La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 15
29%

LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 15

«Con un par de huevos»

Marcus despertó con la boca seca y una desagradable sensación de pesadez detrás de los ojos. No recordaba haber bebido vino, pero se sentía como después de una resaca épica. Todo parecía llegar con retraso. Los sonidos. Los recuerdos. Incluso la propia conciencia de estar despierto.

Parpadeó varias veces y estudió el techo sobre su cabeza.

No lo reconoció. Tampoco el olor de la estancia ni la manta que cubría parte de su cuerpo.

Solo recordaba una ocasión anterior en la que había despertado en un lugar desconocido sin saber cuándo se había dormido.

Había ocurrido mucho tiempo atrás, cuando abrió los ojos y descubrió que la nave se encontraba en un mundo que parecía la Tierra de la que procedía la expedición.

Si era realmente su propio pasado o algún lugar distinto, no tenía ni la más remota idea.

Se frotó el rostro. Se encontraba acostado sobre un jergón estrecho e incómodo.

Alguien lo había cubierto con una manta y le había quitado las botas.

Sus pies descalzos bastaron para que los recuerdos empezaran a regresar.

Lucio desplomado. La inyección. La carrera de regreso.

Aurelia caminando a su lado. Llegar a la casa y después, nada.

Del exterior llegaba el sonido de una escoba arrastrándose sobre el suelo. También una voz desafinando lo que parecía ser la Macarena.

Marcus se puso en pie. La sensación de embotamiento persistía, aunque comenzaba a disiparse. Antes de salir se asomó a la habitación contigua. Lucio seguía dormido. La respiración era profunda y regular, sin rastros de la agitación febril de la víspera. La medicina estaba funcionando.

Al salir al patio comprendió que Aurelia llevaba despierta mucho tiempo.

Había acabado de barrer, varias piezas de alfarería descansaban ordenadas junto a una pared y un pequeño fuego crepitaba bajo una olla de barro.

Estaba inclinada sobre una mesa y acababa de dejar la escoba a un lado, cuando lo vio aparecer.

—Ya estás despierto.

Marcus echó un vistazo alrededor.

—¿Dónde están mis botas?

—Las lavé. Llevaban más barro que cuero... aunque sigo sin saber de qué demonios están hechas.

Señaló una esquina. Las botas descansaban apoyadas contra una pila de piedra, limpias y todavía húmedas en algunas costuras. No recordaba la última vez que alguien había limpiado algo por él.

—No tenías que haberte molestado, pero gracias.

—También te he preparado un desayuno.

Sobre la mesa había un trozo de pan, dos huevos cocidos y una taza de leche.

—Ya le quité todos los gorgojos —añadió Aurelia.

Marcus tomó asiento sin parecer convencido y empezó a comer.

El primer huevo desapareció con rapidez.

Solo entonces fue consciente del hambre que arrastraba desde el día anterior.

Mientras pelaba el segundo huevo reparó en las botas limpias junto a la pared, la manta con la que había despertado cubierto y el fuego encendido desde primera hora.

Aurelia tenía ojeras y aspecto cansado, pero se movía por el patio con una energía que no había visto el día anterior.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

Sobre la mesa solo había una taza.

—No has desayunado. ¿Qué vas a comer tú?

—No pasa nada. Ya comeré luego.

Ella desvió la vista hacia el gallinero.

—Seguro que estos eran los únicos huevos —criticó Marcus—. No sé qué tenías pensado comer luego.

Dejó el segundo huevo sobre la mesa. Empezaba a sospechar que no solo le había preparado el desayuno. Le había servido prácticamente todo lo que podía ofrecerle una casa que apenas tenía nada.

—No deberías hacer esto.

—¿Hacer qué?

—Darme tu comida.

—No te he dado mi comida.

—Sí que lo hiciste.

Ella soltó un suspiro exasperado.

—Ayer cargaste con mi padre medio muerto desde el bosque. Lo menos que puedo hacer es darte dos huevos.

—Uno habría sido suficiente.

—Pues es una suerte que no te haya preguntado.

Marcus colocó el segundo huevo en el otro lado de la mesa.

—Entonces compartamos.

—Eres imposible —negó ella.

Se acabó sentando enfrente y partiendo el huevo por la mitad.

—Ya me he comido el mío, cómetelo entero —apuntó Marcus.

Aurelia abrió la boca para protestar, pero terminó sonriendo.

—De verdad eres raro.

