LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 19
«Regreso a la villa»
—No. Viene conmigo.
La voz de Marcus sonó por detrás de ellos.
Los hombres se volvieron.
Aurelia también. Allí estaba el ermitaño, cubierto de barro hasta las rodillas, con varias hojas secas enganchadas en la ropa y aspecto de haber atravesado el bosque más por cabezonería que por habilidad. Al verlo, sintió un alivio tan intenso que casi le flaquearon las piernas.
Uno de los hombres dio un paso adelante.
—¿Y tú quién eres?
Antes de que Marcus pudiera responder, uno de los hombres se acercó.
Lo hizo despacio, como si fuera a rodearlo para colocarse mejor, pero al pasar junto a él le metió el hombro a propósito.
Marcus ni siquiera se movió. Fue el otro quien acabó retrocediendo un paso mientras se masajeaba el brazo y observaba al ermitaño con expresión extraña.
—Perdone —dijo Marcus.
—¿Qué?
—Te he estorbado.
El hombre volvió a mirar aquellos hombros imposibles.
—No... no pasa nada.
El hombre se frotó el brazo y regresó junto a los demás. Los cuatro observaron al ermitaño. Marcus seguía donde estaba, indiferente a la provocación. Intercambiaron una breve mirada y se alejaron sin insistir más. Aurelia esperó hasta que desaparecieron.
Entonces se volvió hacia Marcus.
—Eres un imbécil.
Marcus parpadeó.
—Buenas noches.
—No te he dado las buenas noches.
—Ya me había dado cuenta.
—Ayer te pedí que vinieras conmigo y dijiste que no. Y después de decir que no, me has dejado pasar todo el día sola recorriendo esta maldita villa, hablando con soldados, escribanos, recaudadores y medio castillo.
—Y yo me he perdido y no me he quejado.
—Marcus, no empeores la situación.
—Disculpe usted.
Aquello la desarmó más de lo que estaba dispuesta a reconocer.
—Pues más te vale.
—¿Sigues enfadada?
—Mucho.
Empezaron a caminar por las calles de Sanabria.
Aurelia continuó refunfuñando durante un rato, aunque cada vez con menos convicción.
Al pasar junto a una taberna vio salir a varios hombres tambaleándose entre risas.
Uno de ellos la desnudó con la mirada. Sin pensarlo, agarró el brazo de Marcus. Él bajó la vista.
—¿Qué haces? Me estás agarrando.
—Lo sé. Tengo frío.
Siguieron avanzando sin que Aurelia lo soltara.
No tardaron en llegar a la explanada donde se celebraría el mercado.
Todavía faltaban muchos días para su apertura y la mayor parte del recinto permanecía vacío.
Los puestos ya levantados formaban largas hileras de madera nueva junto a la muralla, separados por amplios corredores de tierra por donde pronto circularían mercaderes, animales y carros llegados de toda la comarca.
Aurelia contempló las filas de tenderetes y soltó un suspiro.
—Tengo un problema.
—¿Cuál?
—Me dijeron el número del puesto.
—¿Y?
—Que no sé leer, idiota. Busca el treinta y siete.
Aurelia señaló las hileras de construcciones vacías.
El ermitaño comenzó a caminar entre los puestos mientras leía las tablillas colgadas sobre cada uno. Aurelia avanzaba detrás de él observándolo de vez en cuando. Seguía resultándole insólito que alguien pudiera extraer significado de aquellos garabatos negros con solo mirarlos.
Finalmente, Marcus se detuvo y señaló el lugar. Aurelia alzó la vista hacia la tablilla. No significaba nada para ella.
—¿Seguro?
—Pone treinta y siete.
—Tendré que confiar en ti.
—Es una buena estrategia.
El puesto era mucho mejor de lo que había imaginado.
La madera todavía conservaba el color claro de los tablones recién cortados.
Olía a resina y a serrín reciente. Tenía un toldo amplio que protegería del sol o de la lluvia y un mostrador bastante sólido.
Había espacio para más piezas de las que Lucio podía fabricar en una semana normal.
Por primera vez desde que había llegado a Sanabria consiguió imaginarse vendiendo allí.
Casi podía ver las jarras, las ollas y las escudillas alineadas sobre el mostrador, a los viajeros deteniéndose a mirar y a la gente comprando.
—No está mal.
Marcus asintió. Aurelia pasó una mano por el mostrador.
