La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 9
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 9

«La montaña»

Marcus regresó a la nave mucho después del anochecer, cubierto de barro hasta los codos.

Descendía junto a la excavadora por el pozo de acceso.

El brazo articulado de carga, todavía manchado de arcilla húmeda, se plegaba sobre sí mismo con suaves chasquidos hidráulicos.

Aquel mismo equipamiento había servido hace tiempo para perforar el túnel que comunicaba la nave con la superficie, y seguía siendo absurdamente eficiente para trabajos de excavación pesada.

Él, en cambio, tenía aspecto de haber pasado el día revolcándose dentro de un pantano.

Apoyó la espalda contra la pared metálica del ascensor con gesto cansado. Cuando la plataforma terminó de detenerse, las puertas interiores se abrieron ante él.

—SE HA DETECTADO EL USO EXTERNO NO AUTORIZADO DE EQUIPAMIENTO LOGÍSTICO.

Marcus ni siquiera levantó la cabeza.

—Hola a ti también.

La voz continuó igual de fría.

—EL USO DE EXCAVADORAS MAGNÉTICAS FUERA DEL ENTORNO OPERATIVO INCUMPLE LAS NORMAS 17.8 A 21 DEL PROTOCOLO DE OCULTACIÓN.

Marcus echó a andar por el corredor.

—Ya estamos.

—RIESGO ESTIMADO: CONTAMINACIÓN CULTURAL SEVERA EN CASO DE DETECCIÓN VISUAL POR POBLACIÓN LOCAL.

Las luces blancas del pasillo se encendían a su paso.

—Tampoco he desfilado con ella por mitad de una iglesia. Es de noche y no había ni dios.

—EL USO EXTERNO DE TECNOLOGÍA NO AUTORIZADA ALTERA LOS PARÁMETROS DE PRESERVACIÓN.

Marcus se quitó las botas y miró el rastro de barro que había dejado por el pasillo.

—Anda, cállate. Te estoy haciendo un favor. Necesitamos sal.

Marcus abrió uno de los compartimentos del almacén y empezó a rebuscar dentro.

—La reserva sigue bajando. Los filtros consumen más cada ciclo y tú lo sabes perfectamente.

—DATOS VERIFICADOS.

Marcus cogió un pequeño módulo metálico y lo dejó otra vez en su sitio.

—Me he enterado de que aquí fuera la venden. Ha sido un trueque con un lugareño. Con esa arcilla fabricarán ollas. Se venderán en un mercado y con el dinero que me corresponda compraré la sal. He llevado un montón de arcilla, pero a lo mejor necesitan más cosas.

El silencio volvió a extenderse por el corredor. Marcus ya conocía perfectamente aquellas pausas de la IA. Estaba valorando opciones.

—SE AUTORIZA UN NUEVO ENVÍO LOGÍSTICO EXTERNO.

Marcus levantó las cejas.

—Caramba. Qué rápido.

—LA OPERACIÓN DEBERÁ EJECUTARSE DENTRO DE SEIS CICLOS DIURNOS. COINCIDIENDO CON FASE DE LUNA NUEVA PARA MINIMIZAR RIESGO DE DETECCIÓN.

Marcus cerró el compartimento.

—Claro. Porque mover barro a oscuras siempre mejora muchísimo las cosas. De todas formas, seis días es razonable, no creo que gasten trescientos kilos tan fácil.

Entonces recordó la cantidad absurda de arcilla que había dejado frente a la casa.

—No sé… lo mismo me he pasado.

La IA ignoró el comentario.

—SE RECUERDA QUE LA INTERACCIÓN CON POBLACIÓN LOCAL CONTINÚA LIMITADA POR LAS NORMAS 6 A 12 DEL PROTOCOLO DE AISLAMIENTO.

Marcus resopló.

—EL INCUMPLIMIENTO DE DICHAS NORMAS IMPLICA LA APERTURA DE EXPEDIENTE SANCIONADOR.

