La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 12
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 12

«El nuevo señor»

La puerta volvió a sonar en mitad de la oscuridad.

—Mi señor.

Nuño gruñó sin abrir los ojos. Seguía desnudo bajo las pieles, aplastado por el cansancio y el vino de la noche anterior. Una muchacha dormía pegada a su espalda sin que él recordara siquiera su nombre.

—¿Qué coño pasa ahora?

El hombre vaciló antes de añadir:

—Vuestro padre ha muerto, mi señor.

Nuño permaneció inmóvil con los ojos cerrados. Apenas respiró más hondo. Luego se limitó a darse media vuelta entre las mantas.

—Por fin.

Y volvió a dormirse. Cuando salió finalmente de la habitación, el sol ya llevaba rato alto sobre las murallas de Sanabria.

El vino de la noche anterior seguía golpeándole detrás de los ojos y tenía mal sabor en la boca.

Bajó las escaleras de la torre ajustándose la túnica mientras varios criados evitaban mirarlo directamente.

El castillo entero parecía contener la respiración. No se oían risas en las cocinas ni discusiones entre los hombres de armas. El chambelán Diego lo esperaba junto al corredor principal.

—Mi señor.

Nuño siguió caminando sin detenerse.

—¿Dónde está?

—En sus aposentos.

—Todavía no hemos movido el cuerpo. Esperábamos sus instrucciones —dijo Diego con cautela.

Nuño empujó la puerta sin responder. El olor lo golpeó de inmediato.

—¡Por Dios bendito!

La arcada le subió tan rápido que tuvo que cubrirse la boca con el antebrazo. El aire de la habitación era espeso, húmedo, cargado con aquel hedor agrio de sudor, vómito, hierbas hervidas y carne empezando a estropearse.

Las ventanas permanecían cerradas bajo gruesas telas oscuras. Varias velas consumidas seguían ardiendo junto a la cama.

Nuño dio un paso atrás.

—¿Por qué coño no habéis ventilado esto?

El galeno levantó lentamente la cabeza.

—Para retrasar la corrupción, mi señor. Si entran moscas…

—¿Retrasar qué? —escupió Nuño—. ¡Si ya está corrompido!

Se volvió violentamente hacia los criados.

—Sacadlo de aquí. Llevadlo al panteón y enterradlo de una vez.

Diego carraspeó con cautela.

—Algunos nobles de la comarca vendrán a presentar respetos, mi señor. Quizá tarden uno o dos días en llegar.

Nuño volvió a mirar el cadáver. La piel grisácea. La boca ligeramente abierta. El pecho hundido bajo las mantas. Ya no parecía su padre. Solo un anciano muerto ocupando la cama.

Otra náusea le revolvió el estómago.

—Pues llevadlo igualmente al panteón. Allí abajo hace más fresco.

El galeno asintió lentamente. En eso tenía razón.

Nuño señaló alrededor con gesto de asco.

—Y quemad todo esto.

Los criados se miraron unos a otros.

—¿Todo, mi señor?

—Todo. Las mantas, la cama, las mesas… me da igual. Parece una letrina infecta.

Salió de la estancia tragándose otra arcada.

El aire frío del corredor le golpeó la cara como una bendición. Permaneció respirando hondo mientras un criado abría finalmente las ventanas del aposento a su espalda.

—Necesito salir un rato —murmuró Nuño—. Voy a ir a cazar algo.

El chambelán intercambió una mirada rápida con otro de los hombres antes de hablar.

—Mi señor… hay asuntos urgentes que atender.

Nuño giró lentamente la cabeza.

—¿Qué asuntos?

—El mercado de primavera.

Aquello consiguió detenerlo.

—¿Qué pasa con él?

—Debe organizarse ya si queréis celebrarlo en fecha. Hay que contratar más hombres para vigilar accesos y calles, reservar espacio para mercaderes, preparar establos temporales, controlar pesos, tasas, puestos…

Nuño entrecerró los ojos.

—Eso ya se hacía antes.

—Sí, mi señor. Pero ahora debéis autorizar gastos y pagos.

Nuño empezó a caminar otra vez por el corredor.

—¿Y qué gano yo con todo eso?

El chambelán pareció sorprendido por la pregunta.

—Las tasas del mercado, mi señor. No es poca cosa. Vienen comerciantes desde León, Benavente, Braganza… cada puesto paga. También las caballerías. Y los mercaderes ricos suelen entregar presentes para asegurar buen lugar dentro de la villa.

Nuño siguió escuchando en silencio.

—Además —continuó el hombre— vuestro padre siempre consideró importante que Sanabria tuviera un mercado de renombre. La gente valora mucho esas cosas. Da prestigio frente a otros señores de la comarca.

Nuño se detuvo. Prestigio. Miró hacia las murallas superiores mientras pensaba. Su padre había llenado Sanabria de comerciantes, arrieros y campesinos durante años. Todos hablaban del mercado. Todos recordaban aquello. Y ahora él era el señor. ¿Por qué conformarse con hacer lo mismo?

—Quiero más gente este año.

El chambelán tardó un instante en responder.

—¿Mi señor?

—Más mercaderes. Más puestos. Más movimiento.

La idea empezó a crecerle dentro mientras hablaba.

—Traed músicos. Titiriteros. Luchadores. Cualquier cosa que haga venir gente.

El chambelán dudó.

—Con tan poco tiempo será caro encontrar artistas disponibles. Y exigirán cobrar más si deben venir con tanta premura.

