La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 2
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LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 2

«El hijo del señor»

La mañana apenas había terminado de abrirse sobre las montañas cuando los caballos comenzaron a descender por el sendero del este.

El sonido llegó primero como un rumor apagado entre los árboles y las piedras del camino, una sucesión de golpes sordos y metálicos que rompían el silencio del amanecer. Luego aparecieron las siluetas.

Cinco jinetes avanzaban entre la neblina baja que flotaba sobre los claros cercanos a las lagunas.

Delante iba Nuño, el hijo del señor, montando un caballo oscuro demasiado nervioso para aquellas sendas estrechas.

El animal resoplaba continuamente, levantando pequeñas nubes de vaho mientras apartaba con la cabeza las ramas.

Nuño sujetaba las riendas con una mano y la lanza corta de caza con la otra, como si necesitara recordar a todos, incluso allí en mitad del bosque, quién era.

No llegaba a los veinte años. El bozo oscuro que empezaba a cubrirle la mandíbula no conseguía endurecerle del todo el rostro, aunque él parecía empeñado en compensarlo con maneras bruscas y una voz demasiado alta para aquella hora.

Detrás cabalgaban tres hombres armados y otro muchacho algo mayor que él, vestido con una sobrevesta verde ribeteada en piel.

Reían entre ellos mientras hacían avanzar los caballos entre los rodales de barro seco.

Uno llevaba un halcón encapuchado sujeto al brazo, aunque aquella mañana no parecían haber venido a por aves.

Habían visto venados cerca de las lagunas de Sacias y Sotillo.

En tiempos normales, los campesinos evitaban acercarse demasiado a aquellas zonas durante las jornadas de caza.

No solo por miedo a recibir una paliza si los descubrían rondando una presa del señor.

También porque nadie quería acabar atravesado por una flecha perdida de algún noble borracho tratando de impresionar a sus compañeros.

El bosque descendía allí en suaves pendientes cubiertas de robles, castaños y piornos secos.

Más abajo, entre depresiones húmedas y manchas de juncos, aparecían las pequeñas lagunas, cuyas orillas se perdían entre la hierba alta y los carrizales.

A esas horas, la niebla se mantenía pegada al agua como un aliento frío.

Desde el molino, Tomás escuchó los caballos mucho antes de verlos.

Había salido de noche para revisar la rueda y comprobar si el cauce había ganado algo de fuerza durante la madrugada. El agua se deslizaba débil entre las piedras, insuficiente para mover la rueda y mantenerla girando.

Se secó las manos en la túnica y alzó la vista hacia el sendero.

—Ya están otra vez —murmuró.

No necesitó ver los estandartes para reconocerlos.

Los señores cazaban temprano, antes de que el calor terminara de espantar a los animales hacia las zonas altas del bosque.

Más de una vez había visto regresar a los criados con cuernos atados a las monturas, dejando los cuerpos de las piezas entre las jaras para pudrirse al sol o servir de alimento a lobos y buitres.

Permaneció observando cómo el grupo desaparecía entre los árboles en dirección a las lagunas. Volvió la mirada hacia la casa y cruzó el pequeño puente de madera arrastrando ligeramente la pierna derecha, algo más corta que la izquierda.

Marina seguía sentada junto al hogar, envuelta en una manta.

El embarazo le había ensanchado el cuerpo y vuelto torpes algunos movimientos que antes hacía sin pensar.

Tenía los tobillos hinchados incluso al despertar.

En el jergón del fondo dormían dos niños pequeños, enredados bajo la misma manta de lana, ajenos al humo, al frío y al murmullo del molino detenido.

—Han salido de caza —dijo él al entrar.

Marina apenas levantó la cabeza.

—Pues que Dios les dé puntería y les atragante luego la carne.

Tomás soltó una risa breve mientras cogía un odre vacío y un trozo de cuerda.

—Si dejan algo, medio pueblo podría comer hoy.

Ella lo miró entonces con fastidio.

