LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 6
«Hijos de Dios»
Aurelia levantó la olla con ambas manos y la hizo girar lentamente frente a la luz que entraba por la puerta del taller.
El barro cocido tenía un color uniforme, sin manchas oscuras ni grietas visibles, y el borde era tan regular que casi parecía trazado con cuerda.
Pasó el pulgar por la curva del cuello antes de dejarla sobre la mesa de trabajo.
La base asentó completamente plana, sin balancearse lo más mínimo.
—Esta salió buena —murmuró.
Lucio levantó la vista desde el banco donde separaba varias piezas ya cocidas. La tos le había dejado mala cara aquella mañana y llevaba rato moviéndose despacio, como si cada gesto le costara más de lo habitual.
—Te lo dije. Esa arcilla era mejor.
Aurelia golpeó suavemente la pared de la olla con un nudillo.
El sonido salió limpio y compacto. Sonrió apenas.
La suya, la que usaban para cocinar todos los días, tenía una grieta ennegrecida junto a una de las asas y el fondo deformado por años de fuego.
Sus ojos se detuvieron un momento en una de las nuevas.
Aquella era mucho mejor: más ligera incluso, mejor equilibrada.
Terminó dejándola otra vez junto al resto. Como a los monjes les diese por encontrarle el más pequeño desconchón, le tocaría cargar de vuelta con ella durante medio día de camino. Y el trayecto hasta San Martín de Castañeda no era precisamente corto.
A través de la puerta abierta entraba el aire frío de la mañana mezclado con olor a barro y humo.
Más allá del taller comenzaban las pendientes boscosas que descendían hacia el lago entre rocas y sendas estrechas abiertas por generaciones de caminantes.
El monasterio de San Martín de Castañeda quedaba a cuatro horas largas de subida y bajada por barrancos y laderas incómodas. Y eso yendo ligera.
Aurelia miró las dos ollas grandes alineadas junto a la pared, las vasijas envueltas en trapos para que no se golpeasen entre sí y las correas de esparto preparadas para sujetarlo todo a la espalda. Solo de pensar en cargar aquello hasta el monasterio ya le dolían los hombros.
Años atrás el viaje habría sido distinto.
Todavía tenían a Mora, la vieja mula gris que Lucio había comprado antes incluso de que Aurelia naciera.
Transportaba arcilla, leña y piezas cocidas sin más protesta que algún resoplido cansado en las cuestas más duras.
Pero el invierno anterior la encontraron tumbada junto al establo, demasiado vieja para levantarse, y desde entonces todo había vuelto a depender únicamente de brazos y piernas.
Su padre siguió ordenando piezas en silencio mientras ella ajustaba las correas.
Cuando su madre aún vivía, el trabajo tampoco pesaba igual.
Entre los dos podían bajar más veces hasta las orillas buenas del lago para recoger arcilla y durante el invierno almacenaban suficiente leña para mantener el horno funcionando casi sin descanso antes de las ferias importantes.
Ahora cada viaje costaba el doble. Había que traer barro.
Cortar madera. Cocer sin desperdiciar combustible.
Incluso mover las piezas terminadas se había convertido en un problema desde que la enfermedad obligaba a Lucio a pasar cada vez más horas sentado.
Aun así, las ollas seguían saliendo magníficas.
Demasiado bien, pensó Aurelia mientras envolvía otra vasija pequeña. Mejor que muchas de las que había visto en Sanabria el verano anterior.
Antes de partir salió al patio y cruzó hasta la casa vecina. Encontró a Julián apoyado contra la cerca del corral, limpiando barro seco de una azada con la punta del cuchillo.
—¿Podrías prestarme la mula para bajar al monasterio? Solo hoy.
El hombre dejó de raspar la hoja y la miró unos segundos antes de negar lentamente con la cabeza.
—Hoy la necesito para el campo.
Aurelia dirigió la vista hacia el cobertizo. La mula permanecía atada bajo la sombra, medio dormida junto al pesebre vacío.
Los dos sabían perfectamente que mentía.
Julián evitó sostenerle la mirada.
—Las sendas del lago están malas. Como el animal se rompa una pata en una cuesta, estoy perdido.
Aurelia terminó asintiendo sin discutir. Tampoco habría sabido qué ofrecerle a cambio. El hombre tenía razón. Una mula valía más que todas las ollas que llevaba aquel día sobre la espalda.
Cuando regresó al taller, Lucio ya la observaba desde el banco.
—¿Qué te dijo?
—Que la necesita.
Su padre soltó un gruñido bajo, aunque sin verdadera sorpresa.
Aurelia terminó de sujetar las correas alrededor de la carga y se incorporó despacio. El peso ya tiraba de sus hombros.
—No cargues demasiado —murmuró Lucio.
—Claro —refunfuñó—. Voy a pedirles a las ollas que caminen solas hasta el monasterio.
El monasterio de San Martín aparecía mucho antes de alcanzarlo realmente.
Desde ciertos claros del bosque podían verse fragmentos de tejados oscuros y muros de piedra alzándose sobre la ladera que descendía hacia el lago, pero el sendero aún tardaba en llegar hasta allí.