Marcus soltó una carcajada seca.

—¿Expediente sancionador? Estar encerrado aquí abajo contigo ya me parece bastante castigo, sinceramente.

Marcus apoyó ambas manos sobre la mesa de trabajo.

—Cumplo las tareas. Mantengo la nave funcionando. Arreglo todo lo que se rompe. Y encima ahora resulta que también tengo que rellenar formularios imaginarios porque quiero conseguir un saco de sal.

La IA no respondió. Marcus volvió a hablar antes de que pudiera hacerlo.

—Y si hay tanto riesgo no pasa nada. Olvidamos interactuar según protocolo seis a puñetas menos uno y ya veremos qué hacemos cuando se termine. Seguramente tengas que arrancar motores y sobrevolar cien o doscientos kilómetros para encontrarla.

Esta vez la respuesta llegó inmediatamente.

—LA SAL ES PRIORITARIA.

—Ya. Pues también me han dicho que vale una fortuna. Igual no consigo suficiente. No tengo la menor idea de cuántas ollas hacen falta para un saco de sal.

Las luces del corredor permanecieron completamente inmóviles.

—EN CASO DE NO CONSEGUIR OBTENER LA CANTIDAD MÍNIMA NECESARIA MEDIANTE INTERCAMBIO LOCAL, SE PROCEDERÁ A SINTETIZAR ELEMENTOS VALIOSOS PARA COMERCIO.

Marcus dejó de moverse.

—¿Qué clase de elementos?

—METALES PRECIOSOS. ALEACIONES DE ALTO VALOR. MATERIALES DE INTERCAMBIO.

Marcus giró la cabeza.

—¿Oro?

—AFIRMATIVO.

Marcus soltó una pequeña exhalación incrédula.

—Seguramente eso no llame nada la atención. Un ermitaño mugriento apareciendo con oro de la nada. Perfecto plan.

—POR ESO ES PRIORITARIO CONSEGUIR LA SAL MEDIANTE INTERCAMBIOS LOCALES.

Marcus cerró los ojos y dejó caer la frente suavemente contra el borde metálico de la mesa.

—A veces creo que el problema no es que seas una máquina.

Silencio.

—Creo que el problema es que eres imbécil.

Aurelia se despertó antes del amanecer, como casi siempre. Permaneció inmóvil bajo la manta, escuchando.

La casa crujía suavemente con el frío de la madrugada. Al otro lado de la estancia se oía la respiración cansada de Lucio. Afuera, todavía no cantaban gallos. Solo el viento moviéndose entre las tablas del taller y el lejano murmullo de alguna rama golpeando el tejado.

Cerró los ojos un momento más, disfrutando del breve calor atrapado bajo las mantas antes de reunir fuerzas para levantarse.

Le dolían las piernas, aunque no con la intensidad del día anterior; era más bien un cansancio acumulado en los músculos después de tantos viajes cargando peso por los senderos del lago.

Se incorporó con una pequeña mueca, apartándose el pelo de la cara antes de echarse el mantón de lana sobre los hombros.

Avivó las brasas del hogar con el atizador mientras el humo empezaba a subir hacia las vigas ennegrecidas. Después cogió el cubo vacío para ir al pozo.

Abrió la puerta y se quedó clavada en el umbral.

Su cabeza fue incapaz de ordenar lo que estaba viendo.

Medio patio aparecía ocupado por una enorme masa de arcilla gris oscura apilada junto al castaño, cubierta con telas y ramas para evitar que el barro se secara demasiado deprisa bajo el sol.

No eran unos cuantos sacos ni la carga normal de una carreta; aquello parecía media orilla del lago arrancada de cuajo y depositada durante la noche frente a su casa.

Aurelia tardó en reaccionar. Miró el montón, luego el pozo, después la cerca de piedra y finalmente otra vez el montón, esperando que, al repetir el recorrido con la mirada, todo aquello empezara a cobrar algún sentido.