—¿Y piensas correr detrás de esos animales con esa pierna?

—Pienso mirar desde lejos. Nada más.

—Solo te falta que algún imbécil te atraviese con una flecha —resopló.

Tomás apretó los labios. Ya conocía aquel tono.

—Necesitaré ayuda para arrastrar una pieza si dejan alguna.

Marina soltó una carcajada seca.

—Pues busca a otro. Yo ya no puedo ni atarme las sandalias.

Él asintió lentamente; ya esperaba aquella respuesta.

Cuando salió de la casa, el sol comenzaba a iluminar los tejados más altos de la aldea. Bajó por el sendero entre las viviendas hasta llegar a la casa de Aurelia.

La encontró detrás del taller, inclinada sobre el huerto reseco mientras arrancaba malas hierbas alrededor de unas matas de nabo que apenas habían crecido aquel año. Llevaba el vestido recogido hasta media pierna y las manos manchadas de tierra.

—Buen día —saludó Tomás.

Aurelia levantó la cabeza y se apartó un mechón de pelo sudado de la frente.

—Depende para quién.

—Los señores han salido de caza hacia las lagunas.

—¿Y?

—A veces dejan los cuerpos. Solo se llevan los cuernos o la piel.

Aurelia apoyó ambas manos sobre las rodillas.

—¿Quieres ir detrás como un cuervo?

—Quiero que la gente coma carne antes de olvidarse del sabor.

Aquello bastó. Ella miró un momento hacia la casa.

—Mi padre sigue dormido.

—No tardaremos.

—Espera —contestó conforme se incorporaba—. Le diré que salgo.

Entró en la vivienda y regresó poco después con unas botas de cuero más resistentes que las alpargatas que usaba para el corral. También llevaba un manto viejo sobre los hombros y un pequeño saco de tela colgado a la cintura.

—¿Qué llevas ahí?

—Si vamos a perder el día escondidos, al menos recogeré algo mientras tanto.

El trayecto hasta las lagunas les llevó bastante más de lo que Aurelia esperaba.

Al salir de la aldea aún quedaba fresco entre los árboles y la humedad de la noche seguía pegada a los helechos y las piedras del sendero, pero conforme avanzó la mañana el aire empezó a calentarse demasiado deprisa para aquella época del año.

El terreno ascendía y descendía continuamente entre raíces, barro endurecido y piedras.

A ratos avanzaban bajo zonas densas de robledal donde apenas entraba la luz; otras veces el bosque se abría dejando aparecer claros muy luminosos.

En circunstancias normales debería quedar nieve en algunas alturas y el deshielo tendría que alimentar arroyos y charcas, pero aquel año la montaña parecía haber olvidado el invierno.

Habían dejado atrás la última zona de cultivo hacía rato. Allí ya no se oían gallinas ni perros, solo el crujido de las botas sobre hojas secas y el murmullo de un hilo de agua en algún lugar del bosque.

Al cruzar un paso estrecho entre dos peñascos cubiertos de musgo, Tomás aprovechó para deslizar la mano con descaro sobre las nalgas de Aurelia, pellizcándoselas.

Ella se giró de inmediato. El golpe seco de la palma contra los nudillos resonó entre los árboles.

—Quita esa mano si quieres conservarla. Tocón.

Tomás soltó una risa contenida mientras sacudía los dedos doloridos.

—Solo comprobaba si seguías tan arisca como siempre.

—No quieras averiguarlo.

Él sonrió de lado.

—Marina ya no está para muchas alegrías.

—Pues busca una cabra. Dicen que son agradecidas.

Tomás soltó una carcajada más abierta.

—Con esa lengua no me extraña que sigas sola.

Aurelia siguió caminando sin mirarlo siquiera.

—Y tú vigila menos culos ajenos. Cuando te crezcan los cuernos, cualquier día el señor te confunde con un ciervo.

El molinero resopló divertido.

—En todo caso, los cuernos los llevaría Marina, no yo.

