La ladrona de niebla (Los mares eternos 3) Capítulo 47 #2
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Capítulo 47 #2

Algunos mechones de mi cabello habían caído sobre mi frente, pegajosos y empapados de su sangre y de su carne. Tuve que aferrar con más fuerza la empuñadura de la daga para que no resbalara de mi mano húmeda.

El Otro Mundo se cernía cerca. Los jadeos de Cian eran húmedos, forzados. Cada tos escupía saliva teñida de sangre entre sus labios. Volví a sentarme a horcajadas sobre él, apuntando con la daga a su garganta.

—Quiero que lo tengas claro: ella te olvidará. Pasaré cada día de mi vida asegurándome de que nunca dude de que el hombre en quien confía ama cada parte de su corazón. Tú y Arion la traicionasteis, y en esta tierra no hay lugar para traidores. Que te traguen los infiernos, bastardo.

La hoja atravesó la garganta de Cian con un desgarro húmedo de carne y hueso. Murió con los ojos abiertos, fijos en el horror.

Me dejé caer a un lado de la cama, mientras un oscuro alivio me recorría las venas. Durante un largo instante, nadie dijo nada, hasta que Von dio un paso al frente.

—Amanece.

Asentí y me puse en pie.

—Entonces será mejor que nos aseguremos de que nadie sepa que estuvo aquí.

Skadi me esperaba en lo alto de la escalera que conducía a nuestras estancias. Tenía los brazos cruzados, envuelta —por desgracia— en su bata de satén, y una mueca severa marcando sus labios llenos.

—¿Dónde has estado?

—He salido un momento, Fuego. —Tenía el aspecto de haber regresado del mismísimo infierno: la sangre aún seca en las manos, la túnica y el cabello. El cansancio me arrastraba hacia el sueño, hacia la cama, hacia mi esposa entre mis brazos.

El problema era que mi esposa parecía dispuesta a enviarme al Otro Mundo.

—Has encontrado al que vendía el tónico, ¿verdad?

Me limité a asentir mientras empujaba la puerta de nuestra habitación.

—¿Lo has matado?

Otro asentimiento. Me quité la túnica, empapada de sudor y sangre.

Skadi dudó, como si en realidad no quisiera oír la respuesta.

—¿Era un elfo de la luz y de las sombras?

—No era nada.

— Jonas , no estoy bromeando.

—Yo tampoco. —Me volví hacia ella—. Merecía cada maldito golpe, y no vas a encontrar ni una pizca de remordimiento en mí, Fuego. Crees que eres tú la parte oscura de este vínculo, pero te equivocas. Esta noche él lo ha aprendido.

Skadi se abrazaba el vientre con un brazo, mientras la otra mano descansaba en su garganta, como si tratara de calmar el pulso desbocado.

—¿Quién era, Jonas ? —susurró.

—Cian. —Deslicé la yema de un dedo por una de las enredaderas de tinta bajo su manga—. No volverá a atormentarte.

—Dioses… —Skadi se cubrió la boca y luego me empujó el pecho—. ¿Por qué? ¿Por qué has hecho eso, maldito necio?

—¿Por qué? —La voz se me elevó—. Porque volvió a por ti, Skadi. Porque intentó separarnos, porque puso sus malditas manos sobre ti. Por eso. ¿Te enfada que esté muerto? ¿Le tienes compasión?

—Basta. —Casi me siseó—. No me enfada que esté muerto; me enfurece que lo hayas matado. Tú… tú has roto la alianza, y ellos… ellos intentarán apartarte de mí. —Las palabras le salían entrecortadas, en jadeos. Estaba entrando en pánico.

Aún sucio, todavía ardiente tras haber matado a un hombre, la envolví entre mis brazos.

—Ni el ejército de los dioses podría apartarme de ti. Y aun así, encontraría la forma de volver.

Skadi apoyó la frente contra mi pecho, y sus hombros temblaron.

—¿Por qué tienes que ser así? Eres una auténtica pesadilla.

—¿Preferirías que fuera de otro modo?

Negó con la cabeza.

—Sé tierno, sé bueno… y también una pesadilla. Te quiero entero. —Skadi alzó la barbilla—. Pero ahora vendrán a por mí.

—No lo sabrán nunca. —Deslicé el pulgar sobre sus labios—. Cian ha desaparecido. Una desgracia, sí, pero el mar es caprichoso. Quizá debería haber mantenido el trasero lejos de nuestro reino.

Skadi esbozó casi una sonrisa.

—Sospecharán…

—Que sospeche todo Natthaven. —La besé; fue un beso áspero, desordenado, con la furia aún sin domar de la noche y el delirio del cansancio apoderándose de mí—.

Mereces a alguien mejor que yo, pero no voy a disculparme por defender a mi esposa.

Lo que hizo en el pasado bastaba para matarlo dos veces.

