LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 10
«El chocolate»
Las puertas del monasterio seguían cerradas. Aurelia dejó el odre sobre el suelo de piedra con un gruñido ahogado y se frotó los hombros doloridos. El cuero le había dejado marcas rojas bajo la túnica y todavía notaba el peso clavado en la espalda aunque ya no lo cargara.
Golpeó de nuevo con el puño.
—¡Eh!
Nada. Empezaba a enfadarse. Aquello no era normal. A esas horas el monasterio llevaba rato despierto. Siempre había movimiento: novicios entrando y saliendo, cubos de agua, gallinas, humo de cocina… lo que fuera.
Pero detrás de la puerta solo llegaba barullo. Voces. Muchas y demasiado nerviosas. Aurelia pegó el oído a la madera. Escuchó pasos rápidos. Alguien discutiendo. Otra voz rezando o quizá maldiciendo. No estaba segura.
Volvió a aporrear con más fuerza.
—¡Como me hagáis bajar otra vez con el odre lleno os lo tiro encima del altar!
Algo cayó al otro lado. Después sonó una tranca. La puerta se abrió un palmo y apareció un novicio sudoroso, despeinado y con cara de llevar horas corriendo de un lado a otro.
—Ah… eres tú.
—Pues claro que soy yo. ¿A quién esperabas? ¿A Jesucristo?
El muchacho abrió la puerta invitándola a pasar.
El claustro del monasterio parecía distinto aquel día.
Más silencioso y más alterado al mismo tiempo.
Varios monjes cruzaban deprisa hablando en voz baja.
Uno llevaba pergaminos enrollados bajo el brazo.
Otro discutía junto a las cocinas con gesto preocupado.
Incluso las campanas habían dejado de sonar.
El hermano Martín apareció poco después desde uno de los corredores, apoyándose en el bastón.
—Pensaba que hoy no vendrías.
—Y yo pensaba que estabais muriéndoos todos aquí dentro.
—Todavía no.
Aquella respuesta hizo que Aurelia levantara un poco las cejas.
—¿Qué pasa?
El monje miró alrededor antes de acercarse algo más.
—Han llegado noticias desde Sanabria.
Aurelia se pasó el antebrazo sudado por la frente.
—¿Qué noticias?
—El señor está agonizando.
Aurelia soltó un bufido largo hasta vaciar de aire los pulmones.
—Lo llevamos claro.
El anciano la miró sorprendido.
—Aurelia…
—¿Qué? ¿Se supone que tengo que alegrarme?
El hermano Martín bajó un poco la voz.
—No conviene hablar demasiado alto de ciertas cosas.
Aurelia cruzó los brazos mientras observaba el movimiento alterado del monasterio. Todos allí dentro tenían exactamente la misma cara. Miedo. No al señor viejo. Al hijo. Un novicio casi chocó con otro al girar una esquina cargando sacos de hierbas.
—Así que el muchacho heredará todo.
—La tenencia no se hereda, pero si Dios dispone otra cosa…
—Dios lleva tiempo bastante distraído.
Aurelia bajó la vista hacia el odre apoyado junto al muro y notó de nuevo el dolor sordo en los hombros.
Últimamente su vida parecía reducirse a transportar cosas montaña arriba y montaña abajo: agua, leña, barro, sacos, ollas.
Y Lucio tampoco se permitía descanso. Pasaba las horas frente al torno, soportando el dolor con una obstinación que empezaba a preocuparla.
Todo aquello era por Sanabria. Por el mercado.
Por la esperanza de reunir suficientes piezas buenas para conseguir algo más que unas pocas monedas miserables.
Con suerte, podrían atravesar el verano sin pasar hambre.
Y ahora aquel imbécil iba a convertirse en señor.
El hermano Martín pareció leerle algo en la cara.
—El mercado seguirá celebrándose.
—Sí. Pero con ese niñato mandando, cualquiera sabe qué ocurrirá.
El monje no respondió. Porque seguramente pensaba exactamente lo mismo. Aurelia señaló el odre.
—¿Al menos esto os sirve?
El anciano asintió enseguida.
—Mucho.
Se agachó lentamente junto al cuero y apoyó una mano encima.
—Con un odre como este podemos sacar tres… quizá cuatro botes si lo mezclamos bien.
—Pues entonces vais a necesitar muchísima más agua.
—Sí.
Aquella vez el cansancio en la voz del monje era completamente real.
—Si sigues trayendo uno o dos odres diarios podremos preparar suficiente para el verano.
Aurelia soltó una pequeña risa seca.
—Eso si antes no me rompo la espalda.
El anciano sonrió apenas.
—No eres la única preocupada. La sequía está empeorando. Apenas habrá fruta este año. Ni mermeladas. Ni conservas. Ni casi nada que vender en Sanabria.
Miró alrededor del monasterio.
—Este verano dependemos del linimento.
