanabria aparecieron entre los árboles.

La villa hervía de actividad. Carros entraban y salían sin descanso mientras se levantaban toldos y resonaban los golpes de los martillos.

Hombres y mujeres descargaban mercancías junto a los puestos, y grupos de artesanos discutían acaloradamente por los mejores emplazamientos.

Junto a las murallas ya habían improvisado corrales para los animales y varias estructuras de madera que servirían como escenarios para músicos, predicadores y charlatanes.

Nada más llegar a la plaza asignada, Ordoño apareció entre los puestos y acudió a ayudarlos.

—Pensaba que llegaríais mañana.

—Y perder media jornada de ventas —respondió Aurelia—. No estamos tan locos.

El hombre tomó una de las cajas y la dejó junto al puesto.

—Ordoño, márchate a casa.

Ordoño levantó la vista.

—Somos tres. Ya no hacemos falta cuatro. Si sales ahora llegarás antes de que anochezca.

La sonrisa de Aurelia se volvió maliciosa.

—Y estoy segura de que Inés se alegrará de verte hoy.

Una pequeña sonrisa apareció en el rostro del hombre. Asintió, recogió su bolsa y, tras despedirse, emprendió el camino hacia la salida de la villa.

La descarga ocupó buena parte de la tarde. Marcus montó las sillas mientras Aurelia y Marina colocaban la mercancía. Las ollas fueron alineándose sobre tablones y mesas hasta formar filas ordenadas.

O al menos ordenadas según Marina.

—No. Esa grande debería ir aquí.

—¿Por qué?

—Porque se ve mejor.

—Se ve mejor donde estaba.

La discusión amenazaba con prolongarse indefinidamente cuando unos golpecitos sobre madera llamaron la atención de ambas.

—Marina, siéntate a descansar —dijo Marcus.

La mujer obedeció por simple curiosidad. Al acomodarse soltó un suspiro y se quedó con la boca abierta. Aurelia y Marcus la observaron.

—¿Estás bien? —preguntó Aurelia.

—Qué alivio en la espalda.

El silencio que siguió fue tan agradable que la discusión sobre las ollas desapareció por sí sola. Aurelia buscó la mirada de Marcus y articuló un silencioso «gracias» con los labios.

Marina permaneció sentada en la silla mientras ellos terminaban de ordenar la mercancía. Había apoyado ambas manos sobre el vientre y parecía mucho más cómoda que unas horas antes, pero el viaje empezaba a pasarle factura.

Marcus reparó en sus pies.

—Los tienes hinchados. No deberían estar así.

Marina bajó la vista.

—Eso me pasa siempre desde mi primer embarazo.

—¿Te duelen?

—Un poco. Pero he aprendido a aguantarme.

—Creo que puedo ayudarte.

Marina intercambió una mirada divertida con Aurelia.

—¿Eres galeno también? Adelante.

Marcus acercó otra de las sillas y la colocó frente a ella.

—Levanta los pies aquí.

La mujer obedeció.

—¿Y eso para qué sirve?

—Para facilitar la circulación.

—¿La qué?

Marcus abrió la boca para responder, pero terminó señalándose una pierna.

—Lo que mueve la sangre por dentro.

—Ah.

La respuesta dejaba claro que no había entendido absolutamente nada.

Marcus se arrodilló frente a ella y comenzó a presionar lentamente los músculos de las pantorrillas con ambas manos. Marina soltó un suspiro tan largo que varios comerciantes cercanos volvieron la cabeza.

—Virgen María...

Aurelia observaba la escena desde el otro lado del puesto con creciente incomodidad. Marina tenía los ojos cerrados y se mordía el labio mientras el ermitaño seguía concentrado en sus piernas. Aquella expresión empezaba a irritarla sin que supiera muy bien por qué.

—Marcus, necesitamos agua. Busca un pozo —ordenó Aurelia.

Cuando el sol terminó de ocultarse tras las murallas, las conversaciones comenzaron a apagarse alrededor de la plaza.

Los comerciantes encendieron pequeños fuegos junto a los puestos, compartieron cenas sencillas y fueron preparándose para pasar la noche junto a sus mercancías.

Al amanecer comenzaría el mercado y nadie quería perder los mejores momentos de venta.

Entonces Marcus desplegó el colchón. Marina lo observó como si contemplara una reliquia sagrada.

—¿Qué es eso?

—Un colchón.

Aurelia procuró concentrarse en otras cosas.

Sin embargo, cuando volvió a fijarse en Marina, descubrió que el enfado se le desinflaba por momentos.

La mujer seguía sentada en la silla, agotada después del viaje.

Cambiaba de postura con lentitud, apoyaba una mano sobre el vientre y tenía la expresión de quien ha llegado al límite de sus fuerzas.

Aurelia dejó escapar un suspiro. Por mucho que a veces le sacara de quicio, aquella noche Marina necesitaba un buen lugar donde dormir.

—Marcus. ¿Te importaría que Marina durmiera en el colchón? Es por su embarazo.

El ermitaño estudió a Marina. Después dirigió la vista al colchón.

—Claro. No me importa.

Marina pareció sinceramente agradecida y el asunto quedó olvidado hasta que Marcus regresó después de lavarse. Apartó la cortina, se quitó las botas y se dispuso a acostarse junto a Marina con absoluta tranquilidad.

Aurelia reaccionó al instante.

—¿Qué haces?

—Voy a dormir.

—Ahí no puedes.

—¿Por qué? —refunfuñó Marcus.

—Porque Marina está ahí. ¿Piensas yacer con una mujer casada?

Marcus parpadeó y las miró a ambas.

—No —aclaró—. Solo voy a dormir.

—¿En el mismo colchón?

—Es un colchón grande.

Marina empezó a reírse.

—Además —añadió Marcus— es mío.

Aurelia se llevó una mano a la cara.

—No importa que sea tuyo. Es pecado y punto.

Media hora más tarde, Marina y Aurelia dormían sobre el colchón más cómodo que ninguna de las dos había conocido jamás.

Marcus intentaba dormir sentado en una de sus propias sillas, con el cuello doblado en un ángulo preocupante. Por algún motivo que no alcanzaba a comprender, el colchón seguía siendo suyo y, sin embargo, eran ellas quienes estaban durmiendo sobre él.

La inauguración del mercado transformó la plaza.

Antes incluso de que el sol terminara de elevarse sobre las murallas, los caminos de acceso a Sanabria ya estaban llenos de gente.

Campesinos, artesanos y mercaderes recorrían los puestos observando mercancías llegadas de toda la comarca.

Allí donde Aurelia esperaba pasar horas intentando convencer a los clientes, descubrió que no tenía tiempo para descansar.