La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 20 #2
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 20 #2

La muchacha observó la enorme estructura de barro y piedra. Era el único horno grande de la aldea.

—Aun así llegaremos.

Lucio contempló las piezas alineadas.

—Si nos damos prisa llenaremos ese puesto hasta arriba de ollas y vasijas.

—Y de comida —añadió Marina—. Y de vino.

Aurelia miró a los demás.

—Solo tenemos una bota. Si el mercado es bueno, esa bota desaparecerá antes de mediodía del primer día.

Aquello provocó varias sonrisas.

—Ya hemos hablado con los monjes —explicó Julián—. Algunos vecinos les cambiarán parte de la cosecha por vino.

Aurelia observó a su alrededor. Por primera vez parecía que todo el pueblo remaba en la misma dirección.

—¿Y quién va a vender en el puesto? —preguntó.

Más de uno volvió la vista hacia los demás, esperando que alguien hablara primero.

—Pensábamos que tú.

—¿Yo?

—Tú has conseguido el permiso. Y eres la única que sabe dónde está. Además, el puesto está a tu nombre.

Aurelia notó que varias personas la observaban esperando una respuesta. No era aquello lo que le preocupaba. Lo que le preocupaba era cómo explicar que quería ir acompañada.

Por suerte, alguien resolvió el problema por ella.

—¿Y usted, fray Marcus? ¿Va a bajar con los monjes?

—Sí —se apresuró Marcus a contestar.

—Entonces podrá vigilarnos para que no hagamos trampas —bromeó Tomás.

—Y puedo ayudar a Aurelia si necesita algo.

La muchacha no logró ocultar del todo la sonrisa. Lucio arqueó una ceja, pero no hizo ningún comentario.

Los vecinos fueron regresando a sus casas. Las sombras comenzaban a alargarse sobre la aldea y el bullicio de la reunión se fue apagando hasta quedar solo el crepitar del horno y el lejano balido de algunas cabras.

Marcus observó el sol descendiendo tras las montañas.

—Debería marcharme.

—¿Marcharte dónde? ¿Ahora? —preguntó Aurelia con sorpresa.

—Al la...

Aurelia le clavó discretamente el codo en las costillas. Marcus se interrumpió.

—... monasterio.

Lucio observó a uno y a otro.

—¿Estáis bien?

—Perfectamente —respondió Aurelia de inmediato.

—Me ha picado algo —dijo Marcus—. Con el codo.

Marcus señaló el bosque que se iba sumiendo en sombras.

—Si salgo ya llegaré antes de que anochezca.

—Y si no llegas, te romperás una pierna tropezando con una raíz —resopló Lucio.

Marcus se lo pensó un momento.

—También es verdad.

—Pues asunto resuelto —dijo Aurelia—. Esta noche te quedas aquí.

—No quiero molestar.

—Molestarías más apareciendo mañana con la cabeza abierta.

—Mi hija tiene razón —afirmó Lucio—. Además, como todo fraile, deberías saber que dar posada al viajero es una buena obra.

Marcus observó a ambos durante unos segundos.

—Vale, pero saldré al amanecer.

Aurelia sonrió pese a sus esfuerzos por parecer indiferente.

La cena fue sencilla. Un poco de pan, queso, algunas verduras cocidas y vino aguado. Mientras comían, hablaron del mercado, de los puestos, de la cantidad de botecillos que todavía necesitaban fabricar y de cómo transportar todo aquello hasta Sanabria.

Después Lucio acabó explicando el funcionamiento del torno.

Marcus escuchó con atención.

—¿Y la presión la regulas con el pie?

—Claro. ¿Con qué iba a regularla si no?

Luego vinieron las explicaciones sobre las mezclas de arcilla, la humedad adecuada, la temperatura del horno y la forma de detectar una pieza defectuosa antes de cocerla.

—Aprendes deprisa —admitió Lucio.

—Solo estoy escuchando.

—La mayoría escucha y no entiende nada.

El alfarero se levantó con un gruñido y se estiró la espalda.

—Me voy al jergón antes de que las piernas recuerden que ya no tengo veinte años.

Aurelia sonrió y recogió los últimos cuencos. Marcus miró hacia el torno.

—Lucio. ¿Te importa que lo use un rato?

El alfarero siguió la dirección de su mirada.

