La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 9 #2
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 9 #2

Aurelia notó cómo empezaba a perder la paciencia.

—La de gente con brazos, supongo.

Lucio negó con la cabeza.

—No me gusta ese hombre.

Ella dejó caer el barro otra vez sobre el montón.

—Pues acostúmbrate porque gracias a ese hombre vamos a vender más ollas en un mes que en los últimos tres años.

—No sabes quién es. Has podido vender tu alma por un puñado de arcilla —balbuceó Lucio.

Aurelia estuvo a punto de responderle de malas maneras, pero se contuvo.

La verdad era que ella tampoco sabía quién era realmente el ermitaño, y precisamente eso empezaba a inquietarla más de lo que quería admitir.

Aun así terminó encogiéndose de hombros, aferrándose al único argumento que todavía le parecía razonable.

—Si fuera el demonio no viviría en una choza llena de goteras pescando truchas raquíticas.

Lucio no pareció encontrar respuesta a aquello. Aurelia aprovechó el silencio para levantarse y limpiarse las manos contra la falda.

—Y ahora deja de gastar fuerzas discutiendo y empieza a trabajar.

Lucio parpadeó.

—¿Qué?

Ella señaló la montaña de barro.

—Que tenemos arcilla para aburrir. Ahora lo que falta es leña.

Aurelia se sorprendió descubriendo con qué facilidad había aceptado la situación.

Leña. Claro. Ya se la pediría al ermitaño.

El pensamiento le apareció en la cabeza de forma tan natural que tardó un instante en darse cuenta de lo absurdo que resultaba.

Apenas un día antes transportar semejante cantidad de arcilla le habría parecido cosa de brujería; ahora, en cambio, empezaba a asumir aquellas exageraciones imposibles como parte normal de su vida.

Al llegar al lago el sol todavía no había alcanzado el centro del cielo, pero Marcus no estaba allí.

Dejó el odre junto al manantial sulfuroso.

Empezaba a darse cuenta de un detalle extraño: por las mañanas nunca veía al ermitaño.

Ni pescando junto a la orilla, ni caminando entre los árboles, ni siquiera rondando cerca de la cabaña.

Durante parte del día simplemente desaparecía del lago.

Llenó el odre y emprendió el camino hacia el monasterio. Los monjes cumplieron su parte del trato. El hermano Martín apareció con un pequeño recipiente de barro sellado con cera y una bota de vino bastante más vieja de lo que Aurelia esperaba.

—Tráenos la bota de vuelta cuando la acabes —murmuró el anciano entregándosela.

Aurelia levantó la bota y calculó el peso con gesto satisfecho.

—Julián va a llorar de felicidad.

—¿Quién es Julián?

—Un hombre con una mula y muy poca dignidad.

El monje soltó una pequeña risa cansada.

—Entonces el vino debería bastar.

Aurelia guardó el linimento cuidadosamente dentro del zurrón.

—Volveré mañana con más agua.

—Trae todos los odres que puedas llenar antes del mercado.

Ella resopló.

—Sí, sí. Explotadme un poco más.

—El trabajo dignifica.

—Pues yo debo de estar a punto de convertirme en santa.

El anciano volvió a reír. Cuando Aurelia abandonó el monasterio, el peso de la bota golpeaba suavemente contra su cadera a cada paso. Descendió hacia el lago pensando todavía en la montaña de arcilla cuando vio por fin a Marcus cerca de la orilla, inclinado sobre varias redes viejas.

Él levantó la cabeza al verla acercarse.

—Hoy hueles distinto.

—¿Eso es lo primero que vas a decirme? —reprochó Aurelia.

—Llevas vino.

Aurelia retiró ligeramente la barbilla y lo estudió en silencio.

—Das miedo.

Marcus volvió a concentrarse en las redes.

—Eso también me lo has dicho ya.

Aurelia dejó el odre en el suelo.

—Mi padre cree que eres el demonio.

—Tu padre tiene mucha imaginación.

—Una montaña de arcilla ayuda bastante.

Marcus se incorporó.

—Si ahora resulta que llevar barro es magia, entonces el mundo está lleno de hechiceros.

