La laguna del ermitaño LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 1
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La laguna del ermitaño

La laguna del ermitaño

Por Jose Ignacio Perdomo

© inepub.com

LA LAGUNA DEL ERMITAÑO — Capítulo 1

«La hija del artesano»

El viento se colaba por las rendijas de la casa con un silbido tenue cuando Lucio volvió a llamarla.

—Aurelia…

Ella abrió los ojos sin saber cuánto tiempo había dormido. El rescoldo del horno teñía de rojo una esquina de la estancia. Sobre las vigas oscuras, el humo acumulado durante años formaba manchas negras que parecían moverse con la poca luz.

—Aurelia.

La voz sonó más débil esta vez.

Se apartó la manta de lana áspera y apoyó los pies descalzos sobre el suelo de tierra endurecida.

El frío le subió por las piernas de inmediato.

Se echó un mantón sobre los hombros y cruzó la estancia aún medio dormida, esquivando un cesto de barro sin cocer y varias piezas apiladas junto a la pared.

Encontró a su padre incorporado sobre el jergón, respirando con esfuerzo. Tenía una mano apoyada sobre el costado.

—Otra vez… —murmuró él.

Aurelia apartó la cortina que cubría la ventana. La luz pálida de la luna desveló lentamente la estancia. Cogió el pequeño recipiente de barro que guardaban junto al banco y lo agitó con cuidado.

El gesto no le pasó desapercibido a Lucio.

—Queda poco.

—Ya lo sé.

Ella vertió unas gotas del linimento en un paño limpio y empezó a extenderlo sobre el costado de su padre. La piel estaba caliente y húmeda de sudor.

Lucio entornó los ojos al sentir el alivio momentáneo del remedio.

—Los monjes tendrán más.

Ella siguió moviendo el paño con movimientos circulares.

—¿Y con qué vamos a pagarlo?

—Cuando me reponga haré más piezas —suspiró—. Dos ollas grandes… quizá tres. El hermano Martín siempre encuentra a quién venderlas.

—Si te repusieras de verdad ya las habrías hecho hace semanas —resopló.

—Las haré.

—Sí —murmuró, poco convencida—. Y luego volverás a doblarte de dolor antes de terminar la primera.

Lucio abrió un poco los ojos.

—Podríamos vender las nuestras. Las del estante.

Aurelia se volvió hacia él.

—¿Y dónde quieres cocinar después? ¿En las manos?

Lucio intentó sonreír, pero el gesto murió enseguida.

—Tampoco tenemos mucho que echar a la olla.

Ella apartó el paño y tapó otra vez el recipiente con cuidado, como si dentro guardara algo mucho más valioso que un simple ungüento.

—Las gallinas pondrán algún huevo. Aún quedan nabos detrás del corral. Pequeños, pero quedan.

El hombre apoyó la cabeza contra la pared de madera y cerró los ojos.

Afuera era noche cerrada. No se oía más que el viento seco lamentándose entre las rendijas del taller y las ramas del castaño del patio trasero agitándose en la oscuridad.

Dejó caer la cortina y regresó a tientas hasta el jergón. Se cubrió con la manta, aunque el frío ya se le había instalado en el cuerpo. Permaneció tumbada, con la vista perdida, mientras escuchaba la respiración irregular de su padre al otro lado de la estancia.

El linimento le calmaría lo suficiente para dejarlo dormir hasta el amanecer, pero conocía demasiado bien aquellas treguas. El dolor nunca desaparecía del todo. Solo se escondía un rato, agazapado, esperando volver a retorcerle las entrañas.

Trató de conciliar el sueño.

No era la primera vez que pasaban apuros.

En otros inviernos habían tenido malas cosechas o encargos escasos, pero siempre terminaban saliendo adelante.

Su padre era buen artesano. En toda la aldea no había nadie que trabajara el barro como él.

Sus ollas resistían años sin agrietarse y los cántaros conservaban fresca el agua incluso durante el verano.

Cuando su madre aún vivía, el taller nunca descansaba.

Había días en que el horno permanecía encendido desde antes del alba hasta bien entrada la noche.

Los vecinos acudían continuamente a comprar cuencos, jarras o vasijas para guardar grano y sal.

Incluso desde otras aldeas bajaban algunos campesinos buscando las piezas de Lucio.

La aldea estaba formada por una treintena de casas desperdigadas entre senderos marcados por generaciones de pisadas.

La mayoría de las familias vivían de pequeños cultivos, algunas cabras y unas pocas gallinas flacas que casi no ponían cuando el tiempo venía malo.

Cuando los años venían buenos, varias casas reunían lo que podían para comprar un gorrino y criarlo entre todos hasta la matanza.

Todos se conocían desde siempre. Estaban al corriente de quién había enfermado, quién discutía con su mujer o quién debía dinero al señor incluso antes de que el propio interesado lo confesara.

Y cuando alguno no podía afrontar un pago o llegaba el hambre a una casa, los demás terminaban aportando entre todos lo que podían para evitar males mayores.

Más tarde, cuando las cosas mejoraban, el favor acababa devolviéndose de una forma u otra. Así habían sobrevivido siempre.

Más allá de las últimas casas comenzaba el bosque. Y detrás del bosque, el lago.

El taller de Lucio había sido desde el principio distinto al de los demás artesanos de la zona porque él encontraba siempre la mejor arcilla.