—Habrá que traer taburetes.
—¿Para qué?
—Si vendemos comida o vino, la gente querrá sentarse.
Marcus examinó el puesto.
—Entonces faltan taburetes, bancos y mesas.
—Marcus, no se trata de montar una taberna.
—Solo estaba haciendo inventario.
Aurelia soltó una pequeña risa. La primera sincera de todo el día.
Por primera vez desde que había llegado a Sanabria le pareció posible que aquel viaje terminara sirviendo para algo.
Satisfecha, dejó atrás el puesto y acompañó a Marcus fuera del recinto del mercado.
La noche se había vuelto fresca y las calles oscuras parecían mucho más tranquilas que unas horas antes.
—Aquí no habrá hotel —dijo Marcus.
—¿Un qué?
—Una posada.
—A lo mejor sí. Pero aunque la hubiera, tampoco podríamos pagarla, salvo que puedas cagar monedas.
Marcus gruñó. Aquello era un argumento difícil de discutir. Caminaron unos pasos más.
—Además —añadió Aurelia—, quizá sea mejor así.
—¿Por qué dices eso?
—Porque las posadas están llenas de bichos.
Marcus se volvió lentamente hacia ella.
—¿Qué clase de bichos?
Aurelia empezó a contar con los dedos.
—Piojos.
Marcus se rascó la nuca.
—Pulgas.
Se rascó un brazo.
—Garrapatas.
Ahora ambos brazos.
—Arañas.
Marcus se detuvo.
—Cucarachas.
El ermitaño comenzó a sacudirse la ropa.
—Y otras cosas peores.
—¿Peores que las cucarachas?
—Nada de lo anterior tenía dientes.
Marcus contempló la oscuridad.
—Dormiremos fuera.
Aurelia se desternilló. Marcus continuó rascándose durante varios minutos más.
Abandonaron Sanabria cuando las últimas luces del atardecer comenzaban a apagarse detrás de las colinas. Marcus eligió el lugar para pasar la noche a unos cientos de pasos fuera de la villa.
Aurelia observó el sitio y arrugó la nariz. Junto al camino había una zanja cubierta de juncos por la que corría un hilo de agua. Varias ramas colgaban sobre ellos desde los árboles cercanos.
—Es un sitio horrible.
—¿Por qué?
—Porque está al lado del agua, hace más frío y si una de esas ramas decide caerse mientras dormimos nos abrirá la cabeza.
Marcus alzó la vista.
—Parece poco probable.
—Las ramas no preguntan antes de caer.
—Tienes razón.
Continuaron caminando bajo los árboles hasta encontrar una gran roca junto a una pequeña elevación del terreno. El bloque protegía del viento y el suelo parecía más seco que el resto del bosque.
—Aquí está mejor.
Marcus examinó los alrededores.
—Es peor para vigilar.
—Es mejor para dormir.
Aurelia dejó escapar un suspiro y se acercó a la roca.
Le dolían los pies, las piernas y la espalda después de pasar el día entero recorriendo Sanabria de un lado para otro sin probar bocado.
Cuando intentó dar un paso más, el mundo se inclinó ligeramente bajo sus pies y tuvo que apoyar una mano en la piedra para recuperar el equilibrio.
—¿Estás bien? —preguntó Marcus.
Aurelia apartó la mano de la roca y asintió demasiado deprisa.
—Llevas todo el día sin comer —indicó Marcus.
—He comido pan esta mañana.
Quiso protestar, pero el estómago decidió traicionarla con un gruñido.
—Tu estómago está de mi parte.
—Mi estómago es un traidor.
Marcus rebuscó bajo la túnica y sacó uno de aquellos extraños rectángulos envueltos. Aurelia lo reconoció al instante. Casi le arranca la barrita de las manos. El sabor dulce apareció inmediatamente.
—¿No pensabas ofrecerme?
—Sí, pero no hemos parado.
—Y sigues sin explicarme qué lleva el zurullo este.
—Porque no lo sé. Solo sé que está bueno.
Aurelia dejó de masticar.
—¿Cómo que no lo sabes?
Aquello era tan absurdo que terminó riéndose.
Mientras ella comía, Marcus se sentó junto a la roca.
No tardó en incorporarse otra vez. Había una piedra bajo una cadera, una raíz clavándosele en la espalda y algo que le picaba en una pierna.