Marcus empujó el cuenco con leche hacia ella. Al extender el brazo reparó en una de las mangas de su túnica. La tela estaba endurecida por el barro seco y el sudor. Además, empezaba a ser consciente de una desagradable sensación pegajosa en la piel.

—¿Me puedo lavar?

—¿No has visto el pozo? ¿Es que quieres que te lave yo? Te puedo cepillar igual que las botas.

—Ya puedo yo —refunfuñó—. ¿Tenéis jabón?

—Claro que tenemos jabón. ¿Por qué no íbamos a tenerlo? —contestó indignada.

—Pensé que quizá...

—¿Que quizá qué?

Marcus caviló unos instantes.

—Que era difícil de conseguir.

Aurelia dejó caer las manos sobre la mesa, sin soltar lo que le quedaba del huevo.

—Vivimos en una aldea, no en una cueva.

—No he dicho eso.

—Lo has pensado.

—Puede ser —reconoció Marcus.

La muchacha desapareció dentro de la casa y regresó unos momentos después con un pequeño trozo de jabón grisáceo.

—Toma. Y procura devolvérmelo medio entero.

Marcus lo examinó.

—¿Cómo se devuelve medio entero?

—Ya estás empezando otra vez.

—Eso parece.

Aurelia volvió a sentarse y mojó un pequeño mendrugo de pan duro en la leche.

Marcus, a su espalda, ya se había quitado la túnica y la camisa y estaba inclinado sobre el brocal haciendo subir el cubo.

Volcó el primer cubo sobre su cabeza. El agua le recorrió los hombros y la espalda antes de caer al suelo formando pequeños regueros de barro.

—Oye, no me hagas un charco —dijo, girándose hacia él.

Aurelia tardó más de lo necesario en volver a girarse hacia la mesa. Hasta entonces nunca había prestado demasiada atención. Marcus siempre llevaba la túnica puesta y la única vez que lo había visto bañarse en el lago apenas era una figura distante entre las rocas.

Sin embargo, ahora estaba allí. En su patio. Y resultaba difícil ignorarlo. Notó cómo el calor le subía por el cuello hasta las mejillas. Bajó la vista hacia el mendrugo y se concentró en él con una intensidad completamente desproporcionada.

Marcus seguía ajeno a todo. Se enjabonaba los brazos cuidadosamente.

La cancela se abrió con un chirrido. El corazón de Aurelia dio un vuelco.

Marina acababa de entrar en el patio con un cántaro vacío bajo el brazo y una expresión distraída que desapareció en cuanto dio un paso.

Primero la vio a ella sentada junto a la mesa.

Después a Marcus, que seguía junto al pozo con el cabello empapado y el jabón en una mano.

Y entonces volvió a centrar la mirada en Marcus.

Pasó revista desde el rostro hasta los pies descalzos.

Marcus levantó una mano a modo de saludo.

—Buenos días.

Marina tardó mucho en responder.

—Dios os guarde.

Aurelia sintió deseos de esconderse debajo de la mesa.

—Marina, este es fray Marcus.

Marcus giró la cabeza.

—¿Fray?

La mirada que recibió de Aurelia fue suficiente para convencerlo de que aquella no era una pregunta que debiera formular en voz alta.

—¡Ah! Sí, perdón. Es el nuevo prior.

Marina arqueó una ceja.

—¿El nuevo prior?

—Iba camino de Sanabria —se apresuró a explicar Aurelia.

—Ya.

El tono malicioso bastó para que se arrepintiera de haber abierto la boca.

Marina se acercó al pozo para llenar el cántaro.

Al pasar junto a Marcus volvió a examinarlo de arriba abajo con una atención tan descarada que Aurelia empezó a preguntarse si sería aceptable empujar accidentalmente a una vecina dentro de un pozo.

—No sabía que San Martín enviara a sus hermanos a Sanabria.

—Yo tampoco —respondió Marcus.

—Quiere decir que no suele viajar. Pero con la muerte del Señor… pues eso —aclaró Aurelia.

—Claro.

Marina sonrió mientras hacía descender el cubo al interior del pozo.

—Ha sido providencial que apareciera justo cuando Lucio enfermó —añadió Aurelia.

—Sí. Muy providencial.

Marcus sospechaba que se le escapaba alguna parte importante de aquella conversación.

