La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 14
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 14

«La carga»

La lluvia había cesado con el amanecer, pero el bosque seguía impregnado de su presencia.

Las hojas relucían bajo la luz del sol, cargadas aún de pequeñas gotas que resbalaban de rama en rama antes de caer sobre la tierra.

El aire olía a musgo, a madera mojada y a ese frescor limpio que solo aparece después de una tormenta.

Por las laderas descendían finos hilos de agua que serpenteaban entre las piedras hasta perderse en dirección al lago.

Sentados junto a la orilla, Marcus y Aurelia contemplaban aquella calma recién recuperada.

De vez en cuando Marcus recogía una piedra lisa y la lanzaba al agua.

Aurelia seguía con la mirada los círculos que se abrían lentamente sobre la superficie y se expandían hasta desaparecer.

No pensaba en nada concreto. Solo sentía una tranquilidad extraña que la invitaba a permanecer allí un poco más, escuchando el murmullo lejano de los arroyos y el suave chapoteo del agua contra la orilla.

Fue precisamente aquella sensación de paz la que terminó por traicionarla. El pensamiento apareció con la brusquedad de una piedra lanzada contra un cristal.

Su padre.

Aurelia se incorporó de golpe. Una pequeña lluvia de arena y gravilla resbaló desde la roca donde había estado sentada.

Se quedó mirando el lago. Había pasado toda la noche fuera de casa.

Y después buena parte de la mañana junto a Marcus, olvidándose del paso de las horas, ajena al mundo más allá de aquella orilla.

Una punzada de culpa le atravesó el pecho.

Lucio debía de estar fuera de sí. Lo imaginó recorriendo la aldea de puerta en puerta, preguntando a los vecinos si alguien la había visto, asomándose una y otra vez al camino que conducía hacia San Martín de Castañeda, aguardando una figura que no aparecía.

Peor aún, lo imaginó intentando salir a buscarla por su cuenta, ignorando el dolor que llevaba días castigándolo.

Conocía demasiado bien la terquedad de su padre como para descartar semejante idea.

—Tengo que volver.

Marcus apartó la vista del lago y la observó con expresión extrañada. La reacción había sido tan repentina que no comprendió de inmediato qué podía haber ocurrido.

—¿Ahora?

Aurelia asintió, aunque ya no parecía estar allí.

—Mi padre.

Marcus vio cómo el miedo sustituía la tranquilidad que había llenado su rostro hace un momento y comprendió inmediatamente el motivo.

Aurelia echó a correr antes de que él pudiera responder. Bajó por el sendero casi a la carrera, sorteando piedras y raíces sin volver la vista atrás, mientras el remordimiento y la preocupación le marcaban el paso mucho más deprisa de lo que habrían podido hacerlo sus propias piernas.

Mientras tanto, varios kilómetros más abajo, Lucio avanzaba penosamente entre los árboles.

El sendero, convertido en una sucesión de charcos y barro tras la tormenta de la noche anterior, parecía empeñado en dificultar cada paso.

De vez en cuando se veía obligado a detenerse y apoyarse contra algún tronco para recuperar el aliento.

El dolor había regresado con fuerza, aferrándose a su costado como una garra y extendiéndose después hacia la ingle con una intensidad que le arrancaba el aire de los pulmones.

Había momentos en los que remitía lo suficiente para permitirle albergar cierta esperanza y solo el pensamiento de su hija le daba fuerzas para avanzar.

Otro espasmo le atravesó el abdomen con una violencia que le hizo perder el paso.

Lucio se dobló sobre sí mismo y apoyó una mano contra el tronco más cercano.

Luchó contra las náuseas y el dolor que parecía desgarrarlo desde dentro.

Inspiró profundamente una vez. Luego otra.

Ninguna sirvió de nada. El bosque comenzó a difuminarse ante sus ojos y una oscuridad grisácea fue cerrándose lentamente sobre los bordes de su visión.

Dio unos pasos vacilantes, más por pura obstinación que por verdadera fuerza, hasta que las piernas dejaron de obedecerle.

Cayó entre los helechos húmedos y permaneció allí, inmóvil, mientras el bosque volvía a adueñarse del sendero.

Aurelia lo encontró mucho más tarde. Descendía por el camino a toda velocidad, cuando algo llamó su atención entre la vegetación. Al principio no fue más que una forma tendida junto al sendero. Después distinguió una túnica embarrada. Luego el cabello gris. Finalmente, el rostro.

El mundo pareció detenerse. Sintió un vacío helado abrirse en su interior y, por primera vez desde que había echado a correr desde la orilla del lago, sintió que quizá había llegado demasiado tarde.

Echó a correr y se dejó caer de rodillas junto a él.

Lo llamó por su nombre mientras le sujetaba los hombros.

Al no obtener respuesta volvió a llamarlo, primero con voz temblorosa y después casi a gritos.

Lucio tenía la piel fría, el rostro cubierto de sudor y una palidez que jamás le había visto.

Creyó que había muerto. El pensamiento la golpeó con tal fuerza que apenas pudo contener un sollozo.

