La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 5
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 5

«El hijo de alguien»

La piedra golpeó la roca junto a su cabeza con un chasquido seco. Marcus miró a su alrededor y hacia el cielo buscando una explicación.

La siguiente piedra le dio directamente en la cabeza, antes de perderse entre los juncos de la orilla. Sonaron risas entre los árboles. Agudas. Contenidas. Eran niños.

—¡Maldita sea, qué daño! Como os pille os arranco las orejas.

Las carcajadas estallaron colina arriba. Marcus dejó la caña apoyada contra una roca y avanzó entre raíces y ramas bajas mientras alcanzaba a ver varias sombras pequeñas huyendo entre los troncos.

—Ya os veo, desgraciados.

Los críos corrían cuesta arriba sin dejar de mirar atrás. Uno empujó a otro entre risas. Otro lanzó una última piedra a ciegas antes de desaparecer tras unos robles.

—Condenados críos, casi me abren la cabeza. Vaya juegos.

Uno de ellos se iba quedando atrás. Corría mal, arrastrando una pierna mientras intentaba seguir al resto. Volvió la cabeza asustado y, en un mal paso, resbaló. Marcus sintió el vacío en el estómago incluso antes de verlo desaparecer por el borde de las rocas.

Allí había un terraplén que acababa en una caída recta de varios metros. La lluvia y el hielo habían ido arrancando tierra durante años, dejando raíces al aire y salientes cubiertos de musgo negro.

El niño soltó un grito corto. Algo le estalló a Marcus dentro del pecho: un latigazo seco, una oleada brutal de calor recorriéndole el cuerpo antes siquiera de que pudiera pensar.

Echó a correr. Las botas saltaron sobre la tierra mientras descendía el terraplén de varias zancadas y logró atrapar al crío por la túnica cuando ya se precipitaba por el borde.

La inercia estuvo a punto de arrastrarlos a ambos. Marcus clavó una mano en una raíz torcida que sobresalía mientras mantenía sujeto al niño con el otro brazo. La tela crujió. Notó los huesos del hombro bajo los dedos.

Varios metros más abajo, el agua golpeaba las piedras de la orilla. El niño jadeaba de terror mientras miraba las rocas junto al lago y Marcus le aferraba la túnica con tanta fuerza que notó cómo el brazo empezaba a fallarle.

Apretó los dientes y tiró con fuerza hasta conseguir arrastrarlo de nuevo hacia arriba. Ambos rodaron sobre tierra firme entre hojas y ramas partidas. Marcus se quedó inmóvil. Notaba una flojera extraña recorriéndole los brazos y las piernas, como si toda la fuerza se le hubiese vaciado de golpe.

El crío rompió a llorar mientras intentaba incorporarse.

Los otros habían desaparecido bosque arriba, dejándolo atrás.

Era flaco, pecoso y no tendría más de ocho o nueve años.

Al ponerse en pie demasiado deprisa, la pierna izquierda le falló y volvió a trastabillar torpemente sobre la superficie inclinada.

Marcus lo sujetó antes de que cayese otra vez.

—Quieto, quieto… no corras aquí.

El niño seguía mirándolo aterrorizado. Casi parecía más asustado de Marcus que de la caída. Tenía sangre en una rodilla y las manos llenas de barro. Le tiritaba la barbilla mientras intentaba contener el llanto.

Marcus resopló y se pasó una mano por la cara. Todavía notaba el tirón en el brazo. El golpe de energía recorriéndole el pecho. Aquella sensación rara y brutal que aparecía a veces y lo dejaba exhausto.

—Demonios. Anda, vete andando.

El niño no respondió. Solo seguía mirándolo con los ojos muy abiertos. Marcus apartó la mano de su hombro.

Y entonces despertó. Abrió los ojos de golpe en mitad de la penumbra blanca de la nave. El zumbido grave de siempre vibraba bajo el suelo. Se llevó la mano a la cabeza buscando un chichón.

Sentía el esfuerzo, la presión sobre aquel hombro pequeño y el tirón. Se incorporó lentamente sobre la cama y se frotó la cara con ambas manos.

—Malditos críos… —murmuró con voz ronca.

La pantalla junto al jergón ya se había iluminado.

TEMPERATURA EXTERIOR: 11,2 °C

TEMPERATURA DEL AGUA: 12,1 °C

VIENTO SUPERFICIAL: 9 KM/H

Marcus permaneció sentado un momento más, mirando la oscuridad de la estancia sin terminar de despejarse.

No conseguía recordar cómo había terminado aquello.

Ni cuándo había ocurrido exactamente. Solo recordaba la caída y el miedo en la cara del crío.

Ni siquiera recordaba quién era. Daba igual, al menos seguiría siendo el hijo de alguien.

