LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 7
«La piel del oso»
—Madre del señor… —exhaló ella llevándose una mano al pecho—. ¿Siempre apareces así?
Marcus miró alrededor.
—¿Así cómo?
—Como si salieras del bosque.
—¿De dónde puedo salir sino? Sería raro salir del lago.
Aurelia seguía sujetando el odre mojado contra el costado mientras observaba al hombre con prudencia. La trucha colgando de la cuerda parecía demasiado pequeña para justificar una jornada entera de pesca.
Marcus bajó la vista hacia la mano de la muchacha.
—Aquí os gusta mucho tirar pedradas a la gente.
Aurelia miró la piedra que por instinto había cogido. Aflojó un poco los dedos sin llegar a soltarla.
—Se dicen muchas cosas de ti.
—¿Ah sí? —resopló él—. ¿Y aquí nadie miente ni exagera nunca?
Ella terminó soltando una pequeña risa por la nariz.
—Constantemente.
—Eso pensaba —dijo Marcus.
El odre volvió a gotear entre las costuras abiertas. Aurelia apretó la fuga con fastidio.
—Te han dado uno viejo.
—Ya me he dado cuenta.
Marcus observó el cuero húmedo.
—Y además lo llenaste demasiado. El monje que venía cargaba la mitad que tú. Debía saber que no aguantaría mucha presión.
—¿Presión? Yo no lo he apretado. Se ha roto solo.
—Quiero decir que si lo llenas mucho el líquido ejerce más fuerza sobre las uniones —sintió que ella no le acababa de entender—. Que se rompe más fácil digo.
Ella levantó la vista hacia él.
—No entiendo la mitad de lo que dices, ¿hablas en latín o qué?
Marcus se encogió de hombros.
—Tendrás que coserlo otra vez.
—Sí. Esa parte ya la tenía resuelta. Iba al monasterio, pero me he quedado sin ganas. Mejor me marcho a casa y ya volveré mañana si consigo arreglarlo.
Marcus hizo un leve gesto con la cabeza y empezó a marcharse entre los árboles.
Aurelia lo observó unos pasos antes de hablar otra vez.
—¿Ibas a pescar?
Él levantó la cuerda con la trucha.
—Ya he pescado.
Aurelia miró el pez unos segundos.
—Ah. Pensé que eso era un cebo.
Marcus se quedó quieto. Miró la trucha y después la miró a ella.
—Pues muchas gracias.
—Solo decía la verdad.
—Sí. Y la verdad a veces es bastante molesta.
Se dio media vuelta y siguió alejándose entre los pinos con la trucha balanceándose junto a la pierna. Aurelia empezó a caminar de vuelta a casa.
—Oye —llamó Marcus.
Aurelia se dio la vuelta.
—Si te vas para casa y mañana vuelves, ¿para qué vas con el odre medio lleno? Y si quieres te guardo la piedra hasta mañana.
Marcus se alejó con una sonrisa. Aurelia esperó hasta dejar de verlo.
Luego volvió a mirar el odre roto. Tendría que arreglarlo al llegar a casa.
Si conseguía coser bien la costura, mañana podría dedicar el día a bajar hasta Bouza y subir agua suficiente para los monjes sin que la mitad se derramara por el camino.
Vació el contenido antes de arrancar a caminar y soltó la piedra.
—Cabrón.
La puerta de los aposentos retumbó otra vez.
—Mi señor.
Nuño abrió un ojo con expresión de puro odio. La cabeza le martilleaba detrás de los ojos y alguien roncaba todavía junto a él bajo las mantas.
—¿Qué?
La voz llegó amortiguada desde el otro lado de la madera.
—Debéis levantaros. Vuestro padre…
Nuño cerró los ojos otra vez y soltó un juramento entre dientes.
La estancia olía a vino derramado, humo y sudor viejo. Otra de las muchachas dormía desnuda junto al hogar apagado, envuelta a medias en una manta de lana. La tercera ni siquiera estaba. Solo quedaban sus zapatos tirados junto al banco y una jarra volcada sobre el suelo.
La puerta volvió a sonar.
—Mi señor.
—Ya te he oído, coño.
Se incorporó pesadamente mientras se sujetaba la cabeza con una mano. La boca le sabía a bilis. Buscó la túnica entre el desorden de ropa, pellejos vacíos y restos de comida fría tirados por la habitación.
Cuando abrió finalmente, encontró a uno de los hombres de armas esperando en el corredor.
—¿Qué pasa ahora?
El soldado evitó mirarle demasiado tiempo a la cara.
—El médico pidió que os avisaran. Dice que vuestro padre ha empeorado esta noche.
Nuño tardó en responder.
—Lleva empeorando meses.
El hombre permaneció callado. Abajo, en el patio, empezaban a oírse voces y pasos entre las cuadras. El cielo todavía estaba oscuro tras las almenas y el aire frío del amanecer entraba por las troneras de piedra.