Acercó una mano temblorosa a su boca y después a su pecho, buscando alguna señal de vida.

La respiración seguía allí, pero era tan débil que apenas lograba percibirla.

—Padre... por favor...

Intentó incorporarlo para sentarlo apoyado contra un árbol, pero el peso de un hombre adulto superaba con mucho sus fuerzas.

Volvió a intentarlo con más desesperación que sentido común, resbalando sobre el barro mientras tiraba de él.

Consiguió arrastrarlo unos metros, pero el esfuerzo la dejó jadeando y con las manos embarradas.

Fue entonces cuando comprendió que estaba sola, en mitad del bosque, con un hombre agonizando ante ella y sin ninguna posibilidad real de ayudarlo.

El pánico, que hasta entonces había permanecido contenido bajo una fina capa de esperanza, terminó por abrirse paso y apoderarse de ella por completo.

—No... no, no...

Las palabras escapaban de sus labios casi sin sentido mientras las lágrimas comenzaban a correr por sus mejillas.

Miró a su alrededor buscando ayuda con una desesperación cada vez más irracional, como si esperara que algún vecino apareciera de pronto entre los árboles o que un leñador surgiera de la nada atraído por sus gritos.

Pero a su alrededor solo había troncos, helechos y el rumor lejano del agua descendiendo por las laderas después de la tormenta.

Se puso en pie de un salto y echó a correr sendero arriba. Las ramas bajas le golpeaban la cara y los brazos, las raíces ocultas bajo el barro amenazaban constantemente con derribarla y el aire apenas lograba llenar sus pulmones, pero no redujo la velocidad.

Avanzó llamando a Marcus a gritos una y otra vez, hasta que la voz empezó a quebrársele y cada palabra salió convertida en un sonido áspero y doloroso. Cuando por fin divisó la cabaña junto a la orilla, sintió una fugaz oleada de alivio.

Le dio un empujón a la puerta y entró casi tropezando. La estancia apareció vacía ante sus ojos. Las mantas permanecían revueltas, varios recipientes volcados en el suelo y algunas tablas desplazadas desde el registro de los soldados.

La angustia terminó por desbordarla. Salió de la cabaña a trompicones y avanzó unos pasos hasta detenerse junto al sendero que descendía hacia la orilla.

Con las piernas temblando, acabó dejándose caer de rodillas sobre la tierra húmeda.

Apenas notó el barro empapándole la falda.

Juntó las manos y bajó la cabeza mientras las lágrimas corrían libremente por sus mejillas.

Las palabras comenzaron a salir de su boca de forma atropellada, mezclando oraciones aprendidas durante la infancia, fragmentos de sermones olvidados y promesas desesperadas que nacían y morían en la misma frase.

No sabía exactamente qué estaba diciendo.

Solo sabía que su padre se estaba muriendo en mitad del bosque y que ella era incapaz de hacer nada para impedirlo.

Por primera vez en muchos años rezó con la intensidad desesperada de quien ya no tiene a nadie más a quien pedir ayuda.

Muy por encima de la cabaña, a una altura donde Aurelia jamás habría esperado encontrar otra cosa que halcones o águilas, una pequeña máquina describía lentos círculos sobre el lago y el bosque circundante.

Su tamaño apenas superaba el de una mano cerrada y su desplazamiento era tan silencioso que resultaba imposible advertir su presencia desde tierra.

Desde allí observaba cuanto sucedía alrededor de la orilla.

Cada movimiento de la muchacha, cada cambio en su postura, cada inflexión de su voz era registrado y analizado mientras una corriente constante de datos descendía hacia las profundidades ocultas bajo el lago.

Marcus acababa de terminar de cambiarse el vendaje cuando la voz de la IA resonó en el compartimento médico.

—AURELIA HA REGRESADO.

Levantó la cabeza inmediatamente.

—¿Aquí?

—CORRECTO.

Una de las pantallas próximas se iluminó. Durante un instante mostró la imagen de la cabaña desde un ángulo imposible. Aurelia aparecía arrodillada, con la cabeza inclinada y las manos juntas mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas.

—¿Qué ha ocurrido?

La imagen desapareció y fue sustituida por otra. Esta vez mostraba un tramo del sendero que descendía hacia la aldea. Lucio yacía inmóvil entre los helechos, parcialmente oculto por la vegetación.

Marcus soltó una maldición.

—Mierda.

La IA permaneció en silencio unos instantes.

—PROBABILIDAD DE FALLECIMIENTO: NOVENTA Y DOS POR CIENTO.

Marcus observó la imagen de Lucio tendido entre los helechos.

—¿Qué propones?

—INTERVENCIÓN MÉDICA.

Marcus señaló la otra pantalla.

—Tenemos un problema.

—ESPECIFIQUE.

—Aurelia está ahí arriba. Ha entrado en la cabaña y no me ha encontrado. Si aparezco de repente, empezará a hacer preguntas.

—PRIORIDAD: SAL.

—Lo sé.

—LA SUPERVIVENCIA DE LUCIO INCREMENTA LA PROBABILIDAD DEL OBJETIVO PRINCIPAL.