LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 1 #2
Marina dejó sobre el borde del pozo dos cebollas pequeñas y una manzana arrugada.
—No tenemos mucho más. Ayer el agua no tenía fuerza para mover la rueda.
—Tranquilas, es suficiente —dijo Aurelia mientras les tendía el cubo lleno.
Las mujeres le dieron las gracias y comenzaron a alejarse por el sendero, camino del molino. Antes de doblar junto a la tapia de la casa vecina, Marina se inclinó hacia Inés y murmuró algo que Aurelia no alcanzó a entender del todo.
Pero ambas giraron la cabeza hacia ella y sonrieron. Aquel gesto breve y contenido estaba lleno de algo que no era amabilidad.
Aurelia fingió no darse cuenta. Bajó otra vez el cubo al pozo mientras notaba el calor incómodo subiéndole por el cuello. No necesitaba escuchar las palabras para conocerlas. Las llevaba oyendo desde hacía años. Demasiado orgullosa. Demasiado sola. Demasiado tiempo sin marido.
Apretó los labios y levantó el cubo lleno con ambas manos.
Cruzó el patio y salió al sendero que ascendía entre las casas de la aldea.
A aquellas horas de la mañana el pueblo empezaba a despertar.
Se oían puertas abriéndose, gallinas sueltas escarbando entre la hierba seca y alguna tos aislada llegando desde el interior de las viviendas.
Casa tras casa, la aldea había acabado desparramándose por la ladera sin orden alguno.
Casas de piedra y madera se agrupaban unas sobre otras siguiendo las irregularidades del terreno, unidas por senderos estrechos y cuestas incómodas que terminaban convirtiéndose en barrizales durante el invierno.
La vivienda de ellos quedaba en la parte más baja, en un pequeño hondo cercano al bosque.
Quizá por eso su pozo seguía dando agua limpia.
Otros vecinos ya tenían que caminar hasta los manantiales del este o conformarse con agua turbia sacada de pozos medio secos.
Al pasar junto al estanque de riego, torció el gesto. Allí no quedaba más que una lámina oscura cubierta de agua verdosa. El olor fangoso se mezclaba con el zumbido constante de las moscas que revoloteaban sobre la superficie estancada.
Hacía semanas que no llovía.
Continuó subiendo la cuesta, sintiendo cómo el peso del cubo le tensaba los brazos y los hombros. Cuando llegó a la pequeña casa de Ramiro, el viejo cabrero ya la esperaba sentado junto a la cerca de piedra.
Varias cabras balaban inquietas detrás de él.
—Pensé que hoy no vendrías —dijo el anciano mientras se incorporaba con esfuerzo.
—Mi padre pasó mala noche.
Ramiro hizo un leve gesto de asentimiento, más de preocupación que de sorpresa.
Aurelia vertió el agua en el abrevadero de piedra. Las cabras se acercaron enseguida, empujándose unas a otras para beber.
—Tendré que hacer otro par de viajes —murmuró ella al ver cómo el nivel descendía casi de inmediato.
—Dios te lo pagará.
Aurelia estuvo a punto de responder que prefería que se lo pagara él. Y en queso, a ser posible. Pero se contuvo.
Hizo el viaje dos veces más. La cuesta terminó quemándole los brazos y obligándola a detenerse antes de afrontar la subida final hasta la casa de Ramiro. Para cuando vació el último cubo en el abrevadero, sentía las manos doloridas y la espalda sudada bajo la lana del vestido.
Las cabras se acercaron otra vez al agua, empujándose unas a otras con avaricia.
Aurelia soltó el cubo vacío junto a la piedra.
Ramiro levantó la vista hacia ella.
—Mala noche, ¿eh?
Negó con la cabeza. Estaba demasiado cansada para fingir una sonrisa. El anciano permaneció callado, estudiando su rostro. Luego se incorporó y apoyó una mano sobre la cerca.
—Espera aquí.
Entró en la casa arrastrando ligeramente una pierna y regresó al rato con un pequeño trozo de queso fresco envuelto en un paño.
—Ya tiene varios días, pero el frío lo habrá conservado bien.
Ramiro se lo tendió. Aurelia vaciló antes de cogerlo. Le avergonzaba reconocerlo: aquella mano con seis dedos seguía despertándole el mismo desasosiego que cuando era niña.
Cuando regresó al patio, lo primero que hizo fue reparar en que la gallina había desaparecido del cobertizo. Permaneció quieta, con el cubo todavía colgando de la mano, observando el rincón junto al muro del taller donde la había dejado.
Soltó el cubo y caminó rápidamente hasta el pozo. Se inclinó sobre el brocal y miró hacia abajo. El agua seguía allí, oscura y limpia bajo el reflejo apagado de la mañana.
—¿Qué haces? —preguntó Lucio desde la puerta.
—La gallina no está.
Lucio tardó unos segundos en comprender.
—¿De qué gallina hablas?
—La vieja, me la encontré muerta. He pensado que alguna envidiosa podía haberla tirado al pozo.
—¿Por qué iban a hacer una cosa así? ¿Contaminar el único pozo?
Se apartó un mechón de pelo pegado a la frente por el sudor.
—No lo sé.
Lucio observó el cubo y luego el cansancio acumulado en el rostro de su hija.
—Alguien se la habrá llevado para comérsela.
Ella soltó una risa breve.
—Quizá la mataron ellas mismas.
—No entiendo. ¿Quiénes?
—Las del molino. La Inés y la Marina.
Lucio negó con la cabeza.
—La dejaron aquí para que creyera que había enfermado, porque sabrían que así no me la comería. Y cuando desapareciera, nadie haría preguntas por una gallina muerta —continuó.
—No seas tan enrevesada, muchacha. La gente anda hambrienta. Eso basta para explicar muchas cosas, pero lo más normal es que haya sido un zorro o un perro.
Aurelia no respondió. No estaba convencida del todo. Siguió mirando el rincón vacío junto al cobertizo.