La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 13
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 13

«Desayuno continental»

Aurelia dormía sentada contra la pared de troncos, con la cabeza inclinada hacia un lado y las manos escondidas bajo la cortina que Marcus había improvisado como manta.

La tormenta había terminado horas atrás.

La lluvia ya no golpeaba el tejado, pero el aire seguía cargado de agua y la humedad se colaba por cada rendija de la cabaña.

El frío no era intenso; aun así, pasar la noche sin fuego y con la ropa todavía húmeda bastaba para enfermar a cualquiera.

Marcus permanecía junto a la puerta, estudiándola con expresión preocupada.

Le inquietaban el color de su piel, la respiración pesada y aquella tos que la había arrancado del sueño varias veces durante la madrugada.

Todavía podía no ser nada grave, pero había visto demasiadas enfermedades empezar con la misma apariencia inocente.

La manta improvisada tampoco ofrecía mucho consuelo: procedía de una de las cortinas que cubrían las ventanas, y que conservaba cierto aspecto decente. Las del suelo llevaban años acumulando barro, polvo y restos arrastrados desde el bosque. Aquella era simplemente la menos sucia.

Se pasó una mano por la cara. La IA no iba a estar contenta. Había acumulado demasiado contacto, demasiadas conversaciones y más excepciones de las que la IA estaba dispuesta a tolerar.

Su mirada descendió hasta la trampilla oculta bajo las tablas. Intentar abrir la esclusa resultaba una idea terrible. Los cierres hidráulicos hacían ruido. Bastaba con que Aurelia abriera los ojos en mitad del proceso para descubrir que una cabaña miserable escondía algo imposible bajo el suelo.

La alternativa era peor. Suspiró, recogió las botas y salió sin hacer ruido.

La niebla flotaba sobre la superficie del lago formando bandas blancuzcas que avanzaban lentamente entre las aguas oscuras.

Marcus se quitó la ropa junto a unas rocas, la dejó protegida bajo un saliente y se lanzó al agua.

El frío le atravesó el cuerpo durante el descenso.

Nadó hacia la entrada auxiliar guiándose por intuición más que por visibilidad.

A varios metros de profundidad distinguió el resplandor tenue de las balizas y alcanzó la compuerta.

Minutos después avanzaba por los corredores iluminados de la nave todavía secándose el pelo con una toalla.

—TIEMPO DE AUSENCIA SUPERIOR A LA MEDIA ESTADÍSTICA.

Marcus cerró los ojos.

—Buenos días para ti también.

—INDIQUE MOTIVO.

—Nos sorprendió una tormenta.

—RESPUESTA INCOMPLETA.

—No pude evitar que una persona accediera a la cabaña.

—MOTIVO DEL USO DE ACCESO AUXILIAR NO RESPONDIDO.

Marcus continuó caminando.

—Porque la persona sigue allí.

—ESPECIFIQUE.

—Aurelia pasó la noche en la cabaña. Se empapó durante la tormenta y ha dormido con ropa húmeda. No tiene buena cara.

—PROBABILIDAD DE INFECCIÓN RESPIRATORIA LEVE: CUARENTA Y UN POR CIENTO.

—¿Y de algo serio?

—PROBABILIDAD DE INFECCIÓN RESPIRATORIA GRAVE: SEIS COMA DOS POR CIENTO.

Marcus torció el gesto.

—No me gusta.

—LA UNIDAD EXTERNA AURELIA PRESENTA VALOR OPERATIVO ELEVADO PARA LOS OBJETIVOS DE ADQUISICIÓN DE CLORURO SÓDICO.

—Ya imaginaba que no te preocupabas por ella.

Llegó al área de alimentación y apoyó ambas manos sobre el dispensador.

—Entonces, ¿qué sugieres?

—ALIMENTACIÓN ADECUADA. AISLAMIENTO TÉRMICO. OBSERVACIÓN DURANTE LAS PRÓXIMAS CUARENTA Y OCHO HORAS.

