LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 8
«El trato»
Aurelia salió de casa cuando el sol empezaba a iluminar las copas más altas del bosque.
La aldea llevaba rato despierta. Desde varias chimeneas subían columnas de humo azul grisáceo y ya se oían gallinas, cubos golpeando pozos y alguna voz lejana entre las casas.
Pero para ella sí era temprano. El día anterior le había dejado las piernas convertidas en piedra.
Lucio seguía sentado junto al hogar cuando terminó de remendar el odre vacío.
—Podrías esperar a mañana —murmuró mientras lo dejaba sobre la mesa y tomaba un atizador para remover las brasas.
Aurelia negó con la cabeza.
—Y si esta noche vuelves a doblarte de dolor, ¿qué hacemos? ¿Rezarte encima?
Lucio soltó un pequeño gruñido.
—No estoy tan mal.
Ella alzó las cejas.
—Hace dos días casi te meas encima del dolor.
—Aurelia…
—Pues es verdad.
Se acercó hasta él y le recolocó la manta sobre las piernas.
—Además, hoy solo llevo agua. No voy cargada con ollas.
Lucio le tomó de la mano. El color había regresado un poco a su rostro durante los últimos días, pero seguía demasiado delgado. Demasiado cansado.
—Ten cuidado por ahí abajo.
—Sí, padre. Si veo al demonio le diré que vuelvo luego.
Salió antes de que pudiera responderle.
La mañana estaba fresca bajo los árboles. Todavía quedaban restos del relente entre helechos y raíces, aunque el aire seco se imponía en cuanto el sendero abandonaba las zonas más sombrías. Aurelia avanzó a buen paso durante horas, agradeciendo ir mucho más ligera que otras veces.
El bosque olía a tierra fría, corteza húmeda y hojas secas. Y sin querer, al descender hacia el lago, volvió a pensar en el ermitaño. En cómo aparecía sin hacer ruido. En aquella manera rara de hablar. En los insultos absurdos y en la trucha miserable.
Cuando alcanzó por fin las zonas cercanas al agua, el sol ya había empezado a elevarse sobre las montañas.
El lago permanecía tranquilo, gris oscuro bajo la claridad de la mañana. Pero él no estaba. Aurelia dejó el odre sobre una roca y recorrió la orilla con la mirada. Nada. Ni la caña. Ni los insultos. Ni aquella voz extraña saliendo de entre los árboles. Arrugó ligeramente la frente sin darse cuenta.
—Pues vaya.
El comentario salió solo. Permaneció mirando el agua antes de echar a andar bordeando la orilla. No tenía ninguna razón concreta para hacerlo. Todavía era temprano para subir al monasterio.
El lago, a aquellas horas, parecía completamente distinto al de la tarde anterior. Más vacío. Más frío. El sendero terminó llevándola hasta una pequeña elevación rocosa cubierta de pinos retorcidos. Y entonces vio la cabaña. Se detuvo frente a ella.
Era poco más que una estructura torcida de madera vieja y piedras mal encajadas, apoyada junto al bosque como si hubiese acabado allí arrastrada por una tormenta.
El techo descendía de lado y varias pieles ennegrecidas colgaban sobre las junturas intentando cubrir agujeros por donde seguía entrando agua.
Aurelia vaciló antes de acercarse. No parecía la vivienda de un asesino ni de un monstruo. Parecía la de un hombre incapaz de construir una casa decente.
—Madre de Dios…
Rodeó la cabaña observando las paredes inclinadas.
Había algo raro en la madera. Se agachó junto a uno de los troncos laterales y pasó los dedos por el corte.
Liso. Perfecto. Completamente alineado. No tenía marcas de hacha ni astillas.
Parecía separado de una sola pasada limpia, como si la madera hubiese sido abierta por una cuchilla gigantesca y perfectamente afilada.
Aurelia volvió la vista hacia las vigas torcidas del techo. Luego otra vez hacia el corte.
—¿Y para esto sí tienes pulso, desgraciado?
Empujó la puerta con cuidado. El interior estaba vacío. Olía a humedad, cuero viejo y lluvia atrapada en telas mojadas durante demasiado tiempo. El suelo aparecía cubierto de pieles ennegrecidas, mantas arrugadas y trozos de tela endurecidos por polvo y barro seco.
No había fuego encendido. Ni siquiera parecía que hubiese habido uno reciente. Junto a la entrada quedaban restos antiguos de una hoguera medio deshecha por la lluvia y el viento. Aurelia recorrió el interior. No había casi nada. Un banco torcido. Un cubo. Dos cuencos. Y la caña.
La reconoció enseguida apoyada junto a la pared. La cogió entre las manos. Era muy vieja. El sedal estaba remendado tantas veces que parecía compuesto más de nudos que de hilo original.
Aurelia resopló.
—Con esta mierda normal que no pesques nada.
Movió ligeramente la caña entre las manos. Ni siquiera ella, que apenas sabía distinguir un anzuelo bueno de uno malo, necesitaba mucho para darse cuenta de que aquello era basura.
Volvió a dejarla en su sitio. Permaneció inmóvil dentro de la cabaña, escuchando el viento barrer la superficie del lago. Entonces salió y descendió otra vez hacia el sendero del monasterio.
El hermano Martín levantó las cejas al verla llegar con el odre.
—Así que al final has vuelto.
Aurelia dejó la carga sobre el banco de piedra con un resoplido cansado.
—Y vuestro odre casi me deja sin agua a medio camino.
El anciano arrugó la frente.
—¿Roto?
—Reventó una costura.
