La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 16
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 16

«La reunión»

El canto de un gallo despertó a Aurelia. El cuerpo le pesaba, como después de una jornada entera moviendo sacos de harina. Aun así, no recordaba haber dormido tanto tiempo seguido desde hace mucho.

El silencio de la casa le provocó una punzada de inquietud. Se incorporó sobresaltada.

—¿Padre? —gritó.

No esperaba respuesta. Por eso se quedó sin saber qué hacer cuando la voz llegó desde la habitación contigua.

—¿Qué?

Firme e irritada. Se puso en pie tan deprisa que estuvo a punto de tropezar. Cruzó la estancia casi corriendo.

La víspera, su padre apenas podía mantenerse consciente. Respiraba con dificultad, deliraba y tenía la piel tan caliente que resultaba doloroso tocarlo. Ahora estaba incorporado, apoyado contra la pared, observándola.

—¿Qué haces levantado?

—Pero si me has despertado tú —gruñó él—. Me duele todo el cuerpo.

—Eso es buena señal.

—Si tú lo dices —respondió incrédulo—. Tengo hambre.

Aquellas dos palabras estuvieron a punto de hacerla llorar. Durante los últimos días apenas había probado bocado.

—Entonces voy a prepararte algo.

—Y también tengo sed.

—También agua.

Lucio se removió sobre el jergón. Aurelia sonrió mientras avivaba las brasas del hogar.

—¿Cuánto tiempo he estado durmiendo?

—Un día.

—Parece una semana. ¿Qué te pasó ayer?

—La tormenta me sorprendió y tuve que refugiarme varias horas en el bosque.

La mentira salió con sorprendente facilidad.

—Yo salí en tu búsqueda cuando se marchó el recaudador. ¿No llegaste a verlo? —dijo Lucio.

—Sí. Pero me escondí cuando pasaron.

—Hiciste bien, esa gente me da mala espina. Lo que no recuerdo es cómo diantre llegué aquí.

—Será cosa de las fiebres.

Cuando el desayuno estuvo listo, Lucio consiguió levantarse por sus propios medios y caminar hasta la mesa. Lo hizo despacio y apoyándose en las paredes.

Aurelia lo había visto morir la víspera y sin embargo aquella mañana estaba sentado frente a ella quejándose de la comida. Nunca se había alegrado tanto de escuchar una queja.

No salió de casa hasta media mañana. Aunque Lucio insistió varias veces en que se encontraba perfectamente, ella no terminaba de fiarse. Caminaba por el patio, se sentaba al sol e incluso discutía con una de las gallinas que había decidido apropiarse de una col.

Finalmente preparó un poco de comida, dejó agua al alcance de su padre y le hizo prometer que no intentaría cargar leña, reparar el cercado ni ninguna de las otras estupideces que acostumbraba a hacer cuando decía encontrarse bien.

Lucio juró obedecer. Aurelia no le creyó ni una palabra.

Poco después abandonó la aldea con el odre vacío al hombro.

El alivio de ver a su padre recuperado solo la acompañó durante el primer tramo del camino.

En cuanto quedó sola regresaron las preocupaciones de siempre.

Había perdido el vino y las monedas. Y el mercado seguía acercándose a la misma velocidad.

Mientras descendía hacia Bouza imaginó cuántos viajes tendría que realizar para recuperar el tiempo perdido.

Durante los próximos días tendría que trabajar desde el amanecer hasta la puesta del sol.

Ya no le importaba. Encontraría la manera.

Llenó el odre en el manantial y reanudó la marcha hacia San Martín.

Cuando las primeras construcciones del monasterio aparecieron entre los árboles ya estaba pensando en vino, mulas, ollas y mercados.

Llamó dos veces al portón. Al cabo de unos momentos apareció el hermano Martín.

—¡Aurelia! —saludó con una sonrisa—. ¿Has venido a por el vino?

Ella parpadeó.

—He venido a traer agua.

—¿Más? ¿Por qué? —se sorprendió Martín.

—Porque es lo que acordamos. Traer toda el agua que pudiera —vaciló Aurelia.

El monje pareció más confundido que ella.

—Sí hija, pero ahora lo que nos faltan son hierbas.

Aurelia sospechó que aquella conversación se estaba pareciendo demasiado a las que mantenía con Marcus.

—Hermano Martín, esta mañana he llenado el odre en Bouza y lo he traído hasta aquí. Entonces ¿cómo iba a haberlo traído antes?

Martín señaló hacia el interior del monasterio.

—Será mejor que vengas.

Aurelia lo siguió atravesando el patio principal. Dos novicios transportaban leña junto al muro. Un tercero barría hojas secas bajo el claustro.

Martín la condujo hasta uno de los almacenes.

—Mira.

Aurelia miró y se quedó inmóvil frente a un barril enorme. Por el olor supo que estaba lleno de agua de Bouza.

—¿Qué es eso?

—El barril. Nos ha llevado la mañana entera arrastrarlo hasta aquí.

