LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 3
«El hijo de las estrellas»
El zumbido comenzó mucho antes de que Marcus abriera los ojos.
Era un sonido grave y constante, apenas una vibración contenida bajo el suelo y las paredes, tan integrada en el silencio de la nave que solo resultaba perceptible cuando cambiaba de frecuencia.
Sobre la mesa metálica junto a la cama, una pequeña pantalla rectangular se iluminó en mitad de la penumbra.
Abrió un ojo con expresión cansada. La luz azulada de la pantalla le atravesaba la cabeza como una aguja.
Se incorporó sobre el borde de la cama y se pasó ambas manos por la cara.
Le dolía el cuello. También la nuca. Permaneció inclinado hacia delante, intentando recordar si había dormido mal o si había soñado algo.
No recordaba ninguna de las dos cosas. Solo estaba cansado. Demasiado cansado para la hora que era. Soltó un bufido y volvió a dejarse caer hacia atrás.
—Cinco minutos más.
La voz femenina respondió desde algún lugar invisible de la estancia.
—EL RETRASO DE LAS TAREAS PROGRAMADAS AUMENTARÁ UN DOCE POR CIENTO.
—Pues que aumente.
No hubo respuesta. El aire olía limpio. Un olor seco y esterilizado que nunca desaparecía del todo y que impregnaba la ropa, las paredes y hasta el agua de las duchas. Sobre él, el techo curvo permanecía iluminado por franjas blancas incrustadas entre paneles lisos sin una sola mancha.
Dejó escapar un suspiro largo y finalmente se incorporó de golpe.
—Mierda.
Apoyó los pies descalzos sobre el suelo metálico y caminó hasta el pequeño módulo de cocina arrastrando todavía el cansancio.
Una luz se encendió automáticamente cuando se acercó al dispensador.
La máquina emitió un leve siseo hidráulico y llenó un cuenco con una pasta grisácea que desprendía un tenue vapor.
La observó con visible desagrado.
—No sé para qué tengo dientes —murmuró mientras cogía la cuchara—. Siempre me das puré para comer.
La IA ignoró completamente la frase.
—ACTIVIDAD SÍSMICA REGISTRADA DURANTE EL CICLO NOCTURNO: MAGNITUD 1,2 A CIENTO VEINTE KILÓMETROS AL NORDESTE. EL NIVEL DE PRECIPITACIONES PERMANECE ESTABLE. LA TEMPERATURA MEDIA EXTERIOR HA AUMENTADO 0,4 GRADOS RESPECTO AL CICLO ANTERIOR.
Sopló la pasta y se metió una cucharada en la boca. Insípida como siempre.
—No respondes a una conversación normal, pero no paras de dar datos estúpidos. ¿Y qué se supone que me importa un terremoto que ni se nota?
Silencio. Solo el zumbido lejano de la nave.
Terminó de comer apoyado contra la encimera mientras observaba distraídamente las luces de estado que recorrían el borde de las paredes. Todas verdes. Al acabar dejó el cuenco dentro del compartimento de reciclaje y se dirigió hacia la mesa de trabajo.
La pantalla principal se iluminó al detectar su presencia.
MANTENIMIENTO PROGRAMADO
SECTOR 4 — REVISIÓN HIDRÁULICA
SECTOR 2 — FILTRADO ATMOSFÉRICO
SUBNIVEL TÉRMICO — INSPECCIÓN
—Claro. Porque dormir una noche entera sería demasiado pedir —ironizó.
La rutina fue la de siempre. Comprobó niveles, sustituyó dos filtros y revisó varias juntas de presión antes de ajustar un regulador térmico que llevaba semanas desviándose unas décimas por encima de lo normal.
Después recorrió los corredores de la nave, iluminados por líneas blancas incrustadas en techos y paredes.
Estaban tan limpios que las suelas de sus botas resonaban sobre el suelo pulido con el eco estéril de un hospital vacío.
A media mañana, mientras desmontaba el panel de ventilación de uno de los módulos secundarios, la voz de la IA volvió a sonar sobre él.
—SE REQUIERE INTERVENCIÓN NO PROGRAMADA EN EL NÚCLEO PRINCIPAL. DESVIACIÓN DETECTADA EN ACTUADOR DE CONTENCIÓN MAGNÉTICA.
—Claro. Por supuesto.
Dejó el destornillador sobre el suelo y se frotó la frente.