Nuño terminó de ajustarse el cinturón.
—¿Sigue con fiebre?
—Dice el galeno que no parece eso.
Comenzaron a descender por la escalera estrecha de la torre. El dolor de cabeza empeoraba con cada peldaño.
—¿Y entonces qué dice que tiene?
—No lo sé, mi señor. Hablan raro esos hombres.
Nuño soltó aire por la nariz. Claro que hablaban raro.
Todos hablaban de esa guisa cuando no tenían ni idea de lo que estaba pasando.
Atravesaron el patio superior mientras varios criados cargaban cubos de agua caliente hacia el interior de la residencia.
Nadie hablaba demasiado alto aquella mañana. Incluso los perros parecían inquietos.
La estancia de su padre olía a hierbas hervidas que no lograban ocultar del todo el hedor agrio del vómito. El aire estaba cargado, espeso, mezclado con humo de velas consumidas durante toda la noche.
Nuño torció el gesto nada más entrar. El vino todavía le removía el estómago. Tuvo que tragarse una arcada antes de acercarse a la cama.
El señor de Sanabria permanecía tumbado bajo varias mantas gruesas. Tenía la piel grisácea y respiraba con un silbido húmedo que parecía salirle desde muy dentro del pecho. Sobre una mesa cercana se acumulaban cuencos, paños mojados y recipientes llenos de infusiones oscuras.
El galeno levantó la vista al verlo entrar. Era un hombre seco, de barba corta y dedos manchados por tintes y plantas medicinales. Llevaba días durmiendo vestido.
—Mi señor.
Nuño observó a su padre un momento antes de hablar.
—Ayer estaba mejor.
—Ayer podía sentarse —respondió el médico.
El anciano abrió ligeramente los ojos al escuchar voces.
—Hueles… a taberna.
Nuño apartó la vista.
—Y vos oléis a muerto.
El galeno apartó la vista, claramente molesto. El viejo soltó algo parecido a una risa. La tos le dobló el cuerpo entero bajo las mantas. Cuando cesó, permaneció jadeando. Nuño observó el paño manchado que el médico retiraba discretamente de la boca del señor. Sangre. Muy poca. Pero suficiente.
—¿Qué dice que es? —preguntó Nuño.
El galeno dejó el paño dentro de un cuenco.
—No parecen fiebres de invierno.
—Eso lo sé hasta yo.
El hombre dudó antes de continuar.
—Las fiebres suben y bajan. A veces mejoran unos días. Esto no. Lleva meses debilitándose. Cada vez respira peor. Apenas retiene comida.
Nuño miró otra vez hacia la cama. Su padre parecía más pequeño tumbado allí. Más viejo. Por primera vez le cruzó una idea incómoda: quizá realmente pudiera morir. Y no supo si aquello le alivió o le dio miedo.
El sol empezaba a esconderse detrás de las montañas cuando Aurelia alcanzó por fin las primeras casas de la aldea.
Sentía los hombros ardiéndole bajo las correas mojadas del odre y las piernas le temblaban cada vez que el sendero empinaba un poco más.
Para cuando cruzó el patio del taller, estaba demasiado cansada incluso para maldecir.
Lucio levantó la vista desde el banco donde repasaba el borde de una vasija con una piedra lisa.
—Has tardado mucho.
Aurelia dejó caer el odre vacío junto a la puerta.
—Porque llevo todo el día subiendo y bajando montes como una mula idiota.
Su padre observó el cuero húmedo y la costura abierta.
—Y encima roto.
—Los monjes me dieron un odre viejo. Debía perder agua desde antes.
Lucio dejó la vasija sobre la mesa.
—¿Y al menos pagaron bien?
Aurelia apretó los labios mientras sacaba las monedas de la bolsa y las dejaba caer sobre el banco.
El sonido fue decepcionante incluso para ella.
Lucio las miró sin tocarlas.
—Poca cosa.
—Muy poca cosa —corrigió—. Y nuestras ollas son mejores que muchas de las que he visto en Sanabria.
—¿Has estado mirando ollas ajenas ahora?
—He estado pensando.
Aquello hizo resoplar suavemente a Lucio. Mala señal. Aurelia se dejó caer sobre el banco frente a él y empezó a desatarse las botas con movimientos lentos.
—Los monjes venden todo allí arriba. Todo. Da igual si son velas, vino, queso o cacharros. La gente compra lo que sea durante el mercado.
—Porque vienen mercaderes, arrieros y media montaña a vender y robarse entre ellos.
—Precisamente por eso.
Lucio apoyó ambas manos sobre las rodillas.
—Aurelia…
—Nuestras piezas son buenas, padre.
—Ya lo sé.
—No, quiero decir buenas de verdad. Mucho mejores que muchas de las que venden allí.
Lucio permaneció escuchando. Ella siguió hablando mientras se masajeaba un hombro dolorido.