El monje negó lentamente con la cabeza.
—No sabía nada.
—Pues ya lo sabes.
El anciano abrió el odre y olfateó el agua sulfurosa haciendo una pequeña mueca.
—Sí… esto servirá.
Aurelia cruzó los brazos.
—Y el linimento.
—Todavía no está listo.
—Padre, no me diga eso —rechinó ella.
—Hay que preparar las mezclas primero. Hervir las hierbas. Extraer las esencias… lleva tiempo.
Volvió a cerrar el odre.
—Pasa mañana.
Aurelia se apoyó contra el muro del claustro.
—Ni que estuviéramos puerta con puerta. En fin, mañana entonces.
—En un mes llegará el mercado de Sanabria —comentó el monje—. Necesitaremos mucha más agua de Bouza antes de entonces. De un odre apenas sacamos unos pocos botecillos y se venden muy bien. Pesan poco, la gente paga buen dinero y los viajeros compran cualquier cosa que alivie dolores.
Aurelia entrecerró los ojos.
—Pues habrá que pagar mejor a quien baja a por ella.
El anciano sonrió.
—¿Qué propones?
Ella tardó poco en responder.
—Un botecillo por odre.
El hermano Martín soltó una pequeña carcajada.
—Entonces acabaríamos trabajando para ti.
—Vosotros solo hervís agua podrida.
—Agua podrida que cura.
Aurelia resopló.
—Un botecillo por cada dos odres.
—Por cada tres.
—Y algo más —reclamó Aurelia.
—Rezaremos por ti.
Ella lo miró fijamente.
—Con las oraciones no lleno la despensa.
El anciano apoyó ambas manos sobre el bastón.
—Verduras no podemos darte. Apenas tenemos para nosotros con esta sequía. Vino quizá sí.
Aurelia levantó ligeramente las cejas.
—¿Vino?
—De eso tenemos bastante más de lo que deberíamos, la verdad.
Ella lo meditó en silencio. El vino valía mucho. Muchísimo más de lo que la mayoría de gente del pueblo podía permitirse con frecuencia. Podía intercambiarlo. Favores. Comida. Incluso trabajo. Y Julián…
Julián seguramente les prestaría la mula por unas botas de vino y podrían llevar un buen cargamento de ollas a Sanabria.
Aurelia terminó aceptando.
—Un botecillo por cada tres odres… y una bota de vino.
El hermano Martín sonrió satisfecho.
—Trato hecho.
Cuando abandonó el monasterio, el cansancio ya empezaba a acumularse otra vez en las piernas.
Podría volver a casa. Pero pensó en el vino, en el linimento y en la mula.
En no tener que destrozarse la espalda cargando barro y leña durante semanas.
Y antes de darse cuenta ya había vuelto a girar hacia el sendero de Bouza.
—Me cago en mi puta vida… —murmuró.
El bosque permanecía silencioso bajo el sol del mediodía. Aurelia descendía otra vez hacia el manantial sulfuroso pensando que al día siguiente solo tendría que hacer un viaje más.
Y que quizá, con suficiente vino, hasta conseguiría que Julián le prestara la mula sin demasiadas preguntas. Aunque el verdadero problema vendría después. Cuando empezara a cantar como un condenado después de la segunda jarra.
Descendió de nuevo por el sendero hacia el manantial de Bouza.
Aurelia avanzaba con el odre vacío balanceándose contra la cadera mientras intentaba convencerse de que aquello era buena idea.
Una bota de vino seguía siendo una bota de vino y la mula de Julián valía casi más que una persona en ciertos días.
Apartó una rama baja y siguió por la pendiente rocosa que llevaba hacia el manantial.
—Me voy a matar cargando agua para que un borracho cante coplas… magnífico.
—Es una motivación bastante mala, sí.
Aurelia dio un respingo tan brusco que casi se le escapó el odre. Marcus estaba sentado sobre una roca varios metros más abajo, junto al sendero, manipulando algo en la caña de pescar. Ni siquiera lo había oído acercarse.
—Tienes tendencia a asustarte muchísimo.
Aurelia se llevó una mano al pecho.
—Y tú tendencia a aparecer como un muerto.
Marcus volvió a bajar la vista hacia el sedal.
—Bueno, mejor eso que aparecer como un vivo. La gente suele gritar más.
Ella resopló intentando contener una sonrisa.
Marcus tiró ligeramente del hilo antes de hablar otra vez.
—Has estado en mi cabaña.
Aurelia notó el calor subiéndosele al cuello.
—No.
Marcus levantó una ceja.
—Ajá.
Ella sostuvo la mirada intentando aparentar tranquilidad.
—Pasé cerca.
—Claro.
Volvió a manipular el sedal, incapaz de desliarlo.
—Pues alguien tocó la caña.
Aurelia cruzó los brazos.
—A lo mejor fue un espíritu del lago.
—Sí, seguro. El fantasma además dejó el anzuelo peor colocado. Vaya con Casper.
Aurelia apartó rápidamente la cara para que no se le notara la risa. Le gustaba cuando hablaba raro. No entendía ni la mitad de las palabras, pero sonaban absurdas en su boca. Marcus seguía refunfuñando para sí mientras revisaba el hilo.
—Todo el mundo metiendo mano donde no debe…
Ella terminó encogiéndose de hombros.
—Tu casa parece abandonada.
—Porque lo está casi siempre.
La respuesta salió tan natural que Aurelia lo miró extrañada. Marcus pareció darse cuenta tarde de lo que había dicho y carraspeó.
—Quiero decir… paso mucho tiempo fuera.