LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 4
«El hijo de puta»
La primavera había terminado de instalarse sobre las montañas sin traer lluvia.
Algunos días descargaban chubascos breves que oscurecían la tierra unas horas antes de desaparecer otra vez entre nubes rotas y viento templado, pero los arroyos seguían bajos y las zonas húmedas del bosque empezaban a secarse demasiado pronto.
Incluso el barro de los senderos cercanos al pueblo había perdido ya aquella humedad pegajosa que normalmente aguantaba hasta bien entrada la estación.
Lucio observaba el torno de alfarero con gesto pensativo mientras removía lentamente un pequeño montón de arcilla entre las manos.
—No queda suficiente.
Aurelia seguía inclinada sobre la mesa, separando piezas ya cocidas del último horno.
—Lo sé.
—Con esto no llenamos ni media carreta para los monjes.
Aurelia se fijó en él. Durante los últimos días había regresado algo de color a su rostro. Seguía delgado y cansado, pero al menos podía caminar sin tener que detenerse cada pocos pasos para recuperar el aliento.
—Por eso voy a bajar al lago.
—Puedo ir yo.
Aurelia soltó una risa breve.
—Claro. Y luego tengo que arrastrarte de vuelta cuesta arriba.
—No estoy inválido.
—No. Solo medio muerto hace una semana.
Lucio apartó la mirada con visible fastidio. El crujido del barro secándose junto al hogar llenó el breve vacío que quedó entre ambos.
—Hace años que nadie ve al ermitaño —murmuró él al fin.
—Hace años que nadie habla de él porque casi nadie baja ya hasta esa parte del lago —resopló.
—Por algo será.
—Sí. Porque queda lejos, hay mejores zonas para pescar río arriba y los monjes llevan media vida contando historias para que no les entren leñadores cerca.
Lucio negó con la cabeza.
—Los pescadores dicen que lo han visto.
—¿Cuándo?
El hombre dudó.
—Por las tardes, a veces.
Aurelia sonrió mientras terminaba de envolver varias piezas de cerámica en tela vieja.
—Seguro que es algún monje escondido allí abajo. Los de San Martín no son tontos. Una mentirijilla sobre un ermitaño y ya tienen el lago medio vacío para ellos solos.
Lucio soltó un gruñido escéptico.
—Tú te ríes de todo.
—Y tú ves demonios hasta en las raíces.
—No me gusta que vayas sola.
Aurelia se incorporó y se colgó el saco de cuero al hombro.
—Pues acostúmbrate. Si queremos vender algo antes del verano necesitaremos barro nuevo.
Después se acercó hasta él y le dio un beso en la frente.
—Y tú necesitas seguir respirando unos cuantos años más para que alguien me siga arreglando las piezas torcidas.
Lucio intentó contener una sonrisa.
—Las haces torcidas aposta para que tenga trabajo.
—Claro. Soy una visionaria.
Salió poco después de la casa con el saco vacío, una pequeña azada y un cuchillo corto colgado a la cintura.
Marcus se dejó caer en la silla del pequeño comedor y tomó la tableta apoyada junto a la mesa mientras esperaba el desayuno. El dispensador emitió un sonido húmedo y breve.
Chof .
Marcus giró la cabeza hacia el compartimento automático.
—Qué apetitoso. Ha sonado como un excremento cayendo al váter.
El recipiente terminó de deslizarse hacia fuera. Marcus se incorporó y caminó hasta el dispensador.
—¿Pero esto qué es?
Levantó el cuenco y lo observó detenidamente como si aquello pudiera multiplicarse por voluntad propia.
—Esto tiene que ser una broma.
La voz de la IA sonó desde algún lugar invisible de la nave.
—INGESTA CALÓRICA COMPLEMENTARIA ESTIMADA DURANTE EL CICLO ANTERIOR: SEISCIENTAS CUARENTA Y TRES KILOCALORÍAS. AJUSTE NUTRICIONAL APLICADO.
Marcus soltó una carcajada incrédula.
—¿Qué ingesta complementaria?
Ninguna respuesta.
—¡No pesqué nada ayer!
Tomó una cucharada de puré y la miró con desprecio antes de llevársela a la boca.
—Ni cené. Por si tus maravillosos cálculos no lo detectaron.
Marcus masticó sin ganas.
—Claro. Tú sigue ahí, haciendo cuentas. Total, el que pasa hambre soy yo.
La iluminación blanca de la estancia permaneció inalterable sobre las superficies metálicas. Dejó caer el cuenco vacío sobre la mesa y tomó la tableta apoyada junto al terminal principal. Fue recorriendo las tareas programadas con expresión cada vez más hosca.
