La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 17 #2
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 17 #2

Mientras caminaba fue repasando mentalmente a todos los posibles acompañantes que había descartado.

Ramiro apenas podía recorrer media legua sin detenerse a descansar.

Tomás cojeaba desde niño y además tenía la desagradable costumbre de meter mano cuando se le presentaba la ocasión.

Su padre debía quedarse trabajando. Marina e Inés estaban tan embarazadas que apenas podían agacharse sin resoplar.

Los pocos hombres jóvenes que quedaban en la aldea tenían sus propias obligaciones o ninguna intención de perder uno o dos días caminando para resolver un problema que consideraban ajeno.

El día que faltaran su padre, Ramiro y Tomás, los únicos que parecían tener algo de juicio, no sabía qué sería de la villa.

Probablemente no duraría ni dos inviernos.

La realidad era sencilla: había tenido que ir sin compañía y no le hacía gracia pasar la noche allí sola.

Y no le gustaba reconocer cuánto le habría gustado que Marcus estuviera allí.

Seguía enfadada con él, pero el enfado no bastaba para impedir que pensara constantemente en lo ocurrido junto al lago.

Aquel miedo había sido auténtico. Y eso era precisamente lo más desconcertante.

Marcus podía mover en una noche más carga que varios hombres juntos, trabajar hasta el agotamiento o meterse en las aguas heladas del lago sin pestañear; sin embargo, cuando hablaban de alejarse de aquel lugar, algo cambiaba en él.

Como si la perspectiva de abandonar la orilla le resultara mucho más terrible que cualquier esfuerzo, cualquier tormenta o cualquier peligro.

Sacudió la cabeza, molesta consigo misma. Lo importante era intentar salvar a la aldea de una deuda imposible. Ajustó la bolsa del cinturón y continuó caminando.

En Sanabria, la oficina de recaudación estaba mucho más concurrida que de costumbre. Las mesas aparecían cubiertas de pergaminos. Escribanos, administradores y mensajeros iban y venían sin descanso entre cofres, registros y bolsas de moneda.

Desde la muerte de don Fernando, Nuño había comenzado a interesarse personalmente por asuntos que antes ni miraba.

El mercado ampliado y el nuevo sistema de recaudación eran sus primeras grandes decisiones y estaba decidido a demostrar que había acertado.

Un escribano fue depositando pequeños montones de monedas sobre una mesa.

—Valle del Tera. Rionegro.

Nuño observaba los montones de monedas que iban acumulándose sobre la mesa.

No era capaz de decir cuánto representaban exactamente, pero el cofre empezaba a llenarse y eso le bastaba por el momento.

El mercado había costado dinero. Los nuevos puestos, las cuadras, la vigilancia y los jornales de quienes trabajaban allí no se pagaban solos.

Primero había que gastar para ganar después.

Su padre siempre había sido prudente con esas cosas.

Él pensaba de otra manera. Si quería conservar la confianza del rey y seguir ocupando la tenencia, necesitaba demostrar que aquellas tierras podían producir más riqueza que antes.

Un soldado abrió la puerta.

—Ha llegado Rodrigo.

El recaudador entró cubierto todavía por el polvo del camino. Saludó con una inclinación de cabeza. Un escribano se acercó para recoger la bolsa de monedas.

—¿Resultado?

—Bastante correcto. Cerca de trescientas monedas. Aceptable en algunos lugares y peor en otros.

—¿Y el lugar que menos ha dado? —inquirió Nuño.

—La villa de Nuestra Señora del Lago. Apenas veinte monedas para treinta casas.

Algunos escribanos soltaron risitas. Rodrigo no pareció ofendido.

—A mí tampoco me hizo gracia.

—¿Y cuál es su excusa?

—La misma de siempre. No tienen dinero. Les di diez días de plazo para pagar con intereses.

—Entonces dejémosles pagar. Pero después quiero una lista con todas las aldeas ordenadas por lo que han entregado por vivienda. La que quede última se lleva un premio de tortazos bien dados.

Nuño volvió a concentrarse en las cuentas. El roce de los pergaminos y el tintinear de las monedas llenaron la sala hasta que una idea cruzó su mente.

—Pues no sé por qué esa aldea ha dado tan poco —comentó de pronto—. Están junto al lago más grande de la comarca.

—No aprovechan gran cosa. Apenas se acercan. Tienen supersticiones.

—Allí vive el demonio ermitaño —añadió uno de los escoltas mientras se santiguaba.

Rodrigo le clavó una mirada que habría bastado para callar a un hombre más prudente.

—¿El demonio ermitaño? Seguro que ni habéis ido —recriminó Nuño.

—Fuimos a verlo —reconoció Rodrigo—. Quería comprobar que no fuera un ardid para mantener a la gente alejada de aquella parte del lago.

—¿Y lo era?

—No. Solo había un ermitaño viviendo en una cabaña miserable. No tenía nada de valor.

—¿Habéis mirado bien? ¿Seguro que no ocultaba ganado? —indagó Nuño.

—Si hubiera ganado habría señales —negó—. Boñigas. Cercados. Huellas.

Nuño tamborileó con los dedos sobre la mesa.

—No necesariamente. El estiércol puede venderse. Los monjes de San Martín están cerca.

Rodrigo agachó la cabeza.

—Ya lo investigaré yo mismo —masculló Nuño—. Ineptos.

A varias leguas de allí, Lucio estaba sentado junto a la puerta del taller modelando una pequeña pieza de barro cuando Marcus se aproximó.

—Buenos días.

Marcus respondió con un gesto. Antes de que pudiera preguntar nada, una voz sonó a su espalda.

—¡Fray Marcus!

Marina apareció por la esquina de la casa cargando un cubo. Antes de que Marcus pudiera reaccionar, le agarró el brazo con familiaridad.

—¿Qué os trae por aquí?

Marina no le dio oportunidad de contestar.

—Habrá venido por Aurelia. Ya decía yo que los monjes terminarían reclamándola para lo del agua de Bouza.

Marcus decidió no corregir nada de aquello. Lucio se puso en pie.

—Entonces debo daros las gracias por el vino.

—¿Qué vino? —dijo Marcus.

—El que adelantasteis por el agua. Nos ayudó mucho.

Marcus comprendió que Aurelia había inventado una explicación y llevaba semanas sosteniéndola.

—Ah.

Fue todo lo que consiguió decir. Lucio pareció interpretar aquella respuesta como modestia religiosa. Marcus cambió rápidamente de tema.

—Busco a Aurelia.

—Salió antes del amanecer. En dirección a Sanabria —indicó Lucio.

Marina señaló el camino principal.

—Pues si queréis alcanzarla tendréis que daros prisa. Tiene mejor paso que muchos hombres.

Marcus asintió. Dio un par de pasos, se detuvo y se volvió hacia ellos. Les hizo una señal de la cruz rápida y torpe antes de reanudar la marcha hacia Sanabria.

Bajó la vista hacia sus pies. Una hora. Cuatro o cinco kilómetros.

—Madre mía. Hoy vendrían bien unas deportivas.