Cuando atravesaron la puerta de la villa, el sol ya empezaba a esconderse tras las montañas del oeste y la niebla ascendía desde el Tera, extendiéndose entre los tejados como humo frío.

Los cascos de los caballos resonaron sobre la calle empedrada mientras los cinco jinetes avanzaban cuesta arriba entre casas estrechas de piedra oscura y balcones de madera que casi llegaban a tocarse sobre sus cabezas.

Algunas ventanas se cerraron al verlos pasar.

Otras siguieron entreabiertas mientras varias sombras observaban desde dentro.

Nuño avanzaba delante del grupo con las astas del ciervo atadas a la silla de montar. La sangre seca manchaba todavía parte del cuero y el costado del caballo. Detrás venían los tres hombres armados y el muchacho de la sobrevesta verde, que llevaba rato sin hablar.

La calle conducía hacia la plaza principal siguiendo la pendiente del promontorio.

A la izquierda, entre los huecos de las casas, podía verse el río mucho más abajo, oscuro entre la bruma.

Más arriba sobresalía la torre maciza de Nuestra Señora del Azogue, con sus muros románicos ennegrecidos por décadas de hollín y lluvia.

Las campanas acababan de sonar vísperas y algunos vecinos cruzaban la plaza apresurándose hacia sus casas antes de que cerrasen las puertas de la muralla.

Un perro empezó a ladrar al paso de los caballos. Una mujer apartó a un niño pequeño hacia un portal sin dejar de mirar las astas.

Nuño sonrió burlonamente.

—Míralos. Ahora sí prestan atención.

Siguieron subiendo hasta alcanzar el recinto superior, donde la empalizada y los muros de piedra protegían la residencia señorial levantada en la parte más alta de la villa.

Era una fortaleza funcional construida sobre roca viva, con una torre cuadrada, almacenes, establos y varias construcciones de madera adosadas al patio interior.

El humo de las cocinas y las cuadras impregnaba el aire.

Dos hombres apartaron la tranca de la entrada al ver llegar al grupo.

El padre de Nuño los esperaba en el patio.

Era un hombre ancho de espaldas pese a la edad, con barba gris espesa y las manos todavía demasiado grandes para parecer las de un anciano.

Llevaba un manto oscuro sobre la espalda y tosió una vez antes de bajar los escalones de piedra.

Sus ojos fueron del caballo a las astas y finalmente al espacio vacío donde debería haber estado el animal.

—Otra vez lo has dejado tirado.

No sonó como una pregunta. Nuño desmontó sin prisa.

—Ya estaba muerto.

—Precisamente.

Uno de los soldados evitó levantar la vista. El padre observó las astas detenidamente antes de volver a mirar a su hijo.

—No te costaba nada acercarlo a cualquiera de las aldeas del valle. Un solo ciervo da de comer a muchas familias.

Nuño soltó una risa breve mientras entregaba las riendas a un mozo.

—Pues que cacen ellos.

La expresión del padre se endureció.

—No digas estupideces.

Nuño alzó los hombros.

—Son campesinos.

—Y tú comes gracias a ellos.

La respuesta cayó seca en mitad del patio. Solo se escuchó el resoplido de los caballos y el viento golpeando la empalizada.

El padre se plantó delante de él.

—¿Sabes lo que ve la gente cuando haces eso? No ven a un señor fuerte. Ven a un muchacho jugando con comida mientras ellos pasan hambre.

—Que piensen lo que quieran —resopló Nuño.

El hombre soltó una tos áspera antes de responder.

—Eso dices porque nunca has visto una villa levantarse contra alguien.

Señaló con la cabeza hacia abajo, hacia Sanabria, donde empezaban a encenderse luces entre las calles empinadas que descendían hacia el puente del Tera.

—Mira bien ahí abajo. ¿Sabes cuántos hombres tengo para defender todo esto? ¿Treinta? ¿Cuarenta en invierno si pago suficiente? Sanabria sola podría prender fuego a estas murallas mientras dormimos.

Nuño guardó silencio, incómodo más por el tono que por las palabras. El padre siguió hablando con la misma calma fría.

—Un campesino muerto no trabaja. Un molino quemado no paga. Y un pueblo hambriento escucha a cualquiera que le prometa pan y venganza.

El muchacho de la sobrevesta verde permanecía inmóvil junto a los caballos. Abajo, las campanas del Azogue volvieron a sonar sobre la bruma del río. El padre observó las astas una última vez y negó con la cabeza.

—Te comportas como si ya fueras dueño de todo esto. Ya sabes que la tenencia no es hereditaria.

Nuño no apartó los ojos. Entonces el hombre se volvió hacia la muralla y apoyó ambas manos sobre la piedra húmeda mientras contemplaba la villa extendida por las laderas del promontorio: las calles oscuras, los tejados apiñados, el humo escapando entre las casas y el resplandor tembloroso de las primeras hogueras al otro lado del Tera.