Resoplando para sí, comenzó a apartar piedras, raíces y ramas secas hasta dejar una superficie razonablemente plana.
Después reunió hojas caídas y algo de hojarasca blanda formando una capa sobre el suelo.
—¿Qué haces? —preguntó, relamiéndose los restos de chocolate de los dedos.
—Hay ramas, piedras y hormigas.
Aurelia contempló el suelo.
—Esto es el campo. ¿Tienes más zurullos?
Marcus le tendió su barrita. Aurelia la aceptó sin la menor vergüenza. Después Marcus se quitó la túnica. Debajo llevaba unas calzas de lino sujetas a la cintura.
—¿Y ahora qué haces?
—La túnica es demasiado pequeña.
Aurelia no le quitaba ojo. Marcus descosió varios puntos de una costura lateral y desplegó la tela hasta convertirla en una superficie mucho más amplia.
—Ahora es más grande.
Extendió la prenda sobre la capa de hojas. Aurelia contempló el improvisado lecho.
—Eso es sorprendentemente inteligente.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Entonces lo aceptaré igualmente.
—Los zurullos están riquísimos. Pero dan mucha sed.
Marcus rebuscó entre sus cosas y le tendió una botella.
Aurelia la examinó detenidamente. Era otra de aquellas rarezas del ermitaño. Ligera, translúcida y demasiado regular para parecerse a nada que hubiera visto antes.
A esas alturas ya había decidido que algunas preguntas no merecían el esfuerzo. Quitó el tapón y bebió. Marcus miró de soslayo cómo descendía el nivel del agua. Cuando la botella quedó vacía, Aurelia eructó.
—Qué agua más rica. Sabe como la del pozo.
Le devolvió el recipiente. Marcus lo sostuvo unos segundos.
—Ya está.
—¿El qué?
—Me has dejado sin comida ni bebida.
Aurelia lo pensó.
—Pues es verdad. Mañana te busco algunas raíces si quieres.
—Gracias, ya lameré un árbol.
La noche terminó de caer mientras se acomodaban junto a la roca. Aurelia se sentó con la espalda apoyada en la piedra y se envolvió en su manto.
Marcus hizo lo mismo sobre la túnica extendida. Al rato se inclinó hacia delante y apartó una piedra. Volvió a sentarse. Después retiró una rama. Luego una hoja húmeda. Siguió algo diminuto que examinó antes de lanzarlo lejos.
—¿Qué era eso? —preguntó Aurelia.
—Una hormiga. Ya te dije que había muchas. Creía que de noche dormían.
—Vendría de una taberna.
Aurelia negó con la cabeza. Marcus siguió inspeccionando el suelo con expresión crítica hasta que finalmente pareció satisfecho.
Se recostó contra la roca y cerró los ojos.
Aurelia intentó hacer lo mismo. El frío comenzaba a colarse bajo el manto.
Primero en los pies. Después en las piernas.
Se encogió un poco más. Aún quedaba algo del calor acumulado durante la caminata, pero desaparecía deprisa.
Marcus abrió un ojo.
—Estás temblando.
—Un poco.
—Hay sitio —dijo Marcus señalando la túnica extendida.
Aurelia dirigió la mirada al lecho.
—Compartiremos el manto. Así conservaremos mejor el calor —invitó Marcus.
Aurelia suspiró. La propuesta era perfectamente razonable. También era la primera vez que iba a dormir bajo el mismo manto de un hombre que no era familia suya.
Marcus esperó.
—Vale, pero las manos quietas.
Aurelia gruñó algo ininteligible y terminó acercándose.
Se acomodó con cierta cautela al otro lado de la túnica y tiró del manto para cubrirlos a ambos.
Durante unos momentos permanecieron inmóviles.
Marcus estaba caliente como una piedra que hubiera pasado el día entero al sol.
Sin darse cuenta se le acercó un poco más.
—Es increíble el calor que das.
—¿Sí?
—Pareces un horno.
—¿Eso es bueno?
—Ahora mismo sí.
Entonces sonó un ruido breve bajo el manto. Marcus abrió un ojo.
—¿Se te ha escapado?
—No. Claro que no.
Marcus reflexionó unos segundos.
—Entonces bien.
Aurelia sonrió en la oscuridad.
—Mi padre dice que trae suerte, aleja los malos espíritus.
—Y los buenos, Aurelia, y los buenos.