Nuño se tapó una fosa nasal con el pulgar y sopló con fuerza por la otra hacia el suelo del corredor. Después cambió de lado.

—No pasa nada.

El chambelán retrocedió apenas medio paso para evitar las flemas. Aun así, pareció aliviado con la respuesta.

—Para compensar —continuó Nuño— los recaudadores van a empezar a cobrar porcentaje.

Al chambelán le duró el alivio lo que un parpadeo.

—¿Perdón?

—Cuanto más recauden, más ganan. Así trabajarán mejor.

El silencio cayó un instante en el corredor.

Nuño continuó hablando mientras descendían hacia el patio.

—Y si un año entra poco dinero, yo no tengo que seguir pagándoles igual. Es bastante simple.

—Supongo… que eso les dará motivos para esforzarse más, mi señor.

Nuño sonrió satisfecho consigo mismo.

—Exacto.

Luego añadió, casi distraídamente:

—Y los escoltas igual. Que cobren parte de lo que obtengan junto a cada recaudador.

Esta vez el chambelán no respondió.

Abajo, en el patio, varios criados atravesaban el recinto cargando bancos y telas negras para las ceremonias funerarias. Sobre las murallas, los pendones golpeaban lentamente la piedra bajo el viento templado del día.

Nuño observó el castillo, la villa extendida bajo la colina y las torres de la iglesia sobresaliendo entre el humo de las casas. Todo aquello era suyo, por ahora. Y por primera vez desde que había despertado, sonrió de verdad.

El amanecer sobre las montañas extendía una luz gris azulada que volvía el bosque más silencioso y extraño de lo normal.

Aurelia caminó deprisa por la senda, lanzando de vez en cuando una mirada inquieta entre los árboles.

La superficie del agua apareció finalmente entre los jirones de niebla que flotaban junto a la orilla.

Al descubrir que el lugar estaba desierto, soltó el aire de golpe.

Ni siquiera se había dado cuenta de que llevaba un buen rato conteniendo la respiración.

Se apresuró a llenar el odre y procuró no prestar demasiada atención a la cabaña del ermitaño.

No salía humo del tejado ni había señal alguna de movimiento.

Mejor así.

Reanudó la marcha por el sendero. Cuando llegó al monasterio, la jornada ya estaba en marcha.

Esquivó a dos novicios que cruzaban el claustro cargados con haces de plantas recién cortadas.

El aire estaba impregnado de olores intensos: romero, vinagre, grasa caliente y un aroma amargo que Aurelia no supo identificar.

Se inclinó junto al almacén para descargar el odre. El padre Martín se adelantó enseguida.

—Déjame ayudarte, hija.

Antes de que pudiera responder, el monje alargó la mano hacia el cincho de cuero entre sus pechos. Aurelia dio un pequeño respingo hacia atrás y aflojó ella misma la correa. El odre descendió al suelo con un golpe sordo.

—Gracias, padre, no se moleste.

Martín retiró la mano con una sonrisa tranquila, como si no hubiera ocurrido nada.

—El señor murió esta noche —informó.

—¿De verdad? Eso no es una buena noticia.

—Parece que el hijo quiere hacer un gran mercado este año. Han enviado pregoneros incluso hacia Benavente y tierras portuguesas —afirmó el monje.

—¿Más grande? Eso sí que parece una buena noticia.

—Eso dicen. La última vez que intentaron algo parecido quisieron comprarnos hasta las mulas. Por eso vamos a necesitar más linimento. Hay que aprovechar ahora. Después llegará el tiempo seco, aunque gracias a Dios ha llovido algo estos días.

—Poco para lo que suele caer en primavera.

Martín abrió una mano hacia el patio.

—Por eso estamos trabajando ya.

Varias mesas aparecían cubiertas de haces de plantas secándose al sol. Dos hermanos machacaban hierbas en morteros enormes y otro llenaba pequeños recipientes de barro.

—¿Todo eso es para el ungüento?

—Y todavía falta trabajo.

Martín tomó uno de los pequeños recipientes de barro y se lo tendió.

—Las hierbas no sirven de nada si luego no tenemos dónde guardarlo —continuó.

Aurelia hizo girar el bote entre los dedos. Era pequeño y eso significaba trabajo fino y lento.

—Nos quedan muy pocos —dijo el monje.

—Mi padre tiene el torno ocupado con las ollas.

Martín tomó otro recipiente de una mesa.

—Lo sé, pero vamos a necesitar muchos más antes del mercado.

Aquello no le gustó nada a Aurelia. Los recipientes pequeños llevaban tiempo.

Y cada hora dedicada a ellos era una hora menos para fabricar ollas que podrían vender en Sanabria.

Pero el problema era más complicado. Si los monjes se quedaban sin botes, dejarían de necesitar agua.

Y si dejaban de necesitar agua, ella dejaría de recibir vino a cambio de los portes.

Sin vino no podría alquilar la mula. Todo estaba unido.

Además, conocía a los monjes. Si se veían obligados a detener la fabricación del linimento, tallarían crucifijos, copiarían manuscritos o dedicarían su tiempo a cualquier otra tarea.

Y una vez pusieran sus esfuerzos en otra cosa, recuperarlos sería mucho más difícil.

Aunque les llevara después una montaña de recipientes, quizá ya no les interesaran.

Lo importante era que no dejaran de fabricar el ungüento. Que siguieran necesitándola.

Martín pareció adivinar lo que estaba pensando.

—No te preocupes. Los pagaremos.