LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 17
«Viaje a Sanabria»
Marcus estaba revisando uno de los depósitos de filtrado cuando la voz apareció.
—ANOMALÍA DETECTADA.
—¿Ahora qué quieres?
—HIGIENE PERSONAL POR DEBAJO DE PARÁMETROS HABITUALES.
Marcus siguió trabajando.
—Ya. Son cosas de humanos, si tuvieras culo cagarías.
—ASEO INCOMPLETO DURANTE TREINTA Y SIETE HORAS.
—Que ya te he oído. He estado ocupado.
Retiró una cubierta metálica y examinó el interior.
—Entre una cosa y otra no he tenido tiempo. Además, tampoco pasa nada —resopló.
Sacó un pequeño cepillo y comenzó a limpiar una junta.
—JUSTIFICACIÓN INSUFICIENTE.
—Claro que es suficiente. Precisamente me han dicho que el problema es el contrario.
—ACLARE.
—Que voy demasiado limpio. Aquí la gente normal no se afeita todos los días ni huele a jabón constantemente.
—ACLARE.
—No sé si me pides que te explique algo o que aclare el detergente.
Esperó una respuesta.
—Eres más simple que una mata de habas, no te ríes de nada. Aurelia me dijo que parecía raro y probablemente tenga razón.
—REEVALUANDO PARÁMETROS. ANOMALÍA CORREGIDA.
Terminó de apretar los cierres y se puso en pie.
—Ya decía yo. Al final resulta que llevaba razón.
Se dirigió hacia el lavadero y abrió el grifo. No salió agua. Lo cerró y volvió a abrirlo.
—¿Qué ocurre?
—MEDIDA CORRECTIVA APLICADA.
Marcus permaneció inmóvil.
—¿Qué medida? ¡Que llevo mierda de limpiar las juntas!
—SUMINISTRO DE AGUA PARA HIGIENE SUSPENDIDO.
—¿Qué?
—RIESGO DE OLVIDO O CAMBIO DE CRITERIO ELIMINADO.
Marcus permaneció frente al grifo.
—La madre que te parió.
Cuando salió de la cabaña aquella mañana se sentía extraño. La barba apenas era una sombra oscura sobre la mandíbula, pero para él resultaba casi incómoda. Se rascó la mejilla varias veces mientras descendía hacia la orilla del lago.
Aurelia lo vio antes de que él la descubriera a ella.
—Por todos los santos...
Marcus se tocó la cara.
—Ya lo sé.
—Pareces un salteador de caminos. Y hueles.
—Eso también lo sé.
Aurelia se acercó observándolo con una mezcla de diversión y desconcierto.
—Yo me enjuago en el pozo todas las mañanas.
—Enhorabuena.
—¿Qué enhorabuena ni qué demonios? ¿Piensas vivir como un animal?
Marcus estuvo a punto de responder, pero la seriedad de Aurelia le hizo dudar si lo decía en serio o era sarcasmo.
Caminaron junto a la orilla. El agua permanecía tranquila después de las lluvias de días anteriores. Aurelia llevaba rato queriendo decir algo y Marcus terminó adivinándolo.
—Vienes a reñirme por otra cosa.
Ella respiró hondo.
—Lo del tonel.
—Necesitabas agua —apuntó Marcus.
—Necesitaba agua. No un barril enorme aparecido de la nada.
—De la nada no. Cuando abrieron las puertas ya estaba allí, que es distinto.
—Ese no es el problema.
Aurelia se detuvo y lo obligó a mirarla.
—Los monjes me conocen desde niña. Saben quién soy. Saben quién es mi padre. Pero los monjes no son siempre los mismos.
—¿Y? —cuestionó Marcus.
—¿Y si dentro de unos meses aparece un abad de León? ¿O un visitador del obispo? ¿O alguien enviado desde Santiago? ¿Qué les explico? ¿Que los barriles nacen solos en los caminos?
La expresión divertida desapareció del rostro de Marcus.
—No había pensado en eso. Creí que solo tenían que recibir el agua.
—Sí. Pero hay gente que hace preguntas. Muchísimas preguntas.
Marcus bajó la mirada hacia la arena húmeda.
—Lo siento.
—Solo digo que me avises la próxima vez. Porque si algún día alguien decide que todo esto es obra del demonio, la primera que acabará en problemas seré yo.
Marcus sintió una desagradable punzada de culpa. El enfado se fue apagando conforme caminaban.
—Precisamente por eso he venido —dijo Aurelia.
—¿Por qué?
—Voy a Sanabria. Saldré mañana al amanecer. Para pedir una moratoria con los impuestos y ya de paso un permiso también para el mercado.
—Es buena idea.
—No para mí.
Él la observó sin comprender.
—¿Qué quieres decir?
Aurelia jugueteó con el borde de su manto.
—Quiero que vengas conmigo.
Marcus parpadeó.
—¿Qué?
—Que vengas conmigo.
Imaginó el mercado de Sanabria rebosante de gente, los carros llegando desde los caminos y el murmullo incesante de cientos de conversaciones mezcladas. Hacía tanto tiempo que no trataba con nadie que le ilusionaba la idea.
—Yo...
La frase murió antes de completarse. Algo se tensó en su interior. Una sensación incómoda. Leve al principio. Como si hubiera olvidado algo importante.
Marcus tragó saliva.
—Está lejos.
—Una jornada para ir y hacer las gestiones y otra para volver.
La inquietud aumentó.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Aurelia.
—Sí.
No era verdad. El corazón le golpeaba el pecho con una fuerza absurda.
—No tienes buena cara.
Marcus respiró profundamente.
—Es solo cansancio.
