LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 13 #2
El recaudador se dispuso a abandonar la aldea con peor humor del que llevaba al llegar.
Las cuatro monedas entregadas por Lucio tintineaban en la bolsa de cuero colgada de su cinturón y la bota de vino viajaba atada a una de las monturas como único botín digno de mención.
Después de recorrer cada vivienda, escuchar las mismas excusas y contemplar la misma pobreza resignada en todos los rostros, solo había conseguido reunir veinte monedas.
Antes de marcharse hizo detener a los caballos en mitad de la plaza y ordenó que nadie se moviera. Algunos vecinos permanecían junto al pozo y otros observaban desde las puertas de sus casas.
—Escuchad bien, porque no pienso repetirlo. Veinte monedas no alcanzan ni a una por vivienda, y no me importa quién paga y quién no. Si una sola casa quiere cubrir la parte de las otras, magnífico. Lo que no voy a aceptar es regresar al castillo diciendo que aquí no existe dinero.
El caballo relinchó y movió una pata. El recaudador tensó ligeramente las riendas.
—Treinta monedas era lo que debíais cuando llegué. Ahora ya no. Habéis tenido tiempo para reuniros y no lo habéis hecho. Mis hombres han perdido una jornada entera. Los caballos comen. Los caminos no se recorren solos. Todo eso tiene un coste.
Un campesino dio un paso adelante.
—Señor Rodrigo, nosotros no tenemos más monedas.
—Eso ya lo he oído treinta veces.
—Hemos trabajado en las reservas del señor toda la primavera y también entregamos parte de la cosecha al monasterio.
—Yo no recaudo el diezmo. Lo que corresponda a la Iglesia es cosa de otros. Y trabajar para el señor es una obligación diferente.
Otro vecino levantó la voz.
—No estamos diciendo que no queramos pagar. En el pueblo no hay dinero, hay cosas.
Rodrigo observó los rostros que tenía delante. Se volvió y señaló hacia el norte.
—Vivís junto al lago más grande de toda la comarca. Tenéis bosques, pesca y pastos. No pretenderéis que crea que sois mendigos.
—No somos mendigos. Lo que no tenemos son monedas.
—Entonces conseguidlas. Vendiendo lo que tengáis o trabajando para otros, como hace todo el mundo.
Ramiro negó con la cabeza.
—Para vender hay que llevar las cosas. Y nos pagan una miseria. Se aprovechan de nosotros.
—Ese tampoco es mi problema.
—Tenemos gallinas y harina.
—Al monasterio podéis llevarle sacos de grano porque no tiene patas y está donde siempre. Yo no pienso regresar a Sanabria cargado con gallinas, harina, cabras y medio corral detrás.
Las risas aumentaron.
—El señor quiere cuentas claras. Una moneda vale lo mismo en todas partes. Una cabra, en cambio, vale una cosa para un hombre y otra distinta para otro.
Señaló el suelo con la punta de la fusta.
—Y tampoco os estoy pidiendo nada extraordinario. Una moneda por casa. ¿Sabéis cuánto pagan en algunas aldeas del sur?
Nadie respondió.
—Más que vosotros. Mucho más.
Un vecino levantó la mano.
—Aquí hay casas vacías. No vive nadie en ellas.
Rodrigo lo miró.
—¿Y? La casa sigue ahí.
Algunas personas intercambiaron miradas.
—Pero si no vive nadie...
—Si tuviera que contar personas necesitaría escribanos. Tendría que saber quién nace, quién muere, quién se casa, quién se muda y quién se marcha a otra aldea. Todo eso cuesta dinero.
Señaló alrededor con la mano.
—Las casas permanecen. La gente cambia. Os aseguro que es mucho más barato.
Las risas de algunos soldados acompañaron la respuesta.
Rodrigo sonrió por primera vez.
—Además, ya he visto ese truco antes.
—¿Qué truco?
—Enterarse de que viene el recaudador y abandonar una casa unos días para fingir que está vacía.
Algunas sonrisas desaparecieron.
—No voy a detallar lo que le ocurrió al espabilado que tuvo la idea. Pero os aseguro que acabó pagando bastante más de lo que pretendía ahorrarse.
El silencio regresó a la plaza.
—En vuestro caso, una casa. Una moneda. Es una cuenta sencilla. Y creedme, os conviene que siga siéndolo.
Alzó una mano hacia los soldados. Escupió a un lado.
