La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 11 #2
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 11 #2

Ella cogió el cilindro con cuidado. Dentro había varias pequeñas piezas blancas iguales entre sí.

—¿Y cómo se supone que le doy esto?

Marcus se encogió de hombros.

—Pues que la trague y ya está.

Aurelia soltó una risa seca.

—Sí, claro. Mi padre lleva dos días viendo demonios en una pila de leña y voy a aparecer yo con piedrecillas blancas traídas por un ermitaño del lago. Seguro que sale estupendamente.

Marcus abrió la boca para responder algo y volvió a cerrarla.

—Escóndelo en la comida.

—¿En qué comida? Apenas prueba bocado.

—Entonces la disuelves en agua —decidió Marcus.

Aurelia bajó la vista hacia el tubo otra vez.

—No entiendo. La «disuelveo» en agua.

—Digo que la machacas, la mezclas y ya está.

Alzó el tubo y lo agitó. Las pastillas tintinearon.

—Puedo decirle que es un destilado del linimento.

Marcus la miró sin entender.

—¿Un qué?

—Que los monjes han hecho una mezcla nueva para beber. Para que empuje el mal desde dentro hacia afuera.

—Madre mía. Menuda trola.

—Pues mira quién habla de médicos griegos. Trolo.

Aquello consiguió hacerlo callar. Aurelia guardó el tubo dentro de la bolsa de tela y se incorporó.

—Si funciona, te debo una.

Marcus se puso a pescar.

—No me debes nada.

Ella empezó a alejarse sendero arriba.

—Eso lo decidiré yo.

—Escucha.

Aurelia volvió la cabeza. Marcus señaló el tubo.

—Solo una al día.

Ella asintió.

—¿Si le duele mucho le puedo dar dos?

—No.

La respuesta salió demasiado rápida. Marcus rectificó enseguida.

—Quiero decir… no hace falta.

—¿Por qué?

Él improvisó sobre la marcha.

—Porque es fuerte.

Aurelia siguió mirándolo. Marcus terminó señalando otra vez el pequeño cilindro blanco.

—Una cura. Dos matan.

Ella abrió mucho los ojos.

—¿Tan fuerte es eso?

—Sí. Ten cuidado.

La exageración parecía haber funcionado. Aurelia guardó el tubo dentro de la bolsa, casi con cuidado religioso.

Cuando llegó a casa ya era casi de noche. Encontró a Lucio tumbado junto al hogar, cubierto con mantas pese al calor del fuego. Tenía mala cara. Mucha peor que por la mañana. El dolor le había vaciado el color del rostro y le dejaba los ojos hundidos bajo sombras oscuras.

Aurelia dejó el odre junto a la pared y fingió normalidad.

—Los monjes han preparado otra mezcla.

Lucio ni siquiera abrió del todo los ojos.

—¿Otra?

—Dicen que esta se bebe.

Sacó una de las pequeñas pastillas del tubo y la escondió rápidamente en la mano antes de acercarse al banco donde guardaban el linimento. Cogió un cuenco pequeño de barro, vertió un poco de agua y empezó a aplastar la pieza blanca entre dos piedras lisas.

La medicina se deshizo enseguida formando un polvo fino. Aurelia sintió un escalofrío incómodo. No parecía medicina. Parecía algo fabricado por alquimistas. Añadió el polvo al agua y removió la mezcla con el dedo. El líquido quedó ligeramente turbio.

—Dicen que actúa desde dentro —improvisó sin levantar la vista—. Cosas de monjes.

Lucio soltó un gruñido agotado.

—Mientras no me hagan rezar encima del vaso…

Ella se acercó hasta el jergón.

—No, ya lo han santiguado ellos. Bébelo.

Lucio obedeció. Tenía demasiado dolor para desconfiar de nada. Dio un pequeño sorbo primero, arrugó el gesto y terminó vaciando el cuenco de una vez.

—Nunca probé algo más asqueroso. Seguramente sea bueno.

—Pues imagina cómo olía el manantial.

Lucio dejó escapar una risa débil que terminó convertida en un gesto de dolor.

Aquella noche Aurelia apenas durmió. Cada vez que cerraba los ojos volvía a pensar en la pastilla disolviéndose en el agua, inmaculada, lisa, imposible. Más de una vez estuvo a punto de levantarse para comprobar si su padre seguía respirando.

El viento golpeó varias veces las paredes del taller durante la madrugada y el horno terminó apagándose del todo. Aurelia debió quedarse dormida poco antes del amanecer.

La despertó el ruido del torno. Abrió los ojos confundida. El sonido llegaba desde el taller. Regular. Constante. Durante un instante creyó que seguía soñando. Luego escuchó el golpe hueco de la madera entrando en el horno.

Se incorporó apresuradamente y salió todavía envuelta en la manta.

Lucio trabajaba. La rueda del torno giraba bajo sus manos cubiertas de barro.

Junto al horno había ya una pila de leña preparada y el fuego volvía a arder dentro de la cámara de cocción.

Una olla recién moldeada descansaba sobre la mesa junto a otras piezas todavía frescas.

El hombre levantó la vista al verla aparecer.

—Te desperté.

Aurelia se quedó petrificada. La diferencia era enorme. No parecía completamente sano. Seguía delgado y cansado. Pero el dolor había desaparecido de su cara. Ya no respiraba entre dientes. No temblaba. No tenía los ojos apagados de los últimos días.

Lucio sonrió al verla inmóvil junto a la puerta.

—Creo que esos monjes han encontrado algo bueno por una vez.

Aurelia intentó devolverle la sonrisa.

—Ya veo.

El barro giraba entre las manos de su padre con una facilidad que no había visto en mucho tiempo. Ella observó el taller: la leña perfectamente cortada, el horno encendido, la olla cociéndose, y a Lucio trabajando como si hubiese retrocedido varios meses de golpe.

Sintió un alivio enorme. Y al mismo tiempo algo frío creciendo lentamente bajo el pecho.

La leña podía explicarse. Incluso la arcilla.

Hasta la lluvia, quizá, aunque seguía sin entender cómo había podido saberlo.

Pero aquello no. Nadie pasaba de retorcerse de dolor sobre un jergón a trabajar junto al horno al amanecer.

Aquello estaba demasiado cerca de devolver la vida. Y eso sí daba miedo.