—Podríamos preparar piezas mejores todavía. Ollas grandes. Jarras buenas. Cuencos decorados. Cosas que la gente quiera llevarse a casa y no solo usar para cocer nabos.
—Y también podríamos terminar arruinados.
—Los monjes ganan dinero con nuestras piezas —criticó Aurelia.
—Los monjes quizá no paguen impuestos por venderlas.
—¿Impuestos?
—Portazgo. Pago por entrar. Pago por vender. Algún noble que quiera su parte. Siempre aparece alguien queriendo cobrar algo en una ciudad.
Lucio señaló las monedas sobre el banco.
—Ellos tienen carros, contactos y acuerdos. Nosotros solo tenemos piernas cansadas y una mula prestada cuando hay suerte.
—Pues le pagaremos más a Julián para que deje de poner esa cara rancia cada vez que le pedimos el animal.
—¿Con qué? ¿Con media cebolla y un nabo triste?
Ella sonrió un poco pese al cansancio.
—Con dinero cuando lo tengamos.
—Y aunque funcionara, no me hace gracia que vayas sola hasta Sanabria —negó.
—No está tan lejos.
—Para una muchacha sí.
Aurelia abrió la boca para responder, pero él continuó antes.
—Hay mucho peligro fuera de aquí.
Ella se dejó caer hacia atrás apoyando la espalda contra la pared.
—También lo hay dentro. Y aun así seguimos viviendo.
La luz rojiza del horno apagándose teñía parte del taller mientras fuera empezaban a oírse perros y voces llegando desde las otras casas de la aldea.
—Además no estoy diciendo que vayamos mañana —continuó Aurelia—. Primero tendremos que trabajar y hacer piezas buenas de verdad. Muchas. No vender la piel del oso antes de cazarlo.
—Eso te lo enseñé yo —resopló Lucio.
—Pues algo habré aprendido.
El hombre terminó sonriendo un poco. Después señaló el odre roto.
—¿Y qué pasó con eso?
Aurelia levantó el cuero húmedo con gesto cansado.
—Lo llené en Bouza y empezó a abrirse por una costura a mitad de camino. Perdía agua como una cabra meando.
—¿Llegaste hasta el manantial?
—Sí.
—Pues ya que estabas allí podías haber traído arcilla también y aprovechabas el viaje.
Aurelia gruñó mientras dejaba caer otra vez el odre sobre el suelo.
—Ya iba bastante cargada.
—Un poco habrías podido traer.
Ella abrió la boca para responder algo y volvió a cerrarla.
Lo peor era que tenía razón. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza recoger barro.
Había vuelto todo el camino pensando en el hombre del lago, en la trucha ridícula y en aquella sonrisa burlona al marcharse entre los árboles. Se frotó la cara con ambas manos.
—Estaba cansada, padre. La arcilla pesa.
Lucio la observó con cariño antes de darle la razón.
—Sí. Eso sí me lo creo. Pareces recién salida de una guerra.
Apoyó ambas manos sobre el banco y se incorporó con esfuerzo. Cruzó el taller hasta el pozo del patio mientras Aurelia se quitaba las botas por fin con un gruñido de alivio.
El cubo descendió acompañado por el chirrido áspero de la cuerda.
Aurelia dejó caer la cabeza contra la pared y cerró los ojos un momento.
Escuchó el agua golpear la madera cuando su padre volvió a subir el cubo.
Después oyó pasos regresando hacia el interior de la casa.
Lucio entró con un paño húmedo entre las manos.
—Túmbate un poco.
Aurelia abrió un ojo.
—¿Qué haces?
—Tu madre hacía esto cuando volvía molido del bosque.
Escurrió el paño lentamente y se acercó hasta ella. Le colocó el paño frío sobre las piernas. Aurelia soltó un siseo entre dientes.
—¿Muy frío? —preguntó Lucio.
—Pues un poco sí. Da impresión.
—Yo tengo menos gracia para estas cosas que tu madre.
Aurelia soltó una pequeña risa cansada mientras terminaba de recostarse sobre el banco largo junto al horno. El hombre resopló divertido y empezó a masajearle los músculos de las pantorrillas con ambas manos, torpemente, como quien intenta recordar algo aprendido hace muchos años.
—Eso, ejerce presión.
—¿Cómo?
—Que aprietes.
—Tu madre decía que así se sacaba el cansancio del cuerpo.
—Pues espero que sacara también el mal humor, porque ahora mismo mataría a alguien por no subir otra cuesta mañana.
Lucio sonrió mientras seguía masajeándole las piernas.
—Mañana no. Mañana coserás odres. La montaña puede esperar un día sin ti.
Aurelia permaneció callada, disfrutando del alivio fresco del paño y del calor del taller.
—Lo haces fatal. Parece que intentas amasar pan sobre mis piernas.
—Ya te lo dije. Quéjate menos o empezaré a cobrarte como los médicos de Sanabria.
Volvió a recostarse mientras fuera la noche terminaba de caer sobre la aldea.