—¿Y qué te hace pensar que no los llevas puestos ya?

Tomás carraspeó y siguió caminando.

Encontraron el primer rastro de la cacería mucho antes de ver a los hombres: primero un perro, luego otro, y finalmente las voces.

Tomás levantó la mano para detenerla y ambos se agacharon tras una acumulación de rocas cubiertas de líquenes desde donde podían observar una pequeña vaguada cercana al agua.

El venado yacía muerto junto a unos juncos aplastados. Era un macho grande.

La sangre había ennegrecido ya parte del barro alrededor del cuello.

Uno de los soldados sujetaba la cabeza del animal mientras Nuño trabajaba con un cuchillo corto alrededor de la base de las astas.

El joven noble tenía manchas de sangre en las mangas y parecía mucho más entretenido con el trofeo que con el cuerpo del animal.

—Míralo —murmuró Tomás—. Ni siquiera sabe sacar unas astas sin ayuda.

Los hombres terminaron arrancando la cornamenta entre risas y juramentos. Después arrastraron el cuerpo unos metros hasta una zona más seca y comenzaron a sacar los pellejos de vino y las bolsas de comida.

Pasó el tiempo. El sol terminó de elevarse sobre el bosque y el calor empezó a acumularse entre las lagunas. Las moscas acudieron primero en pequeños grupos alrededor de la sangre. Luego aparecieron los buitres, descendiendo desde círculos cada vez más bajos sobre el claro.

Los nobles seguían bebiendo. Uno de ellos improvisó un fuego y otro comenzó a despellejar una liebre. Nuño hablaba a gritos, interrumpiendo continuamente a los demás con carcajadas bruscas. Incluso desde la distancia Aurelia alcanzaba a distinguir el brillo húmedo del vino alrededor de sus labios.

—Se va a echar a perder —murmuró ella al fin.

Tomás seguía observando desde detrás de las piedras.

—Ya lo sé.

—Podríamos pedir permiso antes de que el sol lo pudra del todo.

El molinero giró tan rápido la cabeza hacia ella que casi pareció asustado.

—Ni se te ocurra.

—Solo sería hablar.

—Precisamente. Y menos ahora que van ebrios.

—El padre nunca actuó así —objetó Aurelia.

—Porque ese no es el padre.

Ella volvió a mirar hacia el claro. Nuño había empezado a lanzar piedras a una de las aves que rondaban el cadáver.

—Son señores —dijo Aurelia—. Nos exprimen cuando toca pagar, sí. Pero mientras cumplas, suelen dejarte vivir tranquilo.

—El padre sí.

Se inclinó un poco más hacia ella, bajando la voz.

—Pero desde que el muchacho se hizo mozo, he escuchado historias suficientes para mantenerme lejos. Palizas. Campesinos colgados desnudos en invierno por discutir impuestos. Criados marcados con hierro por perder un caballo. Y eso solo lo que la gente se atreve a contar.

—Qué asco de gente.

El calor seguía aumentando y los carroñeros ya no esperaban tan lejos. Uno descendió dando pequeños saltos alrededor del venado hasta que uno de los soldados le lanzó un hueso entre risas.

La mañana terminó convirtiéndose en mediodía. Cuando por fin los nobles comenzaron a recoger sus cosas, el cuerpo del animal ya estaba cubierto de moscas y presentaba varios desgarrones causados por las aves.

Nuño montó el caballo tambaleándose por el vino. Uno de sus acompañantes ató las astas ensangrentadas a una montura y el grupo desapareció entre los árboles igual que había llegado, dejando atrás olor a humo, vino agrio y carne calentándose al sol.

Tomás esperó un buen rato antes de levantarse.

—Vamos.

Los buitres apenas se apartaron cuando se acercaron al cadáver. Algunos retrocedieron dando saltos torpes mientras otros seguían picoteando con obstinación hasta que Aurelia los ahuyentó agitando un palo.

El olor la golpeó enseguida.