—Eso ya lo había pensado yo.

—DISPONIBLE DEC01.

Marcus alzó la cabeza.

—¿Una cápsula DEC?

—USO AUTORIZADO SOLO EN CASO DE INFECCIÓN RESPIRATORIA GRAVE.

—Qué lujo.

—EL RECURSO DEBE PRESERVARSE.

—Claro. No vaya a gastarse.

El dispensador emitió un leve zumbido. Marcus adelantó la mano esperando la acostumbrada masa grisácea que la IA insistía en llamar alimento equilibrado. La pasta cayó en un cuenco, puntual, tibia y deprimente.

A su lado, sin embargo, se abrió un compartimento distinto.

Marcus se quedó mirando.

Una bandeja sellada se deslizó hacia fuera y la superficie transparente comenzó a empañarse desde dentro.

La nave no estaba sirviendo comida fresca, eso resultaba evidente; los huevos, el pan, el beicon y la fruta tenían la perfección sospechosa de algo conservado durante demasiado tiempo, rehidratado, calentado y devuelto a una apariencia razonable por procedimientos que Marcus prefería no conocer.

Aun así, olía a comida de verdad. Había también mantequilla en una cápsula blanda, un vaso de zumo demasiado limpio para pertenecer al mundo y una taza de café con leche recién preparado a partir de polvos solubles.

Marcus miró la bandeja. Luego miró su cuenco de papilla.

Llevaba años alimentándose como un condenado y resultaba que la nave escondía desayunos dignos de un gobernador planetario.

—¿Pero esto qué es? ¡¿Pero esto qué es?!

—DESAYUNO.

—Ya veo que es un desayuno.

—DESAYUNO EQUILIbrADO.

—Llevo diez años comiendo puré de mierda.

—CORRECCIÓN. PAPILLA NUTRICIONAL.

—Ni siquiera sabía que tenías comida de verdad.

—LOS RECURSOS ALIMENTARIOS PERMANECEN DISPONIBLES.

—Qué detalle.

Un compartimento lateral se abrió. Dentro aguardaba una cápsula plateada marcada con una inscripción microscópica y una manta cuidadosamente plegada.

Marcus la sacó y pasó los dedos por el tejido.

Era ligera, flexible y extraordinariamente cálida.

También repelía el agua. Recordaba más a una prenda de montaña avanzada que a una manta convencional.

—¿Y esto?

—AISLAMIENTO TÉRMICO.

—Ya. Gracias por el esfuerzo descriptivo.

Recogió la cápsula, la manta y el desayuno. Después regresó a la esclusa auxiliar.

Cuando regresó a la cabaña, las primeras luces del alba ya se filtraban entre los troncos.

Aurelia estaba despierta. Permanecía sentada donde la había dejado, acurrucada bajo la cortina improvisada, y bastó una mirada para confirmar lo que llevaba temiendo desde que abandonó la nave.

La noche le había sentado mal. La tos volvía a sacudirle el pecho y el cansancio se reflejaba en cada rasgo de su cara.

—Tienes mala cara.

—Y tú pareces una mierda mojada.

Marcus asintió.

—Eso es buena señal.

—¿Por qué?

—Porque sigues insultando.

Ella intentó responder, pero terminó tosiendo directamente hacia él. Marcus echó la cabeza atrás para evitar una lluvia de salivazos. Rebuscó en uno de los envoltorios y sacó la cápsula plateada. Deseó que la IA pudiera verlo desobedecer.

—Toma.

Aurelia la contempló con desconfianza.

—¿Otra vez medicina griega?

—Vamos a llamarla así.

—Cada vez me gusta menos Grecia.

—Trágatela.

Aurelia terminó obedeciendo. Tomó la cápsula con un poco de agua.

—Esto está asqueroso.

—¿Para qué la masticas? Manda huevos.