—No te oí llegar.

—Pues si duermes como un tronco qué culpa tengo yo.

Aurelia lo observó con los brazos cruzados.

Volvió a percibir aquella sensación que ya había tenido el día anterior.

Marcus vestía como cualquier ermitaño miserable de las montañas: ropa vieja, remendada y manchada de barro o resina.

Sin embargo, había algo que no encajaba.

Estaba limpio. No desprendía olor a sudor, ni a humo de hoguera, ni a pescado, ni siquiera ese olor agrio y pegajoso que acababa acumulándose en cualquiera que viviera semanas enteras trabajando y durmiendo al aire libre.

Además, volvía a llevar la cara perfectamente afeitada, como si cada mañana dedicara más tiempo a arreglarse que muchos nobles antes de una fiesta.

Aurelia entrecerró los ojos.

—Tú das mucho miedo.

Marcus suspiró.

—Otra vez.

—No hueles a nada.

—Eso tiene gracia. Ahora resulta que doy miedo porque me aseo.

—La gente se baña de vez en cuando.

—Pues yo lo hago a diario. Vivo al lado de un lago. Sería raro no aprovecharlo.

Aurelia lo escrutaba.

—Y la barba. Siempre vas afeitado.

Marcus se tocó automáticamente la mandíbula.

—Es una promesa.

—¿Qué promesa?

—Una larga. Es un secreto.

Ella no apartó la vista de él.

—Pues le dedicas muchísimo tiempo.

—Me he mordido la lengua por educación, pero te lo voy a decir: tú apestas —espetó Marcus.

Aurelia abrió mucho los ojos.

—¡¿Cómo que huelo mal?!

—Porque es verdad. Llevas un olor rancio más fuerte que el agua sulfurosa que recoges.

Indignada, se echó la trenza hacia delante.

—Llevo el pelo limpio. Mira qué negro y suave.

Marcus evaluó la trenza.

—El pelo sí. La mugre la llevas pegada al cuerpo como otra piel.

Aurelia se quedó horrorizada.

—Eres un bocazas.

—Eso también me lo han dicho mucho.

Ella soltó una risa involuntaria y negó con la cabeza antes de cambiar de tema.

—Necesitamos leña.

Marcus levantó la vista.

—¿Cuánta?

Aurelia pensó un instante.

—Una carreta.

Marcus dudó antes de responder.

—Eso… ¿cuántos kilos son?

—¿Qué coño es un kilo?

Ambos se observaron sin decir nada.

—Vale —dijo él al final—. Una carreta.

Ya preguntaría luego a la IA cuánto demonios equivalía eso.

Aurelia señaló hacia el bosque.

—El horno va a funcionar casi sin parar este mes. Las ollas grandes se venden caras, pero necesitan mucha más cocción y el fuego hay que mantenerlo bien vivo.

—Puedo tenerla en cinco días —afirmó Marcus.

—¿Cinco?

—Sí.

Ella lo pensó un momento y aceptó.

—Vale. Pero no mucho más o nos pillará el mercado.

—Una carreta de leña en cinco días —aseguró Marcus.

Aurelia empezó a recoger el odre, pero volvió a detenerse.

—Y si puedes trocear los troncos mejor.

Marcus levantó las cejas.

—¿Tu padre no puede hacerlo?

Ella negó con la cabeza.

—No está para partir leña ahora mismo. Si hace esfuerzos se queda doblado.

—¿Le duelen los riñones?

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Aurelia rápidamente.

—Yo qué sé —se defendió—. Si se queda agarrotado serán los riñones o tendrá una hernia.

Ella continuó mirándolo fijamente.

—¿Sabes de medicina?

—¿Por qué iba a saber de medicina?

—Porque hablas como un galeno. Sabes palabras.

Marcus apartó la vista hacia el lago.

—He dicho riñones como podría haber dicho pies.

—Claro —respondió ella con desconfianza.

—No tengo ni idea de medicina. Solo alguna cosa que he leído.

Y técnicamente, pensó Marcus, aquello era verdad.

—¿Tú sabes leer? —preguntó Aurelia.