La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 18
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 18

«La audiencia»

Aurelia llegó a Sanabria poco antes del mediodía.

La villa parecía más grande de lo que recordaba.

Buena parte de los alrededores del mercado estaban ocupados por hombres que levantaban estructuras de madera, descargaban carros o tendían lonas entre postes recién clavados en el suelo.

El aire resonaba con golpes de martillo, crujidos de cuerdas tensándose y gritos de carreteros que intentaban abrirse paso entre el desorden.

Por todas partes aparecían montones de tablones, barriles, sacos y haces de leña esperando ser colocados.

El mercado aún no había comenzado, pero se preparaba para hacerlo.

Algunos comerciantes discutían sobre el tamaño de sus espacios mientras otros marcaban el terreno con cuerdas o estacas.

Cerca de la muralla varias mujeres vendían pan, queso y verduras para el consumo diario de los vecinos, pero aquello era otra cosa, un pequeño mercado permanente que nada tenía que ver con el gran mercado que Nuño estaba organizando.

Incluso así, Aurelia nunca había visto tanta actividad reunida en un solo lugar.

Durante unos minutos caminó sin rumbo, observándolo todo. Finalmente se acercó a una mujer que vendía cebollas junto a la calle principal.

—Busco a quien lleva los impuestos.

La mujer señaló una casa de piedra cercana.

—Allí. Donde entra y sale todo el mundo con cara de pocos amigos.

Aurelia agradeció la indicación y cruzó la calle. Dentro encontró una estancia llena de bancos, mesas y montones de pergaminos. Dos hombres trabajaban inclinados sobre unas cuentas mientras un tercero atendía a varios campesinos.

Esperó su turno.

—¿Qué necesitas? —preguntó el funcionario cuando llegó ante él.

Aurelia explicó la situación de Nuestra Señora del Lago, la mala cosecha, las dificultades de la aldea y el problema de los nuevos impuestos.

Los tres hombres intercambiaron una mirada.

—Conocemos la situación de muchas aldeas —dijo uno de ellos—. Y no sois los únicos que habéis venido a quejaros.

—No venimos a quejarnos. Venimos a pedir tiempo.

—Eso no podemos decidirlo nosotros.

—¿Quién puede?

El hombre se rascó la barba.

—Don Rodrigo debería estar en el castillo o cerca de él. Si habéis venido por los tributos, es a quien debéis encontrar.

Aurelia asintió y luego recordó el segundo motivo de su viaje.

—También necesito permiso para vender en el mercado.

Aquello pareció interesar más al funcionario.

—¿Qué vas a vender?

—Cerámica. Mi padre es alfarero. Y también algunos productos para comer junto al puesto.

—¿Cuántas piezas?

—Las que podamos fabricar.

El hombre cogió una tablilla encerada y comenzó a anotar.

—Eso requiere registro.

—¿Y cuánto cuesta?

—Una señal para reservar el puesto.

Aurelia sacó una de sus monedas y la dejó sobre la mesa.

—Hay más mercaderes que puestos. Además, pretendes vender cacharros y comida en el mismo espacio.

Aurelia sintió un mal presentimiento.

—Es cuanto tengo.

El funcionario bajó los ojos hasta la bolsa que colgaba de su cinturón. Aurelia comprendió demasiado tarde que había visto la otra moneda. La depositó junto a la primera.

El hombre las hizo desaparecer con sorprendente rapidez. Volvió a escribir.

—Nombre y procedencia.

—Aurelia, hija de Lucio. Vengo de Nuestra Señora del Lago.

Rascó varias líneas más y arrancó un pequeño trozo de pergamino. En él escribió un número y añadió una rúbrica apresurada.

—Puesto treinta y siete.

Aurelia tomó el pergamino.

—¿Y ya está?

—No exactamente. Al finalizar el mercado deberás venir para pagar el porcentaje correspondiente sobre las ventas.

—¿Qué porcentaje?

—Lo calcularán los escribanos cuando termine el mercado. En tu caso serán dos monedas de cada diez.

—¿Y cómo sabréis cuánto he vendido?

El funcionario señaló el trozo de pergamino que acababa de darle.

—Lo anotarás aquí.

—No sé escribir.

—Entonces haz una marca por cada venta. Una cruz, una raya o cualquier cosa que seas capaz de repetir.

Aurelia soltó el aire por la nariz.

—¿Hay otros casos que paguen menos?

—Los puestos más visibles pagan más. Los peores pagan menos. Y escucha bien, moza. Si intentas ocultar ventas o engañar a la administración, se considerará una estafa al señor. Es un asunto grave.

—No pensaba hacerlo.

—Me alegra oírlo. Eres demasiado guapa para colgar de una cuerda.

Aurelia guardó el pergamino y volvió al asunto importante.

—¿Y la moratoria?

—Ve al castillo.

Su semblante dejaba claro que no pensaba ayudarla más. Aurelia salió de la oficina y comenzó a subir por las calles que ascendían hacia la fortaleza.

El castillo dominaba toda la villa desde lo alto del promontorio. Sus muros proyectaban una sombra oscura sobre las casas cercanas.