—Madre de Dios bendito…

El cubo se le escapó de la mano y golpeó el suelo. Lucio se removió dentro de la casa al escuchar el ruido.

—¿Aurelia?

Ella bajó los escalones del porche sin apartar la vista de la montaña de barro que ocupaba el patio. A aquella hora de la mañana desprendía un olor intenso a tierra recién removida, y desde varios pasos antes ya podían distinguirse raíces partidas, piedras pequeñas y terrones todavía marcados.

Se acercó con cautela y se agachó junto a la arcilla, que cedió bajo sus dedos húmeda y compacta, de una calidad excelente, mucho mejor de la que solían extraer ellos mismos cerca del arroyo.

Y había una barbaridad. Más de la que dos personas podían trabajar en semanas; quizá más incluso de la que habría transportado una carreta cargada hasta los ejes.

Aurelia recorrió el patio con la vista buscando a alguien oculto tras la cerca o entre los árboles.

El patio permanecía vacío y silencioso, salvo por el aire de la mañana moviendo suavemente las ramas del castaño.

Aun así, Aurelia sintió un escalofrío recorriéndole la espalda, porque aquello no tenía ningún sentido.

Ni Julián con la mula habría podido transportar semejante cantidad durante una noche.

Ni tres hombres trabajando sin descanso.

Ni siquiera media aldea entera. ¿Cómo diablos había llegado todo aquello hasta allí?

Lucio apareció en la puerta, todavía medio dormido y envuelto en la manta.

—¿Qué pasa…?

Entonces vio el patio y las palabras murieron en su garganta. Padre e hija permanecieron inmóviles contemplando aquella pila, demasiado grande para encajar en mitad de su pequeño patio.

Lucio fue el primero en recuperar la voz.

—Santa Virgen…

Aurelia no se movía.

—No estaba soñando entonces.

Lucio descendió hasta el patio sin apartar la vista.

—¿Qué es esto?

Ella soltó una pequeña risa nerviosa.

—Pues diría que arcilla, padre.

Lucio se agachó junto al montón y hundió los dedos. La textura cedió suavemente bajo la presión.

—¿Cómo ha llegado esto aquí?

La imagen del ermitaño volvió a cruzarse por la cabeza de Aurelia, caminando tranquilamente junto al lago con la caña al hombro, ajeno al mundo.

«Puedo sacar arcilla más rápido de lo que fabricáis ollas.»

Sintió que algo le subía por el pecho, una mezcla incómoda de risa nerviosa y miedo. Porque aquella frase, que el día anterior le había parecido una fanfarronada absurda, ahora descansaba en mitad del patio convertida en una montaña imposible.

A Lucio le costó apartar la vista de la arcilla. La miraba desconcertado. Aurelia, en cambio, empezaba a recuperar el sentido práctico que siempre terminaba imponiéndosele a todo.

—No me gusta esto —exclamó Lucio.

Aurelia alzó la mirada.

—¿El qué?

—Esto.

Señaló la arcilla.

—No es normal —añadió.

Ella abrió la boca para responder y entonces se le escapó:

—Ya nos dará una explicación el ermitaño.

El silencio cayó de golpe entre ambos. Aurelia se tapó la boca inmediatamente con la mano. Lucio giró la cabeza hacia ella.

—¿El ermitaño?

Ella maldijo para sus adentros.

—Padre…

—¿Ha sido él?

Aurelia apartó la vista un instante.

—Yo qué sé.

Pero Lucio ya había empezado a ponerse nervioso.

—Te dije que no me gustaba que bajaras allí sola.

—Y yo te dije que no dijeras tonterías.

—¡Aurelia!

Ella soltó aire con cansancio.

—¿Qué quieres que te diga? ¿Que ha bajado media montaña andando durante la noche? Pues no lo sé.

Lucio seguía observando la arcilla como si estuviera maldita.

—Eso no lo hace un hombre solo.

—Pues entonces tendría ayuda.

—¿Qué ayuda?