Después volvió a mirarla directamente.
—Dependemos de ti… que Dios te lo pague.
—Prefiero que me lo adelantéis vosotros, y ya si acaso cuando os muráis se lo reclamáis —resopló.
Cuando abandonó el monasterio el sol ya estaba bastante alto sobre las montañas. No tomó el camino directo de vuelta. Simplemente giró hacia el sendero del lago.
El bosque permanecía inmóvil bajo el calor de la tarde. A aquellas horas casi no se oían pájaros y el aire olía a tierra seca y resina calentándose al sol. Aurelia avanzó pensando todavía en las palabras del monje. Nuño señor de Sanabria. Magnífico.
—Nos va a moler a palos —murmuró.
Descendió hasta las orillas buscando casi sin darse cuenta la roca donde Marcus solía pescar. No había ni caña, ni insultos, ni el ermitaño peleándose con algún sedal imposible. Siguió andando bordeando el agua. El lago permanecía oscuro y quieto bajo la luz blanca de la tarde.
—¿Marcus?
Solo respondió el viento sobre las aguas del lago. Aurelia acabó desviándose hacia la cabaña y fue entonces cuando los vio.
Seis troncos enormes descansaban alineados junto al bosque. Sin ramas. Con la corteza arrancada en algunos tramos. Perfectamente cortados.
Se acercó despacio. Aquello no tenía sentido. Pasó la mano por uno de los extremos. El corte era tan liso como las vigas de la cabaña. No parecía obra de un hacha ni de una sierra. Daba la impresión de que la madera se hubiera abierto de una sola pasada.
Recorrió el lugar con la mirada.
Seis árboles enteros. Talados, desramados, arrastrados fuera del bosque y apilados allí. Sabía el trabajo que suponía algo así. Harían falta varios hombres y varios días para sacar aquella madera de las pendientes que rodeaban el lago.
Y el ermitaño vivía solo.
—No puede ser…
Entonces escuchó el tarareo. Lejano al principio.
Era una melodía alegre, extrañamente pegadiza, con un ritmo rápido y absurdo que sonaba completamente fuera de lugar en aquel rincón silencioso del bosque.
A ratos Marcus dejaba de tararear para acompañarla con sonidos todavía más raros, pequeñas sílabas sin sentido y algún «auh» arrastrado que parecían formar parte de la canción.
La melodía se acercaba entre los árboles, acompañada por el ruido de ramas apartándose. Marcus apareció poco después, todavía tarareando entre dientes, distraído. Llevaba algo oscuro en una mano. Al verla se detuvo en seco.
Ambos se quedaron quietos.
Marcus miró los troncos. Luego a Aurelia. Después bajó la vista hacia lo que sostenía entre los dedos.
—Ah —dijo.
Intentó guardárselo demasiado rápido dentro del bolsillo.
—¿Qué estás comiendo?
—Nada.
—Acabo de verte masticar.
Marcus dudó unos segundos. Aurelia entrecerró los ojos.
—¿Has encontrado fruta?
—No exactamente.
Ella se llevó una mano al vientre casi sin darse cuenta.
—Pues yo me estoy muriendo de hambre. Solo comí una cebolla esta mañana.
Marcus soltó una risita y Aurelia lo miró extrañada. La sonrisa desapareció.
—Espera. ¿Lo dices en serio?
Marcus la observó detenidamente. El sudor pegado a la frente.
Las marcas rojas del odre todavía hundidas sobre los hombros y aquella mirada agotada pidiendo ayuda sin decirlo.
Si la IA descubría aquello, pondría el grito en el cielo.
Marcus apretó la mandíbula. Sacó despacio aquello del bolsillo y se lo tendió.
Aurelia lo tomó sin mirar.
—¿Qué demonios es esto?
—Comida.
Era una especie de bloque marrón oscuro, envuelto a medias en algo brillante y arrugado que parecía metal finísimo.
—¡Qué guarro eres! ¿Me acabas de dar un zurullo?
—Es una descripción bastante ofensiva para el chocolate.
—¿Choco… qué?
Aurelia pegó una arcada y acercó la nariz con cautela. El olor la desconcertó todavía más. Dulce. Pero no como fruta madura ni miel. Había algo tostado debajo. Amargo. Espeso. Y otro aroma más suave que no supo reconocer, parecido a frutos secos calientes.
—Huele raro.
—Sí.
—¿Tú comes esto? ¿Seguro que no es mierda?
—A veces —Marcus dudó—. Que a veces lo como quiero decir, no que sea mierda. Qué molesto que te pregunten dos cosas a la vez.
Ella arrancó un pedazo pequeño con desconfianza y se lo llevó a la boca preparada para escupirlo.
Primero notó algo extraño y demasiado intenso. Dulce. Denso. Grasiento. Después el sabor amargo. Luego la almendra crujiendo entre los dientes. Marcus la observaba como si esperara una sentencia. Aurelia tragó lentamente.