—Limpieza de filtros secundarios… revisión de juntas… calibración de humedad… otra vez limpieza…
Pasó el dedo por la pantalla.
—Claro. Porque limpiar algo limpio es urgentísimo.
La IA respondió inmediatamente.
—NINGUNA TAREA PRIORITARIA REGISTRADA.
—Eso sí lo contestas rápido, ¿eh?
Resopló entre dientes y volvió a mirar la lista. Todo eran mantenimientos menores y comprobaciones rutinarias. Nada importante que no pudiera esperar unas horas.
Dejó la tableta sobre la mesa y caminó hacia el pequeño compartimento donde guardaba la caña.
—Pues se acabó. Hoy no vuelvo hasta sacar algo del lago.
Sacó la caña, revisó el sedal enrollado y negó con la cabeza.
—Y pienso asarlo aquí dentro.
La IA no respondió.
Apoyó la caña sobre el hombro mientras buscaba una pequeña caja de aparejos en una estantería cercana.
—¿Y sabes qué? La raspa te la voy a dejar encima del núcleo cognitivo.
Tomó la caja y cerró el compartimento de un golpe seco.
—Ahí. Bien puesta.
Caminó hacia la salida todavía refunfuñando para sí.
—Detesto que no tengas nariz para oler la peste, pero al menos vas a tener que verla pudrirse delante de tus cámaras.
Las puertas se abrieron a su paso con suaves chasquidos hidráulicos antes de cerrarse inmediatamente a su espalda. Avanzó por el corredor impecablemente iluminado camino del ascensor, todavía refunfuñando contra la IA, el hambre y los sedales baratos.
El sendero descendía primero entre prados pobres y huertas castigadas por la sequía.
Más abajo comenzaban los robles y castaños, donde el aire conservaba algo de frescor bajo las sombras densas del bosque.
A ratos el camino se estrechaba entre raíces y piedras hasta obligar a Aurelia a avanzar de lado para no resbalar ladera abajo.
El lago quedaba mucho más lejos de lo que la gente del pueblo estaba dispuesta a recorrer salvo necesidad.
Por eso la mayoría pescaba río arriba, cerca de los molinos y las zonas bajas del valle.
Allí el agua era menos profunda y el regreso más sencillo.
Solo algunos hombres seguían acercándose de vez en cuando hasta las orillas próximas al monasterio, donde el terreno descendía con menos violencia entre pinares y roca.
Desde lejos podía verse San Martín de Castañeda. Por entre los árboles asomaban fragmentos de tejados oscuros, una torre y la curva apagada de alguna cúpula.
A media mañana alcanzó por fin una pequeña ensenada donde el barro seguía húmedo bajo una capa de hojas podridas y raíces negras. Aurelia se agachó junto a la orilla y empezó a retirar tierra con la azada hasta encontrar una veta más limpia de arcilla grisácea.
Trabajó un buen rato llenando parte del saco.
Cuando terminó, se limpió el sudor de la frente con el antebrazo y se dio cuenta de que allí abajo el bosque parecía más vivo que el de las inmediaciones del pueblo.
Entre los matorrales quedaban moras tardías y fresas silvestres creciendo protegidas por la umbría.
Incluso encontró algunas setas naciendo entre el musgo junto a un tronco caído.
Aquella zona estaba demasiado lejos para la mayoría de los vecinos.
Nadie subía hasta allí para recoger nada.
Aurelia comenzó a llenar otro pequeño saco de tela mientras avanzaba entre arbustos y piedras cubiertas de líquenes. Fue entonces cuando escuchó un grito lejano. Masculino, sin duda.
Una blasfemia extraña rompió el silencio.
—¡Me cago en todas tus muelas!
Aurelia se quedó quieta. No entendía del todo las palabras, pero sí el tono.
Volvió la cabeza hacia las rocas cercanas a la orilla y acabó distinguiendo una figura junto al agua, todavía demasiado lejos para verla con claridad.
Un hombre sentado sobre una gran piedra oscura.
Llevaba una túnica parduzca de lana basta y tenía algo largo entre las manos: una caña.
El sedal colgaba enredado mientras él forcejeaba irritado. Al final tiró bruscamente y lo partió. El hombre soltó otro juramento incomprensible, lanzó el trozo de hilo al suelo y le pegó una patada.
Empezó a rebuscar dentro de una caja apoyada junto a la roca mientras mascullaba entre dientes.
—Claro, porque usar un carrete como Dios manda sería demasiado fácil.
Aurelia no entendía la mitad de las palabras.