Ella abrió la boca para replicar, pero se quedó callada.

Algo estaba cambiando. La pesadez con la que se había despertado comenzaba a disiparse y el escozor de garganta resultaba menos molesto.

Se pasó una mano por el cuello. El calor que se extendía desde el pecho parecía impropio de una simple infusión o de cualquier remedio conocido.

—Qué demonios... Parece que me hubieran cambiado el cuerpo.

Marcus dejó entonces el paquete sobre la mesa.

—¿Qué es eso?

—Deja de preguntar todo el rato.

Desató el envoltorio y el café perfumó la cabaña. Si aquel olor ya era extraño, lo demás resultaba todavía más difícil de entender. Marcus fue dejando sobre la mesa pequeñas porciones envueltas en una película transparente.

Para cuando Aurelia terminó de asimilar lo que tenía delante, ya no miraba la mesa. Miraba a Marcus, con una mezcla de hambre, recelo y absoluta incredulidad.

—¿Qué demonios escondes en esta montaña?

—Te dije que no preguntaras. Si no lo quieres, me lo das.

Aurelia seguía perpleja contemplando la comida cuando reparó en la manta doblada junto al paquete.

—¿Y esa tela?

—Para ti.

La muchacha la desplegó sobre las rodillas. Bastó tocarla para que cambiara la expresión de su rostro.

—Esto vale más que mi casa.

—No digas sandeces.

—Pues entonces vale más que la casa del molinero.

Marcus decidió no discutir aquella estimación. Aurelia volvió a tocar la tela.

—¿Puedo dejársela a mi padre?

Marcus negó con la cabeza.

—Ni siquiera has pensado la respuesta. Pasa el día entero sentado en el taller. Pesa menos que una túnica y abriga más que tres mantas juntas. Trabajaría más cómodo.

—Y volverá a decir que es obra de magia negra y de todos los colores.

—Ya lo dice igualmente.

—Esta vez tendrá argumentos.

—Le diré que me la dio un monje —resopló.

Marcus soltó una carcajada.

—Eso es todavía peor.

—¿Por qué?

—Porque tu padre va a preguntarte qué tuviste que hacer con el monje para que te regalara una manta así.

—Bueno, no andaría tan desencaminado —dijo Aurelia.

—¿Perdón?

—El padre Martín es un poco baboso, la verdad.

Marcus parpadeó.

—¿Baboso?

—Sí. Me come con los ojos cada vez que voy al monasterio.

Cogió una tira de beicon y le dio un mordisco. Cerró los ojos un momento.

—Y no es el único.

—¿Quién más?

—Todos los monjes. Será por el celibato.

—Ya lo dice el refrán. Si las sotanas fueran de bronce, menudos campanazos.

Aurelia arrugó la frente.

—No he entendido nada.

—No importa.

Marcus se concentró en el café.

—Todos menos el padre Enrique —añadió ella—. Dios lo tenga en su gloria.

La sonrisa de Aurelia se apagó un poco.

—No conozco a ninguno de los frailes —dijo Marcus.

—Monjes. Claro que sí. El padre Enrique era el que venía aquí.

Marcus tardó un momento en recordarlo.

—Lo recuerdo. Era poco hablador. Solía esconderse cuando me bañaba.

Aurelia dejó la taza sobre la mesa.

—¿Y te miraba?

Marcus se quedó pensativo.

—Pues ahora que lo dices...

Aurelia cerró los ojos.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Y de qué murió? Era bastante joven.

—No lo sé. Pero tampoco era un mozo. Sería unos años menor que mi padre.

—Entonces no hablamos del mismo. El que yo digo aún tenía pelusilla en la cara.

Aurelia siguió comiendo mientras Marcus observaba cómo desaparecía el desayuno. De pronto ella soltó una carcajada tan repentina que él dio un respingo.

—¡Qué susto!

—¡Los campanazos! —rió ella.