La madera era lisa y uniforme. No se parecía a ninguna de las que conocía. Los aros tampoco parecían de hierro.

—¿De dónde ha salido?

—¿No lo sabes tú? Ha aparecido en la puerta al despuntar el alba. Llevaba un mensaje que indicaba que venía de tu parte.

Martín señaló un pequeño pergamino sujeto al barril con una cuerda. Aurelia sintió cómo se le tensaban los hombros.

—¿De mi parte?

El monje desató el pergamino y se lo mostró.

—Aquí lo pone. Pensé que algún mercader te había hecho el favor. La caligrafía es muy peculiar.

Aurelia contempló las líneas de tinta sin entender absolutamente nada.

—No sé leer y menos escribir. ¿Qué dice?

—Que lo envías tú, que el barril deberá ser devuelto cuando deje de ser necesario porque tiene mucho valor y que te compensemos conforme al acuerdo.

Aurelia cerró los ojos. Sí. Definitivamente aquí estaba la mano de Marcus.

Martín acarició la madera con evidente admiración.

—Es una maravilla.

—Es un barril.

—No —dijo mientras golpeaba suavemente una de las duelas—. Jamás he visto una madera así. Ni tampoco un trabajo semejante. Vendrá de tierras lejanas. Si consigues averiguar quién lo fabricó, pregúntale cuánto pediría por otro.

—¿Otro?

—Más pequeño.

—¿Para qué quieres otro?

—Porque es hermoso. Teníamos miedo de que al moverlo se rompiera, pero aguantó.

En ese momento apareció otro monje cargando una gran bota de vino sobre el hombro. Tras él venía un segundo hermano con una cesta repleta de pequeños frascos de linimento.

—Aquí está todo —anunció.

Martín señaló la mercancía.

—Tu parte. Y no olvides los botes. Ahora con tanta agua podemos hacer muchísimo. Dios puede que tuviera planeado que arregláramos el tejado para el próximo invierno.

Aurelia miró la bota. Luego el barril. Había salido de casa convencida de que tendría que pasar las siguientes semanas transportando agua desde el amanecer hasta la noche. Y ahora no tenía claro qué hacer a continuación.

Al abandonar el monasterio, tomó el sendero que bordeaba el lago.

El peso de la bota de vino resultaba incómodo, pero apenas le prestó atención.

Su cabeza seguía ocupada con el barril. Marcus podía haberle dicho algo.

En lugar de eso había enviado un estanque de madera sin avisar y la había dejado haciendo el ridículo delante de los monjes.

O peor aún, que les pasara por la cabeza que había hecho algún trato con el maligno.

Cuando llegó al claro lo encontró vacío. Marcus solía estar allí a esas horas y el sol ya descendía hacia las montañas. Dejó la bota en el suelo y llamó dos veces, sin respuesta.

Se sentó sobre una roca y esperó hasta que las sombras comenzaron a alargarse entre los árboles. Al final se levantó, recogió la bota y emprendió el camino de regreso. Había ido dispuesta a regañarlo. Ahora tampoco tenía claro si pensaba darle las gracias o echarle una bronca.

Encontró a Lucio en el patio. La leña aparecía apilada junto a la pared y su padre arrastraba otro haz de ramas hacia el cobertizo.

La protesta se quedó en intención cuando reparó en cómo caminaba.

Ya no cojeaba ni se detenía cada dos por tres para recuperar el aliento.

La mueca de dolor que llevaba meses instalada en su rostro había desaparecido.

—Te dije que no hicieras esfuerzos.

—No siento que lo esté haciendo. Además, si no fuera porque tenemos mucha arcilla, me hubiera acercado al lago yo mismo para estirar las piernas.

Lucio dejó caer la carga y señaló la bota.

—¿Eso es vino?

—Es mucho vino. Los monjes están agradecidos. Me han adelantado el pago, pero tendré que seguir llevándoles agua una temporada.

Lucio arqueó una ceja.

—Que no lo vea Julián.

—También quieren botes para el linimento.

La sonrisa desapareció y toda su atención se concentró en Aurelia.

—¿Cuántos?

—No lo sé. Pero cuantos más fabriquemos, mejor.

Lucio sonrió con auténtico entusiasmo.

Aquella misma tarde todos los vecinos se reunieron en la plaza. En poco más de una semana volvería el recaudador. Y allí nadie había movido un dedo para solucionar el problema.

Aurelia examinó los rostros de los presentes y no pudo ocultar su disgusto ante aquella pasividad. Lucio advirtió la inquietud de su hija y fue el primero en tomar la palabra.

—No sé si habéis pensado en algo. Esta reunión no es para hablar del tiempo.

—Dentro de dos semanas habrá un mercado grande —interrumpió Aurelia—. Vendrá gente de otras aldeas. Mercaderes. Arrieros. Nosotros llevamos tiempo preparándonos para ir.

—¿Y eso qué tiene que ver con nosotros? —preguntó Julián.

Algunos intercambiaron miradas.