—¿Gravedad?
—DESVIACIÓN FUERA DE PARÁMETROS NOMINALES.
—Eso no responde nada.
Silencio.
—Ya. Vale —bufó.
El acceso al núcleo estaba varios niveles más abajo, tras una compuerta circular de blindaje mucho más gruesa que el resto de las puertas de la nave. Antes de llegar, la IA activó automáticamente el protocolo de protección.
—EQUIPO RADIOLÓGICO OBLIGATORIO.
Marcus observó el traje suspendido dentro del armario presurizado. Era aparatoso, rígido y extremadamente incómodo.
—Sabes que odio esta mierda.
—EL ACCESO SIN PROTECCIÓN REDUCIRÁ LA EXPECTATIVA FUNCIONAL DE LA UNIDAD.
—Qué forma tan elegante de decir «te vas a morir».
La IA no respondió.
Tardó varios minutos en colocarse el traje completo. Después atravesó la compuerta mientras el sistema de sellado emitía una sucesión de chasquidos metálicos a su espalda.
El núcleo ocupaba una cámara cilíndrica enorme que descendía varios niveles hacia abajo, envuelta por anillos concéntricos iluminados con pulsos azulados.
Bajo la estructura central flotaban columnas de luz suspendidas en mitad del vacío, atravesadas continuamente por pequeñas descargas eléctricas que desaparecían antes de llegar a tocar nada.
Levantó la vista hacia el centro de la cámara. Aun después de tantos años, seguía imponiéndole respeto. No por miedo exactamente. Más bien por la sensación constante de que aquella cosa no debería existir.
—Muéstrame la desviación.
Un holograma apareció frente a él, proyectando el esquema tridimensional de una bobina de contención. Varias líneas parpadeaban alrededor de un pequeño segmento marcado en rojo.
—Pues yo la veo perfectamente —alegó.
—LA DESVIACIÓN SUPERA PARÁMETROS PERMITIDOS.
—¿Cuánto?
—Un nanómetro.
Marcus soltó una carcajada incrédula.
—¿Un nanómetro? Llevo dos horas preparando esto y el manual de seguridad permite una desviación de una micra.
Silencio.
—¿Me estás escuchando?
—PROCEDA CON EL RECALIbrADO.
Abrió la caja de herramientas apoyada junto al actuador y comenzó a desmontar la carcasa exterior mientras refunfuñaba para sí.
Como siempre, el trabajo real no consistía en cambiar una pieza, sino en preparar todo lo que la rodeaba.
Tuvo que derivar parte de la energía hacia circuitos secundarios, reducir la carga de dos anillos de contención y aislar el segmento afectado antes de poder intervenir. Había invertido más de una hora.
Utilizó el calibrador manual sobre la bobina y revisó los datos tres veces seguidas.
Todo estaba dentro de margen.
—La lectura es correcta —dijo al fin—. Está perfectamente estable.
—EL MARGEN CONTINÚA FUERA DE PARÁMETROS NOMINALES.
Apretó la mandíbula.
—La máquina marca estabilidad completa.
—UTILICE EL CALIbrADOR DE PRECISIÓN MOLECULAR.
Levantó la cabeza hacia el techo.
—Maldita sea.
La IA siguió en silencio.
—¿Sabes cuánto pesa ese aparato?
Marcus soltó otro gruñido y terminó señalando la pieza afectada.
—Dame al menos el código del repuesto.
Una línea de datos apareció sobre el visor del casco.
ALMACÉN CENTRAL
SECCIÓN C-12
COMPONENTE: 7A-441
—Oído. Oye, debieron copiar tu mente de una tía que estaba buenísima. Lo digo por el caso que me haces cuando te hablo.
Abandonó el núcleo protestando sin parar y regresó hacia los niveles superiores.
El almacén ocupaba una sala enorme recorrida por hileras de estanterías metálicas cargadas de componentes y repuestos. Todo estaba etiquetado con códigos luminosos que permitían encontrar cualquier pieza en cuestión de segundos. Localizó la que necesitaba casi sin detenerse.
Al regresar hacia el núcleo pasó junto a uno de los módulos de acceso exterior y se detuvo un instante al ver la caña de pescar apoyada contra la pared.
—Hoy voy a cenar pescado.
La voz de la IA respondió inmediatamente.