—¿El torno? Mientras no lo rompas.

—Intentaré no hacerlo.

Lucio soltó una carcajada.

—Si consigues hacer un botecillo que no parezca aplastado por una vaca, mañana te invito a vino.

—Eso parece un objetivo razonable.

Aurelia negó con la cabeza mientras entraba en la casa detrás de su padre.

Marcus se quedó solo junto al horno. El torno seguía allí.

También la arcilla. Tenía curiosidad. Comenzó despacio, recordando las explicaciones de Lucio, observando cómo reaccionaba el barro bajo los dedos y corrigiendo pequeños errores a medida que aparecían.

El tiempo pasó sin que apenas se diera cuenta.

Cuando por fin levantó la vista, la luna brillaba alta sobre los tejados.

Delante de él, alineados sobre una tabla, había diez pequeños recipientes secándose al aire.

Los observó uno por uno. Para ser la primera vez, le parecieron un resultado aceptable.

Entró finalmente en la vivienda. La única luz procedía de las brasas que agonizaban en el hogar. Lucio parecía dormido sobre su jergón. Aurelia, en cambio, abrió los ojos en cuanto la puerta se cerró a su espalda.

—Pensaba que te habías escapado —dijo ella.

—He estado usando el torno.

—¿Y qué tal?

—Creo que bien. Hice diez.

Aurelia se incorporó un poco.

—¿Diez? Para ser la primera vez son muchos. Bueno, mañana veremos si son botecillos o churros de barro —rió.

Marcus buscó un rincón libre del suelo.

—¿Qué haces? —preguntó Aurelia, incómoda.

—Dormir.

—¿Ahí? No seas idiota. El jergón es grande. Cuando era pequeña dormía aquí con mi hermana.

Marcus no vio inconveniente alguno. Se tumbó en el borde más alejado del jergón y cerró los ojos. Solo se escuchaban las últimas brasas del hogar y algún sonido lejano procedente de los corrales.

Marcus comenzaba a adormecerse cuando notó que el colchón se hundía ligeramente.

Pensó que Aurelia se había movido mientras dormía y no le dio más importancia.

Sin embargo, al cabo de un rato volvió a percibir otro pequeño movimiento y luego otro más.

Cuando abrió los ojos, la muchacha estaba bastante más cerca que antes.

El jergón no parecía tan amplio como ella había asegurado.

Decidió que probablemente era eso. Cerró los ojos de nuevo, pero poco después sintió una mano apoyarse sobre su pecho.

Aurelia le rodeó el brazo con los suyos y acomodó la cabeza junto a su hombro.

Marcus volvió la cabeza.

—¿Qué haces? Estás pegada a mí.

—Hace frío.

Permanecieron un rato en silencio. Entonces notó que Aurelia se acercaba todavía más. Un instante después ella apoyó los labios sobre su hombro con suavidad, como si aquello fuese la cosa más natural del mundo.

—¿Qué haces ahora?

—Estar a gusto.

—Tu padre está ahí al lado.

—Mi padre no oye nada.

Aurelia se incorporó un poco y volvió a besarlo, esta vez con bastante menos timidez que la primera. Entonces una voz surgió desde la oscuridad.

—Sí que oigo.

Aurelia cerró los ojos. Marcus parpadeó.

—No estoy sordo —continuó Lucio—. Padre Marcus, haga el favor de venir.

—¿Por qué?

—Porque mi jergón es tan grande como el de Aurelia.

Aurelia se tapó la cara con ambas manos mientras Marcus se incorporaba.

—Ah. De acuerdo.

—Perfecto —dijo Lucio.

Marcus cruzó la estancia y se acomodó en el jergón de Lucio. Aurelia permaneció inmóvil bajo la manta, convencida de que iba a morirse de vergüenza. Pasaron unos instantes. Entonces la voz de su padre surgió desde la oscuridad.

—Padre Marcus. Da usted mucho calor.

—¿Eso es malo?

—No. Solo sorprendente.

—Ya me lo habían dicho antes.

—Pues tienen razón.

Desde el otro extremo de la habitación llegó un resoplido indignado. Lucio sonrió en la oscuridad. Y Aurelia decidió que, si su padre seguía vivo después de tantos años, era únicamente para arruinarle los mejores momentos.