La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 13 #3
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 13 #3

El sendero descendía entre robles centenarios y grandes afloramientos de roca cubiertos de musgo.

Las raíces afloraban bajo la tierra húmeda formando obstáculos traicioneros, pero Aurelia conocía aquel camino demasiado bien para dejarse frenar por ellos.

Resbaló una vez, luego otra, y en ambas ocasiones consiguió mantenerse en pie por puro instinto.

La manta se agitaba tras ella. Durante un momento pensó en quitársela para correr más deprisa, aunque la idea desapareció tan rápido como había surgido. Marcus se habría reído durante meses.

Cuando alcanzó la última loma ya era tarde.

Los caballos aguardaban junto a la cabaña y Marcus seguía sentado sobre su roca habitual, con la caña apoyada entre las manos.

Aurelia se dejó caer entre unos arbustos.

Desde allí distinguía perfectamente a los jinetes, pero sabía que cualquier intento de acercarse o advertirlo solo conseguiría atraer la atención sobre ambos.

No le quedó más remedio que permanecer oculta y asistir a la escena sin perder detalle.

El recaudador desmontó e inspeccionó cuanto tenía delante.

La decepción llegó de inmediato. La choza era poco más que un refugio precario, sin ganado, sin huertos y sin rastro alguno de riqueza.

Después de todo el camino recorrido y de las necias historias escuchadas en la aldea, aquel lugar parecía incapaz de esconder nada de valor.

Aun así, aquel hombre presentaba mejor aspecto que muchos campesinos con tierras y animales.

—¿Tú eres el ermitaño?

Marcus levantó la cabeza.

—Supongo que sí, caballero.

Algunos soldados soltaron una carcajada. El recaudador no pareció encontrarle la gracia.

—Me han dicho que vives aquí.

—Eso parece.

La respuesta no contribuyó a mejorar su humor.

—¿Y de qué vives?

Marcus señaló el lago con la barbilla.

—Principalmente de los peces.

—¿Pagas impuestos?

—No sabía que los peces tuvieran señor.

Las risas se apagaron con rapidez. El recaudador sostuvo la mirada del ermitaño, cada vez menos convencido de que aquel hombre fuera tan simple como aparentaba.

—Registrad la cabaña.

Dos soldados desmontaron. Marcus se levantó para apartarse de su camino.

El soldado descargó el golpe sin mediar palabra y el pomo de hierro impactó junto a la sien con un sonido seco. El ermitaño perdió el equilibrio y cayó hacia atrás. La roca desapareció bajo sus pies y su cuerpo se deslizó por la orilla hasta quedar medio sumergido en el agua.

La sangre comenzó a mezclarse con las pequeñas olas que rompían contra la orilla y Aurelia sintió un vuelco tan violento que estuvo a punto de abandonar su escondite.

Quiso correr hacia él. Quiso gritar. Pero junto a la cabaña había cinco hombres armados y ella era una muchacha sola en medio del bosque.

Los soldados registraron la cabaña con desgana. A medida que avanzaban resultaba más evidente que allí no había nada digno de interés. La mesa acabó volcada y algunos recipientes fueron arrojados al suelo entre protestas por el barro, la humedad y el estado lamentable de aquella vivienda.

—¡No hay nada!

—Aquí tampoco.

—Señor, este sitio es una pocilga.

El recaudador no prestaba atención al registro.

Su mirada regresaba una y otra vez hacia la orilla.

Al principio la preocupación no tenía nada de sobrenatural.

Aquel imbécil había descargado un golpe demasiado fuerte y, si el ermitaño terminaba muerto, tendría que explicar por qué había sucedido.

No era un asunto que deseara discutir con su señor.

Marcus seguía inmóvil, tendido y con parte de la cabeza sumergida. Aquello empezaba a durar demasiado.

—¿Está vivo?

El soldado encogió los hombros.

—Le di fuerte.

—Eso ya lo he visto. Sacadlo del agua deprisa, idiotas.

Los dos soldados se metieron en el agua sin discutir. Lo sujetaron por los brazos y lo incorporaron. La cabeza le quedó caída hacia delante mientras el agua seguía resbalando desde el cabello. El recaudador vaciló.

Marcus abrió los ojos y soltó un hilo de agua de su boca. Los soldados tardaron en comprender qué acababan de presenciar. El hombre al que creían inconsciente no tosió ni jadeó buscando aire. Tampoco se dobló sobre sí mismo ni mostró la menor señal de agotamiento.

Uno de los soldados lo soltó de inmediato. El otro retrocedió un paso. Cruzaron las miradas en silencio. El recaudador sintió un desagradable escalofrío. Ahora creía percibir el olor a azufre.

—Vosotros dos, fuera de la cabaña.

Los soldados abandonaron el interior sin hacerse repetir la orden.

—Montad. Nos vamos ya.

Los caballos emprendieron la marcha. El recaudador lanzó una mirada final hacia la orilla. Marcus ya se había sentado junto al agua y les observaba marcharse. Saludó con la mano.

Sintió un nuevo escalofrío. Aquel hombre no parecía alguien que hubiera pasado los últimos minutos con media cabeza bajo el agua.

Solo cuando el ruido de los cascos desapareció entre los árboles, Aurelia salió de su escondite y descendió la pendiente a toda velocidad. Llegó junto a la orilla con el pecho ardiendo por el esfuerzo.

—¡Marcus!

El ermitaño volvió la cabeza.

—¿Se te ha olvidado algo?

—Creía que te habían matado.

—Que yo sepa, no.

—Ahora entiendo por qué se han marchado tan deprisa.

Aurelia se quedó contemplándolo: el agua seguía cayendo de su cabello, la sangre continuaba deslizándose por su rostro y, aun así, respiraba con absoluta normalidad.

—Marcus...

—¿Sí?

La pregunta llevaba varios minutos formándose en su cabeza.

—No has tosido.

Marcus pareció considerar seriamente la cuestión.

—¿Debería hacerlo?