Cuando llegó a la puerta principal, uno de los soldados le bloqueó el paso.

—¿Qué buscas?

—Necesito hablar con el señor.

El hombre examinó el polvo del camino que cubría su ropa, sus manos y parte de su rostro.

—Puedes entrar.

Aquello sorprendió a Aurelia.

—¿Así de fácil?

—Entrar sí —sonrió y señaló al rio—. Que te reciba ya es otra cosa. Si aceptas un consejo, lávate un poco antes. Se nota que llevas media comarca pegada encima.

Aurelia bajó la vista hacia su vestido.

—He venido andando.

—Ya lo veo. A mí no me importa, pero dentro hay gente que sí. Alguno podría echarte solo por eso.

—Gracias —dudó.

—No me las des todavía.

Aurelia descendió por el sendero que conducía al río.

El agua estaba fría. Se lavó la cara, los brazos y parte del polvo del camino mientras observaba cómo el sol comenzaba a inclinarse hacia occidente.

Había llegado a Sanabria antes del mediodía y, sin embargo, la tarde empezaba a echarse encima. Aún le quedaba encontrar a Rodrigo.

Marcus llevaba horas caminando. Al principio el viaje había resultado incluso agradable.

El sendero descendía entre bosques frondosos y durante buena parte de la mañana había mantenido la sensación de saber exactamente hacia dónde se dirigía.

Aquello cambió después del mediodía. El camino comenzó a dividirse una y otra vez.

Un sendero seguía el curso de un arroyo.

Otro atravesaba una zona de matorral. Un tercero parecía dirigirse hacia una colina baja.

Marcus eligió uno, después otro y más tarde un tercero.

Varias veces estuvo convencido de haber tomado la dirección correcta.

Varias veces se equivocó.

Cuando se detuvo para beber agua descubrió que no reconocía nada de cuanto le rodeaba.

El bosque se extendía en todas direcciones y el sendero que seguía parecía tan válido como cualquier otro.

El sol había comenzado a descender y, por primera vez desde que abandonara el lago, sintió aquella desagradable presión en el pecho.

—No pasa nada.

Intentó convencerse, sin éxito.

La sensación empeoró lentamente. Una inquietud irracional. La impresión de haber olvidado algo importante. Sintió el impulso de echar a correr en dirección contraria y regresar al lago para comprobar que todo seguía allí.

Se llevó una mano a la oreja.

—No sé ni dónde estoy.

No obtuvo respuesta. Continuó caminando durante varios minutos más. La ansiedad seguía creciendo cuando un leve chasquido sonó en el auricular oculto.

—DESVIACIÓN DE RUTA DETECTADA.

Marcus se detuvo en seco.

—¿Ahora me lo dices?

Un zumbido lejano apareció sobre las copas de los árboles. Levantó la cabeza justo a tiempo para ver una pequeña sombra cruzando entre las ramas. El dron descendió unos metros, describió un círculo sobre él y luego comenzó a desplazarse hacia el este.

—Podías haber avisado antes.

Marcus observó cómo la máquina se alejaba.

—Magnífico. Llevo perdido media tarde y decides aparecer ahora.

El auricular volvió a emitir un chasquido.

—DISTANCIA A LA RUTA PREVISTA: CUATRO KILÓMETROS SEISCIENTOS TREINTA METROS.

—Te has estado cachondeando de mí.

Marcus resopló y echó a andar tras el dron.

El sol continuaba descendiendo y las sombras comenzaban a alargarse entre los árboles.

Si se daba prisa todavía podría llegar a Sanabria antes del anochecer.

Aunque, siendo realistas, después de perder medio día dando vueltas por el bosque ya sería una suerte cruzarse con Aurelia de camino de regreso.

Seguramente habría terminado sus gestiones hacía horas y estaría volviendo a la aldea mientras él seguía corrigiendo un error que no habría cometido si alguien hubiese considerado oportuno avisarle a tiempo.

Ignoraba que, mientras él recuperaba la ruta correcta, Aurelia seguía recorriendo Sanabria en busca de Rodrigo.

Aurelia regresó al castillo tras asearse en el rio.

Pensó que, una vez dentro, encontrar al recaudador sería cuestión de minutos.

Pronto descubrió que se equivocaba. Un soldado la envió a un patio donde varios escribanos revisaban documentos.

Allí le dijeron que lo encontraría inspeccionando los preparativos del mercado.

Cuando llegó al lugar indicado, otro hombre le aseguró que acababa de marcharse.

Volvió al castillo. Esperó. Preguntó de nuevo.

La enviaron a otra dependencia donde nadie parecía saber exactamente dónde localizarlo.

Las horas fueron pasando entre pasillos, escaleras, patios y salas de espera mientras el castillo se llenaba de mensajeros, soldados, mercaderes y hombres que parecían tener asuntos mucho más importantes que los suyos.

Al principio intentó conservar la paciencia. Después comenzó a sentirse irritada. Finalmente apareció el cansancio. Cuando preguntó por quinta o sexta vez a uno de los oficiales, el hombre alzó la vista con evidente fastidio.