La recogía cerca del agua, en ciertas orillas donde tenía un color más oscuro y una textura fina que no se resquebrajaba al cocerla.

Aurelia recordaba las veces que lo acompañó siendo niña, sin perder detalle cuando hundía las manos en el barro mientras le explicaba qué tierra servía y cuál no.

También vendían piezas al monasterio. No tantas como para justificar encargos regulares, desde luego.

Los monjes no necesitaban decenas de ollas nuevas cada estación, y Lucio sabía perfectamente que muchas de aquellas piezas no las querían para ellos, sino para revenderlas durante los días de mercado en Sanabria, junto a quesos, velas, vino o herramientas de hierro.

A su padre nunca pareció molestarle. Decía que los monjes ayudaban cuando podían y que, al fin y al cabo, todos necesitaban ganarse el sustento. Aurelia sospechaba que él veía aquellos encargos como una limosna, aunque disfrazada de trato justo para no herir el orgullo de nadie.

Pero ahora todo era distinto.

La sequía había endurecido la tierra hasta abrir grietas en algunos campos. Las cosechas eran pobres, los vecinos compraban menos y el dolor de Lucio empeoraba cada semana un poco más.

A veces lograba trabajar una mañana entera. Otras no aguantaba inclinado sobre el torno sin llevarse una mano al costado.

Aurelia observó la silueta del taller al otro lado de la penumbra. Varias piezas aguardaban sobre los estantes, todavía sin cocer. Una jarra tenía el borde deformado porque Lucio había tenido que apartarse en mitad del trabajo al sentir uno de aquellos espasmos que le robaban el aliento.

Pensó en las pocas monedas que quedaban guardadas en el arcón. En el linimento casi agotado. En el huerto seco detrás de la casa.

Y el sueño empezó por fin a vencerla. Entonces la voz de su padre sonó de nuevo.

—Aurelia…

Cuando volvió a abrir los ojos, una claridad grisácea empezaba ya a iluminar la estancia. Permaneció sobre el jergón, escuchando.

Su padre dormía, al menos por el momento.

Respiraba con dificultad, pero sin aquellos gemidos apagados que terminaban recorriendo la casa entera cuando el dolor regresaba con fuerza. Se incorporó con cuidado para no despertarlo y salió al patio trasero.

La mañana era fría y seca. El cielo se extendía sobre el bosque como una capa blanquecina que no prometía lluvia alguna. El castaño del patio apenas se movía bajo el viento y las hojas acumuladas junto a la tapia sonaban como huesos secos al rozarse unas con otras.

Las gallinas acudieron enseguida al verla salir, picoteando alrededor de sus pies con impaciencia. Cogió el pequeño saco de grano y dejó caer unos puñados sobre la tierra cuarteada del corral.

Entonces la vio.

Una de las gallinas permanecía tumbada junto a la cerca, sin moverse, con el cuello torcido hacia un lado.

Se acercó y se agachó junto al animal. Le pasó la mano por el plumaje aún tibio mientras observaba los ojos apagados y el pico entreabierto. No encontró sangre ni marcas de dientes.

—Vieja tonta… —murmuró en voz baja.

La había criado desde hacía años. Ya no ponía muchos huevos, pero siempre acudía la primera cuando salía con comida. Le acarició suavemente las plumas antes de levantarla con cuidado.

Pensó en guardarla para el puchero. Pero algo en el aspecto del animal la hizo desistir. Tal vez hubiera enfermado. Tal vez simplemente le hubiera llegado la hora. En tiempos mejores ni siquiera habría dudado, pero ahora no podía arriesgarse a que su padre empeorara por comer carne en mal estado.

Cogió la gallina por las patas y la llevó hasta la sombra del cobertizo, junto al muro del taller. Ya decidiría más tarde qué hacer con ella. La miró una última vez y luego fue hasta el pozo.

El cubo descendió acompañado por el chirrido áspero de la cuerda.

Al regresar cargado, el agua golpeó la madera con un sonido profundo y limpio que conseguía tranquilizarla.

No todos en la aldea tenían esa suerte. Algunos pozos llevaban días dando agua turbia o mostraban ya un fondo fangoso que la volvía imposible de beber.

Por eso cada mañana terminaba apareciendo alguien junto a su puerta.

Acababa de llenar las vasijas cuando oyó pasos acercándose por el sendero.

Era Marina, la mujer del molinero, con un pequeño cubo en la mano y las mangas cubiertas de harina vieja.

El embarazo le había apagado parte del vigor que antes tenía y le dejaba el rostro cansado, con ojeras profundas.

Detrás de ella avanzaba Inés, que esperaba su tercer hijo, sujetándose la espalda con una mano mientras descendía por el sendero de piedra.

Desde que el arroyo empezó a secarse, el molino solo funcionaba unas pocas horas al día. El resto del tiempo la rueda permanecía detenida junto al cauce, inmóvil y silenciosa bajo el viento seco.

—Buen día —saludó Marina.

—Y que Dios os lo dé.

Las dos mujeres se acercaron al pozo mientras Aurelia llenaba otra vasija.

—¿Cómo sigue Lucio? —preguntó Inés.

—Mejor esta mañana.

Mintió con una naturalidad que ya empezaba a resultarle incómoda.