—Siempre igual. Rompiéndose cada dos por tres… menuda castaña.
El hombre sacó otro trozo de hilo y empezó a manipularlo torpemente entre los dedos. Aurelia tuvo que contener una risa al verlo forcejear con el sedal como un niño enfurruñado. El hombre soltó una maldición aún peor que la anterior y tiró bruscamente de la caña. El hilo volvió a partirse.
—¡La madre que parió a Panete!
Y esta vez sí lanzó la caña directamente al agua. El chapoteo resonó sobre la superficie quieta del lago.
Aurelia se tapó la boca, pero aun así se le escapó un bufido de risa.
La cabeza del hombre giró de golpe hacia el bosque. Aurelia se agachó tras los arbustos y permaneció inmóvil. Prestó atención a cualquier ruido, pero no escuchó pasos ni voces, solo el agua moviéndose suavemente entre las piedras de la orilla.
Cuando volvió a asomarse, el hombre seguía mirando hacia el bosque con expresión desconfiada. Después resopló, se pasó una mano por la cara y terminó bajando de la roca manifiestamente molesto.
—Perfecto. Espléndido.
Dejó la caja en el suelo y se quitó la túnica por la cabeza antes de arrojarla junto a la orilla. Aurelia lo observó con incredulidad. Esperaba que se lo pensara al menos un momento, pero el hombre entró en el agua como si nada. El lago debía de estar helado.
Incluso desde donde se encontraba podía imaginar el frío de aquella agua oscura bajando desde las montañas.
Sin embargo avanzó entre las piedras sumergidas apenas encogiéndose antes de lanzarse a nadar hacia la caña, que flotaba varios metros más adentro.
El regreso se le hizo mucho más duro que la ida.
La arcilla húmeda pesaba dentro del saco como si hubiera cargado piedras arrancadas del fondo del lago.
A medida que el sendero ascendía entre raíces y pendientes, el cuero le iba cortando cada vez más el hombro.
Tuvo que detenerse varias veces para cambiar el peso de lado mientras recuperaba el aliento bajo la sombra inmóvil de los robles.
El calor también había cambiado. El frescor húmedo de la mañana desaparecía poco a poco entre el bosque y el aire empezaba a sentirse más seco, más pesado. Incluso las hojas parecían quietas bajo la claridad blanquecina que descendía entre las ramas.
Aurelia siguió caminando, apartando ramas con una mano mientras sujetaba el saco con la otra. Sin querer volvió a pensar en el hombre del lago. En los insultos incomprensibles. En la forma absurda en que había acabado lanzando la caña al agua como un niño enfadado. Tuvo que reprimir una sonrisa.
Recordó cómo había entrado en el lago sin vacilar.
La sonrisa se desvaneció un poco. Todavía podía imaginar el agua oscura cerrándose alrededor de sus piernas.
En aquella época del año seguía estando helada incluso cerca de la orilla.
Más de una vez había terminado con los pies entumecidos por cruzar algunos tramos del arroyo durante el invierno.
Y sin embargo aquel hombre ni siquiera había reaccionado. Aurelia ajustó otra vez el saco sobre el hombro y continuó subiendo.
Cuando por fin divisó las primeras casas del pueblo el sol empezaba a inclinarse sobre las montañas. Le dolían los brazos, la espalda y las piernas. Dejó caer el saco junto a la puerta del taller y resopló con alivio.
Lucio levantó la vista inmediatamente desde el torno.
—Has tardado mucho.
—Porque pesa como un muerto.
Aurelia se masajeó el hombro dolorido mientras él observaba la arcilla húmeda asomando por la tela.
—Has traído bastante.
—Y aun así tendré que volver.
—Sí, hace falta más —titubeó antes de continuar— ¿Has visto algo por allí abajo?
Aurelia lo miró fijamente. Luego dejó escapar el aire por la nariz.
—Sí. Un hombre empezó a echar fuego por la boca y por el culo mientras daba vueltas encima de una roca.
Lucio la miró con desaprobación.
—Aurelia…
—Después se abrió el lago y salieron un dragón, un grifo y un unicornio.
—No bromees con esas cosas.
Ella soltó una pequeña risa mientras empezaba a descargar la arcilla junto al horno.
—Pues entonces no preguntes tonterías. ¿Has encendido el horno?
Aurelia miró el montón de leña. No había bastante para mantener el fuego.
—Me cago en toda tu boca.
—¿Cómo dices? —preguntó Lucio, extrañado.
Aurelia rió y le hizo un gesto con la mano, quitando importancia.
—Nada, cosas mías.