Marina terminó de llenar el cántaro, pero no hizo el menor gesto de marcharse. Al contrario. Se acomodó el peso sobre una cadera, se acarició descuidadamente el vientre y observó a Marcus con una mezcla de respeto y curiosidad.

—Ya que Dios os ha traído hasta nuestra aldea, quizá podríais hacerme un favor —dijo Marina.

Aurelia sintió una punzada de alarma.

—Mi hijo. Todavía no ha nacido —añadió.

—Ya lo había deducido —dijo, sin apartar la mirada del vientre.

—Me gustaría que lo bendijerais, padre.

Marcus buscó la respuesta en Aurelia y obtuvo una sonrisa rígida que decía con absoluta claridad que, si no resolvía aquel problema inmediatamente, pensaba estrangularlo con sus propias manos.

Suspiró, dejó el jabón sobre el brocal del pozo y se puso la túnica con cierta prisa. Se acercó a Marina, que inclinó ligeramente la cabeza y apoyó una mano sobre el vientre. Levantó la diestra. Había visto hacer aquel gesto cientos de veces. Trazó una cruz en el aire.

—Carpe diem. Veni, vidi, vici. Que nazca sano. Que tenga todos los dientes y que no le sobren brazos.

Marina se santiguó apresuradamente.

—Amén.

—Amén —respondió orgulloso.

Marina sonrió, visiblemente emocionada.

—Gracias. Se lo tengo que contar a Tomás.

—De nada.

La mujer recogió el cántaro y abandonó el patio con expresión satisfecha, como si acabara de recibir una bendición directamente del arzobispo de Santiago. Aurelia esperó a que la cancela se cerrara tras ella.

—Marcus, los bebés suelen nacer sin dientes.

Dejó escapar un largo suspiro y se llevó una mano a la cara.

—Y no suelen nacer con brazos de más —continuó.

—Eso ya lo sabía.

—Entonces ¿por qué lo has dicho?

Marcus se encogió de hombros.

—No sé, me he bloqueado. Parecía importante especificarlo.

—De todo el pueblo ha tenido que aparecer justo ella. Doña chismosa —murmuró, apoyando la frente en la mesa.

Marcus terminó de ajustarse la  túnica.

—Tengo que volver al lago.

—Claro —masculló.

—Te daré una respuesta de lo de los envases esta tarde.

—¿Esta misma tarde? —cuestionó— Hoy no voy a recoger agua. Mientras mi padre siga en cama no pienso alejarme de la casa.

—Es razonable —asintió.

—Mañana tendré que recuperar el tiempo perdido. Ya no tengo vino ni monedas y el mercado no va a esperar por mí. Tendré que empezar otra vez desde el principio.

Marcus observó la puerta de la habitación donde descansaba Lucio.

—Al menos tu padre estará mejor mañana.

Aquello pareció desconcertarla.

—Nunca había visto recuperarse así a nadie. En el pueblo dirán que es un milagro.

—No es milagro, es medicina.

Ella bajó la vista.

—Para mí sigue pareciendo un milagro.

—¿Sabes fabricar el linimento?

—No, eso solo lo saben los monjes.

—Y los monjes, ¿saben construir catedrales?

—No creo.

—¿Te das cuenta de que siempre hay alguien que sabe más?

—Entiendo lo que intentas decirme.

Aurelia sonrió por primera vez desde que Marina se había marchado.

—No se lo contaré a nadie.

—Tampoco a tu padre.

—¿Por qué?

—Porque empezará a hacer preguntas.

Aurelia observó el suelo antes de hablar de nuevo.

—Marcus. Me das miedo.

Él la miró sin comprender.

—Ya mismo me marcho.

—He dicho que me das miedo. No que no me guste que estés aquí.

—Lo que dices no tiene sentido.

—Probablemente no —suspiró—. Es algo superior a mí. No puedo evitarlo. Sé que ayudas. Sé que salvaste a mi padre. Sé que intentas hacer lo correcto. Pero sigues dándome miedo.

—Entonces el problema continúa existiendo.

—Sí. Pero me estoy acostumbrando.

Marcus tardó varios segundos en procesar aquello.

Asintió y emprendió el camino hacia el bosque.

A los pocos minutos la casa desapareció tras los árboles y su atención regresó a asuntos mucho más urgentes.

Tenía filtros pendientes de sustitución, dos sistemas de bombeo que requerían revisión, una lista de mantenimiento acumulada y la incómoda sospecha de que una de las válvulas de regulación seguía perdiendo presión.