La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 20
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 20

«Dar posada al viajero»

Aurelia abrió los ojos poco después del amanecer.

Se relajó, disfrutando del calor acumulado durante la noche.

Marcus también había despertado. Parecía tenso, tenía la mandíbula apretada.

Aurelia siguió la dirección de su mirada y descubrió al culpable.

Un escarabajo del tamaño de una nuez le caminaba lentamente por las piernas.

Negó con la cabeza. Lo atrapó entre dos dedos y lo lanzó entre los arbustos. Permanecieron tumbados un rato más, observando cómo la luz comenzaba a filtrarse entre las ramas.

Un chasquido casi imperceptible sonó junto a la oreja de Marcus. Se llevó la mano al oído, pero el pequeño auricular ya había caído sobre la hierba.

Aurelia lo vio moverse entre las briznas y retrocedió de golpe.

—Por todos los santos, este te salió de la oreja.

—No...

No llegó a terminar. La muchacha agarró una piedra y descargó un golpe encima. Marcus se quedó mirando el lugar del impacto. Levantó la piedra por un extremo, miró debajo y suspiró.

—¿Dormiste bien? —preguntó al cabo de un rato.

—Sí. Me recordó a cuando era pequeña.

—¿Por qué?

—Porque dormíamos todos juntos cuando hacía mucho frío.

Marcus volvió la cabeza.

—¿Todos?

—Mi padre, mi madre, mi hermana y yo.

—No sabía que tenías una hermana.

—La tengo. Vive en Benavente. Se casó con un maestro zapatero.

—¿Y eso es bueno?

—Claro que es bueno —dijo Aurelia ofendida—. Me hizo las mejores botas que he tenido nunca.

Sacó una pierna de debajo del manto para enseñarle el calzado. La bota había conocido tiempos mejores. El cuero estaba desgastado, la suela mostraba varias reparaciones y uno de los laterales tenía una costura nueva.

Aurelia, sin embargo, la contemplaba con auténtico orgullo.

—Las hicieron entre mi hermana y mi cuñado.

—¿Tu hermana también sabe hacer botas?

—Sabe coser casi cualquier cosa. El padre de mi amiga Jimena era curtidor y les suministraba las pieles.

Aurelia se cambió el pelo de lado.

—Cuando se marchó a Benavente, mi hermana y su marido acabaron yéndose también.

—¿Por qué?

—Porque allí se gana más. Es una ciudad enorme. Hay gente por todos lados: viajeros, mercaderes... Más botas que arreglar.

—Tiene sentido —afirmó Marcus.

—En mi pueblo un zapatero remienda cuatro pares de botas y da gracias si le pagan con media docena de huevos. En Benavente puede trabajar todos los días y ganar dinero.

—Parecen resistentes —admitió Marcus.

—Lo son.

Marcus comenzó a recoger la túnica mientras Aurelia se desperezaba. Se detuvo. Algo en la expresión de la muchacha había cambiado.

—¿Te pasa algo?

—No.

—Has puesto esa cara.

—¿Qué cara?

—La de cuando estás enfadada.

Aurelia apartó la vista y se echó el manto por encima.

—Ni siquiera lo has intentado.

Marcus parpadeó.

—¿Intentar qué?

—Ya sabes —suspiró—. Propasarte.

—Me dijiste que tuviera las manos quietas —contestó perplejo—. Y las tuve quietas.

—Demasiado quietas.

—No entiendo nada —confesó Marcus—. ¿Esperabas que intentara tocarte para pegarme?

—Por supuesto.

—¿Por qué ibas a hacer eso?

—Porque no soy una facilona.

Antes de que Marcus pudiera responder, un silbido lejano atravesó el aire. Ambos levantaron la vista y tardaron en verlo. Era un punto blanco muy alto en el cielo que se desplazaba con rapidez describiendo una amplia curva sobre el bosque. Aurelia entrecerró los ojos.

—¿Qué es eso?

Marcus apartó la vista del auricular destrozado y volvió a mirar al cielo. El punto siguió avanzando antes de reducir la velocidad.

—No parece un pato —dictaminó ella finalmente.

—¿Eres especialista en patos?

El objeto permaneció inmóvil muy por encima de ellos, demasiado alto para distinguir su forma.

Después inició un amplio giro sobre el bosque.

Entonces aceleró. El silbido cambió de tono y se transformó en un rugido grave y lejano que hizo vibrar el aire.

Aurelia apenas pudo seguirlo con la vista.

El punto blanco atravesó el cielo dejando tras de sí una larga línea blanca que tardó varios segundos en aparecer por completo.

La muchacha abrió mucho los ojos.

—¿Has visto eso? ¿Qué era?

Marcus mantuvo la vista fija en la marca blanca mientras se masajeaba la nuca. Lo más fácil sería decir: un dron de clase A, equipado con sensores de búsqueda y análisis en todo el espectro.

—Un pato turbo.

La nube permaneció allí varios minutos, deformándose lentamente bajo el viento de la mañana.

—Pues no me gustan los patos turbo.

—A mí tampoco.

Marcus no apartó la vista del cielo, molesto.

Emprendieron el camino de regreso cuando el sol todavía estaba bajo y el aire conservaba el frescor de la noche. Aurelia caminaba a buen paso mientras repasaba mentalmente todo lo que tendrían que preparar antes del mercado.

—¿Ya te dije que necesitamos taburetes?

Marcus la miró de reojo.

—Sí, que los clientes querrán sentarse. Y que, si vendemos comida o vino, más todavía.