Aurelia llevaba horas caminando cuando las primeras construcciones surgieron por fin entre los castaños.
El peso de las ollas le había entumecido los hombros y notaba las correas clavándose bajo las clavículas cada vez que el camino se empinaba. Avanzaba inclinada hacia delante para compensar la carga. Incluso respirar empezaba a dolerle.
El monasterio se alzaba sobre una plataforma rocosa.
Los muros de granito parecían brotar directamente de la montaña.
Las cubiertas de pizarra descendían unas sobre otras alrededor de la iglesia principal, pesada y severa, con ventanales estrechos y un gran rosetón abierto sobre la fachada occidental.
Más arriba se elevaba el sobrio campanario de piedra, silencioso bajo el cielo grisáceo de la mañana.
Aurelia cruzó el pequeño muro exterior acompañada por el sonido apagado de campanas lejanas, mezclado con voces, pasos y golpes de herramientas.
El monasterio entero parecía ocupado en tareas interminables.
Un novicio vestido con hábito marrón transportaba leña hacia las cocinas.
Otro vaciaba cubos de agua en un pilón de piedra.
Cerca de un cobertizo, varias gallinas escarbaban entre charcos y restos de paja.
Aurelia dejó las cargas junto a un banco de piedra del patio y arqueó la espalda para estirarse.
—Por Dios bendito… —murmuró entre dientes.
La voz de un anciano respondió desde el corredor cubierto.
—Y aun así cargáis más que las mulas.
El hermano Martín apareció lentamente bajo uno de los arcos del claustro.
Era bajo, encorvado y caminaba apoyándose en un bastón corto de madera pulida.
Ya lo conocía de otras visitas y, de todos los monjes, era el que más olía a vino agrio y hierbas medicinales.
Tampoco terminaba de decidir si aquella forma de mirarla encajaba demasiado bien con un anciano o demasiado mal con un monje.
—Las mulas son más listas —respondió ella.
Se apartó el pelo pegado por el sudor y recolocó la gruesa trenza sobre el hombro.
El monje se acercó a las piezas envueltas en tela. Aurelia desenvolvió una de las ollas grandes y el anciano pasó lentamente los dedos por el borde antes de levantarla unos centímetros para comprobar el peso.
—Lucio sigue teniendo buena mano.
—Nunca la perdió.
A través del corredor abierto podían verse otros monjes cruzando el patio cargados con sacos, herramientas y haces de leña.
Nada parecía detenerse allí dentro. Aurelia había oído desde niña que San Martín poseía viñas, huertos, molinos e incluso tierras mucho más allá del lago.
A veces tenía la impresión de que los monjes formaban un pequeño pueblo encerrado tras aquellas paredes de piedra.
—Venía también por el linimento —dijo al fin.
El hermano Martín dejó la olla sobre el banco.
—Se terminó hace días.
—¿Cómo que se terminó? —recriminó Aurelia.
—Nos queda la mezcla de hierbas, pero ya no queda agua de Bouza.
—¿Y por qué no vais a buscar más?
El anciano suspiró y se limpió distraídamente las manos sobre el hábito.
—Porque el hermano Esteban murió en invierno. Dios lo tenga en su gloria.
Aurelia recordó al monje. Delgado, bastante más joven que la mayoría de los que vivían allí y quizá también el único al que no le habría molestado sorprender mirándola demasiado tiempo. Pero el hermano Esteban jamás lo hacía.
—Era él quien bajaba hasta el manantial. Y el único con piernas suficientes para hacerlo sin tardar medio día —añadió el anciano con pesar.
Aurelia miró hacia las montañas boscosas que descendían más allá del monasterio.
—Pues tampoco queda tan lejos.
El monje dejó escapar una pequeña risa nasal.
—Hasta Sanabria vamos por camino ancho y con carro de bueyes. Hasta Bouza no hay más que barro, piedras y pendientes. Y ya no tenemos muchachos jóvenes de sobra para mandar por esos montes. Además, no es lugar al que muchos quieran ir solos.
El anciano desvió enseguida la atención hacia las ollas.
—Y es una pena. El linimento se vende muy bien cuando llegan los mercados de primavera. La gente compra cualquier cosa que alivie dolores de huesos o riñones.
Después señaló las piezas alineadas junto al banco.
—Y estas desaparecerán igual de rápido. Cada año viene más gente a Sanabria. Campesinos, arrieros, mercaderes… cuando empieza el mercado, se vende todo. Queso, vino, hierro, sal, cerámica… da igual lo que traigas.
Aurelia notó cómo el cansancio seguía latiéndole en la espalda.
—Podría traeros agua del manantial —dijo al fin.
El anciano levantó las cejas.
—¿Tú?
—Paso cerca del lago igualmente cuando bajo a por arcilla.
—Es una caminata dura incluso sin carga.
Aurelia bufó y señaló las ollas.
—Ya me he dado cuenta.
—Si consigues traer suficiente agua, te guardaremos un bote de linimento. Eso sí puedo prometértelo.
Ella asintió lentamente. Estaba agotada y todavía le quedaba medio día de regreso. Entonces volvió a mirar las piezas alineadas sobre el banco.