No era podredumbre aún, pero el calor había empezado a hinchar la carne alrededor de las heridas abiertas. Las moscas cubrían ya los ojos y el hocico del animal.

Tomás se agachó junto al cuerpo y negó lentamente con la cabeza.

—Maldita sea.

Aurelia observó los jirones abiertos en el costado.

—No merece la pena.

El molinero soltó un juramento en voz baja. Habían perdido el día entero.

Aurelia se alejó unos metros mientras él seguía contemplando el cadáver con rabia impotente. Recogió algunas moras oscuras entre los matorrales cercanos y llenó medio saco antes de regresar.

—Toma —dijo tendiéndole parte—. Al menos no volveremos con las manos completamente vacías.

Tomás aceptó las bayas sin mirarla siquiera. El regreso se hizo mucho más largo bajo el calor del mediodía.

Cuando alcanzaron las primeras casas de la aldea, varias personas levantaron la vista al verlos regresar solos. Marina estaba sentada junto a la puerta del molino, abanicándose lentamente con un trozo de tela.

Miró primero a su marido, luego a Aurelia y finalmente al saco de moras.

—Así que para esto os habéis perdido todo el día —escupió.

Tomás abrió la boca, pero Marina ya había clavado los ojos en Aurelia.

—¿Te picaba el coño o qué?

El silencio cayó de golpe sobre el sendero. Algunas puertas cercanas permanecieron entreabiertas. Aurelia sintió el cansancio ardiéndole detrás de los ojos.

—¿Te has vuelto loca? —respondió—. Hemos pasado el día escondidos, aguantando el calor, para intentar traer comida al pueblo.

Remarcó la última palabra. Marina apartó la mirada, incómoda.

—Sí. Claro.

Aurelia dio un paso hacia ella.

—Nunca he tenido interés en tu marido.

Aurelia vio cómo Tomás sonreía, divertido por el enfrentamiento.

—Ni siquiera cuando tenía pelo en la cabeza en lugar de llevarlo creciendo por los hombros —añadió.

Tomás soltó un resoplido ahogado. Marina se incorporó de golpe con intención de lanzarse hacia ella, pero el molinero la sujetó enseguida por el brazo.

—Basta ya.

—¡Suéltame!

—He dicho basta.

Varias caras observaban desde puertas y corrales cercanos. Marina seguía forcejeando con el brazo atrapado por su marido cuando Aurelia echó a andar.

Al llegar a casa, encontró a Lucio sentado junto al taller separando lentamente varias piezas de barro ya secas.

—He oído voces.

Aurelia dejó el saco sobre el banco y cogió el balde de ropa que había abandonado aquella mañana junto al pozo.

—Pues escucha menos.

Lucio observó cómo empezaba a restregar una túnica contra la tabla de madera con movimientos rápidos y bruscos.

—No entiendo qué os pasa a Marina y a ti. Os criasteis juntas.

Ella soltó una risa corta.

—Antes estaba Jimena.

—¿La hija del curtidor?

—Esa misma. Éramos dos contra dos. Jimena y yo por un lado. Marina e Inés por el otro. Pero luego a su padre le ofrecieron un oficio y se mudaron a Benavente. Y se casó allí.

Lucio sonrió.

—Siguen pareciéndome cosas de niñas. No sé por qué tanta inquina.

Aurelia continuó frotando la tela mojada antes de responder.

—Pues porque el molinero tonteó conmigo antes de casarse con Marina, padre.

Lucio abrió un poco la boca. Luego volvió a cerrarla lentamente. Durante un momento pareció arrepentirse profundamente de haber preguntado nada.

—En esa casa, el molinero tiene las manos demasiado largas y la mujer, la lengua —dijo ella.

—Con este invierno sin nieve, y los calores que vienen, en el molino se los comerán los mosquitos este año.

Aurelia dejó de frotar la ropa y levantó la vista hacia su padre.

—Eres terrible.

Sonrió.