—No son horas de venir a pedir audiencia.

—Pero si llevo toda la tarde aquí esperando —suplicó.

—¿Toda la tarde?

—Desde después del mediodía.

—Pues has elegido mal día para presentarte. Con el mercado encima todo el mundo va de un lado para otro.

Aurelia se quedó estupefacta.

—Precisamente por eso he venido.

—Y precisamente por eso está ocupado.

Cuando abandonó la estancia, el sol ya comenzaba a ocultarse tras las murallas.

Las sombras se alargaban por las calles y el bullicio de la mañana había cambiado de naturaleza.

Los carros seguían entrando y saliendo, pero ahora también aparecían grupos de hombres que se dirigían a las tabernas.

Desde algunas puertas escapaban risas, canciones desafinadas y el olor agrio del vino derramado.

Aurelia aceleró el paso. Sanabria no era una ciudad grande, pero para alguien acostumbrada a una aldea de unas pocas casas parecía inmensa.

Las calles y las murallas no la inquietaban tanto como la sensación de no conocer a nadie.

Cuando por fin encontró a Rodrigo, el cielo comenzaba a teñirse de rojo. El recaudador revisaba varias tablillas junto a una mesa cubierta de cuentas. Aurelia había imaginado a un hombre hosco y malhumorado. En su lugar encontró a alguien de aspecto corriente, bien vestido y con modales tranquilos.

—Me han dicho que me buscabas.

Aurelia le explicó quién era, de dónde venía y los problemas de Nuestra Señora del Lago. Rodrigo escuchó sin interrumpirla. Incluso le ofreció sentarse cuando advirtió el cansancio reflejado en su rostro.

—Recuerdo vuestra aldea —dijo finalmente—. También recuerdo los diez días que os concedí.

—Por eso he venido, señor. Necesitamos más tiempo.

Rodrigo negó despacio.

—Eso ya no depende de mí. En este momento una moratoria solo puede autorizarla el señor Nuño.

Aurelia sintió cómo se le hundía el ánimo.

—Entonces necesito hablar con él.

Rodrigo señaló una ventana oscurecida por el crepúsculo.

—Hoy no. Dentro de poco cerrarán las puertas y el señor no da abasto con los preparativos del mercado. No pienso molestarlo por esto.

Aquella respuesta sonó definitiva.

—Entonces ¿qué podemos hacer?

Rodrigo consultó una de las tablillas.

—Lo que haría cualquier otra aldea. Reunir el dinero.

—Cincuenta monedas son imposibles ahora. Podremos reunirlas cuando acabe el mercado. Todo el pueblo está arrimando el hombro.

—Entiendo, pero cincuenta eran trayéndolas aquí antes de la prórroga. Ahora hablamos de sesenta.

—Eso no es justo.

—Joven, tened cuidado de indicarme a mí lo que es o no justo.

Rodrigo pasó otra página sin alterar el tono.

—Y si me permitís un consejo, intentaría reunir más. Noventa sería una cantidad razonable.

Aurelia llegó a pensar que había oído mal.

—¿Y ahora por qué son noventa monedas?

—Os colocaría en una posición mucho mejor.

—No sé a qué se refiere.

Rodrigo apoyó los codos sobre la mesa.

—Comprended una cosa. El señor compara aldeas. No mira solo la cantidad total. También mira cuánto aporta cada hogar. Con sesenta monedas seguiréis estando entre los que menos pagan. Con cincuenta seríais los últimos con diferencia.

—Pero somos pobres.

—Y no sois los únicos.

No daba la sensación de que Rodrigo disfrutara de la situación. Tampoco era especialmente cruel. Simplemente estaba describiendo una realidad que consideraba inevitable.

—¿Y si conseguimos reunirlas?

—Entonces no volverán a reclamaros nada hasta antes del invierno.

Rodrigo suspiró, miró hacia la ventana con gesto cansado.

—Mira muchacha, voy a hacer la vista gorda hasta después del mercado. Pero os quiero aquí con el mismo empeño que habéis mostrado para encontrarme.

Aurelia hizo una reverencia con la cabeza y salió marcha atrás. Había recorrido media comarca para descubrir que necesitaban más dinero del que imaginaban y menos tiempo del que esperaban.

Cuando abandonó el castillo, las últimas luces del día se apagaban sobre Sanabria.

Las puertas aún permanecían abiertas, pero ya había guardias preparándose para cerrarlas.

El ruido de las tabernas era más intenso que antes y las calles parecían distintas.

Mientras descendía hacia la plaza principal, dos hombres apoyados contra una pared la siguieron con la mirada.

—Hola guapa. Bonita hora para pasear sola.

Aurelia continuó caminando. Pasó junto a otro grupo. Uno de los hombres se abrió el sayo descubriendo sus partes.

—Ven que te quiero a presentar a alguien.

Aceleró el paso, temblando. Las risas la persiguieron unos pasos.

—¿Estás sola?

Aquella vez sintió un nudo en el estómago.

Y entonces una voz sonó detrás de ella.

—No. Viene conmigo.