—No sé si esto está bueno o estropeado.
Ella volvió a mirar la barrita. Después arrancó otro trozo.
Y luego otro más pequeño. Cada bocado parecía distinto al anterior.
El dulzor ya no le resultaba desagradable.
Notaba cómo el vacío del estómago iba desapareciendo con cada mordisco.
Cuando quiso darse cuenta apenas quedaba.
Se sorprendió relamiéndose los dedos antes de mirar el envoltorio brillante arrugado entre ellos.
—Esto no puede ser comida normal.
Marcus se encogió ligeramente de hombros.
—Es comida basura.
—Ya sabía yo que me estabas dando mierda.
—¡Que no lleva mierda! Se le llama así.
Aurelia volvió a mirar los troncos.
—Seis árboles es exagerar un poco, ¿no crees?
Marcus siguió callado.
—Como se te ocurra dejarme todo eso delante de casa vamos a tener que salir por la ventana —añadió.
—Ah. ¿Entonces cuántos quieres?
—Con uno basta. Cuando se acabe ya te pediré más.
Marcus asintió lentamente.
—Uno entonces.
Aurelia echó a andar bordeando el lago sin despedirse.
Aquella tarde las piernas parecían responder mejor de lo normal.
Incluso el aire entraba distinto en los pulmones.
Más limpio. Más fácil. A mitad de la subida descubrió que estaba tarareando entre dientes parte de la melodía absurda del ermitaño.
—«Auh»… —resopló con fastidio.
Y aun así volvió a repetirlo un poco más arriba. Cuando llegó a casa encontró a Lucio sentado fuera, limpiándose las manos llenas de arcilla con un trapo húmedo.
—¿Qué tal? —preguntó.
Aurelia dejó el cesto en el suelo.
—Mal. El señor se está muriendo.
Lucio levantó lentamente la vista y se masajeó la barba en silencio. No hizo falta decir nada más. Ambos sabían lo que venía detrás de aquella noticia.
Aurelia entró en la cabaña y empezó a mover cosas de un lado a otro para hacer sitio junto a la pared. Apartó cestos, recolocó herramientas y terminó agachándose junto a los bloques de arcilla con más energía de la que debería tener a aquellas horas.
Lucio apareció en la puerta observándola un momento.
—¿No estabas reventada hace un rato?
Aurelia abrió la boca para responder, pero las palabras no llegaron a salirle.
Una idea empezaba a encajar dentro de su cabeza.
Aquel sabor extraño seguía pegado al fondo de la lengua: el dulzor espeso, el aroma tostado y aquella agradable sensación de calor que todavía notaba en el estómago.
Bajó la vista hacia sus manos manchadas de barro y después hacia los bloques de arcilla que acababa de mover casi sin darse cuenta del esfuerzo.
Entonces lo comprendió. Ese era el secreto del ermitaño.
No estaba más fuerte que los demás hombres.
Simplemente comía aquello. Aquella comida que le había quitado el hambre y todavía parecía empujarla a seguir moviéndose después de toda la jornada.
Claro. Así cualquiera podía pasarse el día cargando troncos, arrastrando piedras o subiendo cuestas como si nada.
Sin embargo, mientras seguía trabajando, descubrió que no conseguía quitársela de la cabeza. Volvía una y otra vez al sabor extraño de aquella cosa. No tenía sentido que algo tan pequeño quitara el hambre de aquella manera. Ni que siguiera apeteciéndole horas después.
Aquella noche tardó mucho en dormirse. El calor seguía pegado bajo la piel incluso horas después, obligándola a darse vueltas sobre el jergón mientras notaba el cuerpo extrañamente despierto, demasiado vivo todavía para una jornada como aquella.
Intentó cerrar los ojos y descansar, pero la inquietud regresaba una y otra vez, mezclándose con pensamientos confusos, con el recuerdo del sabor dulce y amargo del chocolate y con una sensación incómoda y persistente que terminaba obligándola a mover las piernas o apartarse el pelo húmedo de la nuca buscando un alivio que nunca acababa de llegar del todo.
A la mañana siguiente Lucio evitó mirarla directamente mientras removía las brasas del hogar.
—Haz el favor de controlarte un poco.
Aurelia casi se atragantó con el agua.
—Pues haz tú el favor de no escuchar.
Lucio resopló sin levantar la vista.
—Una vez puede entenderse. Somos humanos. Pero más ya empieza a parecer vicio.
Aurelia notó cómo le ardían las orejas.
—¿Por qué no te callas?
—Si te sigue pasando deberías confesarte. Ya que vas al monasterio podrías hablar con el padre Martín y quedarte tranquila.
—El padre Martín me come con los ojos. No puedo confesarle esas cosas. Lo que me faltaba. Olvide el tema, padre.