—¿Y estas vais a quererlas o no?
—Claro que sí, muchacha —reconoció Martín—. De hecho, nos harían falta muchas más antes del mercado.
Comenzó a rebuscar lentamente dentro de una bolsa de cuero mientras Aurelia observaba las ollas.
Muy pocas monedas.
Intentó que no se le notara la decepción cuando el anciano dejó el pago sobre su mano. Aquel viaje le había destrozado la espalda y, sin embargo, no podía dejar de pensar en algo que el monje había dicho.
Se vende todo.
Todo.
Cuando abandonó el monasterio, el peso de las monedas no parecía compensar el esfuerzo de llevar las ollas. Bajó por el sendero con la espalda aún dolorida. Miró las cuatro monedas que le había dado.
—Me cago en la puta madre… —murmuró entre dientes.
Las palabras le arrancaron una sonrisa involuntaria nada más decirlas. Seguían sonándole extrañas en la boca. Duras. Ridículas. Y, sin embargo, había algo profundamente satisfactorio en pronunciarlas.
Recordó al hombre del lago peleándose con la caña entre juramentos incomprensibles y siguió descendiendo entre los árboles.
El sendero que descendía hacia Bouza apenas merecía llamarse camino.
La tierra desaparecía a tramos bajo raíces negras, piedras sueltas y manchas de musgo resbaladizo entre los árboles.
En todo el trayecto no se había cruzado con nadie, ni leñadores ni pescadores.
Ni siquiera el sonido distante de hachas golpeando madera llegaba hasta allí abajo.
Solo el viento entre las ramas y el rumor apagado del lago oculto más allá del bosque.
El manantial aparecía entre varias rocas oscuras cubiertas de líquenes amarillentos. El agua brotaba lentamente de una grieta en la piedra y formaba una pequeña poza rodeada de barro blanquecino. El olor llegaba incluso antes de acercarse.
Huevos podridos.
Aurelia arrugó la nariz.
—Por Dios…
Ahora entendía por qué los monjes mezclaban aquello con hierbas.
Se agachó junto a la orilla y sumergió el odre en el agua turbia.
El cuero viejo tardó unos instantes en hincharse mientras escapaban burbujas de aire por la boca estrecha.
Cuando lo llenó, lo levantó con esfuerzo y notó el tirón en el hombro.
Pesaba mucho más de lo que esperaba. Se incorporó con esfuerzo y se secó las manos mojadas en la falda. El olor sulfuroso parecía habérsele pegado a la piel.
El bosque permanecía completamente quieto. Ni pájaros. Aquello no le gustaba.
Ajustó mejor la correa del odre y emprendió el camino de vuelta con pasos cortos y pesados. El cansancio de toda la jornada empezaba a notarse de verdad en las piernas. Primero el monasterio. Después Bouza. Y aún quedaba el regreso a casa.
Los monjes podían irse al demonio, pensó mientras apartaba una rama baja de delante de la cara.
Caminó un buen trecho antes de advertirlo. El odre parecía más ligero. Al principio creyó que eran imaginaciones suyas. El cuerpo acaba acostumbrándose al peso, se dijo. Pero unos pasos después volvió a parecerle extraño.
Demasiado ligero.
Se detuvo.
Una gota cayó desde el fondo del odre sobre una piedra. Después otra.
Aurelia soltó un juramento y se quitó rápidamente la carga del hombro.
El cuero estaba húmedo por debajo. Una de las costuras laterales se había abierto y el agua sulfurosa escapaba entre las piedras del sendero.
Parte del líquido le había empapado ya la falda y la espalda, dejando sobre la ropa aquel olor agrio y podrido que parecía haberse pegado a la tela.
—No puede ser…
Apretó la abertura con los dedos mientras examinaba el desgarro bajo la luz grisácea que se filtraba entre las ramas. La costura parecía vieja. Reblandecida. Mal remendada desde hacía tiempo.
—Malnacidos…
Le habían dado un odre roto.
Miró primero hacia atrás, en dirección al manantial. Podía volver a llenarlo y regresar con cuidado. Pero si el cuero empezaba a abrirse por más sitios, acabaría perdiendo igualmente el agua antes de salir del bosque.
Después alzó la vista hacia el sendero que llevaba de regreso al monasterio. Si seguía goteando así, quizá no llegaría allí con suficiente agua ni para llenar un cuenco.
Soltó otro insulto entre dientes y volvió a levantar el odre, procurando mantener la grieta hacia arriba para que perdiera menos.
Avanzó apenas unos pasos más.
—También pierde por la boca.
La voz surgió tranquila desde algún punto entre los árboles. Aurelia dio un respingo tan brusco que casi dejó caer el odre otra vez. Se volvió inmediatamente hacia el bosque. Le costó localizarlo.
Marcus permanecía de pie entre los troncos, medio oculto por la sombra de los pinos. Llevaba una trucha escuálida colgada de una cuerda y observaba el odre con expresión tranquila, como si llevara un rato contemplando la fuga de agua.
—Madre del señor… —exhaló ella llevándose una mano al pecho—. ¿Siempre apareces así?