La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 12 #2
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 12 #2

Aurelia resopló. Teniendo en cuenta lo que le pagaron por dos ollas de calidad, aquello no la tranquilizaba.

Abandonó el monasterio para realizar un porte de agua de Bouza más.

El viento había empezado a moverse entre los árboles y pequeñas ondas oscuras recorrían el agua.

Marcus no estaba. Aurelia llenó otra vez el odre mirando de reojo hacia la cabaña.

No había nadie, ni ruido, ni siquiera humo saliendo del tejado.

Regresó a su casa con aquella preocupación todavía rondándole la cabeza. Encontró a su padre sentado ante el torno, mucho más recuperado.

Lucio ni siquiera alzó la vista al oírla entrar.

—¿Han pedido más?

—Sí. Como sigan encargando agua a este ritmo, voy a terminar dejando la senda marcada como un camino real.

Una sonrisa fugaz apareció bajo la barba del alfarero.

—Si todo sale bien, este verano podremos tomarnos las cosas con más calma.

El barro húmedo giraba una y otra vez bajo las manos de Lucio. La masa informe se transformaba gradualmente en una vasija perfecta.

Ver trabajar a su padre le hizo recordar el vial de las pastillas. Aquel pequeño recipiente transparente con tapón de corcho era demasiado liso, demasiado ligero y no mostraba marcas de torno ni señales de horno.

Permaneció un rato dándole vueltas a la idea. Tal vez existiera algún artesano capaz de fabricar algo semejante. Tal vez fuera vidrio traído de tierras lejanas. O tal vez el ermitaño supiera dónde conseguir más.

Se puso en pie tan deprisa que Lucio se sobresaltó.

—¿Dónde vas ahora?

—Al lago… otra vez.

Lucio soltó un gruñido y volvió al trabajo. Aurelia cogió antes el trozo de pan que había apartado esa mañana. La apuesta.

Cuando encontró al ermitaño, estaba sentado junto al agua. Parecía observar el lago sin hacer nada en particular.

Marcus volvió la cabeza al oír sus pasos.

—¿No traes el odre?

Aurelia le tendió el trozo de pan.

—No. Hoy he venido por otra cosa. Pero antes te debía esto.

Marcus cogió el mendrugo con cierta desconfianza.

—Creía que lo habías dicho en broma.

—Pues no. Si pierdo una apuesta, la cumplo.

Arrancó un pedazo y empezó a masticar. Apenas había dado un par de bocados cuando algo crujió entre sus dientes. Escupió una pequeña piedra sobre la roca junto a él y la observó con expresión contrariada.

—No quiero parecer desagradecido, pero tu pan lleva piedras.

Aurelia resopló.

—Y el barro se pega a las botas cuando llueve. A veces pasa. El arroyo lleva poca agua y el molino no trabaja tan fino como debería.

Marcus sostuvo la piedrecilla entre los dedos.

—O sea, que las moléis y para dentro.

—Normalmente no hay tantas. Y cuando aparece alguna, procuramos no rompernos los dientes. Llevamos siglos perfeccionando la técnica.

Marcus no pareció convencido, pero volvió a probar otro trozo. Esta vez se quedó inmóvil durante más tiempo. Aurelia ya estaba preparándose para la siguiente queja cuando vio que examinaba atentamente la miga.

—¿Y ahora qué ocurre?

Marcus le mostró el interior del pan. Un pequeño gorgojo avanzaba lentamente entre los agujeros.

—¿Esto que es?

Aurelia tardó un instante en comprender dónde estaba el problema.

—Es un gorgojo.

—Ya veo que es un gorgojo. Lo que no entiendo es por qué está dentro del pan.

—Porque le gusta comer. Igual que a nosotros.

Marcus apartó el mendrugo con visible disgusto.

—Pues puede quedarse con mi parte.

Aquello consiguió arrancarle una risa.

—No me digas que el ermitaño del lago le tiene miedo a los gorgojos.

—No es miedo. Me dan asco los bichos pequeños. Todos esos que aparecen cuando menos te los esperas y empiezan a corretear por donde no deben.

—Eso sigue pareciéndose bastante al miedo.

—No, porque si fuera miedo estaría corriendo montaña arriba.

Aurelia volvió a reír. La imagen era demasiado absurda.

—Te traigo pan bueno y lo único que haces es criticarlo.

—Primero intentó romperme un diente y luego me atacó con insectos. Creo que estoy siendo bastante razonable.

La muchacha negó con la cabeza.

—Desde luego, eres más raro de lo que pensaba.

—Tú no has venido hasta aquí para hablar de pan.

La sonrisa fue desapareciendo del rostro de Aurelia.

—No.

Le explicó entonces lo que ocurría en el monasterio: el aumento de la producción de linimento, el mercado que preparaba el nuevo señor, los pequeños recipientes que necesitaban los monjes y el problema de tener el torno ocupado con las ollas.

Cuando terminó, Marcus ya había comprendido adónde quería llegar.

