LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 21
«Preparativos»
Durante los días siguientes el taller no descansó. El barro, el torno y los hornos ocuparon cada hora de luz. Marcus regresó, a falta de unos pocos días para el mercado. Cargaba con un gran paquete rectangular.
—Ya están.
Aurelia miró alrededor.
—¿El qué?
—Las sillas.
La muchacha observó el bulto. No parecía contener sillas ni taburetes. Parecía contener tablas.
—No entiendo. ¿Son tablas para apoyarlas en piedras?
Marcus dejó el paquete en el suelo y retiró la tela que lo cubría. Debajo aparecieron varias piezas cuidadosamente ordenadas.
—¿Piensas montarlas allí? —cuestionó Aurelia.
—Sí. No se tarda mucho.
—¿Clavándolas? ¿Vas a cargar herramientas?
Marcus negó con paciencia. Lucio levantó la vista desde el torno.
Marcus tomó una de las piezas. Cuatro patas cortas terminaban en unas espigas talladas en espiral.
Las enroscó en la parte inferior de un asiento cuadrado.
Después tomó una tabla ligeramente curvada que hacía las veces de respaldo.
Dos pequeñas patillas sobresalían de ella.
Las introdujo en unas ranuras situadas en la parte trasera del asiento. La pieza encajó con un golpe seco.
Aurelia abrió los ojos. Lucio se había levantado. Marcus observó con satisfacción la silla terminada. Le parecía un diseño bastante elemental. Unas pocas piezas moldeadas, sin clavos ni herrajes, que podían montarse con facilidad. Perfectamente razonable, incluso para la puñetera IA.
Por último, colocó sobre el asiento una pieza acolchada que quedó fijada mediante unas sencillas trabillas.
—Ya está. ¿Habéis visto qué rápido?
Lucio rodeó la silla lentamente. Aurelia hizo otro tanto. Marcus observó sus expresiones y empezó a sospechar que aquella silla tampoco era tan normal como él había supuesto.
—No parece un taburete —dijo Aurelia.
—Es una silla desmontable —susurró Marcus mientras los veía dar vueltas alrededor—. A lo mejor debería dar palmas.
—¿Qué tonterías dices? —dijo Aurelia—. Es una silla rara.
Lucio apoyó una mano sobre el respaldo.
—¿Puedo?
Marcus le invitó a probarla. El alfarero se sentó y cerró los ojos. Marcus miró el taburete del torno. Tres patas desiguales. Madera basta. Sin respaldo. Sin cojín. Empezaba a entender el entusiasmo de Lucio.
Lucio volvió a abrir los ojos.
—Es increíble. Cómo descansa la espalda.
—Es una silla normal.
—No, no lo es. Aquí podría estar sentado hasta el ocaso.
Aurelia captó la intención de su padre.
—Las necesitamos para el puesto.
Lucio dirigió una mirada cargada de esperanza hacia Marcus. La expresión recordaba sospechosamente a la de un niño frente a una pastelería.
—Hay seis —suspiró Marcus.
Lucio esperó.
—Quédate una.
El alfarero sonrió inmediatamente.
—Si hace falta, mañana traeré otra más. Estas las podemos dejar cargadas ya.
Aurelia intentó mantener una expresión seria. No lo consiguió. Marcus esperó a que Lucio volviera a concentrarse en el torno antes de hacer una seña a Aurelia.
—Ven un momento.
La muchacha lo siguió fuera de la casa con una pequeña sonrisa. Antes de cruzar la puerta lanzó una rápida mirada hacia el interior para comprobar que su padre seguía concentrado en el torno.
Al salir, Marcus le señaló un cilindro sujeto con correas de cuero que descansaba junto a la valla.
Aurelia lo observó decepcionada pero intrigada.
—¿Y eso qué es?
—Es para dormir.
Marcus reconoció inmediatamente aquella expresión. Era prácticamente la misma cara que había puesto al ver las sillas.
Se agachó, soltó una de las correas y empujó el bulto con el pie. El cilindro se desenrolló lentamente sobre la hierba. Aurelia se acercó. No parecía una manta ni un saco. Apoyó la mano sobre la superficie y notó cómo cedía bajo sus dedos. Parpadeó, volvió a presionar y después utilizó ambas manos.
