LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 14 #2
Marcus dejó escapar el aire lentamente.
—También lo sé.
—SE RECOMIENDA INTERVENCIÓN INMEDIATA.
—Perfecto. ¿Y cómo explico que aparezca de la nada?
Marcus alzó una ceja.
—¿Estás pensando?
—MIENTA.
Varios minutos después, oculto bajo decenas de metros de roca y agua, el ascensor inició su ascenso silencioso hacia la superficie. Cuando la compuerta comenzó a abrirse, una tenue luz azul escapó desde las profundidades del túnel antes de extinguirse casi inmediatamente.
Aurelia llegó a percibir aquel resplandor.
Lo vio reflejarse fugazmente entre los árboles y levantó la cabeza por puro instinto. En cualquier otro momento se habría acercado a investigar. Habría sentido curiosidad. Tal vez incluso miedo. Sin embargo, en aquel instante su padre ocupaba por completo sus pensamientos.
Marcus empujó uno de los troncos mal ajustados de la pared posterior. La madera cedió con sorprendente facilidad, abriendo un hueco suficiente para pasar al exterior.
Aurelia permanecía arrodillada sobre la tierra húmeda.
Las lágrimas caían mientras sus oraciones se convertían en un murmullo agotado.
Entonces escuchó un ruido. Levantó la cabeza y vio aparecer a Marcus por el lado opuesto al sendero.
El alivio fue tan intenso que cualquier pregunta desapareció antes siquiera de llegar a formularse y se puso en pie de un salto para correr hacia él.
—¡Marcus! ¡Mi padre! Está muriéndose.
—Llévame.
Encontraron a Lucio exactamente donde Aurelia lo había dejado.
El sol comenzaba ya su lento descenso hacia las montañas y las sombras se alargaban entre los árboles, extendiéndose sobre el sendero.
Marcus se arrodilló junto a él y le apoyó dos dedos en el cuello.
Tardó en localizar el pulso. Seguía latiendo, pero apenas era una vibración débil e irregular bajo la piel.
El color de su rostro no había mejorado y la respiración continuaba siendo superficial, como si incluso aquel esfuerzo estuviera a punto de resultar excesivo para su cuerpo.
Una breve vibración recorrió el pequeño comunicador alojado en su oído.
—ESTADO CRÍTICO —informó la IA—. INTERVENCIÓN FARMACOLÓGICA RECOMENDADA.
Marcus introdujo una mano bajo la túnica y extrajo un pequeño objeto metálico.
Apenas medía unos centímetros y descansaba entre sus dedos con una ligereza extraña.
Aurelia lo observó sin comprender qué estaba viendo.
Conocía cuchillos, agujas, lezmas, punzones y toda clase de herramientas utilizadas por alfareros, curtidores y herreros.
Había crecido rodeada de ellas. Sin embargo, aquel artefacto no se parecía a nada que hubiera visto antes.
—¿Qué es eso?
—Medicina.
Aurelia miró el objeto y después a Marcus.
—Medicina griega y una mierda.
Durante un instante él tuvo que contener una sonrisa.
—Algo así.
Marcus apartó con cuidado la tela de la túnica de Lucio y apoyó el dispositivo contra la piel.
Se escuchó un leve chasquido y nada más.
Aurelia observó la escena conteniendo la respiración, esperando algún efecto inmediato, algún prodigio capaz de justificar la tranquilidad con que Marcus había actuado.
Sin embargo, los segundos transcurrieron sin que pareciera suceder nada.
Lucio continuó inmóvil sobre la tierra húmeda.
La respiración comenzó a hacerse más profunda.
Después más regular. La tensión que marcaba los rasgos de su rostro pareció aflojarse y un tenue color regresó a unas mejillas que hasta entonces habían tenido la palidez de la ceniza.
Marcus escuchaba en silencio las actualizaciones que la IA transmitía directamente a su oído.
Los indicadores vitales mejoraban de forma constante.
La presión arterial ascendía. El ritmo cardíaco recuperaba estabilidad.
Incluso los parámetros renales comenzaban a alejarse de los niveles de riesgo que habían activado la alerta inicial.
Aurelia se dejó caer de rodillas junto a su padre y buscó su mano con ambas manos.
—¿Va a vivir?
Marcus apartó la vista de Lucio y la dirigió hacia ella. Se mantuvo escuchando los datos que la IA seguía transmitiendo a través del comunicador. La tendencia era clara. Todos los indicadores mejoraban.
—Sí.
Aquella vez no había dudas ni intentos de tranquilizarla con medias verdades. Lucio continuaba inconsciente, pero la sombra de la muerte se había retirado. Ahora parecía simplemente un hombre exhausto después de una larga enfermedad.
Marcus deslizó un brazo bajo sus hombros y otro bajo las piernas.
Lo levantó del suelo sin aparente esfuerzo.
Aurelia abrió los ojos con sorpresa. Su padre era un hombre robusto para su edad, acostumbrado a años de trabajo duro frente al torno y los hornos de alfarería.
Sin embargo, Marcus cargó con él como si apenas pesara más que un niño dormido.
El sol desaparecía detrás de las montañas cuando emprendieron el regreso.
Aurelia caminaba junto a Marcus sosteniendo la mano de su padre mientras descendían por los senderos que conducían a la aldea.
A medida que avanzaban, el bosque iba llenándose de sombras y los últimos reflejos dorados del día se retiraban lentamente de las copas de los árboles.
Lucio permanecía inconsciente, pero su respiración seguía siendo firme y regular.
El trayecto era largo incluso para un hombre sano.
Varias veces ofreció ayudar, aunque ambos sabían que poco podía hacer.
Marcus rechazó cada intento con un simple movimiento de cabeza y continuó caminando sin reducir el paso.
Sin embargo, conforme los kilómetros quedaban atrás, algo empezó a cambiar.
Su respiración se volvió más profunda. Después más pesada.
En dos ocasiones tuvo que detenerse brevemente para recolocar el peso de Lucio.
Aurelia lo atribuyó al cansancio natural de cargar con un hombre adulto a través del bosque, pero observó que el color de su rostro parecía más pálido de lo habitual.
Cuando finalmente alcanzaron la casa, la noche ya había caído sobre la aldea. Entre los dos lograron acomodar a Lucio en su cama. Aurelia apenas había terminado de cubrirlo con una manta cuando escuchó un golpe sordo a su espalda.
Marcus se había sentado sobre el borde del jergón que ocupaba ella habitualmente.
—¿Marcus?
No respondió. Tenía la cabeza inclinada hacia delante y los ojos cerrados. Se acercó con cautela.
—Marcus.
Ninguna respuesta. La respiración seguía allí, lenta y profunda, tan regular que casi parecía artificial. Aurelia permaneció observándolo, indecisa. Marcus ni siquiera parecía descansar. Parecía haberse apagado.
Lo empujó para recostarlo y buscó una manta que extendió sobre sus hombros con cuidado. Después contempló durante unos segundos a los dos hombres dormidos bajo el mismo techo. Ambos yacían inmóviles, vencidos cada uno por una batalla distinta.
Fuera, la noche terminaba de adueñarse de la aldea. Aurelia acercó una banqueta junto al lecho de su padre y se sentó a velarlo. Antes de que el sueño terminara por vencerla, lanzó una última mirada hacia Marcus.
Seguía en la misma posición.