La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 11
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 11

«Una cura, dos matan»

El golpe seco de algo cayendo en el patio la despertó antes del alba. Aurelia abrió los ojos sobresaltada, todavía atrapada en esa niebla espesa entre el sueño y la realidad. Luego oyó a su padre.

—¡Santa Virgen bendita!

La voz de Lucio atravesó la casa cargada de un miedo tan real que la hizo incorporarse de golpe.

—¡Aurelia!

Ella maldijo entre dientes mientras buscaba la túnica a oscuras. Dormía solo con la camisa larga de lino y el frío de la madrugada le erizó la piel nada más apartar las mantas.

—¿Qué pasa ahora? —gruñó todavía medio dormida.

No obtuvo respuesta. Escuchó pasos rápidos en el taller, el chirrido de la puerta exterior abriéndose y después un silencio extraño.

Aurelia terminó de vestirse de cualquier manera y salió sujetándose todavía el pelo deshecho. Encontró a su padre junto a la entrada, completamente inmóvil, mirando hacia el patio como si acabara de ver aparecer al mismísimo demonio.

—¿Qué pasa…?

Lucio alzó lentamente una mano temblorosa hacia el exterior.

—Eso no es natural.

Ella apartó la cortina de cuero y salió.

Una pila de leña perfectamente ordenada descansaba junto al cobertizo, apoyada contra el muro del taller.

No era una montaña absurda como la de arcilla.

Aquello parecía mucho peor. Cada tronco tenía exactamente el mismo tamaño.

Las piezas encajaban unas sobre otras con una precisión imposible, formando líneas limpias y rectas.

Ni ramas torcidas. Ni astillas sobresaliendo.

Ni cortes irregulares de hacha. Parecía trabajo de carpinteros ricos. O de algo todavía peor.

Aurelia se acercó y cogió uno de los troncos. El corte era liso. Pasó el pulgar por la superficie y sintió un escalofrío incómodo. No había marcas de herramienta visibles. Ni golpes. Ni fibras abiertas.

Detrás de ella, Lucio seguía respirando agitado.

—Te dije que ese hombre no era normal.

Aurelia dejó otra vez el tronco en su sitio.

—Pues claro que no es normal. Vive solo junto al lago y pesca con una caña que da pena verla.

—No bromeo, muchacha.

La voz de su padre sonó mucho más seca de lo habitual.

—Mira eso. Nadie corta leña así —espetó él.

Ella cruzó los brazos intentando pensar algo convincente.

—Tendrá escondida una sierra buena.

—¿Una sierra? ¿Y dónde ha visto nadie a un ermitaño con herramientas así?

—Igual trabajó para algún noble —sugirió—. Yo qué sé. O fue ebanista en la corte. La vida da muchas vueltas.

Su padre seguía sin apartar la vista de la leña.

—No me gusta esto. Parece obra del demonio.

Ella notó el temor bajo aquellas palabras y se arrepintió de inmediato del tono burlón.

Lucio no era un cobarde. Había pasado inviernos malos, hambre, enfermedad y entierros sin perder jamás la cabeza. Precisamente por eso verlo así le inquietó más de lo que quería admitir.

Se acercó hasta él y le apoyó una mano sobre el brazo.

—Padre, todos los días voy al monasterio y piso tierra santa. Y los monjes me dan la bendición. Si ese hombre fuera algún demonio, no podría hacerme nada, ¿no?

—Supongo —admitió.

No parecía convencido. Pero al menos dejó de mirar la pila como si esperara verla empezar a moverse sola.

—Anda —dijo Aurelia empujándolo suavemente hacia dentro—. Tú sigue con las piezas. Bastante tenemos ya encima para volvernos locos también.

La mañana se le fue a Aurelia entre barro, agua y tareas pequeñas que nunca terminaban.

Mientras Lucio preparaba varias piezas para el horno, ella alimentó las pocas gallinas del corral, limpió las malas hierbas del huerto y llevó agua a Ramiro, el cabrero.

Después ayudó a su padre a cubrir las piezas frescas con trapos húmedos y recogió parte del taller.

Al mediodía comieron un trozo de queso seco y un par de huevos cocidos sentados en el patio. Lucio apenas hablaba. De vez en cuando seguía mirando hacia la pila de leña con expresión incómoda.

Aurelia fingía no darse cuenta. Cuando terminó de recoger el cuenco y el cuchillo, cargó otra vez el odre vacío sobre el hombro.

—Voy a Bouza y luego al monasterio.

Lucio asintió sin levantar demasiado la vista del torno.

—No vuelvas tarde.

Encontró a Marcus donde siempre. Sentado sobre una roca junto al agua con aquella caña ridícula entre las manos. Aurelia dejó el odre junto a la orilla y empezó a llenarlo en silencio.

—Has asustado a mi padre otra vez —dijo al cabo de un momento.

—¿Por qué? —preguntó Marcus.

Ella señaló hacia ninguna parte.

—La leña. Cree que eres algún tipo de demonio del lago.

—He oído tonterías esta semana, pero esa se lleva el premio.

Aurelia terminó de atar el odre.

—Está demasiado bien cortada.

—¿Y?

—Que nadie corta leña así.

Marcus la miró cansado.

—Pues vale. La próxima la corto torcida.

—No estoy bromeando.

—Yo sí.

Marcus dejó la caña apoyada contra la roca.

—Es madera.

—Sí. Pero da miedo.

Él parecía sinceramente confundido.

—¿Por qué iba a dar miedo cortar bien algo?

Aurelia abrió los brazos.

—Porque las cosas normales tienen fallos.

Marcus se quedó callado mirando el lago, desconcertado.

