La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 8 #2
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 8 #2

Siguieron andando juntos unos metros sendero abajo. Marcus cargaba la caña sobre el hombro y Aurelia el odre vacío. Durante un rato solo se oyó el bosque y el agua moviéndose muy lejos entre las piedras.

—Voy a bajar mucho por aquí este mes —dijo ella al fin.

—Ya veo.

—Tengo que traer agua a los monjes. Y arcilla para mi padre.

Marcus giró ligeramente la cabeza.

—¿Por qué este mes?

—Porque dentro de poco es el mercado de Sanabria.

—¿Mercado?

—Sí. Va gente de muchas aldeas. Y mercaderes. Se vende de todo.

—¿Qué fabricáis con arcilla, macetas? —preguntó Marcus.

—¿Cómo que macetas? ¿Te refieres a mangos para herramientas? ¿Y eso para qué? Hacemos ollas, cántaros, vasijas… cualquier cosa bien hecha. Mi padre hace piezas muy buenas.

—¿Y allí venden sal?

Aurelia lo miró extrañada.

—Claro.

—¿Mucha?

—Depende de cuánto dinero tengas.

Marcus siguió caminando a su lado.

—¿De dónde la traen?

—De las salinas del sur y del oeste sobre todo. A veces llega desde Asturias con arrieros. O desde tierras de León. Yo qué sé. La sal viaja más que los obispos.

Marcus redujo el paso. La nave todavía conservaba reservas suficientes, pero cada ciclo consumía un poco más.

La sal se utilizaba en filtros, procesos de conservación y distintos sistemas químicos que él ni siquiera comprendía del todo, aunque llevaba años reemplazándolos y manteniéndolos en funcionamiento.

Podían sintetizarla artificialmente, claro.

La IA ya lo había hecho otras veces. Pero aquello implicaba gastar energía, separar elementos útiles y emplear compuestos mucho más difíciles de recuperar después.

Conseguir sal natural seguía siendo infinitamente más práctico.

Más sencillo. Más barato, incluso para una máquina capaz de atravesar las estrellas.

—¿Y para qué quieres sal? —preguntó Aurelia.

Marcus abrió la boca y se quedó completamente en blanco. No podía decir: para mantenimiento molecular y sistemas de filtrado. Ni siquiera sabía cómo convertir eso en palabras normales.

—Para cocinar —dijo al fin.

Aurelia se quedó quieta.

Después bajó la vista hacia la caña remendada que Marcus llevaba al hombro. Recordó la trucha escuálida colgando de la cuerda, aquella cosa triste y flaca que apenas habría servido para llenar media barriga, y la imagen del ermitaño intentando salar semejante miseria terminó de destrozarla.

La risa le salió de golpe.

No una sonrisa contenida ni uno de aquellos resoplidos burlones que solía dedicarle, sino una carcajada limpia y descontrolada que la obligó incluso a doblarse un poco sujetándose el odre contra el pecho. Tuvo que apartarse el pelo de la cara entre jadeos mientras intentaba recuperar el aliento.

—¿Qué? —protestó Marcus.

Ella negó con la cabeza incapaz todavía de hablar.

—Nada… es que… tú y la sal…

Marcus seguía mirándola sin entender.

—¿Qué pasa?

—Tú… cocinar…

Volvió a soltar otra carcajada. Marcus empezó a ofenderse un poco.

—Pues cocino perfectamente.

—Sí, claro… con la trucha esa podéis alimentar a una familia entera…

Marcus bajó la vista hacia la caña.

—Bueno… hoy pensaba coger una más grande.

Aurelia se secó una lágrima del rabillo del ojo todavía riéndose. Marcus decidió abandonar aquel tema.

—Entonces… ¿se puede comprar un saco o no?

Ella dejó de reír de golpe.

—¿Un saco?

—Sí.

—¿Tú sabes lo que vale eso?

—Ni idea. Pero se podrá comprar.

Aurelia lo observó de arriba abajo.

—¿Tienes dinero?

—Te puedo ayudar a sacar arcilla. Así hacéis más ollas.

Ella soltó una pequeña risa incrédula.

—Muchas ollas vamos a tener que hacer para comprar un saco de sal.

Marcus siguió caminando con absoluta tranquilidad.

—Tú por eso no te preocupes. Puedo sacar arcilla más rápido de lo que fabricáis ollas.

Aquello hizo que Aurelia entrecerrara los ojos.

Todo en aquel hombre era raro. Hablaba como nadie que hubiese conocido jamás, aparecía en mitad del bosque sin hacer un solo ruido y vivía en una cabaña torcida construida con troncos cortados de forma imposible.

Ahora además aseguraba que podía sacar más arcilla de la que ellos eran capaces de transformar en ollas.

Sonaba a locura o a mentira.

Pero también era cierto que los locos normalmente no ofrecían trabajar gratis cargando barro cuesta arriba.

Aurelia siguió observándolo, desconfiada.

Había algo inquietante en él, algo que nunca terminaba de encajar, aunque todavía no habría sabido explicar qué era exactamente.

Y aun así, mientras no le pidiera nada por adelantado o intentara meterla en alguna estupidez rara…

quizá no perdía nada por dejar que lo intentara.

—Mi casa está en la villa de la ladera —dijo finalmente—. A dos horas de aquí. La casa del hondo. La del castaño y el pozo en el patio. No te confundas con el molino.

Marcus sonrió.

—Vale.

—Deja allí la arcilla y ya hablaremos.

—¿Cuándo? ¿Vienes mañana?

—Sí. Tengo que traer agua otra vez y conseguir vino.

—No entiendo nada —se sorprendió—. ¿El vino es para fabricar las ollas?

Aurelia lo miró fijamente.

—Tú eres lelo o qué.

—¿Qué?

—El vino es para la mula.

Marcus abrió mucho los ojos.

—No puede ser… ¿la mula bebe vino?

Aurelia se giró inmediatamente y echó a andar sendero abajo antes de que él pudiera verle la cara. La boca le temblaba violentamente. Tuvo que morderse el labio para no volver a reírse allí mismo. Detrás de ella, Marcus seguía completamente desconcertado.

—Pues yo qué sé… a lo mejor le gusta… y es cardiopático.