—Y piensas que podría conseguir más recipientes como el de las pastillas.

—O decirme dónde los conseguiste. Con eso me conformo.

Marcus guardó silencio un momento.

—Tal vez pueda ayudarte. Pero antes tengo que preguntar.

—Siempre dices cosas así. ¿A quién tienes que preguntar?

Marcus se arrepintió inmediatamente de haber abierto la boca.

—A alguien.

—Eso ya lo había entendido.

—Entonces entiendes todo lo necesario.

Ella acabó soltando una carcajada exasperada.

—Eres desesperante.

—Eso me han dicho otras veces.

El viento acababa de cambiar. Marcus levantó la cabeza y volvió la vista hacia las montañas cuando el primer trueno resonó a lo lejos. Poco después llegó otro, más cercano. La lluvia cayó casi de inmediato, espesa y fría, transformando la superficie del lago en una maraña de ondas y salpicaduras.

Aurelia se puso en pie de golpe.

—Vamos dentro de tu cabaña.

Marcus contempló la tormenta y después volvió la vista hacia la cabaña con una expresión difícil de interpretar, como si aquella solución lógica le resultara incómoda por algún motivo.

—Sí. Supongo que no queda más remedio.

Ambos echaron a correr. El agua golpeaba con tanta fuerza que la orilla empezaba a desaparecer tras una cortina gris. Marcus cerró la puerta tras ellos mientras el viento sacudía las paredes y hacía crujir la techumbre.

Aurelia apenas había recuperado el aliento cuando notó una gota fría sobre el hombro.

Al principio pensó que procedía de alguna de las pieles mojadas que habían rozado al entrar, pero una segunda gota le cayó sobre la manga.

Levantó la vista. El agua se estaba filtrando por varias rendijas del techo y comenzaba a descender por las paredes en pequeños regueros.

Marcus también se había dado cuenta.

—Hay algunas goteras.

—Marcus, está lloviendo dentro.

—No en todas partes.

Otra gota cayó sobre una de las mantas. Acabaron sentándose en un rincón estrecho donde el agua no entraba. Aurelia siguió las gotas que se abrían paso entre las tablas del tejado.

—En invierno esto debe de ser horrible. Cortas madera como si llevaras toda la vida haciéndolo y luego tienes un tejado que parece una cesta rota.

Marcus dirigió una mirada poco amistosa hacia las goteras.

—Se me da bien cortar. Lo otro es distinto.

—¿Distinto cómo?

—Pues que para cortar un árbol basta con un hacha. Para construir una casa hay que saber lo que se hace.

Aurelia sonrió.

—Es una explicación sorprendentemente razonable.

Marcus decidió aceptar que aquello era un cumplido.

—Nadie me ha enseñado.

Ella dejó de sonreír. Aquella respuesta siempre la descolocaba un poco. Marcus hablaba a menudo de cosas que sabía hacer, pero casi nunca de quién se las había enseñado.

—Entonces, ¿quién te enseñó a pescar?

—A pescar aprendí solo.

—Eso explica muchas cosas.

—Pesco bastante bien —se defendió Marcus.

—Marcus, he visto a niños sacar más peces en una tarde.

—Los peces no colaboran.

La muchacha soltó una breve carcajada y negó con la cabeza.

—Aun así, podrías arreglar esto.

—¿Y tú sabrías hacerlo?

Aurelia abrió la boca para responder, pero no encontró ninguna respuesta convincente.

—No.

—Pues eso.

Permanecieron escuchando la lluvia sobre el techo y las paredes de la cabaña. Aurelia se inclinó hacia él. Marcus se tensó ligeramente. Cuando ella estuvo ya muy cerca, adelantó los labios en una expresión extraña.

Aurelia se detuvo.

—¿Qué haces?

—¿No me ibas a dar un beso?

La muchacha se apartó de golpe.

—¿Y por qué iba a hacer eso?

—No sé. Te estabas acercando mucho.

Aurelia soltó una risa incrédula.

—No seas idiota. Es que te huele bien la boca. Es raro.

—¿Y a qué va a oler una boca si no?

Ella lo miró unos segundos, como si estuviera valorando la magnitud de aquella pregunta.

—Pues a boca.

Y acto seguido le soltó el aliento directamente en la cara.

Marcus dio un respingo tan brusco que estuvo a punto de golpearse con la pared.

—¡ Agh, estás podrida!

Aurelia se echó a reír.

—¿Qué?

—¿No te bañas nunca? ¿Ni te lavas los dientes?

—El baño no está precisamente bien visto por Dios. Y a veces masticamos raíces para el aliento, pero poco más. El extraño eres tú. Te huele la boca como a hierbas. O a algo parecido.

Marcus negó con la cabeza, todavía horrorizado.

—Pues me alegra saber que al menos no huelo a azufre.

La sonrisa de Aurelia se ensanchó.

—No. Eso tengo que reconocértelo. Para ser el demonio, hueles bastante bien.

—Gracias. Creo.