—SI CONSUME MATERIA ORGÁNICA EXTERNA, NOTIFIQUE ESPECIE Y PESO PARA AJUSTE DE SOLUCIÓN NUTRITIVA.
Marcus soltó una risa cansada.
—No quieres que engorde, ¿no?
Silencio.
—Ni que fueras mi madre…
Dejó el repuesto sobre la bancada y terminó de asegurar la carcasa exterior de la bobina. El zumbido grave del núcleo recuperó su cadencia uniforme alrededor de la cámara.
—CONTENCIÓN RESTAURADA DENTRO DE PARÁMETROS NOMINALES —anunció la IA.
Marcus seguía ajustando una abrazadera.
—Sí, bueno. También estaba dentro de parámetros hace dos horas.
Apretó el último cierre y dejó caer la herramienta dentro de la caja metálica.
—Ya está.
—TAREAS PRIORITARIAS COMPLETADAS.
Levantó la vista hacia los anillos luminosos suspendidos sobre él.
—Perfecto. Entonces me largo un rato.
Ninguna respuesta. Abandonó el núcleo y se quitó el traje radiológico en la cámara de descontaminación. Chorros de aire seco recorrieron la cabina mientras una luz azul barría su cuerpo de arriba abajo. Cuando el proceso terminó, salió al corredor principal frotándose la nuca.
A veces tenía la sensación de que aquel lugar llevaba siglos esperando algo que jamás terminaba de ocurrir.
Recogió la caña de pescar del almacén y se dirigió hacia los niveles de acceso. Las puertas se abrían a su paso con suaves chasquidos hidráulicos y volvían a cerrarse inmediatamente después, sellando otra vez los corredores a su espalda.
Una de ellas emitió un sonido distinto al cerrarse. Apenas un roce metálico. Dio dos pasos más antes de detenerse en seco. Retrocedió hasta la puerta y esperó a que terminara de sellarse, atento al menor ruido.
—Ah, vamos…
Caminó hasta un armario empotrado junto al corredor, abrió uno de los compartimentos y sacó un pequeño cilindro plateado.
Retiró la tapa del panel lateral de la puerta y aplicó un par de ráfagas de lubricante sobre uno de los émbolos internos.
La puerta volvió a abrirse y cerrarse con un siseo uniforme.
—Mucho mejor.
El pasillo de salida comenzaba tras una esclusa lateral situada en uno de los extremos inferiores de la nave.
A diferencia del resto de corredores, aquel túnel tenía algo más de vida. La condensación perlaba las paredes curvas y el aire se enfriaba conforme avanzaba hacia la salida.
El conducto cruzaba las aguas profundas del lago antes de adentrarse en la roca bajo la orilla. Sobre su cabeza descansaban decenas de metros de agua negra y silenciosa, invisibles al otro lado de las paredes metálicas.
El eco de sus botas lo acompañó hasta el final del túnel.
Allí lo esperaba una plataforma circular suspendida dentro de un pozo excavado en la roca.
No se veían cables ni mecanismos que la sostuvieran, solo el anillo oscuro que rodeaba el borde y el tenue zumbido magnético que vibraba bajo sus pies.
Entró en el ascensor con la caña de pescar apoyada contra la pierna.
—Ascenso.
La plataforma ascendió por el pozo excavado en la roca. A su alrededor pasaron raíces, vetas de agua y manchas de roca negra relucientes por la humedad.
Muy arriba, una línea de luz apareció entre las sombras. Antes de alcanzar la superficie, la compuerta comenzó a abrirse con un leve crujido amortiguado.
Ni siquiera levantó la cabeza. La plataforma se detuvo al nivel del suelo de la cabaña y una bocanada de aire frío irrumpió en el pozo: tierra húmeda, madera vieja, agua del lago y musgo.
Cuando salió, la compuerta volvió a cerrarse bajo la capa de tierra, ramas y pieles envejecidas que la ocultaban. Un instante después no quedaba rastro de ella. Desde el interior de la cabaña resultaba imposible distinguir dónde terminaba el suelo y dónde comenzaba la trampilla.
Nadie habría imaginado que bajo aquella choza miserable dormía una nave capaz de cruzar las estrellas.
—Tengo que arreglar este techo.
Una gota cayó desde una viga directamente sobre su hombro.
Levantó la vista.
—Sí. Definitivamente tengo que arreglarlo.
La IA guardó silencio, como siempre.