—El señor tiene hombres que mantener. Los caminos se vigilan. Las fronteras también. Tenemos portugueses por un lado y castellanos por el otro. La paz cuesta dinero.
Un aldeano resopló.
—Nosotros también servimos.
—Nadie dice lo contrario. Entré en esta aldea reclamando treinta monedas. Salgo reclamando más.
Un murmullo recorrió la plaza.
—Volveré dentro de diez días. Para entonces serán sesenta monedas.
La protesta estalló de inmediato.
—¡Sesenta! ¡Eso es imposible! ¡No las hay en toda la aldea!
—Habéis tenido una oportunidad y la habéis desperdiciado. Y no diréis que no soy razonable. Si lleváis el dinero a Sanabria antes de que tenga que regresar, bastarán cincuenta. Me ahorraréis el viaje. Me ahorraréis tiempo. Y el tiempo tiene valor.
—No podremos reunir tanto en tan poco tiempo.
—Entonces será mejor que empecéis hoy mismo.
La mirada se le quedó primero en la mula de Julián, luego en las cabras de Ramiro y, por último, en el molino.
—Porque si dentro de diez días sigo viendo esas cabras, esa mula y ese molino, pero no veo mis monedas, llegaré a la conclusión de que simplemente no os habéis esforzado de verdad. Sigo pensando que con el lago tan cerca no podéis estar en la miseria.
El molinero carraspeó.
—El lago no cuenta.
Rodrigo volvió la cabeza.
—¿Qué pasa con el lago?
—Allí vive el ermitaño.
Las risas de los soldados resonaron por la plaza.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—La gente evita esa parte. Es un lugar maldito.
—¿Por qué?
El aldeano dudó antes de responder.
—Allí hay una puerta al infierno. Huele a azufre. Y el ermitaño es su guardián.
Las carcajadas se hicieron más fuertes, pero Rodrigo no se unió a ellas. Observó los rostros que tenía delante y descubrió algo que no le gustó. Aquellos hombres y mujeres hablaban sin rastro de burla ni intención de asustarlo. Creían cada palabra.
Aquello abría posibilidades mucho más interesantes que un simple cuento de viejas.
—¿Y nadie se acerca?
La pregunta provocó algunas miradas incómodas.
—Si alguien tiene juicio, no.
Cuanto más escuchaba, menos creía en demonios y más en otra clase de historias. Un hombre aislado junto al lago podía ser muchas cosas: un fugitivo, un bandido, un ermitaño auténtico, incluso un viejo loco. La idea de un guardián infernal le pareció la menos probable de todas.
Y si aquellos campesinos llevaban años evitando aquella parte del lago, quizá estuvieran dejando sin vigilar tierras, pastos o recursos que alguien aprovechaba en secreto.
—Montad.
Uno de los soldados se acercó.
—¿Volvemos al castillo?
—Todavía no.
El recaudador dirigió una última mirada hacia el norte, hacia las montañas que cerraban el horizonte.
—Vamos a conocer al demonio.
Las risas acompañaron la orden y los jinetes abandonaron la aldea.
Aurelia llevaba poco tiempo caminando. La manta descansaba sobre sus hombros y todavía le costaba creer que Marcus se la hubiera confiado.
De vez en cuando alzaba una mano para tocar el tejido, casi esperando descubrir que había imaginado toda la conversación, el desayuno imposible y aquella extraña medicina que le había devuelto las fuerzas en cuestión de minutos.
El sonido de los cascos llegó amortiguado por el bosque.
Por simple prudencia abandonó el sendero y buscó refugio tras unos espinos.
Poco después aparecieron los jinetes. Los colores del señorío bastaron para ponerla en guardia y, cuando distinguió al hombre que encabezaba la comitiva, comprendió que se trataba del mismo recaudador que pasaba regularmente por la aldea.
Esperó a que pasaran. No le interesaban los asuntos del señor y ya se disponía a continuar su camino cuando advirtió que los jinetes habían abandonado la ruta principal para tomar la senda del lago.
Aurelia se quedó inmóvil. Quizá solo atravesaban el bosque, pero aquel camino no conducía a ninguna parte.
No llevaba a Sanabria ni a San Martín. Moría junto a las aguas del lago.
Y junto al lago solo estaba Marcus.
Una punzada de inquietud le atravesó el pecho. Giró sobre sus pasos y echó a correr.