—Y todavía no entiendes qué es lo que mantiene todo esto en pie.

Nuño volvió la vista hacia su padre con gesto hosco.

—Si alguna vez pasa eso, se pide ayuda al rey. Para eso pagamos impuestos.

La bofetada sonó seca en mitad del patio. No fue especialmente fuerte ni teatral, pero bastó para hacerle volver la cabeza. Nuño se llevó una mano al rostro. El golpe le había enrojecido la mejilla bajo la barba incipiente.

El padre acercó la cara hasta casi rozarle la nariz con la suya.

—No me contradigas cuando hablas de cosas que todavía no entiendes.

La tos volvió a escapársele antes de continuar.

—¿Crees que el rey manda hombres gratis? ¿Crees que nadie pregunta después por qué has perdido el control de tus tierras?

Nuño reprimió el gesto de asco cuando la tos le salpicó casi sobre la boca.

—El día que León tenga que defender Sanabria, dejará de estar en manos de nuestra familia —añadió.

El viento atravesó el patio arrastrando olor a comida desde las cocinas. El padre señaló hacia las murallas.

—Un señor que no puede gobernar a su gente acaba debiéndole favores a hombres más poderosos que él. Y esos favores siempre se pagan.

El padre apartó la mirada de la villa y volvió hacia él.

—Y otra cosa más.

Nuño seguía con la mandíbula tensa por la bofetada. El hombre se acercó hasta quedar frente a él y le agarró la cara con brusquedad, obligándolo a girar la cabeza hacia la luz anaranjada de una antorcha cercana. Después arrugó el gesto.

—Apestas a vino.

Nuño apartó la cara de un tirón.

—Solo he bebido un poco.

—Pues deja de hacerlo antes de convertirte en un idiota completo.

El muchacho de la sobrevesta verde bajó la vista hacia el suelo. Uno de los soldados fingió revisar las correas de la montura para no mirar directamente.

El padre soltó otra tos seca antes de continuar.

—Retírate. Y piensa en lo que te he dicho. Intenta comprender algo por una vez antes de que todo esto termine ardiendo a tu alrededor.

Nuño no respondió. Se limitó a llevarse una mano a la mejilla todavía caliente y abandonó el patio atravesando el recinto superior mientras la noche caía sobre Sanabria.

Bajó solo por las calles estrechas, dejando atrás casas de piedra ennegrecida y balcones de madera desde donde escapaban olores a sopa, humo y lana mojada.

Algunos vecinos se apartaban al verlo pasar.

Otros fingían no haberlo visto siquiera.

Más abajo, junto a la plaza, las campanas del Azogue acababan de apagarse y la gran portada románica permanecía abierta bajo la luz vacilante de varios cirios.

Nuño entró en la iglesia sin persignarse. Dentro hacía frío. El aire olía a piedra húmeda, cera derretida e incienso viejo. Un par de mujeres rezaban de rodillas junto a una capilla lateral mientras el sacerdote recogía unos libros cerca del altar.

El cura alzó la vista al reconocerlo.

—Mi señor.

Nuño se acercó sin demasiada ceremonia y dejó varias monedas sobre la losa del altar. El tintineo resonó bajo las bóvedas.

—Por si he cometido algún pecado.

El sacerdote bajó la mirada hacia las monedas, depositadas junto a la copa consagrada y los cirios del altar. Pareció incómodo y estuvo a punto de decir algo, pero acabó haciendo una reverencia antes de cubrirlas con la mano.

—Dios conoce el corazón de los hombres.

—Eso decía mi madre —reconoció Nuño.

—¿Deseáis confesaros? —preguntó el sacerdote.

Nuño miró alrededor. Las mujeres seguían rezando sin atreverse a levantar la cabeza.

—No creo que haga falta.

Salió de la iglesia dejando atrás el olor a incienso. Fuera, la noche había terminado de caer sobre Sanabria y varias hogueras iluminaban ya la plaza y las calles cercanas a la muralla. Sus hombres lo esperaban junto a los caballos. Uno de ellos sonrió al verlo acercarse.

—Pensé que os quedaríais a rezar toda la noche.

Nuño escupió a un lado.

—Tengo sed. Vamos a la taberna.

Otro de los soldados soltó una risa cansada mientras señalaba hacia la fortaleza del promontorio.

—El vino de vuestro padre es mejor que el de cualquier taberna de esta villa.

Nuño sonrió por primera vez desde la discusión.

—Me refiero a otro tipo de sed —dijo llevándose la mano a la entrepierna.

Los hombres rompieron a reír mientras emprendían el descenso hacia las tabernas cercanas al arrabal, donde aún seguían encendidas luces junto al camino del puente.