—Que entre todos podemos llevar muchas cosas además de artesanía. Junto al puesto de cerámica, podemos montar otro que ofrezca al visitante un tentempié con quesos, miel, nueces o lo que se os ocurra. Y un vasito de vino.

—Eso suena muy bonito —gruñó Ramiro—, pero las monedas seguirán faltando.

—Las vuestras —respondió Lucio desde la puerta del taller.

Las cabezas se volvieron hacia él.

—Yo ya entregué más de lo que me correspondía cuando vino el recaudador. Y mis vasijas irán al mercado para pagar nuestras deudas, no las de toda la aldea.

Las palabras fueron duras, pero nadie pareció ofenderse.

Aurelia intervino antes de que la conversación se torciera.

—Nadie está pidiendo eso. Lo que digo es que si todos ponemos de nuestra parte, tendremos más posibilidades cuando vuelva el recaudador.

La propuesta comenzó a ganar apoyos de inmediato.

Lo que al principio había parecido otra conversación destinada a terminar en lamentos empezó a transformarse en algo mucho más útil.

Marina fue la primera en sumarse. Explicó que podía preparar panecillos pequeños para el mercado y, señalando a una vecina y después a otra, añadió que podrían rellenarlos con nueces o con miel.

De ese modo alimentarían más y resultarían más atractivos para los viajeros que pasaran el día fuera de casa.

La idea gustó. Pronto aparecieron nuevas sugerencias.

Alguien habló de mantequilla. Otro recordó unas manzanas que todavía conservaba secándose bajo el alero.

Incluso los más pesimistas ya imaginaban que aquella locura podía tener alguna posibilidad de funcionar.

Aurelia dejó que la conversación avanzara un poco antes de hablar.

—Y necesitamos la mula y el carro de Julián.

Varias cabezas se volvieron hacia el agricultor.

Julián carraspeó incómodo.

—Los necesito para trabajar.

—Nosotros también —replicó Aurelia.

El hombre dirigió la vista hacia la gran bota de vino apoyada junto al taller. No le quitó los ojos de encima.

Aurelia entrecerró los ojos.

—Ni se te ocurra.

—Solo estaba pensando.

Las carcajadas surgieron de inmediato.

—Pues no pienses tanto. Tú no pusiste una sola moneda cuando vino el recaudador —recordó Ramiro.

—Porque no las tenía.

—Y ahora el pueblo necesita esa mula —añadió Tomás.

Julián miró alrededor. Comprendió enseguida que estaba perdiendo la discusión.

—Está bien. La prestaré. Pero quiero que vuelva entera.

—Intentaré convencer a la mula de ello.

Aquello provocó una nueva ronda de risas. Por primera vez desde la visita del recaudador, el ambiente se parecía más al de una feria en preparación que al de una condena anunciada.

La alegría, sin embargo, duró poco.

—Aunque consigamos venderlo todo, el problema seguirá ahí.

La voz de Lucio bastó para acallar las conversaciones.

—¿Por qué? —preguntó alguien.

El alfarero apoyó una mano sobre una pila de leña antes de responder.

—Porque si pedimos más tiempo, el recaudador cobrará intereses.

Nadie dijo nada.

—Y como sabrá que vamos a vender en el mercado, pedirá todavía más. No es un hombre que deje escapar una moneda.

Los rostros fueron ensombreciéndose uno tras otro. Todos comprendían que podían trabajar durante días, incluso semanas, para terminar entregando buena parte de lo ganado. Algunos ya habían vuelto a bajar la cabeza. Otros parecían calcular cuánto esfuerzo estaban dispuestos a asumir.

—Tengo que ir a Sanabria —dijo Aurelia.

La frase hizo que todos levantaran la vista.

—¿Sola? —preguntó Marina.

—Sí.

—¿Y qué piensas hacer allí?

—Hablar con el recaudador si es posible. Y si no, pedir audiencia con quien corresponda.

—¿Para qué?

Aurelia señaló la bota de vino, las pilas de leña, las vasijas alineadas junto al taller y, finalmente, a los propios aldeanos.

—Porque si esperamos a que vuelva dentro de diez días para decirle que no tenemos el dinero y que necesitamos más tiempo, se enfadará. Pero si lo avisamos antes y le evitamos el viaje, quizá lo vea de otra manera. Solo le estamos pidiendo unos días para vender nuestras mercancías.

—Eso suponiendo que quiera escucharte.

—Alguien tendrá que intentarlo.

La respuesta no disipó todas las dudas, pero tampoco apareció una alternativa mejor.

La reunión comenzó a disolverse. Los aldeanos regresaron a sus casas comentando precios, mercancías y posibles compradores.

Incluso el miedo parecía haber retrocedido un poco.

Cuando el último de ellos desapareció por el sendero, Aurelia levantó la vista hacia el bosque.

El sol descendía ya detrás de las montañas y las sombras comenzaban a extenderse sobre el lago.

Tal vez Marcus hubiese regresado.