—¿Qué demonios es esto?
—Un colchón. Lo de dormir era una pista.
La muchacha lo miró y después volvió a tocarlo. Había dormido toda su vida sobre jergones de paja, mantas dobladas o simples tablas cubiertas con pieles. Aquello era tan blando y cómodo que entendió por qué Marcus nunca parecía tener prisa por levantarse.
—¿Duermes encima de esto?
—Claro. Todas las noches. Para eso sirve un colchón.
Aurelia abrió mucho los ojos.
—Padre, tienes que ver...
No terminó la frase. Marcus le apoyó un dedo sobre los labios. La muchacha se quedó inmóvil.
—Ni se te ocurra —murmuró él.
Aurelia le apartó la mano.
—¿Qué pasa?
—Baja la voz —dijo, señalando hacia la casa—. Si lo ve tu padre va a querer quedárselo.
Aurelia soltó una carcajada.
—No seas ridículo.
—Acaba de quedarse con una silla.
—Se la has regalado.
Marcus volvió a señalar el colchón.
—Escóndelo hasta que vayamos a Sanabria. No tengo más y no quiero dormir en el suelo.
Aurelia regresó al taller todavía sonriendo por la historia del colchón. Lucio seguía instalado en la silla nueva con una expresión de satisfacción que parecía la de un rey en su trono.
Recorrió el patio con la mirada. Las piezas terminadas ocupaban ya casi todo el espacio.
Había ollas alineadas contra la pared, cántaros bajo los tablones y montones de recipientes pequeños esperando ser embalados.
Durante días habían estado tan concentrados en fabricar que ninguno se había detenido a pensar en el transporte.
—Padre —dijo al fin—. Tendremos que empezar a llevar cosas a Sanabria.
Lucio tardó poco en comprender el problema.
El carro podía transportar bastante peso, pero las piezas más grandes ocupaban demasiado espacio.
No podían apilarse unas sobre otras sin riesgo de romperse, y bastaría un tramo de camino mal empedrado o un simple bache para convertir varios días de trabajo en un montón de fragmentos.
—Había pensado cargarlo todo el día anterior —admitió—. Ya veo que no cabe.
—Hemos fabricado bastantes y habrá que hacer varios viajes. Pero allí no se pueden quedar sin vigilancia.
—Alguien tendrá que acompañarte y quedarse allí vigilando —puntualizó Lucio—. Pídeselo al marido de Inés, Ordoño. No sale humo de su taller. No tendrá trabajo.
Aurelia fue a buscarlo aquella misma tarde.
Ordoño, el herrero, era un hombre tranquilo, poco dado a conversaciones innecesarias y lo bastante paciente como para pasar horas sentado sin desesperarse.
—¿Me puedes acompañar a Sanabria? Tenemos que ir llevando la cerámica.
Ordoño levantó la mirada y asintió.
—Tendrás que quedarte un par de días vigilando. No nos fiamos de dejarlas sin nadie.
Aurelia esperó una respuesta. Ordoño se limitó a un «ajá» tenue.
Una voz tronó desde el interior de la casa.
—¡Cómo te vas a ir y a dejarme aquí sola! Tengo los pies hechos polvo y la espalda desencajada. Dentro de esta barriga no hay un niño, debe de haber un señor montado en burro.
—Pasa mañana temprano —murmuró Ordoño.
Aurelia ya estaba cruzando el patio cuando oyó la última protesta.
—Ya decía mi madre que eras un zopenco.
A la mañana siguiente cargaron el carro al amanecer.
Julián sujetaba la mula mientras Aurelia acomodaba las primeras ollas y Ordoño las iba trayendo del taller. Cada pieza era envuelta con cuidado antes de ocupar su lugar. Habían tardado demasiado en fabricarlas para arriesgarse a que sufrieran daños.
—No te muevas ahora, condenada —le dijo Julián a la mula mientras ajustaba una correa—. Que luego dirás que la culpa fue mía.
La mula movió una oreja.
—Y no pongas esa cara. Sabes perfectamente de qué estoy hablando.
Aurelia sonrió mientras colocaba otra vasija.