Intentó imaginar el camino hacia Sanabria y el malestar empeoró de inmediato. La respiración se volvió irregular. Tuvo que concentrarse para mantenerla estable.
—Marcus.
—Estoy bien.
—No lo estás.
El lago apareció de pronto en el borde de su visión. Sintió un deseo irracional de acercarse al agua. De volver a la cabaña. De no alejarse.
Jamás había experimentado nada parecido.
—No puedo.
Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas.
Aurelia no tardó en comprenderlas.
—¿No quieres?
—No puedo.
—¿Por qué?
Marcus abrió la boca para responder, pero las palabras no llegaron. El corazón le golpeaba el pecho con fuerza y cada respiración parecía costarle más que la anterior. Intentó encontrar una explicación razonable, cualquier motivo que justificara aquella negativa, pero no encontró ninguno.
—No lo sé.
Aurelia lo miró fijamente. La decepción apareció despacio en sus ojos.
—Claro. No importa.
—Parece que sí importa.
—No —titubeó—. Me has ayudado más que nadie. Lo sé. Mi padre sigue vivo gracias a ti. Pero no puedes pedirme que entienda cosas que ni siquiera tú entiendes.
Marcus bajó la cabeza.
—Lo siento.
—Eso no arregla nada.
Aurelia se volvió y echó a andar por el sendero.
No discutió. No intentó convencerlo. Marcus la siguió con la mirada hasta que la distancia empezó a borrar los detalles de su figura.
Entonces la vio detenerse y llevarse una mano a los ojos antes de continuar caminando.
Solo entonces comprendió que estaba llorando.
Marcus avanzaba por el corredor empujando la fregona.
El suelo ya estaba impecable. Lo sabía porque era la tercera vez que recorría el mismo tramo aquella tarde.
Aun así, seguía pasando la mopa sobre la superficie, deteniéndose de vez en cuando para inspeccionar una mota invisible o una irregularidad que desaparecía en cuanto volvía a mirarla.
—Aurelia está enfadada.
Se detuvo junto a una pared y frotó con un paño una mancha inexistente.
—Mucho.
Se frotó la cara con ambas manos.
—Y tiene motivos. Quería que la acompañase.
—RIESGO PARA ACTIVO AURELIA: ELEVADO.
Marcus soltó una risa amarga.
—Ya. Ahora te preocupa.
—ALTA PROBABILIDAD DE INCIDENTE DURANTE DESPLAZAMIENTO.
—Eso puede significar cualquier cosa.
Marcus apoyó ambas manos sobre el mango.
—No puedo ir.
—ACOMPAÑAMIENTO RECOMENDADO.
—No has entendido nada.
Se agachó para recoger una mota de polvo casi microscópica.
—No es que no quiera. Es que pensar en alejarme me da ansiedad.
—ACOMPAÑAMIENTO RECOMENDADO.
Avanzó hasta el siguiente pasillo mientras negaba con la cabeza.
—Ella también quería los recipientes para los remedios.
—SOLICITUD RECHAZADA.
—Dame una justificación o los imprimo yo.
—RIESGO DE DISPERSIÓN TECNOLÓGICA INACEPTABLE.
—Eso significa que Lucio tendrá que fabricarlos.
—ALTERNATIVA ACEPTABLE.
Marcus siguió caminando unos metros más.
—Al menos ahora puede trabajar otra vez. Le gustará volver al torno. Y a Aurelia también.
Llegó a una esquina del corredor e investigó una junta entre dos paneles. Sus pasos resonaron en el corredor vacío.
—Supongo que debería echarle huevos.
—ACOMPAÑAMIENTO RECOMENDADO.
Marcus resopló. Permaneció inmóvil mirando la pared blanca. Después se dirigió hacia el ascensor.
—De todos modos, hablaré con ella.
La puerta se abrió. Marcus negó con la cabeza.
—El día que aprendas a mantener una conversación voy a echarme a temblar.
La puerta se cerró tras él. Y por primera vez en mucho tiempo, la idea de alejarse del lago no le produjo aquella sensación inmediata de ahogo.
Aurelia salió de la aldea al despuntar el alba.
El cielo todavía conservaba el gris azulado de la noche y la niebla se extendía sobre los prados cercanos al lago.
Lucio la acompañó hasta la salida del pueblo.
Había insistido en hacerlo pese a que ella llevaba días repitiéndole que descansara.
Verlo caminar sin ayuda seguía pareciéndole algo extraño.
Todavía esperaba descubrir que la mejoría era un espejismo y que en cualquier momento volverían los dolores.
El alfarero abrió la mano. Dos monedas de cobre descansaban sobre la palma.
—Toma. Guárdalas.
—Padre, son las dos últimas.
—No me dejas acompañarte. Déjame al menos ayudarte. Además, estoy seguro de que te harán falta. Si no te las pide el alguacil para la licencia del mercado, serán para cualquier cosa que se le ocurra al fulano de turno.
Lucio acercó un poco más la mano.
—Espero que todo este esfuerzo tenga recompensa —dijo Aurelia.
Tomó las monedas, las guardó en la bolsa de cuero colgada del cinturón y después abrazó a su padre.
—Intentaré volver antes de anochecer. Pero no prometo nada.
—Ve con cuidado. Y no te fíes de nadie.
Ella asintió y echó a andar. Durante un rato escuchó los pasos de su padre detrás de ella. Cuando dejó de oírlos no volvió la vista. Sabía que seguía allí mirando.
El camino descendía entre robles y castaños. Aurelia avanzaba deprisa. Quería llegar temprano, encontrar a quien tuviera autoridad suficiente para escucharla y regresar antes de que cerraran las puertas de Sanabria.