Pero al sabotear este pacto anoche, jugó su última carta.

Ojalá pudiera decir, por tu bien, que mi sed de sangre ha menguado, pero Arion correrá la misma suerte cuando llegue el momento.

Skadi me observó mientras sus ojos buscaban los míos. Tenía miedo. Lo saboreé en el beso dulce que me dio, en cómo me ayudó a despojarme de la ropa ensangrentada, en cómo la recogió para destruirla mientras yo me lavaba la sangre.

Percibí ese miedo cuando pasó los dedos por mi cabello hasta que el sueño empezó a vencerme.

Había miedo, sí, pero también la hermosa ferocidad de mi esposa cuando susurró, justo antes de que me durmiera:

—Eres mío, Pesadilla. Reduciré mundos a la Nada si intentan separarme de ti.

—Niklas ha estado estudiando el polvo —dijo Daj , con el rostro duro como el acero.

Se dejó caer en su trono oficial, tamborileando los dedos sobre el brazo, con un aire abiertamente homicida—.

No era letal, pero sí lo bastante fuerte como para haberte dejado dormido dos malditos días, y no se ha elaborado aquí.

Skadi estaba sentada a mi lado, jugueteando con algunos de los anillos de plata que llevaba en los dedos.

—¿De origen élfico? —insistí.

Maj se encogió ligeramente de hombros.

—Es lo que sospechan. Algunas de las hierbas parecen proceder de plantas de Natthaven.

Maldita sea.

Skadi me lanzó una mirada ensombrecida. Habían pasado dos noches desde que había matado a Cian, pero el miedo seguía allí.

—¿Debería preguntar adónde fuisteis vosotros la otra noche? —preguntó mi padre.

—Será mejor que no.

El rey enarcó una ceja, aunque asintió. Lo sabía. No había forma de que no lo supiera. Pocas cosas escapaban a la atención del rey y la reina en su reino.

—Alek, Mira. No creo que sea buena idea que permanezcáis en Klockglas ahora mismo. —Mi padre volvió la mirada hacia mí—. De hecho, quizá deberías llevarte a tu esposa a los reinos del Sur o a las tierras del pueblo de la Noche durante un tiempo.

No era mala idea. Tomé la mano de Skadi. Se sobresaltó; el miedo a lo desconocido aún seguía aferrado a ella.

—¿Te gustaría ir al reino de Mira hasta que pase un tiempo? ¿Alejarte de todo esto?

—Tenemos que regresar pronto a Natthaven —susurró—. ¿De qué sirve ocultarnos si debemos volver para mantener la alianza?

Bajé la voz.

—No estamos atados a ninguna alianza, Fuego. Para mí, ellos la rompieron.

—Te encantará mi reino, Skadi —dijo Mira con entusiasmo—. Tenemos a los elfos de la tierra y del mar más curiosos, si me preguntas. De esos que aparecen en los cuentos, con sus trucos y su magia de ilusiones.

—Después de lo ocurrido la última vez, deberíamos exigir que Eldirard acerque la isla desvanecida hasta nuestras costas —replicó Sander —. Y, si se niega, entonces nos negamos a enviar a Jonas y a Skadi. O eso, o van escoltados por la mitad del ejército Rave .

—Ambas opciones suenan formidables —comenté, intentando aligerar el tono.

Skadi esbozó casi una sonrisa.

—Me gustaría conocer más tierras de los elfos de la tierra y del mar.

Mira se iluminó y se aferró a su brazo.

—Te van a encantar los bosques y las distintas cortes.

Hay aguas termales, y nuestro palacio está construido en parte dentro de una colina.

Crecen unas florecillas diminutas que brillan como la luz de la luna por todo el techo.

Ash y Shelba podrían enseñarte su corte, son gente del bosque.

Y también están los videntes, donde vive el primo de Alek y de los gemelos, con su esposa y sus pequeños.

Mira siguió hablando, encadenando palabras sobre las distintas cortes de los elfos de la tierra y del mar.

Mi padre me dirigió una media sonrisa.

—Hay tanto miedo en este palacio que apenas se puede respirar. No tienen derecho a atemorizarnos en nuestras propias tierras. Enviaremos aviso al rey elfo de las sombras y revisaremos las condiciones de la próxima visita a su isla después de lo ocurrido.

— Maj . — Sander se acercó un paso al estrado—. ¿Qué harás con Oldun?

—Será juzgada por agredir a un príncipe y por conspirar con un enemigo contra nosotros. Por ahora, después de lo sucedido, los clanes élficos de la luz y de las sombras dejan de ser aliados. Espero que eso no te cause dolor, Skadi.

Skadi suspiró.

—Solo me duele porque sé que podría haberse evitado si no hubieran sido tan engañosos.

—Al final —añadió mi madre—, espero que Oldun abandone este palacio sin apenas recuerdo de Jonas ni de su esposa.