—Creo que te entiende.
—Me entiende mejor que muchas personas.
—HIAAA —rebuznó alguien a escondidas.
—¿Quién ha sido? —gritó Julián.
Terminó de ajustar la última cuerda y dio unas palmadas sobre el cuello del animal. Aurelia reía sin hacer ruido.
—Ya podéis marchar.
Cuando el carro abandonó Nuestra Señora del Lago, Julián seguía apoyado en la azada junto al huerto. La mula avanzaba despacio por el camino mientras el agricultor continuaba observándolos hasta que una curva terminó por ocultarlos.
Durante un rato solo se escuchó el crujido de las ruedas.
—Es gracioso cómo le habla Julián a la mula —comentó Aurelia—. Menudas conversaciones se traen los dos.
Ordoño siguió caminando. Aurelia creyó que no la había oído.
—Más que con su mujer. ¡HIAAA!
La muchacha volvió la cabeza y empezó a reír. Quizá había juzgado mal al herrero. Debajo de aquella apariencia silenciosa se escondía más humor del que parecía.
Llegaron a Sanabria a media mañana. No eran los únicos que habían tenido la misma idea.
La plaza estaba llena de carros descargando mercancías mientras algunos comerciantes montaban los puestos y otros discutían por el espacio disponible.
Entre el crujido de las ruedas, los rebuznos de las mulas y las voces de los carreteros, Aurelia comprendió que habían llegado justo a tiempo.
Descargaron las ollas con el mismo cuidado con que las habían cargado y fueron colocándolas bajo el toldo del puesto. Cuando Aurelia intentó ordenar las primeras piezas, Ordoño negó con la cabeza.
—Vuelve al pueblo. Ya lo haré yo. Tengo tiempo.
Aquello era difícil de discutir. El herrero dejó junto a la pared un pequeño fardo de esparto que había viajado con la mercancía. Después se sentó a la sombra y comenzó a separar las primeras fibras.
—¿Vas a hacer cestas?
—Para entretenerme.
—¿Y qué harás con ellas?
—Quédatelas.
Aurelia observó el esparto y después las piezas que ocupaban el puesto. Una cesta de regalo junto a las compras más valiosas. A los compradores también les gustaría.
—Nos veremos mañana.
Aurelia emprendió el camino de regreso mientras Ordoño comenzaba ya a trenzar las primeras tiras de esparto.
El viaje de regreso fue más rápido. Sin la carga de las grandes ollas, la mula avanzó con mejor paso y el carro recorrió el camino de vuelta sin dificultad.
Aurelia divisó las primeras casas de Nuestra Señora del Lago cuando el sol aún estaba alto.
Julián la estaba esperando. Abandonó el huerto en cuanto vio aparecer el carro y caminó directamente hacia la mula.
La observó de arriba abajo con expresión preocupada, revisó los arneses y pasó una mano por el lomo del animal.
—Parece entera.
Aurelia soltó una carcajada.
—También me alegro de verte.
La mula recibió otra inspección minuciosa.
—¿Ha comido y bebido?
—Algo de alfalfa en Sanabria.
Julián asintió, aparentemente satisfecho.
—Si mañana vais a salir temprano otra vez, mejor que descanse.
Tomó las riendas y condujo al animal hacia su establo.
—Y esta noche nada de trabajar.
La mula movió una oreja.
Aurelia observó cómo se alejaban y regresó al taller.
El carro quedó junto al camino. Varios vecinos ya ayudaban a Lucio a preparar la siguiente carga. Entre todos trasladaban las ollas más grandes y las aseguraban para el viaje del día siguiente. Aquello permitiría salir al amanecer sin perder tiempo.
Aurelia entró en la casa sin tomarse un descanso, cogió una manzana, arrancó un trozo de pan y comió mientras buscaba la cesta que contenía los pequeños recipientes destinados al monasterio. Volvió a salir al patio.
—¿Ya te marchas otra vez? —cuestionó Lucio.
—Quiero llevarles esto hoy a los monjes. Les prometí los botes y estarán preocupados pensando que no tendrán dónde poner el linimento.
Levantó ligeramente la cesta.
—Mañana tendremos bastante trabajo y no vas a descansar nada.