Señaló el cielo.

—Va a llover esta noche.

—Ja, claro.

El cielo estaba completamente despejado.

—No mucho.

—Pues ya sería más de lo que cae normalmente.

—El problema no es el agua.

Ella volvió a mirarlo.

—¿Ah, no?

—El terreno se volverá resbaladizo después.

Aurelia terminó de colocarse el odre al hombro.

—Vaya. Preocuparte por mí es nuevo.

Marcus negó con la cabeza.

—A ninguno le interesa que te tuerzas un tobillo.

Ella hizo una mueca.

—Ni lo digas.

—¿Qué?

—Eso trae mala suerte.

Marcus hizo un gesto nervioso.

—Torcerse un tobillo trae mala suerte. Decirlo no cambia nada.

Aurelia soltó una risa breve.

—Hablas igual que un monje viejo.

Ella dio un par de pasos sendero arriba antes de volver a girarse.

—No va a llover.

—Sí va a llover. ¿Quieres apostar?

—¿Apostar el qué?

Aurelia fingió meditarlo.

—Quiero chocolate.

—Eso no es una apuesta. ¿Tú a mí qué me das si pierdes?

—Yo te puedo traer pan.

Aurelia se fue por el sendero hacia el monasterio. Marcus la observó alejarse entre los árboles hasta perderla de vista. Luego levantó la cabeza hacia el cielo limpio.

—Probabilidad de precipitación: ochenta y siete por ciento —murmuró.

Y volvió a coger la caña.

La lluvia llegó durante la noche. Una llovizna persistente que golpeaba tejados, barro y hojas durante horas, suficiente para dejar el aire más frío y despertar a media aldea pendiente del sonido del agua.

A primerísima hora Marina salió del molino gritando como una condenada.

—¡El agua! ¡Tomás, el agua!

Su voz atravesó el pueblo entero antes incluso de que amaneciera del todo. Varias puertas se abrieron casi al mismo tiempo y empezaron a aparecer vecinos medio vestidos, todavía somnolientos, mirando hacia el arroyo.

El molino volvía a moverse. La rueda giraba torpemente bajo la corriente débil, chirriando a cada vuelta. Tomás corría de un lado a otro entre el barro intentando colocar sacos y herramientas mientras Marina seguía llamando a voces a quien tuviera grano guardado.

No sabían cuánto duraría. Quizá unas horas. Quizá un día entero si Dios se apiadaba de ellos. Y aun así bastó para que media aldea empezara a moverse.

Aquella mañana Aurelia cambió parte del vino del monasterio por un pequeño pan oscuro y una jarra de harina basta.

Le dolió desprenderse del vino. Cada gota acercaba un poco más la mula de Julián.

Pero cuando regresó a casa con el pan caliente envuelto en tela, Lucio la miró como si hubiese traído oro.

Hacía mucho tiempo que no comían pan de verdad.

Sin embargo, la mejoría del ánimo duró poco.

La lluvia había refrescado el aire y el taller amaneció helado. Lucio empezó a quejarse del costado antes incluso de terminar el desayuno. A media mañana ya apenas podía mantenerse derecho sobre el torno. Y por la noche el dolor regresó con una violencia que Aurelia no veía desde hacía meses.

Lo encontró doblado sobre el jergón, empapado en sudor, respirando entre dientes apretados. El miedo absurdo de la leña terminó de empeorarlo todo. Cada vez que abría los ojos parecía volver a mirar aquella pila imposible apoyada junto al taller.

—Eso no es bueno… —deliraba a ratos—. No es bueno…

Aurelia dejó de bajar al lago. El primer día no salió de casa porque Lucio apenas podía caminar solo hasta el cubo de agua. El segundo porque ni siquiera logró levantarse del jergón. Cuando terminó la segunda noche, Aurelia ya tenía los ojos hundidos por el cansancio.

La tarde del tercer día bajó finalmente hasta Bouza con el odre vacío colgándole del hombro y la sensación constante de llevar piedras dentro del pecho. El bosque seguía mojado por la lluvia reciente y el barro volvía peligrosas las pendientes.

Marcus la vio antes de que ella llegara hasta la orilla. Llevaba varios minutos observándola desde las rocas bajas del lago. Caminaba más despacio de lo normal. Ni siquiera miró hacia donde él estaba sentado.

—Te dije que el terreno se pondría peligroso —comentó.

Aurelia levantó apenas la cabeza.

—Sí. Pues tenías razón.

Marcus dejó la caña apoyada junto a la piedra.

—No viniste estos días.

Ella tragó saliva.

—Mi padre está mal.

Aquello hizo que Marcus se pusiera serio.

—¿Muy mal?

Aurelia intentó responder con normalidad, pero la voz le salió rota.

—Una de las peores veces en mucho tiempo.

Se apartó el pelo de la cara fingiendo arreglárselo. Tenía los ojos húmedos y eso la enfurecía todavía más. No quería echarse a llorar delante de él.

—Casi no duerme. Apenas puede moverse.

Marcus permaneció callado. La IA llevaba dos días relacionando variables: interrupción del transporte de agua, ausencia de Aurelia, descenso de producción cerámica, y deterioro físico previo del artesano. La conclusión había aparecido sola en la pantalla aquella mañana.

DISMINUCIÓN DE CAPACIDAD FUNCIONAL EN SUJETO ASOCIADO: PROBABILIDAD 82 %

Marcus metió la mano dentro de la bolsa de cuero colgada al cinturón y sacó un pequeño tubo blanco.

—Toma.

Aurelia lo observó desconfiada.

—¿Qué es eso?

—Es una medicina griega. Muy antigua.