—Seis taburetes de madera nos ocupan medio carro —apuntó Aurelia—. No dejan hueco para muchas ollas. Espero que a la mula de Julián no le dé un jamacuco. Vamos a tener que hacer varios viajes, y ya está vieja. A menos que puedas repetir lo del tonel.

—¿A qué te refieres?

—La madera era ligera. Mucho más ligera que la normal. ¿Podrías hacer taburetes con algo parecido?

Marcus pensó en cómo justificar aquello ante la IA.

—Sí. Supongo. ¿Muchos?

—Media docena.

Marcus valoró los pros. Cinco o seis taburetes apenas suponían trabajo. Además, si iba a pasar varios días sentado en Sanabria, prefería disponer de algo más cómodo que una caja o un tronco.

—Puedo intentarlo.

Aurelia quedó satisfecha. Caminaron un rato más.

—El problema sigue siendo llevarlo todo. Las ollas, los botecillos, los taburetes, el vino. Me preocupa la mula.

Aurelia apartó una rama del camino.

—Quizá podrías hacer lo mismo que hiciste con la arcilla —añadió.

—No puedo —sentenció.

Aurelia no insistió. Llevaba tiempo comprendiendo que existían ciertas cosas sobre Marcus que era mejor no preguntar.

No porque él quisiera perjudicar a nadie.

Al contrario. Siempre terminaba ayudando de una forma u otra.

Pero había límites invisibles que no estaba dispuesto o no era capaz de cruzar.

—Bueno, pues usaremos el carro.

Marcus sabía que usar la carretilla hasta Nuestra Señora del Lago o el monasterio era una cosa, y que hacerlo hasta una población como Sanabria, llena de gente, era algo que la IA no iba a consentir.

Mientras caminaban pensó en el mercado. Tres días, quizá más.

La sola idea de pasar varias noches durmiendo sobre tablas o directamente en el suelo le resultó poco atractiva.

Una noche podía soportarse; varias seguidas eran otra cuestión.

Tal vez un colchón ligero solucionaría el problema.

Podría enrollarse para transportarlo y cubrirse con una tela parecida al lino para que nadie le prestara demasiada atención. También necesitarían alguna manta más.

Siguieron descendiendo por el sendero hasta que finalmente apareció la aldea entre los árboles.

El humo salía de varias chimeneas y el sonido de los animales llegaba desde los corrales.

También se oían golpes de herramientas y voces de vecinos trabajando.

A aquella hora parecía mucho más despierta que de costumbre.

Lucio estaba junto al horno cuando llegaron. Varias piezas recién cocidas descansaban sobre una mesa improvisada. Había nuevas ollas alineadas junto a la pared y una hilera de pequeños recipientes secándose al sol.

El alfarero levantó la cabeza.

—Ya era hora.

—No hemos tardado tanto.

—Eso lo dices porque no has estado aquí trabajando.

Aurelia observó las piezas.

—Has hecho más.

Lucio soltó un resoplido.

—No las suficientes. Solo diez.

—Ayer no había ninguno.

—Y mañana debería haber veinte.

—¿Te han vuelto los dolores? —preguntó Aurelia interesada.

—La verdad es que no —titubeó Lucio—. Ni uno solo.

—Entonces ¿qué pasa?

—Que mantener el horno caliente es trabajo. Preparar la arcilla es trabajo. Sacar agua del pozo es trabajo. Dar de comer a los animales es trabajo. Mantener el huerto es trabajo.

Lucio señaló el torno.

—Y encima hay que dormir de vez en cuando.

—Ya estoy de vuelta. Yo me ocuparé del corral y del huerto.

El alfarero bajó la vista unos instantes.

—No pretendía que sonara como un reproche, porque no lo es.

Lucio apoyó una mano sobre una de las ollas.

—Si este pueblo aguanta un año más será gracias a ti.

Aurelia intentó replicar, pero él la interrumpió.

—Y yo mismo te debo la vida.

La muchacha apartó la mirada.

—Solo fui a buscar ayuda.

—Y la encontraste.

Antes de que pudiera responder aparecieron varios vecinos. Marina llegó primero. Tras ella venían Tomás el molinero, Ramiro el cabrero y Julián.

La noticia de su regreso parecía haber corrido más deprisa que ellos.

No tardaron en rodearla con preguntas.

Aurelia les contó lo ocurrido en Sanabria. La moratoria conseguida. El puesto treinta y siete. Su tamaño. La ubicación junto a la muralla. Las condiciones impuestas por Nuño.

Las expresiones fueron cambiando conforme avanzaba su relato.

—Sesenta monedas ya era una locura.

—Ahora quiere más.

—Siempre quieren más.

—Eso no es justo.

Las protestas comenzaron a mezclarse unas con otras. Aurelia levantó ambas manos.

—No me calentéis la cabeza. Ya le dije al recaudador que no era justo y casi me echa del despacho.

Aquello arrancó algunas risas.

—No sé qué castigo piensa imponer Nuño. Tampoco sé si conseguiremos todas las monedas que quería el recaudador. Hay que intentarlo.

—Pues será difícil, de diez monedas hemos pasado a setenta —murmuró Ramiro.

Lucio intervino entonces.

—Al menos parece que todo el pueblo se está moviendo.

Varias voces se alzaron casi al mismo tiempo. Había gente recogiendo fruta, nueces y miel. Algunas familias ya preparaban panes para vender.

Lucio señaló el horno.

—Dentro de unos días tendré que dejar de usarlo para la cerámica.

—¿Por qué? —preguntó Aurelia.

—Porque si queremos suficiente comida para el mercado habrá que cocerla aquí.