—Hice el camino de vuelta sentada en el carro, estoy bien.
—De todas formas, no corras. El monasterio no va a moverse de sitio.
Aurelia se ajustó la cesta al brazo.
—Precisamente. Ojalá se moviera y se acercara un poco.
Lucio soltó una breve carcajada.
—Buen viaje.
La muchacha ya había emprendido el camino antes de que terminara de hablar.
Las nubes habían ido cubriendo el cielo durante la tarde y, a mitad de camino, comenzó a caer una lluvia fina que le humedecía la ropa sin llegar a incomodarla. Después de la caminata hasta Sanabria y del regreso en carro, el aire fresco resultaba incluso agradable.
Siguió avanzando sin disminuir el ritmo.
Cuando alcanzó el monasterio, algunas gotas se habían quedado prendidas en su cabello y la blusa se le pegaba a la piel por la humedad.
Fue el padre Martín quien acudió a recibirla.
—Has vuelto. ¡Por fin! Te estábamos esperando.
—Traigo los recipientes que os prometí.
Le tendió la cesta. El monje retiró el paño y examinó los pequeños botes de barro con evidente satisfacción.
Aurelia esperaba que contara las piezas o revisara alguna de ellas. Sin embargo, el anciano parecía tener la vista distraída unos palmos más adelante.
La muchacha carraspeó con fuerza. El padre Martín pareció darse cuenta de lo que estaba haciendo. Se echó mano al cinto, tomó dos monedas de una bolsa de cuero y se las entregó.
Aurelia las guardó sin contarlas. La cantidad no compensaba el trabajo invertido, pero en aquel momento le preocupaba más que el sol ya descendía. Si se entretenía, acabaría llegando a la laguna al anochecer.
—Debo marcharme. Mañana tengo muchas cosas que hacer.
—Por supuesto. Da recuerdos a tu padre.
Aurelia recogió la cesta vacía y se alejó del monasterio. No volvió la vista atrás. Aun así, tuvo la incómoda sensación de que le estaban comiendo con la mirada.
El sendero descendía entre los árboles todavía húmedos por la lluvia.
A medida que se acercaba a la laguna, Aurelia aceleró el paso.
Había caminado aquella ruta tantas veces que conocía cada curva del terreno.
A esas horas esperaba encontrar a Marcus donde casi siempre estaba: sentado sobre su roca favorita, contemplando el agua o con su caña ridícula.
Sin embargo, la roca estaba vacía. Entonces escuchó una voz.
—Maldita chatarra psicópata...
El murmullo llegó cercano.
—Si quiero lavarme dos veces al día es asunto mío.
Aurelia sonrió involuntariamente. Aquello sonaba exactamente a Marcus.
Se acercó con cuidado entre los juncos y apartó unas ramas.
Marcus estaba dentro del agua hasta la cintura, frotándose los brazos con una pastilla de jabón mientras continuaba refunfuñando contra algún enemigo invisible.
La barba de varios días le daba un aspecto ligeramente más salvaje que de costumbre. Aurelia estuvo a punto de llamarlo.
Marcus dejó el jabón sobre una piedra y salió del agua. La muchacha se quedó petrificada. Aquello no era lo que esperaba encontrar al final del camino.
El cuerpo del ermitaño estaba cubierto de gotas que brillaban bajo la luz gris de la tarde. La lluvia fina seguía cayendo y el agua resbalaba por su piel mientras avanzaba tranquilamente hacia la orilla sin sospechar que alguien lo observaba.
Aurelia se refugió detrás de un árbol y apoyó la espalda contra el tronco. Asomó la cabeza con cautela y dirigió una mirada fugaz.
—Por todos los santos... —murmuró para sí.
Marcus recogió la túnica y comenzó a vestirse.
Esperó hasta escuchar cómo la puerta de la cabaña se cerraba.
Entonces respiró hondo, recompuso la trenza y salió de detrás del árbol con toda la dignidad que podía fingir.
—¿Marcus? —gritó.
No obtuvo respuesta. Avanzó hasta la cabaña. Sonreía ya al imaginar la cara que pondría al verla aparecer por sorpresa. Empujó la puerta y entró. La estancia estaba vacía.